Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Amalia Molina, el arte y la gracia de Sevilla que conquistan al mundo (VII)

Si los baúles de la Piquer han pasado a la historia como los más paseados a lo largo y ancho de la geografía española y americana, lo cierto es que los de la Molina no se quedan atrás. Desde su regreso de tierras americanas, su vida transcurre en un constante ir y venir, de teatro en teatro, de ciudad en ciudad y de aplauso en aplauso.

Con un ritmo frenético, sin apenas descansar, Amalia recorre una y otra vez las distintas regiones españolas, con breves paradas en Madrid, donde sigue teniendo su residencia. Sin embargo, lejos de cansarse de ella, el público espera con impaciencia la próxima visita de la artista, ávido por conocer las variaciones de su repertorio y su puesta en escena, que son objeto de una continua renovación.

Amalia Molina (Nuevo Mundo, 3-4-1915)

Amalia Molina (Nuevo Mundo, 3-4-1915)

Sus actuaciones se cuentan por éxitos. En cuanto la artista aparece sobre el proscenio, las palmas echan humo, por utilizar una expresión bastante común en aquella época, y la crítica se rinde a sus pies. Sería harto aburrido transcribir aquí todos y cada uno de los elogios que cada día le dedican los papeles. Como muestra, reproducimos la crónica de su presentación en el Teatro Sanchís de Gijón:

“No habían terminado los aplausos al decorado, cuando la orquesta preludió los primeros compases de la hermosa canciónAlma española’, y apareció en la escena la clásica, la imponderable Amalia Molina; el público la ovacionó en tal forma, que ella estuvo varios minutos saludando al ‘respetable’, que con tanto entusiasmo la recibía.

Nos cantó varias de sus creaciones, y en todas era interrumpida por aplausos y ¡oles! lanzados desde todos los ámbitos del Teatro.

Pero cuando la ovación llegó al delirio fue en el momento que con su estilo insuperable y propio brotaron de su garganta las armoniosas frases de sus ‘Marianas’, en las que no hay quien la iguale; el entusiasmo era tan grande que Amalia se adelantó a las candilejas, y verdaderamente emocionada habló al público, dando las gracias por el recibimiento” (Eco Artístico, 25-10-1912).

A Sevilla por Semana Santa

Amalia Molina le canta saetas al Gran Poder

Amalia Molina le canta saetas al Gran Poder (Blanco y Negro, 30-3-1919)

En esta vorágine de trabajo, la polifacética sevillana siempre encuentra tiempo para regresar a su ciudad natal en Semana Santa, donde devoción y obligación se funden en una saeta al paso de su Cristo del Gran Poder y su Esperanza Macarena, imágenes por las que siente gran fervor. Así lo manifiesta en distintas entrevistas a lo largo de su carrera:

“A mi Sevilla. Eso no lo falto yo por na. Ya puedo estar donde esté, para Semana Santa estoy en mi tierra. Me parece que si no le cantaba unas saetas al señó del Gran Podé, se me vendría encima alguna desgrasia” (El Día, 22-8-1917).

“Todos los años venía a cantar saetas. Aunque me cogiera en La Habana. Atravesaba la mar, y en la madrugada del Viernes Santo ya estaba yo en la calle Sierpes cantando. Mis saetas eran todas de los hermanos Quintero. […] Fíjate en esta saeta de Serafín y de Joaquín. ¡Una cosa!:

Benditas las golondrinas
que vienen de dos en dos
a quitarle las espinas
a Jesús, hijo de Dios”
(ABC, 7-7-1944).

“Ésta que voy a cantá […] es la copla que toítos los años, sin fartá uno, le canto al zeñó del Gran Podé en cuantito que sale… Ya hase muchos años que esta saeta mía es la primera que oye el probetico Jezú… […]

¿Dónde va, hermoso clavé?
¿Dónde va tú, buen Jezú,
que tan cargado te ve
con esa pesada Cru
siendo tú el Gran Podé?
[…]

Esperanza Macarena, por la que Amalia siente gran devoción

Esperanza Macarena, por la que Amalia siente gran devoción

Ahora, la que siempre le canto a la Virgen de la Esperansa de mi barrio… escuchen ustés:

Mirarla por dónde viene
tan hermosa y tan serena
la Virgen de la Esperansa,
honra de la Macarena.
[…]

Es tan bonita y tan gitana la Virgen de la Esperansa, que yo, cuando estoy delante de ella y le canto saetas, me dan ganas de salirle por bulerías. En cambio, viendo el Gran Podé, casi no puedo cantarle porque rompo a llorá. También a la Esperansa de Triana le canto. A ésa le digo yo: […]

Mare mía de la Esperansa,
no llores ni tengas penas,
que tu cara es más bonita
que la de la Macarena
(Nuevo Mundo, 23-3-1917).

Amalia, en el top ten de las artistas de varietés

A estas alturas de su meteórica carrera, Amalia Molina es una artista más que consolidada, que puede medirse, tanto en fama como en salario, con las mejores de su tiempo: “Pastora Imperio, La Goya, Amalia Molina, La Argentina, La Argentinita […], Lulú y dos o tres más, son aplaudidas y celebradas con estrépito, y ganan en un día más que las primeras tiples en una semana” (El Liberal, 2-3-1913).

Amalia Molina ante uno de sus decorados (Eco Artístico, 25-12-1913)

Amalia Molina en uno de sus decorados (Eco Artístico, 25-12-1913)

El eco de sus triunfos llega incluso a la prensa norteamericana. En 1913, la revista Variety publica un artículo en el que analiza la precaria situación de las bailarinas de nuestro país y destaca a unas cuantas privilegiadas cuyos cachés, tanto en España como en el extranjero, se sitúan muy por encima de la media. En esta “primera división” de las variedades figura, entre otras, Amalia Molina:

“Las que bailan en Madrid, Sevilla y Barcelona sueñan con un contrato en el extranjero, dado que los salarios que se cobran en los cafés cantantes son, con pocas excepciones, ridículamente bajos. En las ciudades más pequeñas las bailarinas no esperan encontrar mejores condiciones. Son mayormente gitanas, o gitanas de origen morisco, criadas en el analfabetismo y con un concepto rudimentario de la vida.

A estas chicas los bajos salarios que se pagan en los cafés les parecen suficiente y dan la bienvenida al cambio que supone dejar de lado las penosas tareas del hogar. […]

Como excepciones a la regla, en la actualidad hay varias bailarinas españolas que se han hecho un nombre y piden altos salarios, tanto en sus lugares de origen como -especialmente- en el extranjero. […] Basta con citar a las más conocidas (en orden alfabético, para no despertar envidias): Argentina, Amalia Molina, Candelaria Medina, Conchita Ledesma, Dora la Gitana, La Chelito y Pepita Sevilla” (Variety, 1913). (1)

Amalia versus Pastora

Las comparaciones son odiosas, y con frecuencia la crítica suele contraponer la figura de Amalia y la de su paisana la Imperio, tal vez por los paralelismos existentes en las carreras de ambas: se trata de dos muchachas sevillanas, de humilde cuna y más o menos coetáneas, que emigran a Madrid en busca del éxito y consiguen triunfar en el mundo con un repertorio de lo más variado.

Pastora Imperio

Pastora Imperio

Desde la óptica de nuestro días, se impone la escultural Pastora, con esos ojos verdes que todavía hoy quitan el aliento a más de uno. Sin embargo, los papeles de la época no necesariamente se decantan por la hija de la Mejorana, de quien destacan su atractivo físico por encima de sus dotes artísticas, a diferencia de lo que sucede con su paisana. Veamos algunos ejemplos:

Pastora Imperio como artista es una de tantas; tan graciosa o más que ella es Amalia Molina, y, lectores, Amalia Molina noabusa’ en el sueldo, y Amalia Molina lleva la última palabra de la escenografía y el decorado, y ver a Amalia Molina bailarse una jota o unas seguidillas vale todo el dinero del mundo” (Eco artístico, 15-9-1914).

Amalia Molina representa principalmente el Arte andaluz. Pastora Imperio, representa principalmente, el arte gitano. La primera da forma con su arte a la finura y a la gracia esencial del alma andaluza. La segunda reviste de forma artística la cínica contorsión con que se encoge de hombros la degeneración espiritual de la raza gitana […]. El arte de Amalia es incomparablemente superior al de Pastora. ¿Cómo han podido comparar a estas dos artistas? […]

Triunfa Pastora más ruidosamente que Amalia. Andalucía es más gitana que andaluza.

¡Si la menuda artista tuviera el cuerpo de la artista gitana!” (Andalucía, 1-4-1917).

A pesar de todo, ni la envidia ni la rivalidad se cuentan entre los defectos de Amalia, que tiene fama de ser una compañera ejemplar. Lo dice ella misma, en una entrevista concedida a Margarita Nelken -“A mí no me gustan los infundios, ni las calumnias, ni todas esas cosas del teatro. Yo nunca he reñido con ninguna ni he hablado mal de ninguna” (El Día, 22-8-1917)-; y lo corroboran quienes han tenido ocasión de tratarla, como el periodista Juan del Sarto:

“Un rasgo, entre muchos, de la bondad de Amalia Molina, era cómo hablaba de sus compañeras. Las elogiaba y a algunas las admiraba sinceramente. Yo no he oído nunca decir cosas tan bonitas, tan amables y tan merecidas como le oí decir a Amalia refiriéndose a la Goya, a Pastora Imperio, a Raquel Meller, a la Argentina, a la Argentinita…” (Imperio, 18-9-1956).

NOTA:

(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.


Amalia Molina, el arte y la gracia de Sevilla que conquistan al mundo (VI)

Tras su larga y fructífera estancia en el continente americano, España entera espera con impaciencia la reaparición de Amalia Molina. El reencuentro con su público tiene lugar en agosto de 1910 en el teatro Parisiana de Madrid, con motivo de un festival benéfico de ópera, zarzuela y variedades, en el que la sevillana comparte cartel con La Argentina y Dora la Gitana, entre otras artistas.

En esta ocasión, el paso de Amalia por la capital es bastante efímero, debido a los muchos compromisos que tiene contraídos en casi todas las regiones españolas: Andalucía, Valencia, las Islas Baleares, Castilla y León, Cantabria, Cataluña… Durante varios meses la artista no para de trabajar.

Amalia Molina (1905)

Amalia Molina (1905)

De teatro en teatro, y de ciudad en ciudad, la Molina cosecha por doquier aplausos, flores y aclamaciones, que no hacen sino confirmar que sigue siendo “la predilecta” de todos los públicos, y especialmente de los más refinados. De hecho, varios miembros de la familia real española se declaran fervientes admiradores de la artista sevillana, e incluso puede vérseles en el palco del Salón Pradera de Valladolid durante una de sus actuaciones:

“Sus Altezas […] se mostraron muy complacidos del espectáculo, aplaudiendo mucho y con entusiasmo a Amalia Molina, acerca de la cual hicieron reiteradas preguntas.

Las canciones andaluzas, y unas soleares especialmente, que cantó esta linda artista por modo exquisito, encantaron sobremanera a la Infanta doña Paz, que es españolísima en sus gustos” (La Correspondencia de España, 17-11-1910).

Una artista modesta y decente

Amalia es una mujer moderna, que compra sus vestidos en París y ha recorrido medio mundo. Posee un par de ojos negros “de un mirar verdaderamente asesino, […] ojos retadores que desafían y cautivan, que seducen y encantan” (La Campana Gorda, 20-7-1911). Sin embargo, nada de ello está reñido con algunas de sus más apreciadas virtudes, como la sencillez y la decencia.

Amalia Molina sabe que vale, es claro; pero no la domina el orgullo que atrofia nuestra inteligencia y seca nuestro corazón, sino esa amabilidad que la hace ser condescendiente con todos los públicos” (Eco Artístico, 25-8-1912).

Amalia Molina ante uno de los telones pintados para ella por Muriel.

Amalia Molina ante uno de los telones pintados para ella por Luis Muriel.

La prensa española no duda en elogiar el “repertorio perfectamente moral y de buen gusto” de una artista que “prefiere la sonrisa complaciente de una señora, al galanteo de un don Juan provinciano”, y que “ha tenido siempre la predilección del público elegante, de señoras y señoritas” (El Adelanto, 5-1-1911), por haber convertido “con su talento […] lo que era un espectáculo grosero, [en] un sugestivo y atrayente recreo que seguramente no habría de repugnar la más recatada doncella” (La Información, 15-5-1913).

La receta del éxito

En el terreno artístico, la cantaora y bailaora sevillana es especialmente apreciada por la interpretación de sus garrotines gitanos, farrucas, marianas, malagueñas y granadinas, “con un estilo que para sí quisieran tantas y tantos ‘cantaores’ que se ‘desgañitan’ por esos mundos de Dios” (La Tarde, 3-10-1910).

También llaman mucho la atención sus preciosos trajes, cubiertos de pedrería y combinados con hermosos mantones de Manila.

“La ropa de Amalia Molina es verdaderamente asombrosa; sus trajes son todos de una propiedad y riqueza tan grandes que difícilmente puede señalarse cuál es el mejor.

De mantones de Manila tiene la más notable y costosa colección de cuantas haya en España” (Diario de Córdoba, 17-7-1912).

Amalia Molina con uno de sus trajes regionales

Amalia Molina con uno de sus trajes regionales

Otro de los ingredientes que contribuyen al éxito de la Molina es su cuidada presentación en escena. Reputados escenógrafos, como el pintor Luis Muriel, son los encargados de crear para ella exclusivos telones-forillo que representan con todo lujo de detalles distintos paisajes o estampas urbanas fácilmente reconocibles, como su famosa vista del río Guadalquivir con la Torre del Oro al fondo.

A lo largo de su carrera la artista llega a reunir casi medio centenar de estos lienzos que, acompañados por una suntuosa decoración de estilo árabe, consiguen transportar al público a distintos lugares y contribuyen a crear la ambientación más adecuada para cada tema.

De hecho, además del cante y baile flamenco, que domina a la perfección, poco a poco Amalia empieza a cultivar las canciones típicas de distintas regiones españolas, hasta el punto de ser considerada la creadora de este género.

La artista sevillana, siempre inquieta y deseosa de aprender e innovar, aprovecha sus giras por provincias para empaparse de las músicas populares e incorporarlas a su repertorio, eso sí, “sin jipíos ni tonterías, sin mixtificaciones de abanicos y panderetas, sin nada de españolada” (Diario de Córdoba, 11-4-1916).

“Al llegar a una región, visita aldeas, asiste a romerías, recibe lecciones de músicos incipientes de la región y éstos la instrumentan y componen canciones del país.

El cuidado con que elige sus canciones y el tino que en ello pone, ha sido causa de que algunos maestros, sorprendidos por tal intuición, dijeran a los compañeros: Ándate con cuidado, que ésta sabe tanto como nosotros” (El Día de Toledo, 15-12-1917).

Amalia Molina (Nuevo Mundo, 3-4-1911)

Amalia Molina (Nuevo Mundo, 3-4-1911)

«[El extensísimo repertorio de Amalia incluye] desde la jota brava y alegre de Aragón y Valencia, a los fados, pravianas y zorcicos del Norte, con las serenas canciones castellanas y las vibrantes seguidillas manchegas, las sardanas y los albaes, y por fin y remate, toda la gama del sentimiento andaluz, en carceleras, tarantas, burlerías, servillanas y soleares” (Andalucía, 1-6-1916).

Ese afán por conocer en profundidad las canciones regionales, ese perfeccionismo, hacen de Amalia una artista realmente única e inimitable:

Espléndida como mujer, es Amalia Molina, como cantante un caso singular y maravilloso de eclecticismo artístico. Los mágicos arpegios de la tierra andaluza que la vio nacer, los vibrantes cantares aragoneses, la inquieta y chispeante jota valenciana, la rítmica y melancólica tonadilla de los valles astures y gallegos y, en suma, todos y cada uno de los cantos regionales españoles, tienen su más admirable intérprete en Amalia Molina que, a su voz dulcísima y argentina de una fama exquisita, une un supremo dominio del gesto y la expresión, y una tan maravillosa propiedad de transformación para encarnar y vivir la variedad de los más opuestos tipos […]” (La Región, 7-3-1912).

De hecho, la artista sevillana es muy apreciada por dignificar el denostado género de variedades, con su arte culto y español por los cuatro costados:

“Con ser muchos y muy grandes los méritos del trabajo de Amalia Molina, es el principal el ser todo él puramente de la tierra, castizamente español, sin mixtificaciones ni influencias de extranjerismo, ni en sus canciones ni en su indumentaria.

Amalia Molina, como todas las grandes artistas, ha sabido crear un género tan suyo, que difícilmente se presta a imitaciones.

Todo su repertorio fórmanlo canciones típicas de las distintas regiones españolas, que para ella han compuesto nuestros mejores músicos, Serrano, Calleja, Valverde, Quinito Valverde, etc., inspirándose en cantos populares” (Diario de Córdoba, 17-7-1912).

Amalia Molina (La Unión Ilustrada, 14-8-1910)

Amalia Molina (La Unión Ilustrada, 14-8-1910)

Una estrella todoterreno

En marzo de 1911, tras varios meses de gira por provincias, la Molina regresa a la capital de España para actuar durante la temporada de primavera en el teatro Príncipe Alfonso. La crítica publicada en el Heraldo de Madrid con motivo de su beneficio permite hacerse una idea de la transformación experimentada por la artista:

Amalia Molina, cuyos llamamientos a San Pedro pasarán a la historia, ha extendido y afina su repertorio, hasta el extremo de poder codearse con las estrellas de primera magnitud.

Su número resulta, además de artístico, muy interesante, porque Amalia canta canciones típicas de diversas regiones españolas. Domina por igual los jipíos del cante jondo, las melodías asturianas y los sencillos aires charros.

Su presentación es lujosa; luce preciosos trajes y un decorado espléndido de Muriel.

Amalia Molina fue anoche aclamada, jaleada y obsequiada. Hoy se despedirá del público madrileño lanzándole vibrantes saetas” (11-4-1911).

Durante esos meses, la artista sevillana continúa deleitando al público con sus cantes y bailes andaluces, en los que incluye nuevos números, como el pregón del aceitunero. Además, participa en los cuadros de costumbres Pathé Frères y Mirando a la Alhambra, en los que comparte protagonismo La Argentinita y Adela Cubas, entre otras artistas.

Revista Pathé Frères, Revista Nuevo mundo 1911

Revista Pathé Frères, Revista Nuevo mundo, 15-6-1911

El primero de ellos es un espectáculo culto, “sin chistes verdes, […] ni rebuscadas exhibiciones de desnudos”, en el que la polifacética sevillana baila por tangos y tientos sevillanos, además de cantar, “con el gusto que sólo ella posee, una preciosa canción andaluza” (El Imparcial, 2-6-1911). El segundo es un “cuadro verdaderamente español, típico, con ambiente y colorido” (La Correspondencia de España, 19-6-1911), y en él destacan especialmente una farruca y la zambra final.


Amalia Molina, el arte y la gracia de Sevilla que conquistan al mundo (V)

En diciembre de 1908, tras una larga y exitosa gira por la geografía española, Amalia Molina embarca en el puerto de La Coruña con destino a La Habana. Lleva bajo el brazo un ventajoso contrato, que le reportará 6.000 francos mensuales, más beneficios. A través de la prensa española podemos conocer algunos detalles de su estancia en la capital cubana:

Amalia Molina.- Esta notable artista sevillana debutó en la Habana en el teatro Nacional, obteniendo un gran éxito, pasando después al teatro Martí.

Los periódicos de la capital de Cuba hacen grandes elogios de nuestra compatriota.

‘La Lucha’, dice:

Amalia Molina, la reina del canto flamenco, la sevillana hermosa de negros ojos que dicen poemas pasionales de meridionalismo hondo y que pone en sus labios clavel rojo al proferir notas un filtro dulce tejido con sal y ‘angel’, dejará oír, como en noches pasadas sentidas y bellas canciones que subyugan y conmueven, despertando tempestades de aplausos y bravos.

Amalia Molina -y con esto hacemos su mayor elogio– se lleva al público de calle’” (El País, 22-3-1909).

Amalia Molina (Portada de la revista Nuevo Mundo, 1908)

Amalia Molina (Portada de la revista Nuevo Mundo, 1908)

Amalia Molina, la genial cantadora de coplas flamencas, celebró recientemente su función de gracia, que fue todo un lírico y teatral acontecimiento.

Amalia Molina vale mucho y canta con todo el dulce sentimiento de su alegre tierra” (Heraldo de Madrid, 12-4-1909).

Años más tarde, en una entrevista concedida a El Caballero Audaz, la artista rememora con cariño la gran acogida del público cubano:

“Mi debut en La Habana no se me olvidará nunca. Al cantá esas granaínas de Adió Granada, ¡Granada mía!, el público se puso de pie loco de entusiasmo y creí que me comían. Josú qué locura… Todos aplaudiendo, la música tocando la Marcha Reá, gritos ensordecedores de ¡Viva España!… ¡Viva la madre patria!…¡Viva Cuba española!… Y yo allí en medio del escenario llorando como una pasmá… ¡Qué día, Dios mío!” (Nuevo Mundo, 23-3-1917).

De Cuba a México

Tras su triunfal paseo por la isla de Cuba, a finales de junio de 1909 Amalia Molina embarca con rumbo a tierras mexicanas, donde se espera con impaciencia a “la más notable de las artistas de canto y baile flamenco: la sin rival en su género” (El Imparcial, 26-6-1909). Su primer destino es el teatro Alcázar de la capital. Allí actúa durante varios meses y, desde el día de su debut, el público abarrota la sala y la hace repetir muchos de sus números.

Amalia Molina, la artista predilecta del numeroso público que llena las localidades de este salón, sigue conquistando nuevos triunfos. La agradable música de sus canciones, la letra, la gracia de Amalia y los riquísimos y vistosos trajes que luce, así como los finísimos mantones de Manila que ciñen su cuerpo entusiasman al público que le prodiga delirantes y atronadoras ovaciones” (La Patria, 15-7-1909).

Amalia Molina

Amalia Molina

La “reina del canto flamenco” interpreta también cuplés y aires regionales típicos de otras zonas de España, como Salamanca. Sin embargo, lo que despierta más admiración son sus bailes:

“Si Amalia se nos ha revelado como una coupletista de gran talento, y como una cantadora de flamenco, que no tiene rival, más notable aún, se nos ha revelado, como bailarina, pues en el ‘baile inglés’ no tiene igual; y bailando boleros y malagueñas ha alcanzado verdaderas y merecidas ovaciones, al grado de que la Molina es considerada hoy como superior bailando que cantando” (El Imparcial, 18-8-1909).

Consciente de su origen humilde, la gran estrella española es una mujer muy generosa y comprometida, que no duda en prestar su colaboración en favor de distintas causas. Durante su estancia en el teatro Alcázar, Amalia participa en una función benéfica destinada a recaudar fondos para las víctimas de los terremotos de Acapulco y para los soldados heridos en la guerra de Melilla. Su cante por marianas, granadinas y malagueñas hace brotar los más patrióticos sentimientos del público, sobre todo cuando, envuelta “en rojo pañuelo de Manila, y tocada con flamenco sombrero cordobés”, entona la siguiente letra:

“Serán en la primavera
más encarnadas las rosas,
porque se riegan los campos
con nuestra sangre española
(El Correo Español, 24-8-1909).

Amalia Molina

Amalia Molina

En septiembre de 1909, con motivo de la función de gracia que le dedica el teatro Alcázar, la prensa mexicana ensalza, una vez más, la figura de quien se ha convertido ya en un ídolo, haciendo especial hincapié en su calidad artística. Amalia Molina, “la hechicera y deslumbrante estrella del canto flamenco”, sigue siendo ella misma, sin artificios de ningún tipo:

“He aquí una artista que tiene ángel; […] la Reina del Alcázar, la filigrana artística que ha sabido conquistarse afecto, simpatía, cariño y más cariño del numeroso y aristocrático público que noche a noche le prodiga aplausos a millares y ovaciones infinitas.

Pero ese Estuche de monerías que se llama Amalia Molina […] desde que se presenta a la escena revela su talento extraordinario, su gracia sin igual, su temperamento artístico y su alma netamente latina que se refleja en sus miradas y en cada una de las sublimes notas de sus flamencos cantares.

Amalia Molina no es una cantaora de café cantante, no es una de esas convencionales bellezas que se anuncian pomposamente en los carteles para atraer con escandalosos escotes, movimientos lascivos y venenosos cuplets, sino que es una verdadera gloria del arte coreográfico español, una artista que se hace sentir, que conmueve” (La Patria, 6-9-1909).

Amalia Molina (1910)

Amalia Molina (1910)

Después de varios meses levantando pasiones en el Alcázar, en octubre de 1909 la artista sevillana debuta en el Teatro Colón, con un selecto repertorio en el que destacan los cantes y bailes andaluces. Acompañada por el guitarrista José Aparicio, la Molina interpreta ganadinas, marianas y “tientos gitanos”, entre otros palos flamencos. El público cae rendido a los pies de la española y la prensa continúa dedicándole elogiosos artículos, que destacan “su eco dulcísimo” y su “estilo, lleno de gusto y exquisito sabor” (El Correo Español, 16-10-1909).

Y Amalia conquistó México

Durante los primeros meses de 1910, Amalia Molina continúa su gira por otras ciudades mexicanas, como Veracruz, Monterrey, Saltillo, Nuevo Laredo o San Luis de Potosí. En primavera regresa al teatro Alcázar de la capital “en calidad de reina” (El Correo Español, 1-4-1910). Para la ocasión estrena “un lujosísimo traje confeccionado ex profeso en París”, así como “un nuevo y vastísimo repertorio flamenco, [que incluye] algo dedicado y escrito expresamente para ella” (La Patria, 16-4-1910).

Si a principios del siglo XX el flamenco ya goza de una gran aceptación al otro lado del charco, ello se debe sin duda a la labor de artistas como la Molina, que se lanzan a hacer las Américas con las maletas cargadas de arte del bueno, así como a la existencia de públicos ávidos de disfrutar de ese patrimonio cultural -hoy ya, oficialmente- universal.

La segunda temporada de Amalia en el Alcázar resulta tan exitosa como la primera. Los llenos se suceden y la crítica la cubre de flores, tanto por su calidad artística como por su decencia:

“El mérito de Amalia Molina como artista del género flamenco es verdaderamente grande, y lo prueba el hecho de que la Colonia andaluza de la Capital, en su desfile constante por el Alcázar, hace a la hermosa sevillana ovaciones entusiastas, frenéticas, delirantes. Y es que no se sabe qué admirar más en Amalia, si su arte, su gracia, su sentimiento, su guapeza, su pudor escénico o su amabilidad para con el público” (El Correo Español, 1-4-1910).

Amalia Molina

Amalia Molina

“Sus cantares son picarescos o sentimentales, sin traspasar los límites de la decencia. Sus bailes son alegres y sugestivos, pero alejados de la obscenidad. No necesita, para triunfar, del movimiento grosero de la Navarro ni de la ‘cadencia’ repugnante de las Argentinas.

La figurita de Amalia es interesante. Su cara de niña traviesa, sus ojos llenos de una picardía sana conquistan la voluntad del espectador, y la finura de sus actitudes en el baile se traduce en ovaciones prolongadas” (La Iberia, 31-3-1910).

En junio de 1910 Amalia Molina, “la de los pies alados” (El Imparcial, 29-4-1910), la predilecta del público mexicano, embarca en Veracruz con destino a la madre patria. Un mes más tarde, tras una breve estancia en París para renovar su vestuario, la artista llega a Madrid.


Amalia Molina, el arte y la gracia de Sevilla que conquistan al mundo (IV)

En los albores del siglo XX, Amalia Molina está imparable. La joven inexperta que llegó a Madrid con una mano delante y otra detrás se ha convertido en una primera figura. Su presencia en los carteles constituye un éxito seguro para cualquier teatro que se precie. Si en la capital es la estrella indiscutible, en provincias se la rifan pues, a pesar del gran número de chicas que luchan por hacerse un hueco en el mundo de las variedades, ninguna puede competir con la sevillana.

Amalia Molina

Amalia Molina

El público lo sabe y se lo demuestra cada noche, y las empresas que la contratan no escatiman en regalos para la artista que tantos llenos les proporciona. Para muestra, un botón: tras varias semanas de éxitos en el Salón de Actualidades de Cartagena, Amalia es agasajada con un beneficio en el que recibe valiosos presentes:

“La Amalia Molina fue obsequiada con varios regalos, entre los que vimos una preciosa pulsera de brillantes y perlas, una magnífica medalla de oro con la Virgen de la Caridad en relieve […]; tres preciosos ramos de flores y otro de gran tamaño con una monísima muñeca vestida de torero y con una tarjeta que ofrecía un regalo en verso; un bonito estuche con vasos de cristal con el nombre de la beneficiada; un limosnero estilo reina Victoria; un reloj despertador de bolsillo que es una preciosidad, también regalado por la empresa, varias poesías e infinidad de palomas que salieron de diferentes sitios de la sala […].

Todos estos regalos los recibió la Molina en medio de una gran ovación que le tributó el público completamente entusiasmado […]” (El Eco de Cartagena, 30-1-1908).

Una artista con personalidad

El suyo es un arte elegante, refinado y, sobre todo, diferente. La Molina tiene sello propio, algo fundamental para triunfar en un mundo tan competitivo. En su breve pero meteórica carrera, la artista de la Macarena ha aprendido que sobre el escenario todo cuenta, y que el arte, bien vestido y presentado, se convierte en un manjar digno de los paladares más exigentes.

Amalia Molina (Eco Artístico, 15-8-1912)

Amalia Molina (Eco Artístico, 15-8-1912)

“La presentación de tan notable artista es la más lujosa que aquí hemos visto, puesto que sus trajes son de una riqueza extraordinaria y están confeccionados con un gusto exquisito, y creemos que ha de tener numeroso vestuario, pues en las tres noches que ha venido actuando en tan favorecido salón, nos ha presentado tres completamente distintos, acompañados de una gran colección de mantones de Manila y capotes de paseo, siendo también la artista que mejor alhajada se presenta” (El Eco de Cartagena, 7-1-1908).

Amalia y sus mantones

Los mantones de Manila son una de las debilidades de Amalia. El primero tuvo que pagarlo a plazos, descontando algunos reales del exiguo sueldo que cobraba en Sevilla. En 1908 cuenta ya con una buena colección de pañolones, que constituyen una de sus señas de identidad y confieren a su puesta en escena un toque de distinción:

“De todos los elementos que hacen atractivo y bello el arte delicado y sobrio de esa bailarina flamenca […] uno de los primeros, más que su cuerpo esbelto y grácil, más que su voz infantil, quebrada a ratos, más que su tipo puro y castizo y que sus ojos y su pelo negros como el ala del cuervo, más que la mayor parte de sus cantos y bailes, y tanto por lo menos como lo mejor de ellos, incluso que las divinas soleares gitanas que entona a veces lánguidas y melancólicas, extrañamente bellas, son sus mantones de Manila, de dibujos pomposos, colores brillantes y largos flecos” (El Noroeste, 13-12-1908).

Amalia Molina, en 1932, muestra el primer mantón que compró

Amalia Molina, en 1932, muestra el primer mantón que compró

Aunque su situación ha mejorado considerablemente, y ahora puede adquirir todas las prendas y alhajas que desee, la artista conserva con especial cariño aquel primer mantón que tanto le costó conseguir:

“Primero lo compré, luego lo empeñé y luego lo fui sacando poco a poco. […]

¡Mi probe mantón de mi arma!… ¡Cuánto lo quiero!… Pa mí es el rey de toos los mantones, porque con él sobre los hombros resibí los primeros aplausos… Porque él fue testigo en todos mis quebrantos. […]

¡La ma de hambre me recuerda!… Pero yo lo quiero con toa mi arma… Ya lo tengo jubilado sobre la chimenea de mi dormitorio y le paso su pensión… […]

Una alcansía que tiene él suya y en la cual yo todos los días echo algún dinerillo… Cuando se llena la rompo y compro otro mantón que le llamo el mantón-hijo

[Tengo ya] cinco… Pero ninguno es tan señó como el padre. En las grandes solemnidades y en mis beneficios lo saco pa que no se enfade” (Nuevo Mundo, 23-3-1917).

Dos mujeres sobre el escenario

Durante meses, Amalia Molina comparte cartel con la genial guitarrista Adela Cubas. Ambas forman un tándem perfecto y “difícil de imitar, por su mucho mérito y original finura” (El Eco de Cartagena, 25-1-1908); una rara estampa, si la miramos con los ojos de hoy, si bien en aquella época no resultaba tan extraño ver a una mujer acariciando las cuerdas de la bajañí.

La guitarrista Adela Cubas (Diana, 12-5-1913)

La guitarrista Adela Cubas (Diana, 12-5-1913)

La Correspondencia de Alicante publica la crónica de una de sus actuaciones. Aunque es un poco extenso, consideramos que el texto no tiene desperdicio, pues permite captar bastante bien el ambiente, así como las reacciones -no siempre respetuosas- del público:

Adela, con sus dedos suaves, arranca de la guitarra una armonía que alegra; pespuntea luego ligando las notas, y Amalia, sentada junto a ella a su derecha, que es el puesto de la cantaora, entorna sus ojos, de los que salen rayos del sol de Andalucía, tose con esa gracia picaresca que dice la copla y, sonriendo, lanza un suspiro que hace estremecer a los cuerpos.

Adela sigue pespunteando la guitarra; redobla con un acorde lleno de vida, se pierden los sonidos y de la garganta de Amalia sale la nota cadenciosa de las graciosas soleares, diciendo:

¡Cómo quieres que yo cante!

– ¡Olé lo bonito y lo bueno! – dice uno del público.

– ¡Canta hasta que yo me muera de tanto quererte! – dice otro, en tanto que Amalia se sonríe y sigue cantando.

¡Cómo quieres que yo cante!
si hasta mi pobre guitarra
llora lágrimas de sangre.

Enjuaga ese llanto, niña, que van a creer que la has herío con tus pestañas.

Amalia le envía una sonrisa de simpatía: una de esas sonrisas que las artistas están obligadas a enviar a los públicos, y Adela, encariñada de su guitarra, sin pensar más que en ella, la hace que arranque con sus sonidos lamentos impregnados de pasión, frases que emanan los sentimientos de su alma, y sin darse cuenta llega a confundir los sonidos del instrumento con el murmullo del público, que poco después prorrumpe en una ovación de entusiasmo para la artista.

Amalia Molina

Amalia Molina

Y a Amalia, que siente, se le hacen largos los momentos que tarda en lanzar al aire su copla para que mezclada con las notas que Adela arranca a su guitarra, muestren los sentimientos de aquellas dos almas que cantan a dúo sus tristezas y alegrías.

La guitarra da el alerta, levanta la cantaora su mirada al cielo y dice:

Hasta la cruz d’un puñal
clavaíto en las entrañas.

Olé lo que tú vales – dice uno – que si te tuviera a la vera mía, iba a ser más feliz que la cocinera de un viudo.

– No quisiera más que ser tu armario de luna – dice otro.

Y ella repite cantando, fija ya en alguien:

Hasta la cruz d’un puñal
clavaíto en las entrañas
por estar queriendo a dos
y a mí solita me engañas.

Malasangre – grita un gachó del público dirigiéndose al que Amalia miraba y dándole un papirotazo.

– ¡Qué es esto! – dice el lesionado.

– Usted es un idiota.

– Yo, ¿por qué?

– Y un mal hombre.

– Me está usted faltando.

– Se atreve usted a engañar a una mujer que vale en junto tres universos seguidos.

– ¡Yo no engaño a nadie!

– ¡Canalla!

– ¡Morral!

– ¡Sinvergüenza!

– ¡Pim!

– ¡Pam!

– ¡Pum!

Se arma un broncazo enorme. Acuden los guardias. Amalia y Adela contemplan aquel cuadro sin darse cuenta exacta de lo sucedido.

El público grita: ‘¡Fuera! ¡Fuera! ¡Que encierren a ésos!” (La Correspondencia de Alicante, 25-5-1908).


Amalia Molina, el arte y la gracia de Sevilla que conquistan al mundo (III)

Tras una breve y exitosa gira por el extranjero, en octubre de 1905 Amalia Molina regresa a Madrid, donde permanece otra larga temporada trabajando en el Teatro de Novedades y, posteriormente, en el Central Kursaal. En ellos coincide con algunas de las artistas de varietés más afamadas del momento, como Candelaria Medina, La Fornarina, Nieves Gil, Pastora Imperio o Pepita Sevilla. La acompaña a la guitarra la genial Adela Cubas. Sin embargo, ninguna de esas grandes figuras logra hacer sombra a la joven sevillana, que sigue encandilando al público y a la crítica:

Amalia Molina es una andaluza de cepa: pequeña, flexible, morena, de ojos negros, brillantes y expresivos. En escena es nerviosa, inquieta, vivaracha, muy graciosa, y tiene un desparpajo que con razón sobrada podrían envidiarle muchas tiples del género inmediatamente superior.
[…] Es cupletista y bailarina, y sobresale especialmente en el género flamenco” (Nuevo Mundo, 8-3-1906).

Amalia Molina

La cantaora y bailaora Amalia Molina

Una presencia imprescindible en los mejores eventos

Durante más de un año, la artista sevillana, siempre muy solicitada, compagina sus actuaciones en los mencionados locales con la participación en distintos eventos. Así, en octubre de 1905, Amalia es la encargada de cerrar la fiesta en honor de la prensa francesa organizada en el Teatro Español por el semanario Blanco y Negro. La acompañan Adela Cubas y las bailarinas Pepita Martínez, Celia la Gaditana y Lucía Yárritu.

Una vez más, sus cantes conquistan a la prensa y entusiasman al auditorio, que le solicita sus famosos tangos de Los lunares de San Pedro:

Amalia Molina no tiene rival en el tiento de los lunares, en los tangos y en las granadinas” (El Liberal, 22-10-1905).

“La Srta. Cubas dibujó en la guitarra magistralmente aires andaluces, acompañando a la señorita Amalia Molina. Ésta arrebató a españoles y extranjeros; el auditorio no se cansaba de aplaudirla ni ella de bordar, con filigranas de estilo, coplas y más coplas” (Blanco y Negro, 4-11-1905).

Amalia Molina no es bonita: es pire (1), que dicen los franceses. Es la gracia femenina, encerrada en un cuerpo esbelto, menudo, cimbreante, de mujer, reflejada en unos ojos habladores, que iluminan un delicioso minois (2) de andaluza salada y picaresca. […]

Las sevillanas entusiasman al público. Y de repente suenan claras y ruidosas algunas voces extrañas, de misterioso sentido:
– ¡San Pedro! ¡San Pedro!
¿Qué es esto? ¿Quién invoca al celestial portero? Las voces que le llaman no parecen demasiado devotas: suenan a alegría de vivir, no a austeridades de oración. Amalia sonríe, levanta la cortina roja del escenario, y habla con un señor vestido de frac […]. Y suenan otra vez los crótalos y vuelven las sevillanas” (La Época, 26-10-1905).

Amalia Molina (Nuevo Mundo, 8-3-1906)

Amalia Molina (Nuevo Mundo, 8-3-1906)

Una artista flamenca de primera fila

Dos meses más tarde, sobre las tablas del Salón Zorrilla tiene lugar otro acontecimiento artístico de primer nivel, una velada de cante y baile flamenco con el siguiente elenco: las bailaoras Nicolasa González y la Paloma; los cantaores Antonio Chacón, Juanito Ríos, el Niño de Jerez, y Luisa la de los Tangos; y el guitarrista Miguel Borrull. “Y para que la velada fuera completa, la popular Amalia Molina, bailó unas sevillanas y un tango con toda la gracia que hay en Serva la vari” (El País, 10-12-1905).

En una entrevista concedida años más tarde, Amalia expresa su admiración hacia el cantaor jerezano:

“- ¿Cuál ha sido su maestro de canto flamenco?
– ¡Chacón!… Es el que más me gusta. Yo lloro oyendo cantá a Chacón… Juan Breva también se traía lo suyo. A mí el flamenco me gusta cantarlo al piano… ¡Qué sé yo!… A la guitarra me huele a aguardiente y en orquesta a champagne” (Nuevo Mundo, 23-3-1917).

A la intensa y exitosa actividad desarrollada por Amalia Molina en la Villa y Corte hay que sumar sus escapadas a otras ciudades, como Barcelona o Murcia, así como una breve tournée por Portugal. Números como El Cocotero, El hoyito o el imprescindible Los lunares de San Pedro obligan a la artista a repetir en numerosas ocasiones. Su popularidad es tal que incluso varios príncipes extranjeros acuden al Central Kursaal a disfrutar de su espectáculo.

El cantaor Antonio Chacón

El cantaor Antonio Chacón

En marzo de 1907, no han pasado ni tres años de su debut en Actualidades y la joven sevillana ya se ha convertido en la estrella indiscutible de los mejores saraos. Buena prueba de ello es su presencia en el cuadro flamenco contratado por el embajador mexicano para agasajar a sus ilustres invitados. En él figuran también el cantaor El Mochuelo, el guitarrista Miguel Borrull y las hermanas Esmeraldas. La crónica publicada por el diario El Imparcial permite hacerse una idea sobre la exclusividad del espectáculo:

“Las tres juveniles artistas daban una nota de color a aquel cuadro aristocrático, de suprema elegancia, con sus pañuelos de Manila bordados en sedas de vistosos colores, con los rojos claveles y las peinetas de concha sujetando sus oscuras cabelleras y con la picante hermosura de sus cabezas goyescas.

[…] las figurillas de acuarela se movieron garbosas y rítmicas al compás de la guitarra magistralmente tañida, y las coplas melancólicas o jocundas acompañaban los movimientos de las gentiles bailaoras. Y las manos enguantadas y aristocráticas aplaudían el arte y la gracia encarnados en aquellas lindas chiquillas de pies menudos y ojos de fuego. Sevillanas, tangos, peteneras, toda la gama de los géneros andaluz y flamenco fue pasando ante los espectadores, sin que el cansancio rindiera los gentiles cuerpecitos de Amalia Molina y de las Esmeraldas” (13-3-1907).

Unos días más tarde, en la Fiesta del Sainete, la artista baila unas sevillanas boleras junto a La Argentina, Carmen Díaz, Pepita Sevilla y las hermanas Esmeraldas. Ésta es una de sus últimas actuaciones antes de pasar por el quirófano para someterse a una “seria operación” (Heraldo de Madrid, 16-4-1907), que la mantiene apartada de los escenarios durante varios meses. (3)

Un artista sencilla y decente

En enero de 1908, completamente restablecida, Amalia retoma su apretada agenda con una gira por provincias, comenzando por la costa mediterránea. Ciudades como Cartagena, Murcia, Alicante o Málaga son algunos de sus destinos.

Pepita Sevilla (Cánovas, París)

Pepita Sevilla (Cánovas, París)

En una época en que las estrellas del género ínfimo recurren al descaro y la provocación, y muchas de ellas se convierten en auténticos objetos eróticos, la prensa murciana elogia una vez más la sencillez de la artista sevillana, que no ha de servirse de tales estrategias:

“A la Amalia Molina no es necesario ir a verla trabajar a la sección de una hora determinada para apreciar en ella sus encantos, puesto que con igual modestia se presenta en las primeras horas del espectáculo, que al final de éste. Tampoco tiene que recurrir como otras a ciertos recursos para agradar al público, pues su trabajo es por sí solo sugestivo y arranca a los morenos haciéndose aplaudir tanto cuanto quiere, sin emplear como ya decimos, frases ni ademanes propios de la moderna sicalipsis” (El Eco de Cartagena, 7-1-1908).

Tal vez por eso sus espectáculos son muy apreciados por las mujeres, pues, a diferencia de otras artistas, la Molina es una chica “decente”, digna del público más selecto y refinado (4). Amalia está sobrada de arte, especialmente en el género flamenco. Con su cante y su baile, ella sola se basta para llenar el escenario y arrancar al auditorio sonoras ovaciones:

“El couplet de la mantilla, las soleares y el tango de los lunares, los canta con un gusto singular y los adorna con su correspondiente parte de baile, donde se aprecia que no solamente es la primera hoy en España como cuplestista, sino que también es difícil que nadie la aventaje hoy como bailarina” (El Eco de Cartagena, 7-1-1908).

Canto es el suyo, que si elogiarlo pudiéramos como se merece, no encontraríamos palabras para ello […].

Su baile, no es el desgarrado de otras artistas, no es el flamenco exageradamente achulapado de otras, no: Amalia Molina, baila con elegante finura y artísticos movimientos que agradan sumamente a sus muchos admiradores” (Carthago, 12-1-1908).

“… continúa cosechando justísimos y merecidos aplausos la sin par y elegante bailarina y coupletista Amalia Molina, pues en su trabajo tiene una gran especialidad que consiste en cantarse unas malagueñas de inimitable y exquisito gusto, y muy bien traídas, por cierto, que le valen justas y delirantes ovaciones” (Carthago, 19-1-1908).

Amalia Molina (Manuel Company, 1905)

Amalia Molina (Company, 1905)

NOTAS:

(1) pire: peor.
(2) minois: carita, palmito.
(3) La Revista Ibero-Americana de Ciencias Médicas ofrece algunos datos sobre la intervención a la que es sometida la artista: “Amalia Molina, 20 años, Madrid, soltera. Operada el 9 de abril de 1907. Salpingo-ovaritis quística izquierda con peri-auexitis. Iguales lesiones en los anejos derechos. Extirpación bilateral, dejando solamente un trozo del ovario izquierdo que encontramos sano” (agosto de 1908)
(4) Unos meses más tarde, en una entrevista concedida al diario gallego El Noroeste, la artista se muestra satisfecha por la admiración que despierta entre el público femenino:

Amalia Molina préciase de gustar a las damas. Yo creo que gusta más a los hombres, pero ella lo acaba de explicar.
– Los espectáculos para hombres han decaído. Hay que buscar a las señoras” (10-12-1908).