Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Isabel Cubas, la embajadora de los bailes andaluces (I)

En las décadas centrales del siglo XIX, bailarinas andaluzas como Manuela Perea, Petra Cámara, Josefa Vargas o Pepita de Oliva conquistaron los escenarios de España y Europa con sus danzas boleras, que fascinaban a los públicos por su exotismo y voluptuosidad.

Isabel Cubas (foto de Charles D. Fredricks, 1862)

Isabel Cubas (foto de Charles D. Fredricks, 1862)

Todas ellas alcanzaron gran notoriedad en su momento y son hoy recordadas como grandes exponentes de la Escuela Bolera. Bastante más desconocida, sin embargo, es la figura de Isabel Cubas, otra gran bailarina española que, durante su breve pero intensa carrera, ejerció como embajadora de nuestros bailes a ambos lados del Atlántico y alcanzó una fama extraordinaria en los Estados Unidos, donde provocó una auténtica revolución. Es de justicia, por tanto, reivindicar su memoria.

Sus orígenes

Los escasos datos que hemos logrado recabar sobre la genealogía de Isabel Cubas proceden de la prensa norteamericana, que, incluso décadas después de su desaparición, dedica varios artículos a la memoria de tan insigne artista, si bien nos ofrece distintas versiones sobre su fecha y lugar de nacimiento: hay quien la sitúa en 1831 en Sevilla, mientras que otros afirman que vino al mundo en Valencia en 1837.

Lo que sí parece indiscutible es que Isabel procede de una familia de artistas. Su abuelo, Pedro Cubas, era un buen actor cómico del Teatro Real de Madrid y, aunque una parálisis en los pies casi lo obligó a retirarse, continuó cosechando éxitos en papeles que podía interpretar sentado. Su padre, Juan Cubas, se dedicaba a la misma profesión, mientras que su madre, Pepa Alfaro, destacó por su gran talento como bailarina, también en el Teatro Real (1).

Manuela Perea, La Nena (por G. Herbert Watkins, National Portrait Gallery, Londres)

Manuela Perea, La Nena (por G. Herbert Watkins, National Portrait Gallery, Londres)

Desde su más tierna infancia, Isabel demostró buenas dotes para la danza, arte que empezó a cultivar de la mano de su progenitora. No le costó adquirir la técnica, si bien poseía, de manera natural, otras cualidades tanto o más importantes para su desarrollo artístico y profesional, como “la auténtica calidez andaluza, la animación y la energía impaciente que caracteriza a todas las hijas de este bonito país” (The New York Clipper, 19-4-1862) (2).

Sus primeros pasos como artista

Según esa misma fuente, a los trece años de edad Isabel Cubas fue contratada como bailarina solista en Madrid, y pasó varios años bailando en la corte y en los primeros teatros españoles. Sin embargo, la joven pronto se sintió “encerrada […] en unos límites que ansiaba ampliar” (The New York Clipper, 19-4-1862).

A finales de los años 40, la prensa sitúa a Isabel en ciudades como Murcia o Palma de Mallorca. En el coliseo de la capital balear, trabaja como segunda bolera y forma pareja con el señor Alonso. El programa de las funciones suele incluir obras dramáticas y números de baile, como las “Boleras a cuatro” o “Las mollares de Sevilla”. En ocasiones, la joven comparte cartel con su padre, el Señor Cubas. Veamos algunos ejemplos:

“… A continuación se bailará por la señorita Cubas y el señor Alonso el vals de la Locura; dando fin con la pieza de gracioso en un acto, nueva también, nominada El Vizconde Bartolo, cuyo protagonista desempeñará el señor Cubas” (El Genio de la Libertad, 25-4-1848).

El fandango en el Teatro San Fernando de Sevilla (Gustave Doré)

El fandango en el Teatro San Fernando de Sevilla (Gustave Doré)

“Función a beneficio de doña Isabel Cubas, segunda bolera de este teatro.

Sinfonía

El célebre drama en cuatro actos, titulado JORGE EL AMADOR.

Seguirán las Boleras a cuatro.

Dando fin con el cuadro de costumbres andaluzas, en un acto, escrito expresamente para este teatro con el título de LA AZUCENA, y en el cual, por requerirlo así su argumento, se bailarán Las mollares de Sevilla” (El Balear, 12-2-1849)

La crítica le dedica elogios como éste: “Dª Isabel Cubas nos parece tan buena bolera como Dª Antonia Martín, y no vemos inconveniente en que alterne alguna noche con el Sr. Tenorio; cosa que el público recibiría con agrado” (La Palma, 27-5-1849).

En 1855, Isabel figura como primera bailarina en la compañía del Teatro Principal de Valencia, dirigida por Ambrosio Martínez (El Enano, 25-9-1855). El 29 de noviembre de ese año, se la puede ver en el “cuadro bailable ‘La linda jerezana’”, durante una función a beneficio del actor Antonio Pizarroso, en la que también se interpretan el “jaleo de la pandereta”, fandangos y “boleras jaleadas” (3).

De Valencia… a Europa

Según los datos aportados por Aliston Brown, es entonces cuando Isabel Cubas inicia su periplo internacional, comenzando por el teatro de Turín, junto a una compañía de bailarines españoles. Posteriormente obtiene un sonado triunfo en Milán, en “presencia del emperador Francisco José y de la elite de la sociedad milanesa”. Seis noches de actuación a la semana no son suficientes, y “cientos de personas se quedan cada noche a las puertas del teatro” (The New York Clipper, 19-4-1862).

La malagueña y el torero (Gustave Doré)

La malagueña y el torero (Gustave Doré)

Tras conquistar al público de Venecia, en mayo de 1856 la Cubas debuta en Bucarest. Allí despierta la admiración del Príncipe Ghika y su esposa, que la invitan a “interpretar los bailes favoritos del soberano, El Ole y La Madrileña” (The New York Clipper, 19-4-1862). De allí viaja a Rusia y llena durante cinco meses el teatro de Odessa.

Ancho es el mundo

Después de pasar unos meses en España, Isabel Cubas retoma su gira mundial en Constantinopla:

“Llegó en diciembre de 1857 y permaneció allí hasta mayo de 1859. Tanto los fríos musulmanes como los extranjeros se encendieron con la belleza y la gracia de la Señora Cubas. Bailó repetidamente en el teatro privado del Sultán y también para las dos hijas de Abdul Medjid; y recibió numerosas invitaciones de los nobles turcos” (The New York Clipper, 19-4-1862).

En junio de 1859, Isabel llega a Egipto. A través de un diario alemán conocemos la impresión dejada por española en los últimos lugares que ha visitado:

“… la Sra. Isabel de Cubas, bailarina española, […] ha hecho durante mucho tiempo las delicias de estos países hasta el punto que […] uno de nuestros amigos nos escribía a propósito de su partida: ‘¡Nuestra bailarina española se va a marchar, qué pena! Entrábamos en calor con ese baile vivo y palpitante, con esa mímica ardiente, con las llamas de esos bonitos ojos, nuestros hielos se estaban derritiendo; […] Nuestros fríos nos van a parecer mucho más duros tras haber disfrutado durante cuatro meses de los rayos de sol de Andalucía’” (Magdeburgische Zeitung, 12-8-1860) (4).

Pepa Vargas en el Ole (J. Vallejo, 1840)

Pepa Vargas en el Ole (J. Vallejo, 1840)

Ante una reunión de damas de la buena sociedad de Alejandría, “la Sra. Cubas ejecutó ‘la cachucha’ y ‘la flor de Andalucía’, dos bailes españoles en los que hizo maravillas”. La crítica elogia “su gran talento, que, acompañado de la flexibilidad de sus poses y de la sonrisa más encantadora y graciosa del mundo”, la convierten en “una de las primeras bailarinas de Europa” (Magdeburgische Zeitung, 12-8-1860). La acompaña quien será su pareja artística en los escenarios de todo el mundo, el bailarín Juan Ximénez.

Triunfo en el Lyceum de Londres

Durante el año 1859, Isabel también baila en El Cairo, Malta y Túnez, antes de debutar en el Lyceum Theatre de Londres a finales de diciembre. Como es habitual en esa época, Cubas y Ximénez actúan en los intermedios entre dos obras, o bien sus números se insertan en alguna de las piezas representadas.

La española destaca por su exótica belleza y su físico rotundo, grandioso, en las antípodas de la delicadeza que caracteriza a las bailarinas de otras escuelas. El suyo es un baile de fuerza, más de brazos que de pies. También llama mucho la atención la riqueza y el colorido de su vestuario:

“Doña Isabel Cubas es una belleza puramente española tanto por sus rasgos como por su complexión. Su figura es grandiosa y su estilo, imponente […]. Su baile destaca por su fuerza más que por su agilidad, y depende más de la gesticulación y la postura de las partes superiores del cuerpo, que a veces giraban y oscilaban como un péndulo, que de los pies. Al mismo tiempo, su dominio de las extremidades inferiores era incuestionable, y ejecutó pasos que, tanto por su grandiosidad como por la facilidad y firmeza con que fueron ejecutados, resultaron realmente asombrosos. Pero no fue ‘baile’ en el sentido que estamos acostumbrados a asocial al término. No fue esa actuación clásica, elegante e irresistible que hemos admirado con tanta frecuencia en Taglioni, Héberlé, Carlotta Grisi y otras de la escuela terpsicórea pura…” (Morning Chronicle, 31-12-1859).

“Sus vestidos […] eran a la vez sencillos y caros, y se distinguían por un contraste de color que evidenciaba el gusto más apropiado” (The New York Herald, 23-1-1860).

Petra Camara en el baile La Granadina

Petra Camara en el baile La Granadina (por M. Pineda)

El día de su debut, Isabel y Juan ejecutan un baile aragonés en pareja, en el que el mayor protagonismo recae sobre ella, mientras que él no es más que “un hábil secundario” (Morning Chronicle, 31-12-1859). La Cubas destaca por “su estilo expresivo, su voluptuoso abandono, su fascinante coquetería y su chispeante gracia”, que conquistan “rápidamente el favor de los espectadores” (The Era, 1-1-1860). En su segunda intervención, la española vuelve a triunfar con la Cachucha:

“Después la bailarina, que se había acompañado previamente con las castañuelas, se presentó en la Cachucha y usó su abanico con perfecta elegancia andaluza. Este contrato puso de relieve un afán por parte de los organizadores de hacer su programación lo más fuerte posible y el éxito que acompañó a su debut fue categórico” (The Era, 1-1-1860).

Aunque es inevitable la comparación con las boleras andaluzas que han pasado anteriormente por los escenarios londinenses, Isabel Cubas demuestra estar a la altura de las más grandes:

“La señora es guapa y bien formada, elegante y vivaz, y dice mucho de su talento que, aunque llega después de Nena Perea, ha causado una impresión sin duda favorable” (Reynold’s Newspaper, 22-1-1860).

“En el teatro del Liceo de Londres están alcanzando un gran éxito una bailarina y un bailarín españoles, Isabel Cubas y Juan Jiménez. Dice un periódico de aquella capital, que al lado de la Cubas, la Cámara, la Vargas y la Nena, son palurdas bailando con zuecos” (La Correspondencia de España, 11-2-1860).


NOTAS:
(1) En “lista de los actores y actrices que han de representar en los teatros de esta capital en el próximo año cómico, que dará principio el día primero de pascua de Resurrección del presente año de 1929, y terminará el martes de carnaval de 1830”, figuran Pedro y Juan Cubas, como actores cómicos, y Josefa Alfaro, en el cuadro de baile (Diario Oficial de Avisos de Madrid, 18-4-1929). En 1830 vuelven a anunciarse los tres en la capital de España y en 1831, sólo los padres de Isabel (Juan Cubas y Josefa Alfaro).
(2) El artículo se titula “Señora Isabel Cubas” y lo firma Col. T. Aliston Brown (The New York Clipper, 19-4-1862).
La traducción de todos los textos extranjeros es mía.
(3) Esta referencia la aporta Manuel Ruiz Lagos en su artículo sobre “Antonio Pizarroso y García Corvalán”.
(4) Aunque el Madgeburgische Zeitung la reproduce un año más tarde, la crónica está fechada en Alejandría el 23 de junio de 1859.


Boleras, gitanas… ¿Qué tienen esos bailes, que entusiasman al forastero?

* Investigación presentada en el curso “La década prodigiosa (1860 a 1869): El Big-Bang de lo Flamenco”, celebrado en Archidona en julio de 2017, dentro de la programación estival de la Universidad de Málaga.

En la génesis del arte flamenco resulta especialmente relevante la década de 1860 a 1869, pues en ella se producen varios hechos destacados, como el regreso de Silverio Franconetti tras su periplo por tierras americanas, la publicación del cancionero de Lafuente Alcántara o la aparición de un público que asiste con cierta asiduidad a los espectáculos que se ofrecen en las academias de baile sevillanas. Sin duda, esto último tiene mucho que ver con la considerable mejora experimentada por las comunicaciones gracias a la extensión de la línea férrea, que conecta Andalucía con Madrid y la frontera francesa (1).

Silverio Franconetti

Silverio Franconetti

Por otra parte, durante la década de 1860 “se empieza a generalizar en la prensa andaluza el uso de la palabra flamenco para señalar este producto que […] antes se llamaba de mil maneras, como bailes andaluces, bailes de candil o cantes gitanos” (Ortiz Nuevo, en Sur, 18-6-2017). Asimismo, los rotativos europeos y americanos publican crónicas de corresponsales en Sevilla o en otras ciudades andaluzas, que cuentan sus impresiones sobre los cantes y bailes de nuestra tierra.

Son especialmente dignos de mención los relatos de Charles Davillier, magistralmente ilustrados por Gustave Doré y publicados, bajo el título genérico de “Viaje a España”, en la revista francesa Le Tour du Monde. El análisis de esos textos daría por sí mismo para un amplio estudio, que excede a los objetivos de este post.

No obstante, Davillier no fue el único cronista extranjero que se interesó por nuestro arte. Otros muchos vinieron a Andalucía y asistieron a locales como el sevillano Salón del Recreo. Lo que allí presenciaron no les dejó en absoluto indiferentes.

Una academia de baile en Sevilla (Gustave Doré, Le Tour du Monde, 1860)

Una academia de baile en Sevilla (Gustave Doré, Le Tour du Monde, 1860)

¿Qué tienen esos bailes, que tanto llaman su atención?

Sin ánimo de ser exhaustivos, tomaremos como muestra tres crónicas, publicadas respectivamente en el Cincinnati Daily Press, en el London Telegraph y en The Sun de Nueva York (2) entre 1860 y 1869. Dos de ellas están ambientadas en Sevilla y la otra, en Córdoba. A pesar de la diversidad geográfica y temporal, se aprecian notables coincidencias.

El cronista del London Telegraph y el del Cincinnati Daily Press acuden a un salón de baile sevillano, identificado por el primero como el Salón del Recreo, sito en la Calle Tarifa. A juzgar por las descripciones que ofrecen, bien podría tratarse del mismo lugar en ambos casos: una sala estrecha y alargada, con bancos alineados contra la pared, en los que se sienta el público. Entre los espectadores se encuentra un buen número de extranjeros, que ocupan un lugar privilegiado, cerca de los artistas.

Un baile de candil en Triana (Gustave Doré, Le Tour du Monde, 1860)

Un baile de candil en Triana (Gustave Doré, Le Tour du Monde, 1860)

En cuanto al espectáculo, el mayor protagonismo corresponde a la danza, que llama mucho la atención por su exotismo y voluptuosidad. Se distingue expresamente entre bailes nacionales o boleros y bailes gitanos:

“Las chicas y los hombres bailaron los bailes nacionales, el Bolero -el baile de Jerez y el de Sevilla– […]. Uno de los bailes era sumamente coqueto y gracioso. Fue bailado por un hombre y una de las chicas. Ella hizo las cosas más cautivadoras con la cara, que se convirtió casi en la viva expresión del sentimiento y la fantasía, mientras que su compañero manejó la capa y el sombrero español de la manera más elegante y expresiva. Era un baile completamente nacional. […] Al final tuvimos el baile gitano. La gitana bailó de un modo muy peculiar, que no soy capaz de describir” (Cincinnati Daily Press, 27-3-1860). (2)

“… tuve la suerte de ver el jaleo ejecutado por una celebrada Gitana, y de contemplar sus maravillosas evoluciones en un sinfín de boleras, fandangos, oles y seguidillas. No espero ser capaz de transmitiros una idea de la nerviosa excitación que me produjo la contemplación del auténtico baile español. Ni el csárdás húngaro ni la hora rumana, ni la tarantella napolitana […] están dotados con la misma facultad mágica de entusiasmar a los espectadores que poseen estos extraordinarios espectáculos […]. Ni las almées de Egipto bailan con esa voluptuosa vivacidad, con esa flexibilidad de movimientos propia de una pantera. El jaleo, por ejemplo, es una actuación en la que el cuerpo se mantiene perfectamente erecto de cintura para arriba, y sólo las caderas y las extremidades inferiores convulsionan rítmicamente en extrañas y elocuentes contorsiones” (London Telegraph; en The Sunday Appeal, 10-1-1869).

Gitana bailando el zorongo en un patio de Sevilla (Gustave Doré, Le Tour du Monde, 1860)

Gitana bailando el zorongo en un patio de Sevilla (Gustave Doré, Le Tour du Monde, 1860)

Y el cante…

Aunque, como se ha visto, el papel más destacado corresponde al baile, los cantaores también empiezan a reclamar su espacio, bien al servicio de la danza, bien como solistas, y es habitual que se acompañen a sí mismos con la guitarra. Resulta especialmente llamativa la impresión que produce al cronista londinense ese primitivo cante flamenco:

“Otro hombre tocó la guitarra y cantó, a veces solo y otras como acompañamiento al baile. Tenía una voz alta y clara, y un comportamiento muy animado” (Cincinnati Daily Press, 27-3-1860).

“… un guitarrista, que no sólo rasguea su instrumento sin piedad sino que, a intervalos, mientras se ejecutan las seguidillas, maúlla una serie de estrofas improvisadas con una estridencia inaudita. Imaginad, si podéis, a un enorme gato macho sin castrar aumentado al tamaño de un ternero, que, con una voz proporcional, chilla a los azulejos sus quejas amorosas de solicitación apasionada, y os haréis la vívida idea de un trovador andaluz cantando una seguidilla” (London Telegraph; en The Sunday Appeal, 10-1-1869).

El Bolero (Gustave Doré)

El Bolero (Gustave Doré)

En los dos casos, una vez concluida su actuación, la gitana o la bailarina bolera se saca un pañuelo del pecho y lo lanza a un caballero extranjero para que se lo devuelva con una moneda dentro.

En el ámbito privado

Por su parte, el relato de The Sun está ambientado en Córdoba, en una fiesta celebrada en el patio de una casa a la que el cronista llega por casualidad y es invitado a entrar. En este caso, la que canta y rasguea la guitarra es una mujer, mientras que varias personas tocan las palmas.

Tras el cante, calificado por el narrador de “salvaje”, viene el baile, que se verifica sobre todo de cintura para arriba y se acompaña con las castañuelas:

“El baile se ejecuta balanceando el cuerpo y moviendo los brazos en el aire con más o menos gracia. Los pies se usan sólo lo suficiente para moverse lentamente por la habitación, dando pasitos cortos al ritmo de la música. Sólo se piensa en el balanceo del cuerpo y la agitación de los brazos, y de la habilidad o gracia con que se haga depende el éxito del baile. Por tanto, sólo las chicas altas y elegantes pueden ejecutar bien esos bailes españoles nativos. Mientras se mueven los brazos, las castañuelas son usadas constantemente, no sólo por la bailarina, sino también por quienes la contemplan” (The Sun, 22-4-1869).

Majos y majas volviendo del Rocio (Gustave Doré)

Majos y majas volviendo del Rocio (Gustave Doré)

El ‘auténtico’ baile andaluz

Según se desprende de estas crónicas, así como de otros textos publicados en los mismos años, existe la convicción de que los bailes andaluces y españoles sólo poseen sabor auténtico cuando son interpretados en su propio contexto por artistas de la tierra:

Boleros, fandangos y oles habéis visto muchos en Londres, pero sospecho que nunca ejecutados como en este fétido tercer piso de la Calle Tarifa” (London Telegraph; en The Sunday Appeal, 10-1-1869).

“Muchos residentes en las ciudades americanas han visto el baile español como se ejecuta en los teatros. No obstante, salvo por el vestido y por el uso de las castañuelas, la cachucha y los bailes generalmente ejecutados como españoles no se parecen lo más mínimo a éstos” (The Sun, 22-4-1869).

Paul de Saint-Victor, en un artículo publicado en 1865 en el diario parisino La Presse, define ciertas características específicas de los “auténticos” bailes andaluces. Es interesante constatar que, a pesar del tiempo transcurrido y de la evolución experimentada, algunos de esos rasgos aún siguen estando presentes en el baile flamenco, por ejemplo los siguientes:

El fandango en el Teatro San Fernando de Sevilla (Gustave Doré)

El fandango en el Teatro San Fernando de Sevilla (Gustave Doré)

– La protagonista indiscutible de esas danzas es la mujer, que, según Saint-Victor, pasa de un momento a otro de la pasividad a la actividad, del abandono a la furia, de la indolencia al ardor:

“… la mujer experimenta transiciones repentinas, de la indolencia del harén a la energía del combate, de la esclavitud al imperio, de la tierra al cielo. Hace un momento, sus gestos describían movimientos serviles; su cuerpo flexible y cariñoso parecía arrastrarse hacia un maestro invisible… Pasa un soplo; su cabeza se vuelve a levantar, su fosa nasal palpita, un rayo de arrogancia vuelve a encender su pupila […]; o bien volveréis a verla retomar ese aire y ese movimiento extático con los que las vírgenes de Murillo flotan sobre la medialuna, en un cielo de púrpura y de rosas. Orgullo, pasión, pasividad, entusiasmo del amor, frenesí del placer, éxtasis y ensueño de felicidad, todos esos matices del alma se mezclan y se confunden en el baile colorido de Andalucía, que expresa en un momento pensamientos de reina y locuras de bohemia” (La Presse, 19-6-1865).

Gitana bailando (Doré, Le Tour du Monde, 1860)

Gitana bailando (Gustave Doré, Le Tour du Monde, 1860)

– Lo mismo que el cronista cordobés, y con esto concluimos, el periodista de La Presse hace hincapié en otro de los rasgos que tradicionalmente han definido al baile flamenco de mujer, y que aún sigue vivo, por ejemplo, en la Escuela Sevillana, esto es, el baile de cintura para arriba:

“… se reconoce el estilo de esos bailes moros, en los que el torso se mueve sobre las piernas casi inmóviles, y en los que la bailarina se parece a una mujer petrificada hasta la cintura […]. Los pies son libres, es cierto, pero caracolean en un estrecho círculo; y el movimiento se concentra en los giros y las ondulaciones de la cintura. […] Si el baile europeo tiene las alas del pájaro, la danza oriental tiene los anillos de la serpiente. El pájaro os atrae pero la serpiente os fascina. Cuando ese paso es ejecutado por una bailarina de pura raza, la ilusión es completa, creéis ver a una almée árabe bailar la zambra” (La Presse, 19-6-1865).


NOTAS:
(1) Según José Luis Ortiz Nuevo, “Fue un tiempo en el que con el ferrocarril no vienen ya sólo los viajeros románticos muy ricos, eso hace que haya un público y, cuando hay un público, hay un arte, porque hay una profesión y unas citas semanales en las academias de baile, que se convierten en sitios de enseñanza y de recreo” (Sur, 18-6-2017).
(2) Las crónicas son las siguientes:

– “Peculiar Entertainments of the Spanish Women – The Gipsy Dance” [Diversiones peculiares de las mujeres españolas – El baile gitano], Cincinnati Daily Press, 20-3-1860.

– “Street Sketches in Sevilla – The Andalusian Minstrelsy and Dancing” [Apuntes callejeros en Sevilla – La juglaresca y el baile andaluces], London Telegraph (reproducida por The Sunday Appeal, Memphis, 10-1-1869).

– “Spanish Concert and Dancing” [Concierto y baile español], The Sun, Nueva York, 22-4-1869.

(3) La traducción de todos los textos extranjeros es mía.

 


Una fiesta en Sevilla – La Nena*

La famosa historia de la bailarina Pepita Durán y del diplomático inglés que ha circulado estos días por la prensa, ha traído a mi memoria el recuerdo de otra artista coreográfica que aún vive y que gozó de justa fama allá por los años de 1860 a 1866.

Me refiero a la Nena.

Manuela Perea, la Nena (Bacard, 1854)

Manuela Perea, la Nena (Bacard, 1854)

La Nena que es para mí como para otros muchos un recuerdo de mi juventud, un soplo de brisa perfumada de esa Andalucía en cuyas fiestas, bailes y cantares se conserva aún el reflejo de nuestras costumbres antiguas y características.

Una mañana apareció en los carteles del teatro del Circo de la plaza del Rey, el anuncio de Una fiesta en Sevilla, baile genuinamente español puesto en escena por el maestro Moragas, y en el que tomaría parte la célebre e incomparable bailarina.

Ni una localidad quedó sin vender en el despacho. Paso por alto la comedia que se representó antes del baile y entro de lleno en el relato de éste. Al levantarse el telón aparecían algunas parejas de mujeres bailando al son de un guitarrillo en una habitación tan escueta, tan pobre y vieja, que daba grima. Yo hubiera querido ver en su lugar uno de aquellos patios de los corrales de Andalucía, con sus arcadas medio árabes, sus barandales de madera, sus tiestos de alelíes, su parra que trepa por las columnas y cuyos pámpanos cuelgan como verdes pabellones, y aquí el brocal de un pozo, y más allá las enjalmas de una caballería o los trastos de un apero.

Después que las boleras terminaron su paso, apareció la Nena.

Manuela Perea, La Nena (Victoria & Albert Museum, Londres)

Manuela Perea, La Nena (Victoria & Albert Museum, Londres)

La Nena, tan airosa, tan ligera, tan esbelta, rebosando gracia, derramando sal, pero ¡oh dolor! vestida poco más o menos como una de esas hadas o sílfides de los bailes franceses, que ya por entonces comenzaban a estar de moda. Un traje blanco, todo blanco, muy corto, muy hueco, con muchas gasas, muchas cintas y tules, ésa era su toilette, que toilette debo llamarle.

Tras una corta escena de música, comenzó un ole muy gracioso. Decir con palabras lo que era el ole bailado por la Nena, es punto menos que imposible. Aun viéndola no se comprendía tanta ligereza, tanta, desenvoltura, tanta exactitud en los pasos más difíciles. Luego vino un cambio de lugar y lo que era habitación mezquina transformóse en calle. Los que han visto una calle de Sevilla, una de aquellas calles tan maravillosamente descritas por Bécquer con sus casas de todas formas y tamaños, sus balcones con macetas de flores semejantes a pensiles colgados, sus ventanas con celosías verdes, enredaderas de campanillas azules, sus tapias obscuras, por las que rebosa el follaje de los jardines en guirnaldas de madreselvas, allá en el fondo un arco que sirve de pasadizo, con su retablo, su farol y su imagen, aquí los guardacantones de mármol sujetos con anillos de hierro, en lontananza las crestas de los tejados, los aéreos miradores, los chapiteles de los campanarios y los extremos de mil y mil veletas caprichosas; los que han visto, vuelvo a repetir, una de estas calles, debieron como yo cerrar los ojos y figurársela allá en su imaginación.

Manuela Perea, La Nena (por G. Herbert Watkins, National Portrait Gallery, Londres)

Manuela Perea, La Nena (por G. Herbert Watkins, National Portrait Gallery, Londres)

Para fortuna de todos, apenas se operó el cambio cuando la Nena tornó á aparecer. Cuando esta bailarina estaba en escena, no se miraba á la decoración, se miraba á ella, y ella, por más que se ataviase á la francesa, era andaluza de ley, desde la punta del pie al cabello. Lástima que en el paso mímico de este cuadro se recordase más de lo debido la música de las sílfides de la ópera italiana.

Vuelve á sonar la campanilla que anuncia otra mutación y aparece el lugar de la fiesta: uno de esos ventorrillos andaluces, con su toldo á la puerta, sus tapias blancas y su cerca de tableros mal unidos; á donde se dirije (sic) la maja en seguimiento de su amante, después de vacilar un segundo entre los celos y el orgullo. En este cuadro tuvo lugar el paso del velo, paso que yo hubiera llamado de la mantilla, porque blanca o negra, mantilla fue, y mantilla manejada con todo el salero de la tierra de María Santísima, la que sacó la Nena, y tras las blondas de la cual se veían brillar a intervalos sus ojos negros como el azabache.

Después de un corta escena de si me conoces, si no te conozco, la maja que sorprendió á su amante infraganti delito de coquetería, se descubrió airada; pero su ira duró poco, sus celos fueron como aquellas flores del cantar, hoy son flores azules, mañana serán miel.

Y en verdad que el abrazo, señal de reconciliación con su amante, debió ser miel, y miel muy superior a la de la misma Alcarria.

Manuela Perea, La Nena (por R. J. Lane, National Portrait Gallery, Londres)

Manuela Perea, La Nena (por R. J. Lane, National Portrait Gallery, Londres)

En este punto comenzó lo mejor del baile.

La Nena, desembarazada de la mantilla, bebió algunas cañas á la salud de los presentes, y comenzó un zapateado de buten. A este zapateado non plus de la gracia y del salero de la tierra, siguieron unas boleras bailadas a la perfección por la Nena y Moragas.

Al comenzar esta parte con que terminaba el espectáculo, todo lo hizo olvidar aquella mujer con su rumbo y su trapío, y su maravillosa e inconcebible agilidad. Se olvidaron las decoraciones, los pasos mímicos, los comparsas vestidos de color de ante, la toilette afrancesada que vestía; porque ella, la Nena, era la encarnación de Andalucía, ella que huye y vuelve, que se repliega sobre sí misma y se crece, que ahora da un desplante que levanta en peso, después una vuelta que aturde y fascina.

Ésa era la Nena, ésa era la Nena, guardadora fiel de las tradiciones andaluzas; de esas tradiciones que comenzaron a perderse hace cuarenta años, y de las que hoy día no queda más que un recuerdo.

La civilización ¡oh! la civilización es un gran bien; pero, al mismo tiempo es un rasero prosaico, que concluirá por hacerle adoptar á toda la humanidad un uniforme.

España progresa, es cierto; pero, a medida que progresa, abdica de su originalidad y de su pasado.

Manuela Perea, la Nena (por Guy Little, Victoria & Albert Museum, Londres)

Manuela Perea, la Nena (por Guy Little, Victoria & Albert Museum, Londres)

Los trajes, las costumbres, y hasta las ciudades se transforman y pierden su sello característico y primitivo.

Toledo para los amantes de las glorias y las leyendas de los siglos que han sido, y Sevilla para los entusiastas de las costumbres características de un país, debieran dejárnoslas intactas, siquiera para muestra. Pero no: llegará un día en que Toledo vea por tierra su histórico y extraño Zocodover; un día en que sus calles estrechas, tortuosas y llenas de sombra y de misterio, se transformen en boulevares, vendrá un tiempo en que el pueblo andaluz vestirá con blusa y gorra, como los obreros catalanes, trasunto fiel de los franceses; habrá más moralidad, más ilustración; en vez de reunirse en bulliciosas zambras á las puertas de los ventorrillos, acudirán al teatro; en vez de comprar los romances de los siete niños de Écija, y cantar cantares flamencos, leerán periódicos y tararearán aires de ópera; todo esto es mejor, seguramente, pero menos pintoresco, menos poético; dejad, pues, que mientras se regocija el pensador y el filósofo, lloren su pérdida el pintor y el poeta.

El pintor y el poeta, que sienten no ver salir aún de las antiguas fortalezas, y haciendo crugir (sic) el colgadizo puente con la pesadumbre de un caballo de hierro, al señor feudal que marcha al combate precedido de su pendón de ricohombre y escoltado por su mesnada.

El pintor y el poeta, que desearían ver aún en los desiertos anfiteatros luchar a los atletas desnudos y volar a bellísimas Aspasias con el seno levantado por la fatigosa respiración en pos del premio de la carrera…

Eduardo de Lustonó

Noviembre 1901

* Artículo publicado en El Liberal de Sevilla el 26 de noviembre de 1901. Ha sido localizado por José Luis Ortiz Nuevo y se encuentra disponible en el Centro Andaluz de Documentación del Flamenco de Jerez de la Frontera.


Laura de San Telmo, la que dicen que no es sevillana*

La últimas pinceladas del maestro Sorolla, reducido hoy a la esclavitud de su docencia, fueron dadas sobre un cuadro inconcluido en que el modelo era esta genial bailarina del Teatro Lloréns, llamada Laura de San Telmo… Fue el propio pintor de la luz quien le puso el nombre: un nombre evocador de Sevilla por medio de uno de sus más interesantes monumentos. Laura es verdad que se llama Laura, pero sus apellidos fueron sustituidos para lograr la sonora denominación artística por la referencia sevillana y monumental ‘de San Telmo’.

Laura de Santelmo (Nuevo mundo, 22-4-1927)

Laura de San Telmo (Nuevo mundo, 22-4-1927)

Laura es también un monumento ¡como mujer bella, prototipo del sevillanismo femenino -morena, graciosa, de ojos profundos y misteriosos y lustrosos pelo entre negro y azul-, y como artista que siente su arte y lo ejerce como una devoción febril y fervorosa!

Habíamos oído decir que Laura no es sevillana, ni siquiera andaluza, pero viéndola bailar ‘alegrías’ siguiendo el ritmo contrapunteado de la guitarra, sólo pueden dudarlo aquéllos que, aun teniendo ojos, no saben ver más allá de sus narices. Esa magnífica danza del ‘baile jondo’ sólo puede ser interpretada por quienes llevan sangre de por acá en las venas y tienen el pueblo metido en el corazón. Lo que pasa es que Laura no se formó aquí, no recorrió la ruta obligada -desde las casetas a Novedades y desde Novedades al teatro-, sino que luchando por la vida, viéndose huérfana y pobre y madrecita de unos pocos hermanos ‘chipilines’, dio en la buena obra de ser por todos, poniendo por medio su vocación de bailarina. Se fue por el mundo –Madrid, París, Londres– y al tornar a Sevilla trae labrada su fama, reconocido su valer por los grandes públicos y hecha una mujercita. A Sevilla ha venido a contrastarse en el ambiente. Y los que saben del baile a lo clásico, sin resabios varietescos ni requilorios falsos, han tenido a bien concederle su aprobación entusiástica.

Caricatura de Laura de San Telmo (El Noticiero Sevillano, 6-10-1922)

Caricatura de Laura de San Telmo (El Noticiero Sevillano, 6-10-1922)

Pasa con el baile lo que con el cante: se ha creído, hasta el concurso de Granada, que el cante era la decadente mistificación falmenquista que nos servían entre gorgoritos, ronquidos, salivazos y palitroqueo los ‘cantaores’ insoportables. Ahora se sabe que el ‘cante jondo’ no es el cante flamenco, y ya se va sabiendo que también hay un ‘baile jondo’ que no es ciertamente el de los cuadros de la flamenquería. Vuelve lo sobrio, lo castizo, lo que es verdadero de la raza… Ya va volviendo también a ponerse sobre los hombros varoniles la clásica capa y los bustos de las mujeres se envuelven sin desdoro en los pañolillos de Manila. Nos vamos encontrando de nuevo.

Después de aplaudir el arte soberano de Laura de San Telmo, hemos ido a saludarla en su camarín del teatro.

– Aquí venimos a felicitar a usted.

– Gracias.

– Y, además, a saber si es usted o no paisana nuestra.

– ¡Ya lo creo que lo soy! Nasí en la Alameda y viví en la Macarena hasta los diez y seis (sic) años.

– ¿Hace mucho tiempo que nació usted en la Alameda?

– Hace veintidós años; y ahí está mi partida de bautismo que no me dejará mentir.

– Pero, ¿se va usted a casar? Parece que ha sacado usted los papeles…

– No; es que no quiero que me prendan por indocumentada.

– ¿Tiene usted familia aquí en Sevilla?

Laura de San Telmo (portada de La Unión Ilustrada, 29-8-1918)

Laura de San Telmo (portada de La Unión Ilustrada, 29-8-1918)

– Ya lo creo. Mis abuelos y ‘la mar’ de parientes.

– ¿Cómo se hizo usted ‘bailaora’?

– Porque tenía muchas ganillas de serlo. Yo vivía con mis padres y mis hermanos… Ayudaba a llevar la casa, haciendo flecos para mantones… Nos quedamos ‘toos’ huerfanitos, y como yo era la mayor, me dije: los flecos no dan para mantener a toda esta patulea, de modo que a bailar se ha dicho… Y me fui por el mundo y… aquí me tiene usted: salvé la situación de la familia y me he dao el gusto a mi voluntad de ser artista.

– ¡Admirable, Laura!

– Pero no le quiero decir a usted ‘na’ de lo que he pasao para llegar donde estoy.

– Y está usted contenta de su triunfo.

– Aún, no. Nunca creo que llegué a la perfección. Todos los días estudio

– Y del público sevillano, ¿está usted satisfecha?

– Naturalmente. Me ha aplaudido mucho y sus aplausos son los que mejor han resonado dentro de mí. […]

Nota:

* Fuente: El Noticiero Sevillano, 6-10-1922. Este texto ha sido localizado por José Luis Ortiz Nuevo y está disponible en el Centro Andaluz de Documentación del Flamenco de Jerez de la Frontera.

 


“La Imperio se retira”

“Nuestro querido colega ‘El Noticiero Universal’, de Barcelona, publica la siguiente interviú de uno de sus redactores con la bella cupletista sevillana Pastora Imperio, y que reproducimos por creer ha de despertar interés en nuestra capital.

***

Pastora Imperio (El Día, 10-1-1917)

Pastora Imperio (El Día, 10-1-1917)

… La Orquesta ataca las primeras notas de un pasodoble alegre y saleroso…

En el escenario, con una mano en la cadera y la otra marcando un braceo arrogante y castizo, luciendo las gallardías de su cuerpo majo, aparece la artista, arrebolada su cara morena, entreabierto el estuche sangriento de su boca, abiertos, muy abiertos los ojos esmeraldinos, sombreados por las pestañas negras, muy negras y muy largas…

Luego canta. Canta una copla en la que la musa popular puso su alma. Una copla que habla de amores, besos y suspiros, celos gitanos, risas y sollozos…

Canta, y mientras la copla tiembla en sus labios, sus ojos, sus divinos ojos, ora parpadean acariciadores, ora brillan maliciosos, rientes, ahítos de alegría y amores; ora, en fin, rutilan, despidiendo centellazos acerados y reflejando, desafiadores y soberbios, la indómita arrogancia de una raza de héroes y fanáticos…

‘Yo soy la descendiente de aquellas majas que tanta guerra dieron a Napoleón…’

Dice. Y su figura y su gesto, evocan la figura y el gesto feroz de la hija de ‘Malasaña’, la heroína popular…

Luego cantarinea la vihuela agarena, rasguea el que la tañe con picados y punteos monorrítmicos que tienen dejos alegres, dejos tristes, dejos de lloros…

Pastora Imperio

Pastora Imperio

Y la bella, la genial artista se adelanta. Enarca los brazos alrededor de la cabeza a modo de nimbo. Crotalean sus dedos a compás, repiquetean sus pies sobre el tablado, marcando trenzados y redobles inverosímiles de puro complicados…

Y el cuerpo de la bailadora, grácil y esbelto como el de una bayadera india, como el de una sacerdotisa dionisíaca, gira, tiembla, se encoge felinamente, se dobla, se agiganta, en mil posturas y ademanes plenos de gracia, de arte, de armonía de líneas, dignos de la valentía de un pincel zuloagnesco…

La seda, joyante, se ciñe al cuerpo, dejando adivinar la euritmia venusina de la carne palpitante. Y caireles, faralaes, plisados de gasa, lazos y cintas, madroños y flores de oro y de plata, revolotean alrededor de la artista como insectos deslumbrados por el resplandor de los divinos ojos esmeraldinos de misterio

***

[…]

– Conformes, y muy agradesía… Pero le arvierto asté – nos dice Víctor Rojas, el simpático hermano de la Imperio – que hase sinco minutos que ha estao un compañero de usté a solisitá lo mismo… y también ha aseptao mi hermana Pastora. Asín es, que se lo digo, pa que luego no me eche usté ninguna mardisión si el otro se l’adelanta y publica la informasión antes que usté en otro diario…

Pastora Imperio con su madre, Rosario la Mejorana, y su hermano, Víctor Rojas

Pastora Imperio con su madre, Rosario la Mejorana, y su hermano, Víctor Rojas

El repórter siente algo como un golpe de mazo en la nuca, a tiempo que de todo su cuerpo mana un sudor frío, característico en los casos de azoramiento.

De suceder las cosas tal como anuncia Víctor Rojas, el más espantoso de los ridículos caería sobre el reportero, al encontrarse con que ‘otro’ le había ‘birlado’ las primicias de un rato de charla con la genial Pastora

– ¿Y sabe usted qué periódico es ese ‘querido compañero’, que me ha tomado la delantera? – preguntamos por decir algo, y próximos al síncope.

– No, señó, no lo sé de fijo, pero creo que es de un periódico de la mañana…

Al oír esto, el reportero da un bote como cualquier pelota de goma.

– ¡Un periódico de la mañana! – piensa -. Es decir, que si logro celebrar y publicar la interviú hoy mismo (son las doce y media) le doy un disgusto mayúsculo al ‘madrugador’ y me evito un ridículo espantoso…

– ¡Qué! ¡Parese que se l’ha pasao argo el susto!, ¿eh?

– Oiga usted, Rojas. ¿A usted se le han roto alguna vez las seis cuerdas de la guitarra a un tiempo mientras acompañaba una copla a su hermana, en el escenario?

– ¡Hombre, a mí, no! Pero yo creo que me hubiera dao un tabardiyo de la sofocasión que hubiera pasao…

Pastora Imperio, ataviada para interpretar El amor brujo

Pastora Imperio, ataviada para interpretar El amor brujo

– Bueno, pues hágase cuenta de que hace un momento me he visto en un caso parecido y… he descubierto el medio de que la guitarra suene sin cuerdas y sin que nadie se haya dado cuenta del percance… ¿El caso es para ponerse alegre, o no?

– ¡Josú, ya lo creo!

***

Y en efecto, a la hora indicada (tres y media de la tarde), el reportero se presenta en el hotel en que se hospeda la popular artista.

– La señora ‘Imperio’, nos dicen, está acabando de comer, tenga la bondad de esperarse unos minutos…

Unos minutos que no vienen mal, por cierto, pues durante ellos, y gracias al abanico indispensable del reportero, se evaporan un poco los goterones de sudor que perlean (sic) su frente.

Pero a los pocos momentos se abre la mampara de la escalera y – ¡Oh, cielos! – ¿quién creerá usted que aparece por ella?

Pues nada menos que el ‘compañero madrugador’ del reportero, que acompañado de su buen fotógrafo, se dispone a lograr el correspondiente ratito de charla con la artista.

En este momento, aparece la gentil Pastora, la cual, después de saludar a todos con su deliciosa sonrisa, entreabriendo un poco los ojos esmeraldinos de misterio, ríe a carcajadas al ver la triste figura de los dos reporteros convertidos en estatuas de sal […].

Pastora Imperio

Pastora Imperio

***

Al llegar a la Plaza de Cataluña, el reportero, mustio, alicaído, se deja caer en un banco y como no puede llorar… se queda dormido.

A poco, alguien le habla al oído. Es la Imperio, la mismísima Pastora que, compadecida, se dispone a contar al reportero sus andanzas por tierras americanas.

Y como el tiempo apremia (son las cuatro y media), allá va sin rodeos lo que la Pastora le dijo:

– Como usted sabe, salimos de Barcelona el 4 de agosto del año pasado con rumbo a Buenos Aires.

Sin incidentes durante al viaje, llegamos a aquella capital, donde debuté el 3 de septiembre en el teatro San Martín, con un éxito tan grande cual no recuerdo otro. En este teatro actuaba también un cuadrito de comedia y el dueto ‘Los Chimenti’. Dimos 68 representaciones, celebrándose dos a beneficio mío con unos resultados fabulosos…

– ¿Y después?…

– Después fuimos a Rosario de Santa Fe, Santa Fe de Bogotá, Paraná y Mendoza. De aquí fuimos a Valparaíso por el túnel transandino, tan largo, que los trenes llevan a prevención balones de oxígeno, porque son muy frecuentes los síntomas de asfixia entre los viajeros. Mi madre, sin ir más lejos, y el bailaor flamenco Faíco, hubieron de ser atendidos, por faltarles ya la respiración… También dimos unas representaciones en una población cercana a Valparaíso, que se llama Viña del Mar.

Pastora Imperio (portada de La Unión Ilustrada, 7-9-1913)

Pastora Imperio (portada de La Unión Ilustrada, 7-9-1913)

– ¿Y aquí terminó la tournée?

– No, señor. Antes de zarpar de Buenos Aires, y a ruegos de varios amigos y de la prensa en general, me presenté ante el público bonaerense en tres o cuatro funciones de despedida. ¡Créame usted, que a aquel público lo recordaré yo con cariño toda mi vida!…

– ¿Y en aquella fecha salieron de Buenos Aires?

– El día 2 de mayo, y por cierto, que durante el viaje fuimos detenidos dos veces por buques de guerra. La primera por un acorazado inglés y la otra por dos cruceros franceses que nos dejaron continuar el viaje sin más inconvenientes.

– ¿Y después?

– Llegamos a Cádiz, descansamos en Madrid todo el mes de junio, debuté en Valencia, en el teatro de Eslava, el 7 de julio, donde estuve trabajando hasta el domingo, en que me despedí de aquel público. Aquí llegamos ayer, como usted sabe, y respecto al cariño con que me ha acogido el público de Novedades, no encuentro frases con que agradecerlo. ¡Qué bueno ha sido siempre conmigo el público de Barcelona!

– ¿Cuántas funciones va usted a dar aquí?

– Estoy contratada por diez representaciones

– ¡Y habrá prórroga! ¿Verdad?

[…]

Pastora Imperio (Museo Nacional del Teatro)

Pastora Imperio (Museo Nacional del Teatro)

– Desde aquí iré a San Sebastián, Logroño, Bilbao y Valladolid, donde tengo firmados contratos…

– Y después…

– Después a Madrid y… ¡agárrese usted que ésta es una noticia de las que ustedes llaman morrocotudas… Para la primavera próxima, si la Virgencita de la Macarena quiere, me retiro del teatro.

– ¡¡¡Pastora!!!

– ¡Sí, señor, Pastora se retira del teatro en cuanto haga una tournée de despedida!

– ¡¡Pero!!…

– Sí, hombre. Me retiro… ¡Y no grite, que se va usted a despertar y sería una lástima que se desvaneciera con esto!…

– Oiga usted, Pastora, antes de que salga de ese sueño, dígame usted, por su salusita gitana, algo del Gallo, el divino ‘calvo’…

– ¡Sobre eso, no obtendrá usted ni una palabra! – nos ha dicho.

Al oír esto, la gentil Pastora (o su ‘sombra’) se ha puesto muy seria, ha abierto enormemente sus ojos esmeraldinos.

***

Pastora Imperio, por Manuel Benedito

Pastora Imperio, por Manuel Benedito

– ¡Eh, amigo! ¡Que se va usted a caer! Nos despertamos sobresaltados.

La sombra de la Pastora ha desaparecido.

Son las cinco menos veinte minutos.

En un tranvía, vemos a nuestro querido compañero ‘el madrugador’, que oprime amorosamente unas cuartillas…”

(Emilio G. de Bustillo, El Noticiero Sevillano, 14-8-1916).

NOTA:

Este artículo ha sido localizado por José Luis Ortiz Nuevo y está disponible en el Centro Andaluz de Documentación del Flamenco de Jerez de la Frontera.