Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Carmencita Dauset, la reina de Broadway (III)

En 1888, tras su visita a la Exposición Universal de Barcelona, Carmen Dauset vuelve a triunfar en Madrid y Lisboa, donde “después de prodigarla (sic) grandes elogios […] el público la colmó de aplausos, flores y valiosísimos regalos” (La Correspondencia de España, 12-9-1888).

En abril de 1889 la artista se incorpora al reparto de La Feria de Sevilla, que vuelve a representarse en el Nuevo Circo de París. En la capital del Sena aún “se recuerda la gracia exquisita y el verbo endiablado de esta encantadora bailarina que tuvo tanto éxito, hace dos años, en la creación de la deliciosa pantomima española” (La Presse, 16-4-1889). (1)

Cartel de 'La Feria de Sevilla' en el Nuevo Circo de París

Cartel de ‘La Feria de Sevilla’ en el Nuevo Circo de París

A pesar del tiempo transcurrido, tanto el espectáculo en sí como la almeriense vuelven a conquistar al público francés: “La ‘Feria de Sevilla’ sigue obteniendo su éxito habitual con Carmencita, sus bailes y cantos españoles, y su divertida corrida de toros” (Gil Blas, 5-5-1889).

De París a Nueva York, con Antíope

Sin embargo, en esta ocasión, la estancia de Carmen Dauset en la Ciudad de la Luz no se prolonga demasiado. En el mes de junio, la prensa norteamericana anuncia la contratación de la almeriense por Bolossy Kiralfy, el empresario del Niblo’s Garden de Nueva York, que desea incluirla en su nuevo espectáculo, titulado Antíope.

El montaje original, estrenado en Londres, había alcanzado un éxito considerable. Se trataba de una comedia simple, con argumento mitológico, en la que al final triunfan los buenos y florece el amor. Kiralfy se hace con el vestuario y los decorados, y contrata a algunos de sus protagonistas. Además, durante su viaje a Europa aprovecha para fichar a nuevas estrellas, como es el caso de Carmencita o de las bailarinas Francesina Paris y Alice Gilbert.

Sin embargo, la nueva versión del espectáculo, presentada en el mes de agosto, no satisface demasiado a la crítica norteamericana, que acusa al empresario de haber “arruinado” y convertido Antíope en “una obra larga y aburrida, sobrecargada de diálogo hablado, escrita en un verso de pésima calidad, y con excesiva abundancia de música vocal” (The New York Times, 18-8-1889).

Carmencita Dauset

Carmencita Dauset

A pesar de todo, en la función hay elementos que valen la pena, y entre ellos destaca Carmen Dauset:

“un curioso baile por la Señorita Carmencita, una ágil, graciosa y volátil mujer, con ojos parpadeantes y rasgos expresivos. Su baile es extraño y atractivo, y merece la pena ir a Niblo’s sólo para verla a ella” (The New York Times, 18-8-1889).

“Si Bolossy Kiralfy, en su reciente viaje a Europa, sólo hubiese atado a la Señorita Carmencita, su tiempo y dinero aún habrían estado bien invertidos; pues sin duda vale la pena ver a la bailarina española […]. Carmencita es alta, y tan flexible como una rama de sauce. Su baile es el brillante atractivo de Antíope, e incluso hace sombra a los pequeños y exquisitos movimientos de Francescina Paris” (The Evening World, 19-8-1889).

Una artista talentosa y entregada a su arte

Según James Ramírez (2), el debut de Carmen en Nueva York no se produce en el momento más favorable, puesto que coincide con la época vacacional y gran parte de la buena sociedad se encuentra fuera de la ciudad. Sin embargo, la artista española no pasa desapercibida.

Su nombre pronto empieza a aparecer en los papeles, que nos permiten conocerla un poco mejor. La almeriense apenas habla francés ni inglés, porque vive por y para el baile, al que dedica todo su tiempo y sus energías. Es autodidacta y creadora:

Carmencita habla un poquito de francés; inglés hasta el punto de ‘Yes’ y ‘Sauk you’; y español, en su mayor parte. […] ‘Yo nunca, nunca, aprenderé inglés. Soy demasiado tonta. Yo bailo y bailo día y noche, y termino tan cansada que me voy a la cama’ […]

‘como llevo bailando desde que tenía siete años, me llamaron Carmencita, y he mantenido el nombre desde entonces […] prefiero mis propias coreografías originales. Mi baile es invención mía. […] Nadie me lo enseñó. Yo lo adapté a mí’” (The Evening World, 29-8-1889).

Carmencita (Daily Yellowstone Journal, 4-5-1890)

Carmencita (Daily Yellowstone Journal, 4-5-1890)

Además de sus excelentes dotes para el baile, lo que más llama la atención de la Dauset es su extraordinario atractivo físico y su gran poder de seducción:

Carmencita tiene exactamente el mismo aspecto fuera del escenario que sobre él. Su sonrisa es una seductora exhibición de dientes, y sus ojos de ébano son tan inmensos a la luz del día como tras la glamurosa luz de las candilejas” (The Evening World, 29-8-1889).

“Es una belleza suprema. […] Rosada como las rosas es su carne, negro como el azabache es su pelo, y sus ojos son soles eclipsados, brillantes como el mediodía y del color de la medianoche. […] Tiene una expresión, una caída de ojos y un modo de curvar lentamente los labios que es como el amanecer de una nueva vida. El hombre que no ve a Carmencita es un pobre desgraciado, y terminará su existencia con un agujero en su corazón, lo suficientemente grande como para que lo atraviese un coche de caballos” (Los Angeles Herald, 9-9-1899)

Con ella llegó la locura

Realmente, la llegada de Carmen Dauset supone toda una revolución en la escena norteamericana. Frente a un nutrido ballet de chicas que enseñan las piernas, todas las miradas se dirigen a la almeriense, que viste con falda larga y mueve todo su cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, de un modo nunca visto en aquellos lares: “A diferencia del estereotipo de bailarina, Carmencita no se viste con pantis y traje de baño, sino con medias y faldas de los estilos más cautivadores” (Los Angeles Daily Herald, 10-12-1889).

“su baile es maravillosamente ágil; sus giros y contoneos son sorprendentes, pues baila tanto con la cabeza como con los pies, y sus poses expresan toda la pasión de su raza. Su baile es poco convencional, hay muy pocos así” (The Brooklyn Daily Eagle, 1-10-1889).

Carmencita […] ha vuelto loco a todo el que la ha visto, por su gracia y voluptuosidad.

Carmencita (The Salt Lake Herald, 12-10-1890)

Carmencita (The Salt Lake Herald, 12-10-1890)

[…] ¡Qué contoneo el de Carmencita! Ella sólo aparece unos tres minutos en Antíope […], pero esos tres minutos equivalen a toda la noche; de hecho, son la historia de una vida humana. La poesía, el arte plástico y la música se fusionan en esos tres contoneos. Comienzan en la cintura y estremecen la parte superior del cuerpo, hasta desvanecerse en las puntas de los dedos, y se elevan de manera invisible hacia las nubes. […]

Ella baila principalmente con los brazos, con los hombros y el cuello. Se inclina hacia atrás por la cintura como una serpiente de cascabel a punto de atacar, silba de manera extraña, se retuerce hacia un lado, restalla como un látigo y alcanza un clímax espasmódico con sus manos en sus caderas sinuosas, su gloriosa cabeza echada hacia atrás, desafiante, y su busto que sobresale, valiente, hacia delante” (The Salt Lake Herald, 3-11-1889).

La subversión de la danza clásica

La Sra. Cornalba, primera bailarina de la Scala de Milán, elogia las cualidades artísticas de la española, si bien critica su afición por las faldas largas que, en su opinión, disimulan una evidente falta de técnica:

“el encanto de su baile está principalmente en sus efectos de ilusión. Su baile es innovador y nuevo para este país, y es una especialidad en sí mismo. Su arte está más en la flexibilidad de su cuerpo y en la gracia de sus movimientos en general que en sus pasos artísticos. Suponiendo que tuviese que ejecutar la posición de pies en punta, ¿cómo podría usted saber si la hizo o no con esos vestidos tan largos, que le llegan por debajo de las rodillas? […]

Carmencita también es buena en su línea, pero ¿cómo estaría con vestidos cortos? Su baile parecería ridículo. Sus movimientos sinuosos parecerían demasiado sugerentes – muy groseros” (Western Kansas World, 9-11-1889).

Interior de Niblo's Garden, Nueva York

Interior de Niblo’s Garden, Nueva York

Sin embargo, la Dauset tiene muy claro que para seducir al público no necesita mostrar toda su anatomía, pues posee algo que otras no tienen:

“Como mujer, siempre me he preguntado por qué la gente debería mirar a un ejército de mujeres con medias color carne […] Una mujer, quizás, o incluso dos, cuando sus siluetas contrastan -¡pero una docena o un ciento! […] Yo he bailado desde mi infancia […]. Bailaba con las otras chicas para los hombres del pueblo, que nos miraban con la misma cara que ponen cuando beben vino. A un español le encanta vivir una ilusión, aunque sea por un momento, y cuando canta su serenata a la mujer inaccesible que está sobre él, en el balcón, es como si ella estuviera a su lado, en sus brazos […]. Cuando las mujeres bailamos en España los hombres suspiran y parecen compartir todos nuestros movimientos hasta que terminamos y entonces, como una copa de vino vacía, se ha acabado. […] Belleza, sí, tengo belleza, […] pero qué es la belleza de una mujer si no la desean muchos hombres. […] Si sólo supiera hacer piruetas, me relegarían a la novena fila del ballet, porque mis miembros son largos y no estoy gorda como una Sabina, así que he de atraer por lo que sugiero. Hablo como bailarina, señor, y ¿no deseamos siempre lo que no podemos ver? Deje que su buena sociedad critique la indecencia del ballet todo lo que quiera; una mujer en un saco que es capaz de volver los ojos adecuadamente resulta mucho más peligrosa” (The Brooklyn Daily Eagle, 29-9-1889).


NOTAS:
(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.
(2) Ramírez, James, Carmencita, The Pearl of Seville, Nueva York, 1890.


Carmencita Dauset, la reina de Broadway (II)

La Feria de Sevilla en París

El empresario Don José Oller no escatima en medios a la hora de llevar a escena La Feria de Sevilla. Al son de castañuelas, guitarras y tambores, la pista del Nuevo Circo parisino se va llenando de alegría y colorido. Entre los puestos de fruta y buñuelos desfila -a pie o a caballo- una multitud de gitanos, chalanes, majas, toreros e incluso algún inglés despistado.

Las protagonistas del espectáculo son Trinidad Cuenca, vestida con traje de hombre, y Carmen Dauset, quienes, tras vaciar varias unas copas de manzanilla, bailan juntas “una pegadiza sevillana, acompañadas por las guitarras, los ‘¡ole!’ de los espectadores y los bravos acompasados de las espectadoras” (Le Gaulois, 6-3-1887). (1)

Grabado "La Feria de Sevilla" en el Nouveau Cirque, 1877

Grabado «La Feria de Sevilla» en el Nuevo Circo de París

Después “un gitano viene a cantar un poco de ‘flamenco’ lleno de sabor melancólico, y la Srta. Carmen baila, sola, una pegadiza petenera” (Gil Blas, 7-3-1887), “un baile muy lascivo” (L’Intransigeant, 7-3-1887)“; un paso gracioso a más no poder y compuesto de una extraordinaria serie de vueltas de cintura” (Le Gaulois, 6-3-1887).

Es entonces cuando la Cuenca ejecuta la famosa pantomima de una corrida de toros, en la que ella misma encarna al picador, al banderillero y al primer espada; y a continuación, la Srta. Dolores entona la canción ‘Nina’ acompañándose con las castañuelas.

El último cuadro comienza con el paseíllo de los payasos-toreros al son de la marcha ‘Pan y toros’, que es interpretada por la estudiantina. En esta ocasión es el famoso clown Tony Grice, vestido con un traje de luces regalo de Frascuelo, quien se enfrenta a un astado de cartón, que posteriormente será sustituido por un novillo de carne y hueso.

Un espectáculo muy auténtico

La prensa destaca especialmente la fiel recreación del ambiente español y andaluz, conseguida merced a la autenticidad de sus protagonistas y figurantes:

“En una palabra, es España entera la que respira y se agita en la estrecha pista del Nuevo Circo; España, con sus bailes voluptuosos, en los que la Carmencita, la Cuenca y la García rivalizan en gracia exquisita, actitudes provocativas y verbo endiablado” (Le Figaro, 8-3-1887).

Carmencita Dauset

Carmencita Dauset

Por encima de todo, lo que más llama la atención del público es la actuación de Tinidad Cuenca y Carmen Dauset. Esta última, con su belleza morena y su vistosa interpretación de la petenera, trae locos a los franceses:

“Un hombre se sienta a una mesa y entona un aire popular, acompañándose con la mandolina. Después, una bailarina, arqueada de una manera extraña, la señora Cuenca, imita toda una corrida de toros, con mucha gracia, ¡doy fe! Deja sitio a la señora Carmencita, que baila con fantásticos contoneos del busto y las caderas, movimientos de brazos y manos, y abundantes taconeos, la célebre ‘peterera’ (sic).- ‘¡Ole! ¡ole!’, grita la multitud, aplaudiendo” (Le Petit Parisien, 8-3-1887).

“lo más interesante […] es el bolero bailado con mucha chulería por la señora Carmencita, una muchacha guapísima” (Le Matin, 6-3-1887).

El éxito de La Feria de Sevilla supera todos los pronósticos. En los diez primeros días de representación, la recaudación de taquilla asciende a 45.000 francos, y a finales de mayo, cuando se cumplen cien funciones, el Sr. Oller lo celebra invitando a toda la troupe a una “velada muy íntima y marcada por una sincera alegría”, que “terminó con auténticos bailes flamencos que provocaron el entusiasmo de los raros privilegiados de esta fiesta. Las Srtas. (sic) Carmencita y Grau fueron […] muy aplaudidos” (Gil Blas, 31-5-1887).

Cartel de "La Feria de Sevilla" en el Nuevo Circo

Cartel de «La Feria de Sevilla» en el Nuevo Circo

A finales de junio, aprovechando el cierre estival del Nuevo Circo, La Feria de Sevilla sale de gira por el norte de Francia y obtiene, en ciudades como Lille, Le Havre o Amiens, “un éxito brillante” (La Justice, 29-8-1887). A principios de octubre, el espectáculo regresa al local de la calle Saint-Honoré.

De nuevo en España

En el mes de diciembre se anuncia en el Jardín de Invierno de la capital parisina “la bailarina española Carmencita” (Le Radical, 15-12-1887), si bien no podemos confirmar que se trate de la Dauset. Unas semanas más tarde, ya en 1888, retomamos la pista de la almeriense en Madrid, en sendos festivales benéficos celebrados en el Teatro Apolo y en el de Novedades:

“También ofrecerá aquella función la novedad de presentarse al público la aplaudidísima Srta. Carmen Dauset, que bailará unas peteneras de la manera inimitable que tantas ovaciones la proporcionó el año pasado en el circo de Price […]. La Srta. Dauset ha permanecido un año en los teatros de París, donde fue extraordinariamente aplaudida, y antes de volver a salir para el extranjero se presentará al público en el teatro de Apolo pasado mañana” (La Correspondencia de España, 1-2-1888).

“Mañana se verificará en el teatro Novedades una función extraordinaria […]
tomará parte en la función la incomparable bailarina Carmen Dauset bailando las peteneras. Esta bella artista saldrá en esta semana para recorrer varios teatros” (El Liberal, 21-4-1888).

Gran éxito en Aragón

Tras cumplir con sus compromisos en la capital, Carmencita inicia una gira junto a su cuñado Antonio Grau, la bailarina Emilia García y la estudiantina Fígaro. En el mes de mayo actúan con gran éxito en tierras aragonesas. La prensa oscense se llena de alabanzas para la artista, que llega precedida de una gran fama y no defrauda a nadie:

Carmencita Dauset

Carmencita Dauset

“Al anunciar en nuestro número de ayer el debut de la estudiantina Fígaro y de la notable bailarina Carmecita Dausset (sic), lo hicimos con cierta reserva, ante el temor de que resultaran apasionados los elogios de la prensa de otras ciudades, que habíamos consultado previamente; mas a poco de comenzarse el espectáculo, nos convencimos de que toda ponderación resulta pálida, pues la función celebrada anoche en nuestro Teatro principal fue lo más agradable y bellísimo que imaginarse puede. […]

Carmencita Dausset (sic) […], que goza justo renombre en el difícil ejercicio de su profesión, posee la propiedad de fascinar al público con su natural y agradable sonrisa y con los movimientos de su flexible talle: sus diminutos pies son:

‘dos niños traviesos que juguetean
en el mismo dintel del Paraíso’

como dijo el inmortal López de Ayala y, en fin, toda ella es un conjunto de gracia y desenvoltura que ya no cabe pedir más” (La Crónica, 23-5-1888).

Carmencita Dausset (sic) es una maravilla, porque a su natural gracejo y voluptuosidad reúne la circunstancia de bailar a la perfección las peteneras que la han hecho célebre” (La Crónica, 23-5-1888).

En Barcelona, toda una estrella

Unas semanas más tarde, la troupe se dirige a Barcelona, donde se está celebrando la Exposición Universal. El 16 de junio debuta en el Teatro Tívoli “la original e incomparable y bella Carmencita Dausset” (La Dinastía, 16-6-1888), en un programa que incluye dos zarzuelas, cante y baile, y en el que la almeriense vuelve a brillar con sus peteneras, malagueñas -cantadas, estas últimas, por su cuñado El Rojo el Alpargatero– y sevillanas.

Exposición Universal de Barcelona, 1888

Exposición Universal de Barcelona, 1888

Como ya sucediera en Huesca, la crítica catalana cae rendida ante los encantos de Carmen, que empieza ya a perfilarse como la estrella que es:

“La gran atracción de estos días ha sido la presentación de la bailarina Carmencita Dausset, una flamenca originalísima y sumamente simpática.

Dotada de una figura distinguida y graciosa en grado superlativo, su aparición en la escena ya le vale un triunfo.

Pero cuando comienza a bailar y a dar vueltas, se dobla como un junco, se estira, se agacha y da unas pataditas intercaladas con mucha oportunidad, el entusiasmo del público se desborda y, a pesar de bailar sola, les parece ver en la simpática Carmencita todo un mundo coreográfico.

¿Qué baila? ¿Cómo baila? No lo sé. La verdad es que su gracia y su figura dominan al espectador más enemigo de los brincos y las volteretas. Carmencita Dausset es una especialidad, tiene personalidad propia: no puede compararse con ninguna ni decirse de ella que lo hace como ésta o como aquella otra. Carmencita sólo hay una: la del Tívoli” (La Esquella de la Torratxa, 23-6-1888).


NOTA:
(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.


Carmencita Dauset, la reina de Broadway (I)

En un mundo globalizado como el que habitamos, donde no existen fronteras para el arte ni para quienes lo crean, y en el que artistas y espectáculos se pasean por los cinco continentes, e incluso se cuelan en los hogares de millones de personas, con la complicidad de los medios sociales, tal vez nos resulte difícil valorar en su justa medida una figura como la de Carmencita.

Sin embargo, incluso vista desde nuestra perspectiva, no deja de ser sorprendente la trayectoria de esta muchacha que, con poco más de veinte años, se convirtió en reina y señora de las carteleras estadounidenses, y provocó una auténtica revolución con sus bailes andaluces, algo que hoy en día, con el flamenco elevado a la categoría de patrimonio inmaterial de la humanidad, aún sigue siendo un sueño para muchos artistas. Pero, ¿quién es esa Carmencita?

Carmencita Dauset

Carmencita Dauset

Sus inicios

Carmen Dauset Moreno nace en Almería en 1868 y desde muy pequeña sorprende por sus buenas dotes para el baile. Su hermana mayor, María del Mar, está unida sentimentalmente al cantaor Antonio Grau Mora, ‘El Rojo el Alpargatero’, y ambos tienen bastante que ver en la carrera artística de la niña, que se instala con ellos en Málaga, donde asiste a una escuela de baile.

Según su biógrafo, James Ramírez (1), el precio de las clases40 dólares al mes- es demasiado elevado para su familia, que afortunadamente cuenta con la ayuda de “amigos generosos que admiraban y apreciaban la asombrosa elegancia y el talento de la encantadora” Carmencita. Sus progresos son realmente sorprendentes y a los doce años se ha convertido ya en una estupenda bailarina.

En 1880, una jovencísima Carmen Dauset debuta sobre el escenario del malagueño Teatro Cervantes. Los bailes elegidos para la ocasión son la petenera y el vito, a los que la artista imprime su propio sello. El éxito es inmediato y, durante los cuatro meses que permanece en el mencionado coliseo, el público acude en masa a disfrutar con el arte de la almeriense.

Una vez finalizado dicho contrato, durante los cuatro años siguientes Carmen actúa con éxito en numerosas ciudades de la geografía española. Según James Ramírez, a pesar de la proposiciones recibidas mucho antes, sólo en ese momento acepta un contrato para marchar a París.

Primera aventura parisina

En la prensa gala de la época encontramos varias referencias a una bailarina española llamada Carmencita, que actúa en el Alcázar de Verano -un café-concierto situado en los Campos Elíseos- durante los meses de junio y julio de 1885.

Alcázar de Verano, París

Alcázar de Verano, París

Junto a sus paisanos ‘los Fígaros’ y un amplio elenco de artistas locales, la joven interviene cada tarde en un “concierto-espectáculo variado”. Su repertorio incluye bailes como el bolero, la jota aragonesa o ‘La Manola’, así como otros números musicales, tales como ‘La alegre bayadera’ o ‘La reina de las amazonas’. Los papeles destacan su belleza y originalidad, y lamentan la fría acogida del público:

“Una señora que tiene un bonito nombre, Carmencita, baila no sé qué al son de sus castañuelas. Es casi bonita” (Le Figaro, 24-6-1885). (2)

“La Jota aragonesa reporta aplausos cada día a la muy graciosa Carmencita; pero no parece que esta excelente artista sea apreciada en su justo valor: merecería más del público” (L’Orchestre, junio de 1885).

Sin embargo, a pesar de las coincidencias, no podemos asegurar que la artista en cuestión sea Carmen Dauset. Es más, durante los meses siguientes la prensa francesa dedica abundantes líneas a la Srta. Carmen, una exitosa bailarina española que debuta en el mes de noviembre en el Teatro Edén con el ballet Esperanza, y que resulta llamarse en realidad Adela Iglesias.

Nuevos éxitos en España

Tras esta primera aventura parisina, la bailaora almeriense regresa a España y, según James Ramírez, actúa en ciudades como Madrid, Valladolid y Lisboa. En verano de 1886, los papeles la sitúan en Sevilla, en el teatro-circo de la Alameda, donde se representa “la zarzuela en dos actos titulada El Tío Caniyitas o el Mundo nuevo de Cádiz, en cuya obra se bailará por la señorita Dauset, el popular baile del vito” (El Progreso, 10-8-1886). (3)

Antonio Grau Mora, El Rojo el Alpargatero

Antonio Grau Mora, El Rojo el Alpargatero

En diciembre de ese mismo año, coincidiendo con el periodo navideño, la troupe de los Hanlon-Lees representa en el madrileño Circo Price el vodevil Un viaje a Suiza. En el tercer acto de esta obra “la muy aplaudida bailarina española señorita Carmen Dauset” (Diario Oficial de Avisos de Madrid, 14-1-1887) exhibe “sus excelentes facultades en el baile del género andaluz” (La Correspondencia de España, 23-12-1886).

Como ya hiciera Trinidad Cuenca unos años antes, la almeriense se presenta vestida de hombre, y baila con la Srta. Torres unas sevillanas cantadas y tocadas a la guitarra por su cuñado, Antonio Grau. Durante las cuatro semanas que el espectáculo permanece en cartel, Carmen también baila malagueñas y peteneras, y tanto ella como sus acompañantes reciben muchos aplausos:

“Las señoritas Dauset y Torres bailaron unas sevillanas a las mil maravillas, y el actor Sr. Grau cantó malagueñas admirablemente” (El Liberal, 8-1-1887).

“Cada día es mayor la concurrencia que asiste a las representaciones de Un viaje a Suiza […].

A todos estos atractivos se unen el nuevo cuadro introducido en la representación, y en el cual toman parte la primera bailarina señorita Dauset y el actor Sr. Grau en sus preciosas malagueñas cantadas a la guitarra, que tanto gustan al público.

Los aplausos que diariamente reciben estos artistas son numerosos, viéndose obligados a repetir varias veces las malagueñas y el baile flamenco” (Diario Oficial de Avisos de Madrid, 13-1-1887).

Cartel da la bailarina Carmencita en los Campos Elíseos (¿sería la nuestra?)

Cartel de la cantante y bailarina Carmencita en los Campos Elíseos (¿sería la misma?)

De vuelta a París

En el mes de marzo, de la mano del director del Nuevo Circo parisino, D. José Oller, Carmen regresa a la capital del Sena. Con el nombre de “La Feria de Sevilla”, el empresario presenta un espectáculo eminentemente español, para el que cuenta con los mejores “artistas del género flamenco y taurómaco (de circo)” (El Día, 25-2-1887), contratados in situ.

En el elenco destacan el cantaor Antonio Grau, las bailaoras Carmen Dauset y Trinidad Cuenca, el payaso Tony Grice, y la estudiantina dirigida por Miguel Ostolaza. El estreno tiene lugar el uno de marzo de 1887, a beneficio de las víctimas de las inundaciones sufridas en el sur de Francia.

NOTAS:

(1) Ramírez, James, Carmencita, The Pearl of Seville, Nueva York, 1890. Sobre la figura de esta bailaora, puede consultarse también la obra de José Luis Navarro y José Gelardo, Carmencita Dauset. Una bailaora almeriense, Sevilla, La Hidra de Lerna, 2011.

(2) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.

(3) Referencia localizada por José Luis Ortiz Nuevo, ¿Se sabe algo?, Sevilla, El Carro de la Nieve, 1990.


Josefa Vargas, la Terpsícore gaditana (y V)

De París a San Petersburgo

En junio de 1854, Pepa Vargas debuta en París junto a una compañía de bailes españoles. Mientras la gaditana se presenta con la obra Españolas y Boyardinos en el Teatro del Palacio Real, Manuela Perea hace lo propio en el Gimnasio, en lo que puede considerarse una reedición a la francesa de la antigua rivalidad entre ambas artistas. Como sucediera en Madrid unos años atrás, a priori la prensa parece no decantarse claramente por ninguna de las dos:

“¿A cuál preferís? La respuesta es fácil: no lo sé. Las dos son encantadoras, muy bonitas ambas, pero no son rivales” (Le Nouvelliste, 9-6-1854).

“La Vargas tiene más fuego y la Nena más arte; pero las dos son encantadoras y gustan, cada una a su manera” (La Presse, 13-6-1854).

Pepa Vargas, por Giraud

Pepa Vargas, por Giraud

Sin embargo, la Vargas es mucha Vargas, y tanto el público como la crítica, que aún recuerdan con nostalgia el paso de Petra Cámara por los teatros franceses, no tardan en caer rendidos a los pies de la andaluza. Los papeles se cubren de elogios hacia la Terpsícore gaditana, que incluye en su repertorio bailes como La Manola, el Jaleo de las capas, La muñeira, La Jota o La soleá gaditana. De Pepa gusta todo: su belleza racial, la agilidad de sus movimientos, su fuego, su sensualidad…

“Hasta este momento, creíamos que en materia de bailes españoles, después de Petra Cámara, ya no era posible producir efecto alguno […]. ¡Error! ¡Petra Cámara no es más que una ingenua al lado de Pepa Vargas!

El baile de Pepa Vargas es una divagación que sabe de sensualismo oriental y coquetería castellana; sus poses son de un abandono voluptuoso, sus movimientos tienen una crudeza salvaje cuya tradición probablemente haya sido dejada en España por las almées moriscas, y Pepa Vargas debe de tener sangre árabe en sus venas” (Le journal pour rire, 17-6-1854).

Pepa Vargas es una guapa morena, con el cabello y los ojos de un negro infernal, que se flexiona y se vuelve con ligereza y flexibilidad; su baile es enérgico, vivaz, ardiente y menos clásico que el de Nena Perea; la Vargas representa con mayor exactitud lo que llaman en España baile nacional” (La Presse, 13-6-1854).

“su baile tiene una sorprendente velocidad; la rapidez de sus movimientos deslumbra; su ardiente y loca fogosidad fascina. Perfectamente secundada por el señor Guzmán, ha estado maravillosa en la Mantilla, el Zapateado, etc. Ha encantado y seducido a todos los espectadores, que la han colmado de ramos de flores y bravos” (Le Nouvelliste, 9-6-1854). (3)

Teatro del Palacio Real de Paris, por Saint-Aubin

Teatro del Palacio Real de Paris, por Saint-Aubin

“La Pepa Vargas es el baile en todo lo que tiene de más libre, más provocativo, más audaz […]. La Pepa Vargas […] va, viene, torna, se contonea, se lanza en el aire, cae y vuelve a empezar: es un no se qué, que tiene algo de furia” (La Iberia, 18-6-1854).

“La Vargas llena el teatro del Palacio Real con el roce de sus faldas andaluzas y el fuego de sus pasos ardientes. Esta Vargas es un incendio; no baila, arde; va, viene, sucumbe, se vuelve a levantar, está en el cielo, está en el abismo; roza la borrachera, roza la orgía, se acerca al delirio; no sabe dónde pararse y, cuando por fin se para, ya era hora” (Journal des débats politiques et littéraires, 19-6-1854).

Tras enamorar al público parisino, Josefa Vargas se propone conquistar el continente europeo, en una gira de varios meses que la lleva por distintas ciudades y países, y que termina en San Petersburgo en 1855.

Un adiós silencioso

Tras “hacer las Europas”, la Vargas reaparece en Madrid en julio de 1855, para participar en una función a beneficio de los enfermos del hospital de San Jerónimo. La gaditana, que destaca por su “hermosa figura, verdadero tipo de la bailaora española, realzada por su lujo y su gusto en el vestir”, ejecuta un bailable compuesto expresamente para ella, que lleva por título El regreso de la Vargas a España. Como siempre, baila “admirablemente, teniendo que repetir algunos pasos y siendo llamada a la escena al final del baile” (La Época, 16-7-1855).

Ésta es una de las últimas actuaciones que se conocen de Josefa Vargas. Unos meses más tarde, la prensa anuncia su retirada de los escenarios:

“La célebre Pepa Vargas […] hace dos meses que, retirada del mundo, vivía nada menos que ¡cultivando flores! la que tantos corazones ha marchitado; hasta que hoy, según dice un periódico, hastiada, sin duda, de tan melancólica y apática carrera, parece que se ha decidido a aparecer por última vez en la escena teatral, donde sus numerosos entusiastas podrán saborear a su gusto el adiós de despedida de la célebre bailarina” (La España, 25-9-1855).

Pepa Vargas, por August (1840)

Pepa Vargas, por August (1840)

Sin embargo, su retiro parece no ser definitivo, pues un año más tarde se anuncia la creación de una nueva compañía en el Teatro del Instituto, que llevará a escena “comedias líricas, sin coros, todas del género festivo, […] y escritas ad hoc por conocidos escritores”.

Entre las actrices que la componen destacan “la Rivas, la Basdan, la Bagá y la Vargas” (Álbum de señoritas y correo de la moda, 30-9-1856). No podemos asegurar que se trate de la misma Josefa Vargas. No obstante, habida cuenta de su ya conocida faceta de actriz, tampoco parece descabellado pensarlo.

Por otra parte, en 1860, La Correspondencia de España se hace eco de la noticia publicada en un diario de Lisboa sobre la posible formación en Madrid de “una escelente (sic) compañía de zarzuela que en el próximo invierno debe ser la delicia de los lisbonenses”. En ella figuran reconocidos actores y actrices, además de “la bailarina doña Josefa Vargas” (13-6-1860).

Aquí perdemos definitivamente la pista de la Vargas, la bolera más salerosa y flamenca de cuantas pisaron la escena madrileña; bailarina desde la cuna, regeneradora de las danzas españolas y andaluzas, que durante su reinado en la Villa y Corte alcanzaron su máximo esplendor; embajadora de nuestro arte allende los Pirineos, de París a San Petersburgo… Vaya para ella nuestro tributo y admiración: ¡Viva la Pepa!

NOTA:
(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.


Josefa Vargas, la Terpsícore gaditana (IV)

En verano de 1852, Pepa Vargas emprende una gira por tierras andaluzas, junto a la compañía formada por el actor Pedro Sobrado, en la que también figura el maestro Ruiz. La gaditana hace “furor” en ciudades como Córdoba, donde el público le arroja “flores, coronas, dulces, palomas y hasta sombreros” (El Balear, 3-8-1852).

En el mes de septiembre, la Vargas regresa al madrileño Teatro del Instituto, donde ejecuta con gran maestría bailes como La perla gaditana, El Vito, El Ole o La Sal de María Santísima. La crítica le dedica grandes elogios, referidos tanto a su vestuario como a su forma de ejecutar los bailes que, según parece, ha sufrido una sensible transformación.

Josefa Vargas (grabado de 1850)

Grabado de 1850

Influida por Antonio Ruiz, Pepa Vargas se muestra ahora más delicada y flexible que antaño. Parece como si por fin hubiese hecho caso a quienes la instaban a dejar de lado el descaro y la espontaneidad que tanto atraían al respetable:

“la Vargas, bien secundada por un numeroso y escogido cuerpo de baile, enloqueció a los aficionados.

Desde que apareció en las tablas la graciosa bailarina, no cesaron un momento los aplausos, los bravos y las flores. Vestía un caprichoso y elegante traje, de ésos que sólo ella viste, y que no puede describirse. Sobre una falda de raso encarnado, velada por ricos encajes, lucía una especie de tonelete de raso blanco, salpicado de madroños encarnados con plata.

El tonelete remataba en ondas y de cada una de éstas pendía un lazo de cintas azules. El corpiño era también de raso blanco con adornos encarnados, y de los hombros como del zorongo caían cintas azules. Calcúlese lo que este lindo traje resaltaría su belleza.

En cuanto a la parte del baile, la Vargas se ha transformado completamente, admirando a todos la delicadeza de sus posiciones, la flexibilidad de sus movimientos, el buen gusto y el primor de todos sus pasos” (La Época, 19-9-1852).

“Los aplausos fueron tan frecuentes y tan estrepitosos que con el aire que hacían hubieran apagado las luces si no hubieran sido de gas: los ramos de flores llovían sobre la escena […].

La Vargas nos pareció mejor que nunca, y se nos figura que ha adelantado. Baila con más delicadeza y más asiento, y hay mucha más flexibilidad en ciertos movimientos que nos parecían antes duros” (El Heraldo, 19-9-1852).

Vista de Sevilla hacia 1850

Vista de Sevilla hacia 1850

Nuevos éxitos en Andalucía

Sin embargo, el entusiasmo por la Vargas pronto se apaga, del mismo modo que decae en la Villa y Corte la afición por los bailes nacionales. En marzo de 1853, cuando lleva ya algún tiempo sin actuar, Josefa marcha a Sevilla. José Luis Ortiz Nuevo ha localizado referencias sobre algunas de sus actuaciones en el Teatro San Fernando de la capital andaluza, donde presenta junto a Antonio Ruiz el bailable La Perla gaditana:

“La Vargas ha adelantado en el género de baile andaluz, pues además de la precisión con que ejecuta los pasos, reúne la gracia de la escuela del país. Al principio fue recibida con cierta frialdad; pero tan luego como ejecutó en unión del señor Ruiz el bolero con que finaliza el baile, fue estrepitosamente aplaudida y llamada a escena en medio de los bravos de la concurrencia, que la hizo repetir aquel gracioso paso” (El Porvenir, 10-4-1853). (1)

Según la misma fuente, en el mes de mayo la bailarina gaditana conquista también a sus paisanos, que la aplauden sin cesar en el teatro Circo.

En Granada, por soleá

Tras una breve estancia en Madrid, en el mes de septiembre Pepa Vargas regresa a Andalucía, en esta ocasión a Granada. Allí volvemos a encontrarla en enero de 1854, más flamenca que nunca. Entre los bailes que ejecuta, destaca especialmente la soleá de La Estrella de Andalucía, que la artista se ve obligada a repetir ante un público entregado que acompaña su actuación con palmas a compás:

“La graciosa bailarina española, Josefa Vargas, está enloqueciendo a los granadinos con sus primores en los bailes La feria de Mairena, La moza de rumbo, La danza valenciana y La Estrella de Andalucía. Según los diarios de aquella ciudad, este último, en que la protagonista simboliza el título, ha sido para ella uno de los mejores triunfos, puesto que el nutrido rumor de un aplauso continuo, provocado por sus más ardientes admiradores, perdido entre las armonías de la orquesta, sirvió de compás a sus airosos movimientos, teniendo, para complacer a la concurrencia, que repetir la Soleá con toda la gracia que la distingue” (La Época, 20-1-1854).


NOTAS:
(1) ORTIZ NUEVO, José Luis, ¿Se sabe algo? Viaje al conocimiento del Arte Flamenco en la prensa sevillana del siglo XIX. Desde comienzos del siglo hasta el año en que murió Silverio Franconetti (1812-1889), 1990.
(2) Faustino Núñez comenta esta noticia en su artículo “¡Viva la Pepa Vargas por SOLEÁ! en 1854”.