Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Soledad Miralles, bailaora, torera y gracia en estado puro (III)

La musa de todos los críticos

A raíz del éxito obtenido con El amor brujo, en 1934 en la prensa catalana aparecen varios artículos que abordan la figura de Soledad Miralles, y la comparan con otras grandes artistas del momento, como La Argentina, Pastora Imperio o La Argentinita:

“El baile, y especialmente el castizo, es una cosa que no tiene nada que ver con la literatura. El hecho de trascendentalizarlo siempre me ha parecido un exceso.

No hace mucho, en la Bodega del Colón había una bailarina que viene como anillo al dedo a lo dicho, para contrastar el arte de la Argentina: Soledad Miralles, que se encuentra en el punto más dulce -máximo, podríamos decir- de su arte.

He aquí la auténtica danza castiza, hecha de vibración, hecha de pasión, casi en el sentido físico […]. Nada de la machine recargadora de la sabiduría técnica. Nada de trascendentalizaciones y de estilizaciones complicadas. Espontaneidad, vibración y gracia. Sobre todo gracia” (Jaume Passarell, Mirador, 8-2-1934). (1)

Soledad Miralles (Crónica, 16-12-1934)Soledad Miralles (Crónica, 16-12-1934)

La respuesta no se hace esperar, y unas semanas más tarde Ernest Guasp publica otro artículo, que contiene párrafos como éstos:

Soledad Miralles se parece mucho, como gitana que es, a todas las mujeres de su raza, y a aquella gitana tipo, retrato impersonal de todas las gitanas, que en su Romancero gitano hace de otra Soledad, de Soledad Montoya, Federico García Lorca […].

Soledad Miralles ha pasado como un cometa de flamenquería por la Bodega del Colón, dejando un regusto de música fuerte de bemoles y de raptos de tragedia que plantean el imperativo de su augusta feminidad de mujer a secas, por encima de todas las maravillas del maquillaje, y del plateado y pulido de la última creación de mujer fatal.

Lo ha avasallado totalmente, hasta el recuerdo de la opacidad de su voz, el ancestralismo de su mata de pelo lustroso y su carácter de mujer echá p’alante

El paso de esta bailarina de tan alta calidad temperamental por el que podemos llamar el ombligo de las noches barcelonesas, ha refrescado la inquietud tentadora que el flamenquismo produce a las personas de buen vivir que se van a dormir tarde y meditan el regusto de las sensaciones de calidad.

Estas contadas personas que han tenido la suerte de ver bailar a Soledad Miralles, pueden difundir alegres la buena nueva: han visto el milagro del flamenquismo en su más pura expresión, han catado lo que es bueno de verdad […]” (Mirador, 1-3-1934).

Soledad Miralles (Mirador, 1-3-1934)Soledad Miralles (Mirador, 1-3-1934)

Poco después, la revista Crónica publica un reportaje titulado “Una gran artista del baile”. Lo firma Braulio Solsona, quien vuelve a comparar a Soledad Miralles con las mejores bailaoras de su época, y no escatima en elogios para ensalzar las cualidades de aquélla a quien considera la artista revelación del momento.

A pesar de su longitud, nos parece interesante reproducir buena parte de este artículo, que aporta algunas claves sobre la personalidad de Soledad:

“En poco tiempo han pasado por Barcelona las más notables danzarinas españolas. […] La Argentina, la Argentinita, Laura de Santelmo, Soledad Miralles… […] Para todas hubo alabanzas y exaltaciones. Para todas hubo aplausos entusiastas. Pero de este desfile de notabilidades de la danza española […] ha salido una revelación. […] Entre las artistas que acompañaban a Laura de Santelmo, el público y los críticos distinguieron a Soledad Miralles, cuyo nombre conocían a través de unas actuaciones esporádicas en el campo de las varietés, pero a la que hasta este momento no se la había dado la justa valoración. Acaso la culpa es, más que de nadie, de la propia Soledad, que nunca se ha preocupado ni poco ni mucho de «organizar» su personalidad artística. Soledad, flamenca, gitana, tenía esos arrebatos, esos altibajos, esas desigualdades que caracterizan el arte gitano. Un día despreciaba un buen contrato porque coincidía con la Feria de Sevilla, «que no se debe perder naide que tenga paladar». Otra se casaba con un torero, para guardar las normas tradicionales, y dejaba de bailar una larga temporada. Ahora decía que la danza española no era para los escenarios, sino para [ser] bailada en la intimidad, ante iniciados. Y sólo aceptaba, muy de tarde en tarde, unos contratos absurdos, los que coincidían con una buena corrida de toros o habían de cumplirse en un lugar que le era grato. Y nada más.

El arte de Soledad Miralles contaba con un reducido círculo de admiradores. Eso sí: los que ponían su fervor en Soledad la colocaban por encima de todas. Y eran, desde luego, gente que tenía muy afinada la sensibilidad del «cielo de la boca». Cuando se hablaba de danza española y de danzarinas, con un poco de pena decían: «El día que Soledad se decida…»

Y Soledad, al fin, se ha decidido. No se sabe por qué ha sido ahora y no fue antes. Pero el caso es que la contrata Laura de Santelmo para que la secunde en su actuación del Liceo, y Soledad se pone en primer término, se planta, jacarandosa y retadora, y dice: «¡Aquí estoy yo!». Y arma un jaleo mayúsculo. Y no se habla más que de ella. No porque las demás no valgan -que valen mucho-, sino porque todas han ido perdiendo, a medida que afinaban su arte, aquellas puras esencias que eran su valor más auténtico. La Argentina, maestra de la danza, que ha paseado el baile español en triunfo por el Extranjero, baila con la cabeza. La Argentinita, tocada de un fino espíritu literario, baila con los pies. Laura de Santelmo, influida por pintores, preocupada por la exaltación de la línea, baila con el cuerpo. Y Soledad Miralles, sin influencias ni preocupaciones, ni literatura ni ciencia, baila con el alma. Y el baile flamenco es eso: alma, genio, impulso natural, violento y apasionado, que sale de dentro y que se manifiesta sin las trabas de unas normas estudiadas, nada más que por expresión sincera del sentimiento. Yo no sabría definir el arte de Soledad Miralles -que conozco hace mucho tiempo- con otras palabras. Pero ellas explican perfectamente el éxito de esta gran artista, que ha llegado, como sus admiradores esperaban, cuando ella se lo ha propuesto, o para decirlo mejor, en cuanto a ella «le ha dado la gana»” (18-3-1934).

Al final de su artículo, Solsona nos pone al día sobre los nuevos proyectos de Soledad Miralles: ya ha sido presentada en Palma de Mallorca y próximamente partirá hacia París.

Soledad Miralles junto a otras artistas (Crónica, 7-10-1934)Soledad Miralles junto a otras artistas (Crónica, 7-10-1934)

De los escenarios a la plaza de toros

En abril de 1934 la prensa sitúa a la bailaora en distintas salas de la ciudad condal, como el Novedades y el Teatro Circo Barcelonés. Semanas más tarde, la artista presenta junto a Miguel de Molina en el Coliseum madrileño su montaje “Momento español”, que cosecha grandes éxitos.

Soledad Miralles, con Miguel de Molina y su cuerpo de baile, siguen triunfando, cada día con más éxito, en el admirable cuadro ‘Momento español’, donde tanto Soledad como sus acompañantes se superan cada día, arrancando estruendosas ovaciones” (La Libertad, 7-6-1934).

El espectáculo, que coincide durante unos días con el de Conchita Piquer, permanece en cartel hasta mediados de junio, fecha en que se anuncia la separación amistosa de la pareja de baile, debido a que Miguel de Molina tiene previsto realizar una gira por la Costa Azul.

Poco después, en el madrileño Teatro Martín y a beneficio de la vedette Tina de Jarque, “Soledad Miralles, la gitanísima bailarina, soltó el chorro de su gracia en canciones de rancio y castizo sabor” (Heraldo de Madrid, 22-6-1934).

En octubre de ese mismo año, Soledad da un paso más en el mundo taurino. En una novillada a beneficio del Montepío del Sindicato de Actores, que se celebra en el madrileño coso de Tetuán, la bailaora no se contenta con pedir las llaves montada a caballo, sino que se atreve a ponerse delante del toro, y no con poco éxito. La acompaña en esta aventura su sobrina, la actriz Marina Heredia Muñoz. Ambas comparten cartel con los diestros Bernardo Muñoz, Carnicerito de Málaga, y Rafael Valora, Rafaelillo. Veamos qué dice la prensa de la época:

“El primer becerro le correspondió a Soledad Miralles. La notabilísima artista gitana lo toreó por verónicas, siendo muy aplaudida.

Con la muleta consiguió varios pases, que fueron coreados por el público. Mató de un pinchazo y una soberbia estocada.

Le fueron concedidas las dos orejas y el rabo, con cuyos trofeos la bellísima Soledad dio la vuelta al ruedo, entre las entusiastas aclamaciones del público. […]

Tanto Soledad Miralles como Marina Heredia fueron muy felicitadas” (Heraldo de Madrid, 27-10-1934).

Soledad Miralles (Estampa, 16-3-1935)Soledad Miralles (Estampa, 16-3-1935)

“Cambiada la seda por el ‘percalillo’, Soledad Miralles, con gesto magnífico, mete cuatro lances con soberbio estilo. Las manos abajo, poderoso el brío, gracia del más puro tarro belmontino. El bicho esquemático ve su poderío ante aquella ‘fiera‘ quedar en ridículo… Y opta por morirse. ¡Qué modesto bicho! Se cae, lo levantan, y ya el capotillo de la diestra vuelve, de seda prodigio, a hacer mil locuras… ¡Perfume finísimo! ¿Y con la muleta? Pues otro prodigio. Pases y más pases de soberbio estilo. Un pinchazo hondo tras otro más fino, una enhebradura, y otro más, tendido, que al cabo da en tierra con el becerrillo… (Ovación, oreja, vuelta y delirio)” (La Voz, 27-10-1934).

Unos días más tarde, el Heraldo de Madrid anuncia las últimas actuaciones de Soledad Miralles como bailaora, antes de dedicarse exclusivamente a los toros:

“Hay sorpresas tan gratas como la de esta visita con que nos ha honrado últimamente la genial bailarina andaluza -y flamante ‘matadora‘ de toros bravos- Soledad Miralles. En medio de todas nuestras actuales tribulaciones somos, pues, felices, porque hemos tenido cerca de nosotros y la hemos podido admirar en la intimidad, mientras para nosotros bailaba unas bulerías maravillosas, a esta singular artista española, estrella de primera magnitud en la constelación donde brillan con fulgores propios Antonia Mercé (Argentina), Raquel Meller, Pastora Imperio, Laura de Santelmo

Soledad Miralles […] va a emprender en breve una larga y esperamos que fructífera gira de despedida como bailarina por España y por el Extranjero para dedicarse después totalmente, durante la próxima temporada taurina, al arriesgado arte de Cúchares y Frascuelo, animada a ello por los éxitos obtenidos recientemente en varias becerradas. Ella, que sabe bailar tan estupendamente ante los públicos, nos ha prometido con toda solemnidad, brindando con una copa de manzanilla -juramento que no quebranta jamás una flamenca con estilo-, que no bailará nunca ante los toros, como hacen algunos toreros de cartel” (8-11-1934).

Soledad Miralles (Le Monde Illustré, 10-11-1934)Soledad Miralles (Le Monde Illustré, 10-11-1934)

Las noticias sobre esta nueva faceta de Soledad Miralles traspasan nuestras fronteras. El diario francés L’Union Illustrée la menciona como una de las nuevas toreras que se atreven a ejercer un oficio tan masculino:

“¿Dónde pararán las conquistas del feminismo? […] He aquí que, en España, las mujeres tienden a competir con los hombres en el ejercicio de la tauromaquia. Hay toreras que no son menos famosas que los toreros. Sin embargo, se trata de una profesión que no parece muy compatible con la naturaleza femenina. Se necesita una fuerza física excepcional, una flexibilidad poco común, una sangre fría imperturbable, una insensibilidad, una inhumanidad, diría yo, que resiste a toda emoción.

¡Y las mujeres se complacen en ejercer este oficio bárbaro y en recoger sobre la arena laureles ensangrentados!

Por otra parte, no es la primera vez que el elemento femenino se introduce en las corridas, y las señoritas Marina Muñoz, Soledad Miralles y otras toreras que en este momento hacen correr a Madrid, han tenido sus predecesoras” (10-11-1934).

NOTA:

(1) Todas las traducciones de textos extranjeros son nuestras.


Soledad Miralles, bailaora, torera y gracia en estado puro (II)

En la primavera de 1923, Soledad Miralles -“bailarina de mérito y gran belleza” (La Libertad, 1-4-1923)- viaja a Málaga en varias ocasiones, y actúa durante semanas en el teatro Maravillas de Madrid. En el programa también figura la singular Encarnación López, la Argentinita. En el mes de junio la encontramos también en la capital de España, en el recién inaugurado local Lebasy.

En marzo de 1924,  la artista se presenta en el madrileño Salón Hesperia, donde forma parte de un cartel de lujo, junto a la Niña de los Peines y el guitarrista Habichuela. Poco después debuta en el Teatro Romea.

En junio de ese año, Soledad vuelve a coincidir con Pastora Pavón, esta vez en Granada, donde ambas actúan en una fiesta celebrada en Palacio de Carlos V, coincidiendo con la feria de la ciudad: “En el cuadro andaluz fueron ovacionados La Niña de los Peines, La Finito, las hermanas Gazpachas, la Minerita, el Niño Maceo y Soledad Miralles, acompañada de la rondalla granadina” (La Voz, 23-6-1924).

Soledad Miralles (Estampa,  27-1-1934)                         Soledad Miralles (Estampa, 27-1-1934)

Varios festivales taurinos y una película

Unos días más tarde, la bailaora vuelve a vestirse de amazona, para pedir la llave en la corrida del Montepío de los Toreros. Su aparición en el palco presidencial, junto a otras artistas, resulta ser lo más interesante del festejo, al menos según el cronista, que no escatima en elogios para ensalzar su belleza y su gracia:

“¡Soledad! Llena está de gracia tu figura gentil. Belleza española de figura breve, pie de cenicienta y ojos con fulgores de noche. Tu nombre evoca el ritmo lánguido, hondo y melancólico de una copla que tiene la nostalgia trágica de un amor truncado. Tus ojos traen a nosotros el recuerdo de unos ojos moros vistos a través de un patio andaluz, con encajes de flores, tras el sombrío misterio de una reja sevillana llena de luna y aromada por la fragancia nupcial de los azahares. Ojos que matan cuando no miran y que cuando miran matan. Cuerpo menudo, fino y esbelto como una vara de nardo. Viéndote a caballo, gentil y airosa, te imaginamos envuelta en la caricia sedosa del castizo mantón de flecos […]” (Federico M. Alcázar, El Imparcial, 25-6-1924).

En agosto de ese mismo año encontramos a Soledad de nuevo sobre la arena, esta vez en Córdoba, donde participa en un espectáculo de variedades que se presenta en la Plaza de Toros o Ideal Cinema. La prensa destaca el “gran éxito de la genial bailarina española”, que “es graciosa en escena y baila con sentimiento”, y que “cultiva mejor el género flamenco, al que debe dedicarse por completo, olvidando el baile fino y exquisito” (La Voz, 15-8-1924).

En los años siguientes encontramos escasas referencias periodísticas a Soledad Miralles. En febrero de 1925, El Heraldo de Madrid la sitúa en Caracas (Venezuela), donde pide la llave en una corrida benéfica. Poco después, la polifacética artista debuta como actriz en la película Cabrita que tira al monte, dirigida por Fernando Delgado y basada en la obra homónima de los hermanos Álvarez Quintero. El filme se estrena en abril de 1926, en el madrileño Teatro Cervantes.

Soledad Miralles vestida de corto (Estampa, 16-3-1935)Soledad Miralles vestida de corto (Estampa, 16-3-1935)

Entre 1928 y 1929, Soledad Miralles vuelve a pedir la llave en varios festejos taurinos. Asimismo, como bailaora, participa en distintos espectáculos benéficos que se celebran en Madrid, dos de ellos a favor de la Unión de Artistas Cinematográficos. En esa época, aunque desconocemos la fecha exacta, Soledad Miralles contrae matrimonio con el torero Bernardo Muñoz, “Carnicerito de Málaga”, de quien terminará separándose.

Nuevos éxitos sobre las tablas

En noviembre de 1932, volvemos a encontrar a Soledad en Madrid, donde participa en una función a beneficio de la artista de variedades Olimpia d’Avigny. Unos meses más tarde se presenta en el teatro de Fuencarral y, posteriormente, debuta en el Eslava. Allí, “la inconmensurable bailarina” comparte escenario con el “mago de la guitarra Niño Sabicas” (Heraldo de Madrid, 18-2-1933).

En abril de 1933, Soledad actúa en el Teatro Circo Barcelonés, junto al guitarrista Pepe Hurtado. Dos meses más tarde debuta en el madrileño teatro Romea, en un espectáculo organizado por la famosa cupletista Ofelia de Aragón, que la prensa califica de “exitazo”.

El 29 de junio, la representación del Romea se dedica a Soledad Miralles, quien aprovecha la ocasión para presentar a un jovencísimo Miguel de Molina, que debuta como bailaor. Unos días más tarde, el espectáculo se traslada al teatro de la Zarzuela, donde sigue contando con el favor del público.

Soledad Miralles y Miguel de MolinaSoledad Miralles y Miguel de Molina

En el mes de julio, se celebra una función a beneficio de Ofelia de Aragón, en la que se suma al elenco habitual la Niña de la Puebla. La prensa de la época destaca especialmente la actuación de Soledad:

“Del programa, que obtuvo la más lisonjera acogida, sobresalen la gran bailarina Soledad Miralles, de clásico estilo andaluz […]” (La Voz, 17-8-1933).

“El programa tenía poderosos atractivos, merced a la actuación de Soledad Miralles […] y otros artistas igualmente notables. Muy aplaudidos todos” (Mundo Gráfico, 19-7-1933).

En esa época, Soledad forma pareja artística con Miguel de Molina. Juntos realizan una gira por varias ciudades españolas y portuguesas, con el espectáculo “El testamento gitano”:

“Antes de emprender su turné por provincias y el Extranjero han venido a visitarnos los aplaudidos artistas del baile Soledad Miralles y Miguel de Molina. Ambos artistas, después de hacer varias plazas en España, marcharon a Portugal, donde tienen firmado un ventajoso contrato” (Heraldo de Madrid, 29-7-1933).

En el mes de septiembre, se celebra en Madrid una verbena taurina a beneficio del Montepío del Sindicato de Actores. “Pidieron la llave Antoñita Torres, Soledad Miralles y Conchita Constanzo, quienes lucieron su gallardía y su arte de consumadas caballistas” (La Voz, 9-9-1933).

“¿Qué me dicen ustedes de aquella estampa netamente española que formaban Conchita Consanzo, Soledad Miralles y Antoñita Torres, ‘caballeras‘ en briosos corceles enjaezados?… ¡Encantadora modestia la de este mareante triunvirato!… Pudieron pedir el sol -¿quién, a estar en su mano el concedérselo, se lo hubiese negado?- y limitáronse a pedir la llave de los toriles” (Heraldo de Madrid, 9-9-1933).

Antoñita Torres, Soledad  Miralles y Conchita Constanzo (Mundo Gráfico, 13-9-1933)Antoñita Torres, Soledad Miralles y Conchita Constanzo (Mundo Gráfico, 13-9-1933)

Y Barcelona se rindió a sus pies

En noviembre de 1933 se estrena en el Liceo de Barcelona una nueva versión de La vida breve y El amor brujo de Manuel de Falla, que son llevados a escena por la compañía de Laura de Santelmo. En el reparto figuran, entre otros artistas, Antonio Triana, Miguel de Molina y Soledad Miralles. La obra es muy bien recibida tanto por el público como por la crítica, que ensalza especialmente la labor de la bailaora alicantina-sevillana.

“El maestro Falla dirigió la orquesta y fue objeto de continuas ovaciones por el numeroso y selecto público que llenaba la sala. También fueron ovacionados la notabilísima Laura de Santelmo y su cuadro de baile andaluz, sobre todos Soledad Miralles, la gentil bailarina gitana María Victoria y Miguel Molina, Pilar Córdoba y Conchita Perelló” (Heraldo de Madrid, 5-12-1933).

Sin embargo, el gran éxito de Soledad y los celos de la Santelmo pudieron estar en el origen del incidente protagonizado por ambas, que terminó con buena parte de la compañía en comisaría. Así lo relata la prensa:

“Las revistas y diarios madrileños divulgaron que El amor brujo del Liceo tendría por protagonistas a Laura de Santelmo y a la bellísima Soledad Miralles, doctora en remedios flamencos, autoridad insigne en el arte gitano, con los bailarines Triana y Miguel de Molina, completados por seis bailarinas de estilo andaluz. […]

Todos los artistas fueron muy aplaudidos. Soledad Miralles alcanzó un triunfo personal. ¿Molestó este éxito a Laura de Santelmo? […]

Los bailables de La vida breve, de Falla, al parecer no alcanzaron tanto éxito. […] Aquello contrarió a Laura de Santelmo, de tal forma que, al parecer, dio por terminados los contratos con su compañía, con la cual dícese que ya había convenido una turné por Cataluña.

¡Y aquí fue Troya! Un buen día las huestes gitanas, acaudilladas por Soledad Miralles, se presentaron a las seis de la tarde en el hotel Colón, donde se hospedaba Laura de Santelmo, para expresarla (sic) por medio de un protocolo flamenco el desagrado. […] Sin previo ensayo hubo jipíos y zapatetas, recriminaciones y paraguazos, algo muy típico, en fin.

[…] El alboroto de la gitanería y las imprecaciones de Soledad Miralles hicieron precisa la intervención de unos guardias de Asalto, que condujeron a los beligerantes a la Comisaría en unión de cinco paraguas destrozados” (Heraldo de Madrid, 20-12-1933).

Caricatura de Soledad Miralles en Caricatura de Soledad Miralles en «Momento español» (Heraldo de Madrid, 6-6-1934)

“Incidentes” aparte, tras más de una década sobre las tablas, Soledad Miralles se ha convertido en toda una estrella del baile. Goza de gran popularidad entre el público, y la crítica no se cansa de alabar su calidad artísica. En un reportaje sobre el baile clásico español, publicado en la revista Estampa, Carlos Fortuny se refiere a lo que él denomina decadencia del baile flamenco, provocada por la influencia de las modas extranjeras, y menciona a Soledad Miralles como una de las pocas bailaoras que han permanecido fieles a la esencia de ese arte:

“… en 1925, con el triunfo mundial de Josefina Baker, que impuso la tiranía de sus danzas tropicales y charlestones negroides, las bailarinas españolas empezaron a perder sus entusiasmos flamencos. La moda substituía al ritmo con la contorsión, y a la armoniosa ondulación de la coreografía clásicamente española sucedían espasmos y desarticulaciones. El mal ejemplo cundió, y el baile flamenco entró en una época de decadencia que ha durado hasta 1933. La generalidad de las cultivadoras del arte frívolo se han hecho cosmopolitas, tal vez por comodidad, porque más fácil que bordar un fandanguillo es organizarse un fox-trot a base de patadas, saltitos y ademanes incongruentes. Sólo contadas artistas, por rebeldía o por convicción (quizá por no poder salir de este matiz), han permanecido fieles al género flamenco: Pastora Imperio, Soledad Miralles, Carmen Vargas, Berta Adriani, Pilar Calvo, Lolita Astolfi…

¡Adiós, boleros, fandanguillos, soleares y bulerías! Mas, de improviso, en 1933, el baile flamenco resurge deslumbrante y arrollador, intelectualizado, ofrecido como manjar exquisito y moderno a los paladares finos” (27-1-1934).


Soledad Miralles, bailaora, torera y gracia en estado puro (I)

Soledad Miralles es andaluza, aunque haya nacido en la provincia de Alicante; aunque hubiera nacido en el mismo corazón de Londres, Soledad sería andaluza.

Morena, de pelo negro y ojos negros; su mirada, de ojos entornados, es andaluza; su charla, andaluza; su risa flamenca y sus desplantes, andaluces también.

Nombre gitano y garbo gitano

Soleariya, andaluza de Alicante” (Luisa Carnes, Estampa, 16-3-1935).

Andaluza, gitana, flamenca… belleza, gracia, temperamento… Así podría comenzar la carta de presentación de Soledad Miralles, una  artista polifacética, con una intensa carrera a ambos lados del Atlántico, que, como tantas otras, ha caído injustamente en el olvido.

La bailaora Soledad MirallesLa bailaora Soledad Miralles

Soledad nació en Novelda (Alicante), en 1902, pero se crió en Sevilla, en el barrio de la Macarena, y se consideraba sevillana. Con cuatro hermanas bailarinas y un hermano picador -apodado “Madriles”-, el destino de la niña parecía estar marcado por el arte. En una entrevista concedida a Juan Pujol, en 1920, ella misma contaba sus inicios en el mundo del baile:

“- ¿Y le gusta a usted bailar?

– Me vuervo loca.

– ¿Cuándo comenzó usted a aprender?

– Ni yo misma lo sé. Así de chiquitiya. Allí las chiquiyas bailamos en la calle, en cuanto que oímos una música, ¿sabe usted? Pues así. Y desde chiquiyas llevamos los paliyos en el borso. Luego me enseñó la Macarrona, y también algunos maestros. Pero la verdad es que yo cojo la música y hago lo que se me antoja” (ABC, 2-10-1920).

Años más tarde, en respuesta a una pregunta planteada por la revista Blanco y Negro, Soledad se define como una artista vocacional y apasionada por el baile:

“- ¿Por qué se hizo usted artista, por necesidad o por vocación?

– Porque, siendo artista, satisfacía uno de los anhelos más intensos de mi espíritu. ¿Cree usted que la cosa cañí no apasiona y se siente?

¡Ya lo creo! Yo, por lo menos, la siento como la primera o acaso como nadie. Y siendo así, es natural que fuera la vocación, y no el negocio, la que me impulsara a bailar.

Luego se ven muchas cosas. Las equivocaciones de una, las del público, las de la crítica, las de los demás…
¡Pero qué se le va a hacer ya! Sigue una bailando, bailando… ¡Y tan a gusto!” (24-6-1934).

Sus primeras actuaciones

En 1919, la prensa sitúa a Soledad Miralles en distintas ciudades españolas, como Barcelona, Palma de Mallorca o Bilbao, donde el suyo constituye “el número de fuerza” del Salón Vizcaya (Eco Artístico, 30-11-1919). En enero del año siguiente se presenta en el Teatro Romea de Madrid, junto a grandes figuras del género de variedades, como Ofelia de Aragón o Amalia de Isaura. Se trata de un programa “verdaderamente insuperable” (La Acción, 23-1-1920), y las artistas son muy aplaudidas.

Unas semanas más tarde, Soledad se presenta en otros locales de la capital de España, como el Madrid-Concert o el Parisiana. En este último coincide con Carmen de Triana. La prensa la define con estas palabras: “Soledad Miralles, danzarina, también de la tierra de María Santísima, de cabellera negra y ojos no menos traidores y relampagueantes, que atraen como el abismo” (La Correspondencia de España, 23-3-1920).

Soledad Miralles (portada de Mundo Gráfico, 1925)Soledad Miralles (portada de Mundo Gráfico, 1925)

Poco después, el Diario de Almería anuncia la presentación de “la celebrada y distinguida cupletista y bailarina Soledad Miralles, que con gran éxito está realizando una tourné por los principales cines de España” (28-3-1920). Segovia, Bilbao y San Sebastián constituyen algunas de las paradas de esa exitosa gira. En referencia a su actuación en la capital donostiarra, leemos lo siguiente:

Soledad Miralles gusta más a cada presentación. Su bello palmito, su figura esbelta y su exquisito arte de buena bailadora le han hecho meterse al público en el bolsillo” (La Correspondencia de España, 25-5-1920).

De nuevo en la capital de España, en el mes de septiembre la artista debuta en el Ideal Rosales y vuelve a cosechar grandes éxitos en el Madrid-Cinema:

Soledad Miralles es una bailarina de cara y hechura gitanas, que baila magistralmente y tiene mucha simpatía.

El público del Madrid-Cinema no se cansó ayer de aplaudirla, y tuvo que hacer dos o tres bailes más de los anunciados” (La Acción, 7-9-1920).

Poco después se presenta en el Hotel Palace, y continúa su gira por distintas ciudades españolas, como Logroño o Córdoba. A la ciudad andaluza llega en el mes de octubre, contratada por el Sr. Bezares, empresario del Teatro Circo. Allí comparte cartel con la genial Pastora Imperio -de hecho, hay quien la considera su sucesora-, y recibe grandes ovaciones:

Soledad Miralles, nuevo y soberbio brote de flamenquería, heredera, con Laura de Santelmo, del pretérito faraonismo de Pastora Imperio, figura ya maternal” (La Esfera, 16-10-1920).

“Soledad Miralles fue ovacionadísima, viéndose obligada a hacer muchos números” (La Voz, 22-10-1920).

Soledad Miralles: viva imagen de un agradable decadentismo […]. Morena de gitanería, ojos de suaves traiciones, es esta chiquilla la fantástica visión de una Andalucía rebelde y loca. Con su esbeltez, que prodigiosamente conmueve al grito de los íntimos imperativos de su intención, triunfa y vence” (La Voz, 26-10-1920).

“La gentil bailarina Soledad Miralles, que con su arte y su gracia ha sabido conquistarse las simpatías del público, ejecutó varios números de su repertorio, siendo muy aplaudida” (La Voz, 28-10-1920).

Soledad Miralles (Revista Mirador, 1934)Soledad Miralles (Revista Mirador, 1934)

Una artista que no deja indiferente a nadie

Con sólo dieciocho años, la artista alicantina-andaluza ya ha sabido ganarse el respeto del público y la crítica, y levanta pasiones allá por donde va. Así describe Juan Pujol una de sus actuaciones:

“Se alzó el telón, y una silueta esbelta, frágil, se deslizó sobre las tablas, con la gracia armoniosa de un ave que vuela sobre el cristal de un agua quieta. Y sentí que mi corazón se paralizaba de estupor, como ante una maravillosa epifanía. […]

Era una niña, apenas púber, fina y pálida. Y bajo su vestido de percal y su pañoleta de crespón, dibujábase un cuerpo de Tanagra, hecho de curvas suaves, palpitante y estremecido al ritmo de la música y llevado y traído por la melodía gitana como una pluma por el viento. Callaba la gente, con la intuición de hallarse ante un milagro, vencida por el prodigio de la bailaora virginal y diabólica. El rostro oval, bajo la profusa cabellera sombría, tenía la palidez de un lirio. Era una faz de heroína de novela de 1830, con dos inmensos ojos negros que alternativamente se encendían con los fuegos del pecado o se entornaban bajo el peso de no sé qué dolorosa melancolía. Y viendo cómo su cuerpo palpitaba y giraba sobre los sonoros arabescos de los violines, mientras ondulaban sus brazos y tenían sus blancas manos una fugitiva apariencia de alas, suspenso ante su volubilidad y su gracia, me dije:

– Sólo bailando así es como pudo Salomé obtener, del tetrarca de Jerusalén, la cabeza del Bautista […]

Tienen sus danzas, puramente populares, una estilización que el espectador de gustos estéticos poco depurados no razona, pero adivina vagamente algo que constituye la causa del encanto, del embrujamiento con que se la contempla; y es que entre los diferentes ‘pasos‘ y ‘poses‘ de su baile no hay solución de continuidad en la belleza ni en la gracia de sus líneas, en el ritmo armonioso de su cuerpo, que se retuerce y se encoge y se dilata, con la elasticidad y la facilidad de una llama viva. Ella sonríe, al compás de sus crótalos; se desliza fugitiva; echa hacia atrás la cabeza, pálida y ardiente; se desmaya en una languidez que la hace entornar los temibles ojos negros. Y no es posible sorprender, entre gesto y gesto, entre actitud y actitud, el instante del esfuerzo, ese momento de imperfección a que no escapan las demás bailarinas” (ABC, 2-10-1920).

Soledad Miralles (Revista <em>Buen Humor</em>, 1923Soledad Miralles (Revista Buen Humor, 1923)

En 1921, la prensa vuelve a situar a Soledad Miralles en Madrid, en locales como el Parisiana, el Ideal Room o el Majestic Club. Nos desvela, además, una nueva faceta de la artista: su afición por la denominada ‘fiesta nacional’. A partir de este momento, son frecuentes sus apariciones en distintos festejos taurinos, en los que, montada a caballo, tiene el honor de pedir la llave.

A finales de ese año, Soledad continúa cosechando éxitos en distintos teatros madrileños, como el de Fuencarral o el Moderno, así como en el Hotel Palace, en cuyo cartel aparece especialmente destacado el nombre de nuestra artista. La prensa de la época no deja de elogiar sus espectáculos:

Soledad Miralles. He aquí una verdadera artista de baile; cosa, por supuesto, difícil de encontrar.

Baila con muy buen sentido musical y con mucha soltura, sin esas exageraciones que algunas veces entran en lo ridículo. Es, pues, muy digna de verse, y la aplaude mucho el público” (La Tribuna Escolar, 7-1-1922).

En octubre del año siguiente regresa a tierras andaluzas “la notable bailarina, estrella del arte de varietés, SOLEDAD MIRALLES. Arte, lujo, elegancia” (Diaro de Córdoba, 19-10-1922), que se presenta en el Salón Ramírez de Córdoba, y en el Teatro Vital Aza de Málaga.

Soledad tiene juventud, belleza y gracia en la figura, y además se presenta en las tablas con gran lujo en el decorado y vestuario.

Todo esto, unido a que baila de manera admirable, tanto los números de género, como en los flamencos, le asegura constantemente el éxito.

Soledad Miralles dará muy buenas entradas al Salón Ramírez durante su actuación, que es de desear sea del mayor tiempo posible” (La Voz, 20-10-1922).

Tras su periplo por Andalucía, Soledad despide el año en el madrileño Teatro Versalles, donde comparte cartel con distintas artistas de variedades. La prensa destaca sus cualidades como “bailarina de temperamento que baila bien” (La Unión Ilustrada, 10-12-1922), si bien las críticas no son tan favorables respecto a su faceta de cupletista.


Trinidad «La Cuenca», una estrella de fama internacional (y V)

La Cuenca en la Gran Manzana

Tras esta primera estancia en Cuba, el siguiente destino de Trinidad Cuenca será Nueva York. Allí la sitúa la prensa norteamericana entre los meses de junio y agosto de 1888. Sobre este viaje también nos da su versión M. B. Leavitt, quien nos cuenta que, tras cancelar su contrato con él en México, la artista española marchó a La Habana, desde donde reclamó la ayuda del empresario:

La Cuenca también rompió su compromiso conmigo, tras curar su corazón herido de la manera más habitual en tales circunstancias, y se dirigió a Centroamérica. La siguiente noticia que tuve de ella fue que estaba en La Habana, sin un penique y gravemente enferma. Me rogó que la llevara a Nueva York y le diera una oportunidad para demostrarme cuánto sentía su conducta en México, y al mismo tiempo, ganar suficiente dinero para devolverme la considerable cantidad que me debía.

Le envié la cantidad necesaria para pagar sus facturas en La Habana y su billete a Nueva York, donde apareció, por fin, una mujer arrepentida y muy cambiada, pero sin la chispa y la gracia de sus primeros años. Le arreglé un contrato para el verano con Edward E. Bice, en Manhattan Beach, para cantar y bailar, con imitaciones de corridas de toros […]”. (1)

Trinidad Huertas, La CuencaTrinidad Huertas, La Cuenca

Según la prensa estadounidense, Trinidad Cuenca debutó en Nueva York el 2 de julio de 1888, en la sala de conciertos Koster & Bial’s. Durante los días previos a su presentación, varios diarios anuncian el evento, y se refieren a ella como bailarina y torera, no sólo de astados fingidos sino también de carne y hueso:

La Cuenca, la celebrada bailarina y torera, hará su primera aparición en este país el lunes por la noche en la sala de conciertos Koster & Bial’s. La Cuenca no sólo ha toreado astados de imitación en el escenario, sino que a menudo se ha enfrentado a ejemplares de verdad sobre la arena, y ahora luce una fea herida en la garganta, que le recuerda uno de sus encuentros, además de un broche de diamantes que le regaló la reina de España como reconocimiento a su valentía. Bailará el lunes por la noche ‘El Tapateado‘ (sic) y ‘El Bolero‘” (The New York Times, 29-6-1888).

La Cuenca, la bailarina y torera española, se verá por primera vez en esta ciudad en Koster & Bial’s esta noche. ‘Sólo es una pequeña mujer‘, se dice, ‘pero sus rápidos movimientos y el brillo de sus ojos muestran lo peligrosa que será como oponente en la lucha”. […] Parece que tiene una fea herida en la garganta como recuerdo de uno de sus enfrentamientos, y que no sólo se ha visto inmersa en corridas de toros de imitación, sino también en corridas reales. Por tanto, se dice que La Cuenca posee un broche de diamantes de 60.000 francos, regalo de la reina de España” (The Evening World, 2-7-1888).

La prensa neoyorquina coincide en destacar la novedad del espectáculo, así como la gracia y atractivo de su protagonista que, a pesar de lo que indica Leavitt en sus memorias, parece no haber perdido un ápice de su encanto y, como ya hiciera en París, México y La Habana, vuelve a cautivar al público con sus bailes. Justo después del estreno, las críticas se muestran bastante favorables.

Sala de conciertos Koster & Bial's (Imagen: colección de la Biblioteca Pública de N. Y.)Sala de conciertos Koster & Bial’s (Imagen: colección de la Biblioteca Pública de N. Y.)

De entre todas las crónicas y reseñas que se publican en esos días, seleccionamos las que nos parecen más interesantes:

“UNA NUEVA BAILARINA ESPAÑOLA. La cuenca, una joven y hermosa dama española, fue anoche la atracción especial de la sala de conciertos Koster & Bial’s. Apareció en dos actuaciones. La primera se titulaba ‘La Zapateado‘ (sic), un baile local. Iba vestida con un elegante y ceñido traje que resaltaba su esbelta figura. En la cabeza llevaba un gracioso sombrero negro, como una especie de boina, que estaba coquetamente inclinado hacia un lado. En los pies calzaba unas botas altas. Mostró gracia y agilidad decididas, y causó una buena impresión. Más tarde, esa misma noche, tomó parte en la representación de una ficticia corrida de toros, en la que misma ella interpretaba al vaquero. Tras la entrada triunfal del desfile, salió el torero al galope sobre un caballo, la agitación de la tela roja para enfurecer al toro, la carga, el desmonte, el toreo a pie y la derrota final del toro -todo esto con la excepción de que no había ni caballo ni toro. La Señorita demostraba inteligencia, y parecía hacerlo tan en serio que lograba mantener la ilusión bastante bien. Fue aplaudida con mucho entusiasmo y recibió varios ramos de flores de sus admiradores […]” (The New York Times, 3-7-1888).

“La pequeña bailarina española, llamada en el programa La Cuenca, apareció en Koster & Bial’s anoche, y en seguida se hizo famosa. La Cuenca bailó con gracia, e hizo una imitación extremadamente realista de los métodos de un torero. La cicatriz, que se dice que recibió durante un combate real, era claramente visible en su blanca y delicada garganta” (The Evening World, 3-7-1888).

La Cuenca. En Koster & Bial’s Garden anoche apareció La Cuenca, anunciada como una torera española real. Salió al escenario con cinco ayudantes, y bailó una animada pantomima, en la que cargaba y se apartaba de la bandera roja, y se acompañaba de la pica. Fue derribada y malherida, pero la ayudaron a levantarse y tras un valiente discurso y un gesto español muy extravagante, despachó al toro imaginario con una espada. Todo esto gustó tanto a los espectadores, que tuvo que ser repetido, incluso la entrada triunfal. El estilo de baile es completamente nuevo para los ojos de los neoyorquinos. La Cuenca iba vestida con medias verdes y una capa negra de terciopelo, con una faja azul oscura alrededor de la cintura. Con sus ojos negros, y su pelo y su tez morena, parecía una auténtica española, a pesar de las dudas que haya podido suscitar su pericia sobre la arena” (The Sun, 3-7-1888).

“El peculiar estilo del baile de La Cuenca es completamente nuevo en la ciudad. No se puede evitar admirar a esta pequeña mujer. Su pequeña figura en un momento se mueve con gracia de un lado a otro; luego da una vuelta, y con el brillo de sus ojos y las animadas notas de la orquesta, acompañadas por el sonido de las castañuelas y los címbalos, culmina un baile que sólo la sangre española es capaz de realizar” (The Sun, 15-7-1888).

Nueva York (Imagen: AP / Archivos Municipales de la Ciudad de Nueva York)Nueva York (Imagen: AP / Archivos Municipales de la Ciudad de Nueva York)

A principios del mes de agosto, los bailes de Trinidad Cuenca no sólo seguían encandilando al público de la Gran Manzana, sino que su fama había recorrido los Estados Unidos de punta a punta, a juzgar por lo que publica el Arizona weekly citizen de Tucson, que no escatima en elogios para el ya célebre espectáculo:

“La única atracción que en estos momentos está causando sensación entre las diversiones de Nueva York es una bailarina española en una gran sala de conciertos. Se llama ‘La Cuenca‘, y si por casualidad hubiera hecho su debut metropolitano en el ballet de la ópera alemana durante la temporada, es fácil imaginar que causaría tanto furor entre las filas de los ‘cuatrocientos’ y sus satélites como ha causado entre la clase cuya experiencia de verano en la costa no va más allá de Coney Island o Rockaway, y cuyo entretenimiento nocturno consiste en dar tragos a la espumosa ‘Pilsener’ mientras escuchan las canciones de las divas de los conciertos al aire libre.

La Cuenca‘ es fácilmente la mayor carta que los gerentes de este tipo de entretenimiento han presentado en los últimos años. Es una mujer muy pequeña, de figura ligera y ágil, con músculos de acero, y su gran baile es el retrato de una corrida de toros española. Ella representa a un torero muy pequeño y delgado cuando, con la música de las mandolinas y castañuelas españolas, y el rítmico batir de la palmas, desfila sobre el escenario equipada para la corrida de toros. Entonces, agita la roja muleta para atraer al toro; su cimbreante figura salta primero hacia un lado y luego hacia el otro, mientras baila delante del toro imaginario.

Casi se puede ver cómo el animal furioso viene y carga contra ella desde detrás del escenario. ¡Y cómo rodarían las mesas y los vasos de cerveza si de verdad lo hiciera! Sin embargo, el temor al peligro desaparece cuando La Cuenca saca una espada de Toledo y, al ver su oportunidad, se la clava al monstruo desde el hombro hasta el corazón, y ejecuta luego un baile triunfal sobre el supuesto cadáver. Se trata ciertamente de un espectáculo fascinante, y sólo un poco menos excitante que una auténtica corrida de toros de España o México” (4-8-1888).

Nueva York – París – La Habana

Según M. B. Leavitt, después de actuar en Nueva York durante una o dos semanas, Trinidad Cuenca volvió a hacer las maletas y regresó a La Habana, donde más tarde enfermó y murió. Sin embargo, después de su aventura neoyorquina, la polifacética artista aún tuvo tiempo de regresar, una vez más a París, donde aún resonaban los ecos de sus triunfos de antaño.

En marzo de 1889, Le Figaro informa sobre el reestreno del espectáculo La Feria de Sevilla, que vuelve a representarse en el Nuevo Circo de París. Aunque el elenco no es el mismo que viajó a la capital francesa en 1887, La Cuenca sigue siendo una de sus atracciones principales:

“Esta noche he vuelto a ver La Feria de Sevilla, y he experimentado el mismo placer que hace dos años. ¿Es realmente un reestreno? En su flamante nuevo reparto, este espectáculo tiene un cierto regusto de inédito, de nunca visto. Ostaza sigue dirigiendo la estudiantina, pero ha reforzado su banda de virtuosos. El nuevo solista, José Martínez, no deja que añoremos a Groo. ¿Pensamos en las pequeñas bailarinas de antaño cuando miramos las lindas caritas y las gracias exquisitas de Pepita, de Encarnación y de Clotilde? Confieso que a La Cuenca la había echado de menos. Pero ella sigue estando allí, La Cuenca, con sus movimientos lascivos de cadera y sus caras provocativas… Todo está saliendo a pedir de boca.

Por muy bien ordenadas que estén las corridas de toros que prometen regalarnos para la Exposición Universal, dudo que puedan aguantar la comparación con la corrida del Nuevo Circo” (22-3-1889).

Vista de ParísVista de París

Meses más tarde, en otro local parisino, Trinidad Cuenca vuelve a cosechar éxitos con un nuevo espectáculo. La prensa nos desvela, además, una nueva faceta de la artista, la de profesora de baile de la actriz Jeanne Granier:

“Todo el mundo conoce la revista Paris-Exposition, donde la Srta. J. Granier baila los pasos de la Macarrona. Gracias a las buenas lecciones de la señorita Cuenca, la Srta. J. Granier ha alcanzado la perfección en este baile español. Anoche, en las Montañas Rusas, estreno de Un baile de gitanos, por la señorita Cuenca; esta diversión tan atractiva obtuvo un gran éxito ante una sala llena. No dudamos que este nuevo ballet se mantendrá en cartel durante mucho tiempo” (Le Figaro, 11-12-1889).

A través del mismo diario sabemos que, en enero de 1890, Trinidad Cuenca sigue en París, al frente del ballet de las Montañas Rusas, cuyo elenco se une al del Gato Negro:

“Un pequeño y pintoresco detalle del Baile de los oficiales en la Ópera:
Sabemos que las cantinas militares serán tomadas por cuarenta de nuestros más guapos aristas parisinos; el bar de la Ópera y el de la Ópera Cómica serán atendidos por bailarinas de los cuerpos de baile. Casi todos los teatros tienen el suyo; pero el bar del Gato Negro merece una mención especial: al personal de la casa se unen las cuatro bellas andaluzas de las Montañas Rusas, y la capataz de esta cuadrilla no es otra que La Cuenca, la célebre bailarina que ha enseñado a Jeanne Granier su famoso baile de la Macarrona” (10-1-1890).

La actriz Jeanne GranierLa actriz Jeanne Granier

Ésta es la última referencia periodística que encontramos sobre Trinidad Cuenca, cuyo fallecimiento ha sido documentado por José Luis Ortiz Nuevo en La Habana, en ese mismo año de 1890. Su existencia fue corta, pero vivió muy deprisa. La genial bailaora dejaba tras de sí una larga estela de triunfos a ambos lados del Atlántico y grandes innovaciones en el baile de mujer. Treinta y pocos años le bastaron para escribir su nombre con letras de oro en los anales de la historia flamenca.

NOTA:
(1) La traducción de todos los textos de periódicos y libros extranjeros es nuestra.


Trinidad «La Cuenca», una estrella de fama internacional (IV)

Un episodio de rivalidad entre artistas

A estas alturas de su carrera, tras haber conquistado París, y con el público mexicano en el bolsillo, los méritos de Trinidad Cuenca están fuera de toda duda. Tras poco más de dos semanas en Ciudad de México, la bailaora malagueña ha superado con creces todas las expectativas y se ha convertido en una auténtica diva, tanto en el buen como en el mal sentido del término. De hecho, además de difundir sus éxitos y elogiar sus dotes artísticas, la prensa también se hace eco de un episodio violento, protagonizado por La Cuenca y su compañera de cartel, y originado por los celos profesionales de esta última. El diario The Two Republics nos lo refiere así:

“LAS RIVALES

Una obra que hace sangre en el Principal.

[…] el colmo de los infortunios llegó con la inmensa popularidad de Madame Trinidad Cuenca. ¡Una torera!, ¡una bailarina que se llevaba todos los vivas y aplausos que D’Escazos piensa que deberían ser sólo para ella!

Esto era demasiado.

Así, la rivalidad y el rencor entre las dos señoras ha ido creciendo en intensidad hasta que el miércoles a mediodía rompió todos los límites. Parece que el martes por la noche, unos minutos antes de que Trinidad tuviese que salir al escenario, descubrió que a su guitarra le faltaban todas las cuerdas. Rápidamente se compraron otras nuevas y la señora cumplió su compromiso con el éxito habitual. Cuando las dos pelirrojas se encontraron al día siguiente en el hall del teatro, comenzó una guerra dialéctica; Trinidad, con valentía, acusó a María de haber robado las cuerdas de su guitarra, con la esperanza de que el robo no fuese notado hasta que la primera estuviese bajo los focos, cuando su fracaso al evocar los acordes clásicos haría que fuese abucheada por el público que antes la había aplaudido con locura. María negó firmemente la acusación. […]

Durante unos minutos los empresarios consiguieron calmar las mentes de las enfurecidas mujeres, cuando, mira por dónde, los maridos de las dos rivales aparecieron en el escenario. […] Monsieur d’Escazos recibió un fuerte golpe en la cabeza, que le propinó el Señor Cuenca con un bastón” (7-10-1887). (1)

La Cuenca (dcha.) junto a La CoquineraLa Cuenca (dcha.) junto a La Coquinera

La disputa se saldó con la pareja d’Escazos detenida, el novio de la Cuenca en paradero desconocido y esta última recluida en su habitación. Además, según el mencionado diario, la policía del distrito prohibió las representaciones por miedo a nuevos disturbios; y ello ocasionó al Sr. Leavitt pérdidas económicas por valor de unos 1.500 dólares. En sus memorias, el empresario ofrece su propia versión sobre el incidente:

“Un periódico escribió con entusiasmo que se habían producido dos conquistas de México, la primera por parte de Cortés y la segunda por la Cuenca. Era obsequiada, agasajada y tratada como una auténtica reina, circunstancia ésta que no contribuía a la compostura de la maga, quien sentía que su fama estaba siendo eclipsada. Una noche, en el Café San Carlos, que estaba abarrotado de comensales, la Sra. d’Escozas era el centro del grupo en una mesa, mientras que, en otra, la Cuenca estaba rodeada por una multitud de admiradores. Empezaron a lanzarse cumplidos de dudoso carácter de una mesa a otra, y la escena llegó a su punto álgido cuando el acompañante español de mi torera se levantó con una botella de champán en la mano y golpeó vigorosamente la cabeza del Sr. Fleuron [el acompañante de d’Escozas]. […] Las autoridades inmediatamente lo deportaron de México”.

Sin embargo, estos hechos no debieron de sorprender al Sr. Leavitt, que ya tenía calado al novio de la Cuenca desde la primera vez que lo vio, según él mismo nos cuenta:

“Cuando mi torera y mi agente llegaron de la estación de tren, y pararon delante de mi hotel, el Chatham, observé que el vehículo también contenía a un español de aspecto grande y llamativo. En seguida imaginé, no sólo la relación que había entre él y la Cuenca, sino también que me esperaban problemas. Sin embargo, acordamos que el español no iría a México, ya que sólo había venido hasta París con su amada para asegurarse de que le ofrecíamos un trato justo. Firmé un contrato con la torera y una de sus condiciones era que viajaría sola. […]
En el último momento, como esperaba, apareció el caballero español y su enamorada se negó a hacer el viaje sin él, así que, por fuerza, vino con nosotros”.

Es más, el empresario también intuía que podían saltar chispas entre sus dos estrellas. No en vano, las hizo viajar por separado y, cuando supo que la Sra. d’Escazos había llegado a México acompañada de su amante francés, tuvo claro que la situación se complicaba por momentos.

La Cuenca sigue triunfando en México

A pesar del incidente entre las dos divas y sus respectivos acompañantes, el día 8 de octubre vuelven a anunciarse juntas en el Teatro Principal, y unos días más tarde el diario La Patria informa sobre su próximo debut en Veracruz.

Vista de VeracruzVista de Veracruz

Sin embargo, a partir del 14 de octubre, Trinidad Cuenca vuelve a presentarse en el Teatro Principal de Ciudad de México, donde recibe “grandes ovaciones” por su representación de “una corrida de toros donde pueden asistir las señoras y las niñas, pues no hay caballos muertos ni toro embolado” (Le Trait d’Union, 14-10-1887). María d’Escazos se ha caído del cartel, en el que ahora figura el actor Manuel Segarra.

El programa consta de los siguientes números:
“1º Obertura por la orquesta.
2º La zarzuela en un acto: TOREAR POR LO FINO.
BAILE FLAMENCO por la Srita. TRINIDAD CUENCA.
4º La preciosa comedia: UN ZAPATERO TENOR.
5º GRAN CORRIDA DE TOROS! – La novedad del día! – Graciosa pantomima ejecutada 200 veces en París por Trinidad Cuenca.
Sobresaliente de espada, Caricaburo (el buen mozo).
Banderilleros: Juan de Mastis y Pepe Cornu.
Picadores: Calderón padre y Calderón hijo.
El único toro que se lidiará, apartado de la acreditada ganadería del marqués de la Trampa, vecino de Sevilla y de mucho peso, será picado, banderillado y muerto al compás de las guitarras por la más guapa de las bailarinas españolas, la primera torera de las plazas de España, la aplaudida TRINIDAD CUENCA” (Le Trait d’Union, 16-10-1887).

Vista de Ciudad de MéxicoVista de Ciudad de México

El renovado espectáculo continúa cosechando éxitos, y la prensa no para de ensalzar las virtudes de la artista, que se ha convertido en el fenómeno de la temporada, a juzgar por críticas como la siguiente:

“¡Viva la sangre torera!
Trinidad Cuenca, diestra bailarina y bailarina diestro, conquista más admiradores en cada representación, y convierte al pacífico y anciano Principal, en ruidosa plaza de toros.

Tiene la rara virtud de viajar con un trozo de Andalucía que da a conocer con su peligroso baile, durante el cual, el que menos larga un ole casi con la misma propiedad que un ruso.

La gente de coleta ha entrado en un periodo de adoración y de aprendizaje, porque a decir de los inteligentes, es maravillosa la pericia con que ejecuta su imaginaria lidia.

Le han encontrado dos semejanzas. Tocando la guitarra, al Curro Cúchares y toreando, a Frascuelo.

Ambos personajes han representado importantes papeles en la historia del Madrid contemporáneo; entre otros, haber servido de inconscientes modelos para que la Cuenca se convirtiera en notabilidad.

Porque no cabe duda que es notable. Nada importa que en cuestión de baile flamenco, no rayamos a gran altura; lo que indica que lo comprendemos es que, a medida que la bailarina comienza sus voluptuosas ondulaciones, no hay un solo espectador que deje de mirar al palco escénico, creciendo su interés por grados hasta llegar al delirio cuando aquella concluye lanzando una mirada enradadera y una sonrisa en pecado mortal. […]

La primera vez que se va al Principal, prevenido por todo lo que se dice, al ver el baile se siente uno realmente enfermo -ha habido ya quien se accidente- y no se escucha más que el menudo taconeo de la flamenca que al notar casi sin aliento a los espectadores, ríe con refinada malicia segura del triunfo de su diabólico específico.

Las caras de los concurrentes semejan las de los exploradores de los desiertos africanos. El gas produce insolaciones y los más entusiastas acusan todos los síntomas de la hidrofobia.

Por eso se comprende que al concluir grite todo el mundo, oyéndose desde el viva tu madre que electriza a los españoles, hasta el de agua que algunos lanzan en moribundo tono. […]” (El Diario del Hogar, 16-10-1887).

Curro CúcharesCurro Cúchares

Unos días más tarde, se celebra una función benéfica a favor de Trinidad Cuenca, en la que toman parte los diestros Manuel Díaz Lavy “el Habanero” y Francisco JiménezRebujina”. El lleno es absoluto y el público se vuelca con la Cuenca, que decide permanecer unos días más en el Teatro Principal.

De México a La Habana

Poco después, la artista rompe su contrato con Leavitt y abandona México. Unas semanas más tarde, el cubano Diario de la Marina (2) la sitúa en el Teatro Cervantes de La Habana. Allí debuta a mediados de diciembre, con el espectáculo que tanta fama y notoriedad le ha dado a ambos lados del Atlántico:

Trinidad Huertas ‘Cuenca’, la toreadora española en carácter, que ha bailado en los principales teatros de España, Francia, Estados Unidos, México; distinguida y célebre bailadora de flamenco, y excelente tocadora de guitarra, debutará el próximo lunes en el Teatro Cervantes.

La Cuenca es una mujer agraciada, con una fisonomía móvil y ojos sumamente expresivos. De pequeña estatura, con un talle esbelto y flexible. Lleva con mucho donaire el traje de hombre, y sus posiciones son estéticas.

Sus bailes llaman la atención por su originalidad y por la gracia con que los ejecuta, y mientras ella está en escena tiene subyugado al auditorio que sigue con admiración las ondulaciones de su cuerpo y el movimiento de sus pequeños pies.

Hay naturalezas que nacen dispuestas al arte y a éstas pertenece la hermosa malagueña Cuenca. El arte escénico lo lleva en sí, y lo mismo tiene todos los atractivos de una cándida vestal, que la traviesa y retozona coquetería de una chula.

La Cuenca es una notabilidad en su género, y aconsejamos a nuestros lectores no dejen de asistir a alguna función en el Teatro Cervantes para admirar su gracia y habilidad” (16-12-1887).

Vista de La HabanaVista de La Habana

En febrero del año siguiente, en el mismo teatro, tiene lugar una función benéfica dedicada a La Cuenca, que, además de su baile del torero, se marca un “Vito” y muestra sus dotes como guitarrista tocando por malagueñas.

Teatro de Cervantes. Para mañana anuncian en este teatro el beneficio de la célebre bailadora de flamenco Sra. Trinidad Cuenca Dadas las simpatías que goza la Sra. Cuenca y el variado y escogido programa que ha combinado, no dudamos sea una de las mejores funciones que se han dado en esta temporada. He aquí el programa:

A las 8, la bellísima zarzuela en un acto y en verso titulada ‘En las astas del toro’. La beneficiada bailará la tan aplaudida Corrida de toros.

A las 9, la preciosa zarzuela en un acto y en prosa ‘Las niñas de Écija’; en este intermedio la beneficiada bailará el tan popular como aplaudido baile andaluz El Vito, cantado por la Sra. Carmona.

A las 10, octava representación de la revista de actualidades cómico-lírica en un acto y tres cuadros Garabato. El Sr. Benach, en obsequio a la beneficiada, cantará unas preciosas malagueñas acompañadas a la guitarra por aquélla” (Diario de la Marina, 29-2-1888).

NOTA:
(1) La traducción de todos los textos de periódicos extranjeros es nuestra.

(2) Referencias localizadas en Cuba por José Luis Ortiz Nuevo.