Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Adela Cubas, una guitarrista hecha a sí misma (y II)

Recorriendo España junto a Antonio Hernández

En marzo de 1913, la revista Diana (Cádiz) anuncia un nuevo número de variedades:

“El notabilísimo bandurrista D. Antonio Hernández, tan aplaudido últimamente en nuestro Teatro Cómico, ha formado número con la afamada profesora de guitarra Adela Cubas, que durante muchos años ha acompañado con el clásico instrumento al cantador El Mochuelo. Dada la maestría y dominio de la Srta. Cubas en la guitarra y conocedores de las perfectas imitaciones que del cante flamenco ejecuta en la bandurria el señor Hernández, con especialidad en el estilo de la Niña de los Peines, auguramos una serie de triunfos al nuevo número de varietés” (12-3-1913).

Comienza, por tanto, una nueva etapa en la carrera artística de Adela Cubas, quien, junto a su recién estrenado compañero, continuará recorriendo diversos escenarios por toda la geografía española. En mayo se presentan en San Fernando (Cádiz), donde “su esmerada labor” los hace merecedores de “aplausos unánimes y espontáneos” (Eco Artístico, 25-5-1913). La prensa local no escatima en elogios para la artista:

Adela Cubas, de fama nacional, que conoce la guitarra y que la siente con su alma soñadora, la que se refleja por sus ojazos negros y agitanados, puede afirmarse que es una verdadera Rubinstein en el manejo del clásico instrumento, porque ya no es posible ni más dulzura, ni mayor agilidad, ni más buen gusto” (Diana, 12-5-1913).

Anuncio del espectáculo de Adela Cubas y Antonio Hernández, Eco Artístico (1913)Anuncio del espectáculo de Adela Cubas y Antonio Hernández, Eco Artístico (1913)

En el mes de julio, Adela viaja de nuevo a Barcelona, para formar parte de un espectáculo en el Gran Salón Doré, en el que destaca especialmente sobre el resto de artistas: “Eloísa Carbonell bailando un tango, acompañada á la guitarra por Adela Cubas: vaya una bailarina y una guitarrista” (Eco Artístico, 25-7-1913).

En octubre regresa a Cataluña, y se presentan en el Teatro Principal de Tortosa (Tarragona), “la bella y genial Adela Cubas y el aplaudidísimo Antonio Hernández, concertistas, imitadores de las eminentes celebridades que brillan en Europa, de un talento y un gusto artístico extraordinario” (Diario de Tortosa, 11-10-1913). Allí el público pudo saborear

“el arte insuperable de Adela Cubas, que hemos de confesar no tiene rival en la interpretación, con su guitarra, de las piezas flamencas y gitanas. […] Los repetidos aplausos obligábanles a ofrecernos otra, otra y otra, cada vez más hermosas, y el último día terminaron con una jota tan soberbiamente ejecutada y sentida, que la concurrencia, como si sintiese repercutir aquellas notas vibrantes en su alma, restaba profundamente emocionada” (Diario de Tortosa, 11-10-1913).

Barcelona, Bilbao y, de nuevo, Madrid también son testigos de sus éxitos. En diciembre, en el Trianón Palace “son muy aplaudidos Adela Cubas y Antonio Hernández en su género flamenco, en el que Adela tiene el número uno” (Eco Artístico, 5-12-1913).

El nuevo año lo reciben en Guadalajara. Allí comparten cartel con otros artistas de variedades, “pero lo que verdaderamente llamó la atención fue el esmerado trabajo de Adela Cubas que tocó la guitarra como puedan tocarla en la Corte Celestial. Eso es tocar; lo demás es armar ruido” (La Palanca, 21-12-1913). Noche tras noche, la artista sigue demostrando su maestría y versatilidad:

“Adela sabe hacer llorar a la guitarra, esos sentimentales cantos asturianos, sabe llegar al alma del que la escucha, al rasguear habilísima las cuerdas, arrancando la alegre música andaluza y enardecer el espíritu con las bravas y pujantes notas que nos hablan de Aragón y sus quereres, con la lengua flexible de la jota aragonesa” (Revista Flores y abejas, 4-1-1914).

Tras pasar por Aranjuez, en primavera la pareja vuelve a tierras gaditanas: El Puerto de Santa María, San Fernando, Jerez de la Frontera y Sanlúcar de Barrameda son algunas de las localidades en las que actúan, y “son aplaudidos sin tasa en todo el género flamenco, que interpretan con estilo y gusto” (Eco Artístico, 25-5-1914).

A finales de mayo, la revista Diana (Cádiz) anuncia que los celebrados artistas próximamente “emprenderán una tournée por nuestras posesiones de África, empezando por Tetuán, y continuando por Larache, Ceuta, Melilla y Tánger. Nuestra enhorabuena a la Srta. Cubas y al Sr. Hernández, a los cuales deseamos continúen obteniendo idénticos triunfos que los conseguidos hasta ahora” (31-5-1914).

Caricatura de Adela Cubas y Antonio Hernández (Diana, 31-5-1914)Caricatura de Adela Cubas y Antonio Hernández (Diana, 31-5-1914)

En junio, la guitarrista muestra su lado más solidario, al colaborar en una fiesta benéfica organizada en el teatro Español de Madrid por la Juventud republicana, con el fin de recaudar fondos para la creación de escuelas para niños y clases nocturnas para adultos.

Siguen las giras, con La Malagueñita, El Mochuelo…

Una vez desvinculada artísticamente de Antonio Hernández, en otoño Adela regresa a Bilbao, Barcelona y Palma de Mallorca, lugares donde recibe grandes elogios junto a su nueva pareja flamenca: “La Malagueñita con su cante ‘jondo’, acompañada a la guitarra por esa ‘pequeñez’ de artista llamada Adela Cubas. ¡Ole las manitas!” (Eco Artístico, 5-11-1914). Durante varios meses, ambas continúan recorriendo la geografía española, y cosechan aplausos y “justas ovaciones” en Valencia, Málaga y Granada.

En julio de 1915, en el Salón de Variedades de Almería, “el célebre cantador de flamenco Antonio Pozo (El Mochuelo) y la eminente profesora de guitarra Adela Cubas, cantaron y tocaron respectivamente, aires andaluces como los propios ángeles” (El Popular, 18-7-1915). Los dos “alcanzaron calurosos aplausos, especialmente la última, que domina de manera magistral el tan celebrado instrumento” (Crónica Meridional, 19-7-1915).

Comienza, por tanto, una nueva etapa de colaboración artística entre la guitarrista y el cantaor, que a partir del mes de agosto participan en “Andalucía en Versalles”, que cosecha grandes éxitos en Madrid. El bailaor Estampío y el guitarrista Ramón Montoya, entre otros artistas, completan el cartel de este espectáculo teatral, “verdadera nota de color y buen gusto, que viene congregando un público selecto y numeroso […] y que hace aparecer diariamente en la taquilla el cartel de ‘No hay billetes’” (La Correspondencia de España, 3-9-1915).

En octubre, Adela Cubas y El Mochuelo actúan en Zamora, y a comienzos de 1916 viajan a La Coruña, donde “la renombrada guitarrista, es muy aplaudida acompañando al cantador flamenco” (Eco Artístico, 5-2-1916), y obtiene un “éxito colosal” la “Gran Fiesta Andaluza” en que ambos participan.

No obstante, la actividad de la guitarrista debe cesar durante un tiempo, y El Liberal nos informa sobre los motivos:

“ADELA CUBAS.- Después de tres meses de enfermedad, ha entrado en el periodo de convalecencia esta afamadísima artista de la guitarra. Sus muchos amigos y admiradores, que ignoraban la causa de su apartamiento del público, por no haberse dado noticia alguna de la dolencia que aquejaba, y aqueja todavía a la excelente guitarrista, no tardarán, afortunadamente, en tributaria de nuevo sus aplausos” (8-5-1916).

Una vez recuperada, en septiembre la artista regresa a La Coruña, donde vuelve a entusiasmar al auditorio: “el éxito del día consituyólo Adela Cubas, la famosa concertista de guitarra, que fue clamorosamente ovacionada. La Cubas tocó de modo admirable aires andaluces, jotas y guajiras, que el público aplaudió con calor” (El Noroeste, 8-9-1916).

Pocas semanas después inicia otra exitosa gira por tierras andaluzas (Málaga, Baza, Córdoba…), esta vez junto a La Malagueñita. El nuevo año lo estrena también en el sur de España, acompañando a Les Harturs, “un cuadro de canto y baile flamenco en su significación más castiza y clásica; elegante y simpático”. Sus actuaciones en distintas localidades gaditanas, granadinas y murcianas son muy aplaudidas. Por ejemplo, sobre su presentación en Murcia, El Liberal publica lo siguiente: “Les Harturs […] ha completado su interesante cuadro con la popular Adela Cubas, […] que tiene en su alma la magia zahorí de la música flamenca, y en sus dedos, el secreto sentimental de la guitarra” (12-6-1917).

En 1918, Adela se anuncia en distintos escenarios españoles -principalmente en Madrid, Valencia, Barcelona y Badajoz-, integrada en cuadros flamencos en los que acompaña a artistas como Eloísa Carbonell y El Mochuelo. Los programas en los que aparecen son de lo más variopinto, e incluyen bailarines, cancionistas e incluso perros comediantes.

De nuevo en Madrid, junto a dos bailarinas

A partir de 1919, la mayor parte de las referencias periodísticas que hallamos sobre Adela Cubas la sitúan en Madrid. Durante dos años aparece vinculada artísticamente a la famosa y versátil bailarina Mireya, que ejecuta tanto danzas clásicas como bailes modernos, exóticos, e incluso se arranca por soleares y granaínas.

Juntas se anuncian durante largas temporadas en el Parisiana, el Ideal Rosales y el Gran Teatro madrileño, entre otros. La prensa se hace eco de sus triunfos artísticos y destaca continuamente el buen hacer de la “simpática y notable guitarrista Adela Cubas” (Eco Artístico, 1-6-1919), toda una “maestra en el género” (La Correspondencia de España, 26-8-1919), “que, como pocos, dominan este instrumento” (Eco Artístico, 30-11-1919).

Adela Cubas y Mireya (Mundo Gráfico, 4-6-1919)Adela Cubas y Mireya (Mundo Gráfico, 4-6-1919)

La pareja también colabora en varios festivales benéficos y se presenta en otras ciudades, como Gijón, San Sebastián, Zaragoza, Pamplona o Puertollano, siempre con gran éxito y “entusiastas aclamaciones”. En agosto de 1920 Eco Artístico anuncia la disolución del vínculo laboral entre ambas artistas y poco después informa sobre el estreno de un nuevo número, formado por “la renombrada y excelente bailarinaNerina y “la célebre concertista de guitarra Adela Cubas” (15-09-1920).

El Parisiana madrileño sigue siendo testigo de la maestría de la guitarrista y su nueva pareja, si bien las referencias en prensa son mucho menos frecuentes, no sabemos si debido a una relajación del ritmo de trabajo de Adela Cubas a causa de su enfermedad, o bien por encontrarse actuando en teatros de provincias de cuya programación dieran cuenta únicamente los periódicos locales.

En cualquier caso, donde sí aparecen Adela y Nerina, junto a otros muchos artistas, es en el festival a beneficio de la Cruz Roja organizado en abril de 1922 por los estudiantes del preparatorio de Derecho y Filosofía y Letras en el madrileño el Teatro de la Princesa. Allí “se hicieron aplaudir extraordinariamente” (La Acción, 5-4-1922).

En septiembre de ese mismo año, la prensa recoge la noticia de la fundación del Sindicato de Artistas de Varietés, de cuya junta directiva forma parte Adela Cubas. De este modo conocemos una nueva faceta de la guitarrista que, además de solidaria, resulta ser una mujer comprometida en la defensa de sus derechos profesionales.

Una de sus últimas apariciones públicas tuvo lugar en noviembre de 1922 en el Círculo de Bellas Artes, con motivo de “una fiesta íntima, de las que dicho centro organiza frecuentemente, para alentar a los artistas y para dar a conocer éstos a los socios”. Las cupletistas Teresita España y Carmen de Triana, la bailarina Carmen Diadema y “la excelente guitarrista Adela Cubas” fueron muy aplaudidas por el púbico, “que salió muy satisfecho del delicioso rato que le proporcionaron las expresadas artistas” (El Sol, 26-11-1922).

Adela Cubas en el Círculo de Bellas Artes (La Unión Ilustrada, 10-12-1922)Adela Cubas en el Círculo de Bellas Artes (La Unión Ilustrada, 10-12-1922)

Se marchó sin hacer ruido

El 24 de abril de 1923, El Imparcial publica la siguiente información: “En el sanatorio del Doctor Segovia, en la calle de las Naciones, ha fallecido esta madrugada la notable guitarrista Adela Cubas. En desesperado estado se la había practicado una operación en el hígado, pues la celebrada artista venía desde hace tiempo aquejada por una enfermedad que ha consumido todos sus modestos recursos”.

Se marchaba así esta mujer excepcional, trabajadora incansable y artista por todos reconocida. Nos dejaba sin hacer ruido, del mismo modo en que había vivido. Si la prensa nos da una idea de la importancia de su carrera y del prestigio que alcanzó, el valioso testimonio que recoge Carmen de Burgos en su obra ya mencionada nos permite conocer un poco más a la mujer, a esa Adela sensible, sensata, simpática y con un gran sentido del humor.

En su conversación con la periodista, Adela Cubas reconoce sentir pasión por su trabajo: “Yo necesito para vivir la guitarra, el público, los aplausos. Aunque fuera millonaria no dejaría mi arte jamás”. Reconoce los éxitos cosechados por toda España, si bien se queja, no sin ironía, del empeño de los empresarios en hacerla actuar acompañada de otro artista, tal vez debido a su aspecto físico, que no parecía encajar con el prototipo de mujer que triunfaba en los espectáculos de variedades:

“Eso es muy gracioso. Cuando salgo acompañada, el público me pide que toque sola -“sola”, “sola”- y, en cambio, si pretendo salir sola, los empresarios me piden que salga con alguien… aunque sea con un guardia. […] He estado dos veces para contratarme para América, y las dos he fracasado. La primera, porque el empresario me encontró tan horrible, que me dijo que me contrataría si pudiera salir al escenario de espaldas”.

Adela Cubas (Diana, 12-5-1913)Adela Cubas (Diana, 12-5-1913)

Sin embargo -y afortunadamente-, el hecho de no cumplir con esos cánones de belleza establecidos no impidió a Adela Cubas convertirse en una primera figura de la guitarra, algo ya de por sí complicado tratándose de una mujer. Es más, incluso llegó a “sacar alguna ventaja moral […]. Una mujer fea ve las cosas con más claridad, más en la realidad, vive menos engañada, puede tener más confianza en los afectos que inspire”.

Si la belleza es relativa, y varía en función de los tiempos y de las modas, lo que no admite discusión es la inteligencia y la valentía de esta mujer, que supo hacerse a sí misma y vencer con su talento las barreras que encontró en su camino, hasta alcanzar su sueño.


Juana la Macarrona, la estrella de los cafés cantantes (y II)

Entre 1915 y 1920 son pocas las referencias a la Macarrona que encontramos en la prensa: varias actuaciones en el Kursaal Central de Sevilla; en Barcelona, en la inauguración del Villa Rosa de Miguel Borrull; en San Sebastián, junto a Pastora Imperio, en la fiesta privada de una condesa…

Juana la Macarrona

La bailaora Juana la Macarrona

En enero 1922 se estrena en el Ideal Rosales de Madrid el espectáculo “Ases del arte flamenco”, en el que destaca “la reina de las reinas del baile flamenco, la formidable Juana la Macarrona”. Unos meses más tarde, la genial bailaora es invitada por Manuel de Falla a actuar ante los cuatro mil espectadores del Concurso de Cante Jondo que se celebra en Granada coincidiendo con las fiestas del Corpus. Allí comparte escenario con los artistas más destacados del panorama flamenco del momento, como Manuel Torre, La Niña de los Peines, Antonio Chacón y el guitarrista Ramón Montoya.

Días más tarde, Ramón Gómez de la Serna escribe en las páginas de El Liberal a propósito de dicho acontecimiento: “La Macarrona es la superviviente del baile jondo y ha quedado consagrada como la única. Es que es maravillosa e inimitable, porque no sólo su danza, sino el tamaño y el color de su falda se atienen a la medida antigua”.

Dicha actuación da un nuevo impulso a la carrera de Juana Vargas. El 23 de marzo de 1923, coincidiendo con la demolición del antiguo Café Novedades de Sevilla, A. Rodríguez de León publica un artículo en El Sol, en el que rememora los buenos tiempos de aquel local “donde la Macarrona ejercía el sacerdocio de su baile ‘jondo’, que era espasmo trágico y contorsión de angustia; donde la línea adquiría prestigios arrogantes y relieves supremos, porque el baile era la danza del sentimiento hecho carne tentadora, armoniosa y febril”.

En abril de 1925, la prensa sitúa a Juana la Macarrona en Sevilla, donde actúa con la Mejorana y el Niño de Marchena en el Hotel Alfonso XIII, en una fiesta organizada por el Comité de la Exposición Iberoamericana, a la que asisten grandes personalidades. Unos días más tarde vuelve a codearse con la más alta sociedad, sus majestades incluidas, en el Palacio de las Dueñas, junto a La Niña de los Peines, Antonio Chacón, Ramón Montoya, la Pompi y el Niño de Marchena, entre otros artistas.

Un amago de retirada

Los tiempos van cambiando y hay que adaptarse a ellos. En 1926, la que fuera reina de los cafés cantantes vuelve a recorrer la geografía española con un espectáculo de ópera flamenca producido por el empresario Vedrines. Ese mismo año anuncia su retirada de los escenarios, “porque estas piernas mías que han sido de bronce, van siendo ya de alambre” (El Correo de Andalucía, 3-3-1926).

Adela Cubas, Fiesta Andaluza, Revista Nuevo Mundo, 24-9-1911

La Macarrona bailando en el Trianón Palace (Nuevo Mundo, 24-9-1911)

Juana abre una academia de baile en Sevilla, en un corral de vecinos de la Alameda de Hércules. Sin embargo, no se retira del todo. En 1927 vuelve a actuar en Madrid, en el Certamen Nacional de Cante Flamenco que se celebra en el Monumental Cinema.

“Ver bailar a la Macarrona es como asomarse al campo y aspirar auras de huerto florido, después de haber respirado el aire turbio y viciado de un antro. Qué garbo, qué presencia, qué elegancia […] ¡Que tiene años! ¡Que está gorda! ¡Y qué! Que vengan mocitas a mejorar aquella danza”, escribe José O. de Quijano en el Heraldo de Madrid (1-10-1927).

En 1929, Juana Vargas actúa en el Principal Palace de Barcelona, con un cuadro flamenco dirigido por Paco Aguilera. Un año más tarde regresa a la ciudad condal, donde participa en los actos flamencos que se celebran con motivo de la Exposición Universal de 1930. Baila también en el espectáculo de despedida de Pastora Imperio, en el Circo Barcelonés y, posteriormente, en el Teatro Vital Aza de Málaga.

Tras una incursión en el cine, en la película Violetas imperiales (Henry Roussel, 1932), Juana la Macarrona se embarca en una nueva gira, con la compañía de La Argentinita. El montaje se compone de varios números, entre ellos “Las calles de Cádiz” y “El café de Chinitas”. El espectáculo cosecha grandes éxitos en España y también en París, donde se estrena en 1934, en la Salle des Ambassadeurs. En él intervienen Pilar López, Rafael Ortega, La Malena y La Macarrona.

En 1936, Juana baila en una fiesta organizada en el Alcázar de Sevilla para agasajar al Gran Visir. Dos años más tarde vuelve a salir de gira con el espectáculo “Las calles de Cádiz”, esta vez presentado por Concha Piquer junto a artistas como La Niña de los Peines, Rita Ortega o su inseparable Malena. A finales del 38 se presenta en el Gran Teatro Cervantes de Sevilla, y en 1940 sigue cosechando éxitos en distintas ciudades españolas. Éstas serían su últimas actuaciones, pues esas piernas “de alambre” de la Macarrona, como ella misma las definía en 1926, contaban ya con 70 años y muchos achaques.

El declive de la Macarrona

En 1942, Pepe Marchena organizó, en el hotel Colón de Sevilla, una fiesta homenaje a Juana Vargas, que celebraba así sus bodas de oro con el arte flamenco. Dos años más tarde, la Macarrona realizó su segunda, y última, incursión en el cine, con un pequeño papel en la película Eugenia de Montijo, de José López Rubio.

La Macarrona en su madurez

La Macarrona en su madurez, cuadro de Alfonso Grosso

En diciembre de 1945, el diario ABC se hacía eco de la difícil coyuntura por la que atravesaba la bailaora, quien confesaba: “muchas joyas, muchos brillantes he tenido. Pero lo que pasa en la flamenquería, como no tenemos cabeza pa na, cuando volví la cara, ya tenía aquí la vejez y la enfermedad”.

Unos meses más tarde, con el fin de recaudar fondos para aliviar en lo posible la precaria situación económica de la Macarrona, el Sindicato Provincial del Espectáculo de Sevilla le organizó un nuevo homenaje en el Teatro San Fernando, en el que participaron numerosos artistas. Aquélla fue la última vez que se la pudo ver sobre un escenario.

“La famosa ‘bailaora’ quiso corresponder con el inicio de un baile. Cosa brevísima, pues la edad y los achaques no permitieron ya otra cosa. Pero sólo en la manera de alzar los brazos los viejos sintieron avivarse los recuerdos del pasado y los jóvenes pudieron columbrar un destello de la gloria que se fue” (ABC de Sevilla, 9-3-1946).

En abril de 1947, en plena Feria de Sevilla, el baile de La Macarrona cesó para siempre. “Murió en su cama, en el barrio, como es de ley, y sin molestar más que lo justo a cuatro vecinos. Esos cuatro vecinos, en una tarde de feria, la acompañaron allá donde se crían las malvas” (La Vanguardia, 17-04-1947).

Según las crónicas de la época, Juana Vargas murió sola y olvidada. Sin embargo, muchas décadas después, aún resuena el eco de sus tacones sobre el escenario. La Macarrona fue la reina indiscutible de los cafés cantantes. Bailó con mucha gracia por todos los estilos, si bien fue en las alegrías, los tangos y las soleares donde más destacó, por su braceo majestuoso, sus desplantes, su flexibilidad y su dominio de la bata de cola.

“Daba gozo verla con el mantoncillo de espuma y la pulquérrima bata de cola, atrancándose en los primeros compases de la danza para detenerse de improviso, erguida y soberbia, los brazos en alto y los faralaes del vestido como un pedestal de nieve en torno a sus pies ágiles y taconeantes, hasta que ‘entraba en falseta’. La artista iba luego desperezándose con desmayo y gachonería, para acabar en giros rapidísimos entre el repiqueteo de las ‘pataítas’, mientras su hermana echaba al aire coplas ‘por alegrías’:

Los voluntarios de Cái
fueron a coge coquinas,
y a la primera descarga
tiraron las carabinas,

para enlazar, entre palmas de broma, con el tanguillo saleroso:

Cómpreme osté una levita,
osté que gasta castora,
que es prenda que da la hora
gorviéndola del revés…”

(Diario Madrid, 7-2-1968).


Anilla la de Ronda, la «Reina de los Gitanos»

Ana Amaya Molina, más conocida como Anilla la de Ronda o Anilla la Gitana, es una de las primeras artistas flamencas profesionales de las que se tiene noticia. Nació en Ronda el 28 de febrero de 1853 y falleció el día de Todos los Santos de 1933. Las escasas fotografías que de ella se conservan nos la muestran abrazada a su sonanta, una imagen poco usual en los tiempos que corren, pero no tanto en aquellos años. Cantaora y guitarrista autodidacta, solía acompañarse a sí misma en sus actuaciones.

Anilla la de Ronda

Anilla la de Ronda

Comenzó su carrera artística en los cafés cantantes de su localidad natal, como El Pollo, El Forno o La Primera de Ronda. Allí conoció a su paisana Paca Aguilera y al maestro Antonio Chacón, con quienes volvió a coincidir en 1890 en el malagueño Café de Chinitas. El Siete Revueltas, el sevillano Café El Burrero y el madrileño Café Corrales también fueron testigos de su arte. Concretamente, el 14 de octubre de 1887 La Correspondencia de España publicó la reseña de una actuación de Anilla en la capital de España.

Lo que dijeron de ella los escritores

En 1904, Guillermo Núñez de Prado, en su libro Cantaores Andaluces, nos ofrece una visión muy romántica de esta artista, a la que presenta como una mujer que “ha vivido esclava del amor como una perra de su dueño; no ha comprendido ni querido comprender que pueda haber nada en la humanidad fuera de las tristezas o de las alegrías de ese amor; lo ha subordinado a él todo, desde el arte hasta la existencia; canta, llora, siente y vive para amar. […] Eso es lo que la ha hecho más simpática aún que sus mismas cualidades para el canto, y a eso se deben, en primer término, los triunfos artísticos que ha logrado y los aplausos que ha obtenido”.

Según el autor, el corazón de esta gitana es mucho más grande que su carácter, algo que, en su opinión, no encaja demasiado bien en “el valiente y vigoroso cuadro de la soleá”. Ella la sentía “a su modo, le daba el tinte peculiar de su sentimiento enteramente femenino, le imprimía el sello exclusivamente tierno de su alma y, sin destruir el estilo, lo convertía en el lenguaje propio de su corazón, lenguaje que no tenía la heroica fuerza de ese estilo ni su vigoroso empuje”.

Resulta “curioso”, por decirlo de manera suave, que Núñez de Prado insista en caracterizar a la soleá como un cante “varonil”, cuando algunas de sus más destacadas intérpretes han sido mujeres (pensemos en Merced la Serneta o Fernanda de Utrera).

Anilla la de Ronda en Mundo Grafico 1930

Anilla la de Ronda en Mundo Gráfico, 1930

En 1922, Federico García Lorca, en la conferencia que pronunció con motivo del Concurso de Cante Jondo de Granada, mencionó a Anilla la de Ronda como una de las grandes soleareras de la época. De hecho, éste es precisamente el palo en el que más destacó la cantaora, quien creó un estilo propio, hoy muy poco conocido, de “soleariyas” o soleares cortas. Una de las letras que más cantaba dice así:

“Estoy viviendo en el mundo
con la esperanza perdía
no es menester que me entierren
porque estoy enterrá en vía”

La simpatía y el duende de esta gitana cautivaron a grandes personalidades de todo tipo. Pastora Imperio insistió en conocerla personalmente y le regaló una bata de cola, y la reina Victoria Eugenia, además de invitarla a actuar en una fiesta privada de la familia real, la obsequió con un mantón de manila.

La estrella de la Semana Andaluza de Barcelona

En junio de 1930, convertida ya en “una vieja de cara curtida, andares de pato parsimonioso, con cierto contoneo aún de moza”, tal y como la describe José Benavides, Anita causó sensación en la Semana Andaluza, celebrada en el Pueblo Español de Barcelona con motivo de la Exposición Universal. Allí cantó y bailó acompañada a la guitarra por Ramón Montoya.

Una crónica periodística de la época dice de ella que “es muy graciosa; canta con mucho nervio, a pesar de su edad, y sus ocurrencias hacen reír. No se separa de la guitarra, en la que tiene pegados varios cromos religiosos. […] No cesa de beber, y durante el día ingiere de 15 a 20 copas de cazalla. El agua no la prueba, pues dice que sólo la usa para lavarse”.

El 24 de junio de 1930, la revista Estampa publica una entrevista a la cantaora, firmada por José Benavides, quien cuenta lo siguiente: “La casa donde vive Anita Maya, en Ronda, es un lugar de peregrinación. El Juez, el Alcalde, el boticario, el Registrador, damas de alta y baja alcurnia, todas desfilan por su vivienda, archivo de la sabiduría popular. Diariamente, desde Barcelona, se telegrafía al Secretario de Ronda, diciendo que la anciana gitana come bien, duerme poco y bebe mucho. También se telegrafía a los gitanos, que, impacientes ya, piden que regrese. Pero ella no quiere marcharse”.

Anilla la de Ronda

Anilla la de Ronda

Por boca de la propia Anita Amaya sabemos que en su juventud fue contrabandista de tabaco, y que tuvo amores con el torero Lagartijo: “Rafael Molina fue muy amigo mío, verdad. Pero el hijo que tengo no e del, ni del General Contreras. Se lo pedí yo a la Virgen de los Dolores, y me lo consedió. Créame, señorito de mi arma. Lo demá son crítica, chumba y eso…”

Con mucha gracia y desparpajo, la singular gitana relata varios episodios de su vida, que su interlocutor pone en tela de juicio, y dice algunos cantes por soleá, que José Benavides transcribe:

“Por donde quiera que voy
la gente me mira mucho:
¡la sombra dirá quién soy!”

“Manque toquen a rebato
las campanas del olvío
en mí no s’apaga el fuego
que tu queré ha ensendío.
¡Viva Ronda!
Reina de los sielos,
Flor d’Andalusía.
¡Quien no t’ha visto que se ponga aquí!”

Sin embargo, en esa misma época, varios diarios madrileños, como El Sol, La Voz y El Heraldo de Madrid, se hacen eco de una supuesta carta enviada por el alcalde de Ronda para protestar por las informaciones publicadas en los mencionados diarios catalanes, que coinciden en tachar de “españolada”. Así, por ejemplo, el 29 de junio de 1930, en El Sol puede leerse lo siguiente:

“Dicha mujer, no sólo no es reina de los gitanos -mal puede serlo de quienes no admiten tales jerarquías-, sino que carece de prestigio entre su gente y fuera de ella. Se trata de una antigua y azarosa ‘cantaora’ de flamenco de mínima solvencia, propia para públicos cerriles, que paseó su vida por los tugurios, lejos del arte. Sin duda, ahora la tal Anita Amaya se limita a evocar con cierta fantasía y falta de tacto tiempos que por suerte desaparecieron”.

Anilla la de Ronda

Anilla la de Ronda

Una mujer que ha dejado huella

A día de hoy, dado el tiempo transcurrido y la escasez de fuentes testimoniales que pudieran acreditar una u otra versión, es difícil determinar cuál de ellas encierra más verdad. De lo que no cabe duda es de que Anilla la de Ronda fue una mujer singular. Su personalidad y su arte no dejaron indiferentes a sus contemporáneos, e incluso han inspirado a artistas posteriores, como José Carlos Luna, quien la retrató en uno de los poemas de su libro El Cristo de los Gitanos (1942), o José María Tornay, que le dedica un romance.

“Su flácido pescuezo, de carne
de gallina,
que con polvos baratos blanquea
y enharina,
aún luce con descoco un collar
de colores,
que fue premio a su cante corto
por soleares,
y que un día Curro Durce,
destocado el pavero,
tras besar sus manos,
la puso en El Burrero”
José Carlos Luna

“Se conjuraban las musas
en noches de luna clara
cuando lloraban su llanto
las cuerdas de su guitarra
Sangre de fuego encendido
bordan sus dedos al alba
y la brisa se detiene
para entrar por su ventana.
Aniya, luz de bohemia,
mujer de miel y de rabia,
verano de sol ardiente,
linterna en la madrugada.
Por las esquinas del aire
retoza su voz quebrada,
mientras deslumbra la noche
la reina de las gitanas”
José María Tornay