Los Ballets Rusos debutaron en la Gaîté Lyrique de París el 17 de mayo y, a pesar de las grandes expectativas que habían despertado, no defraudaron (1). “[N]os prometían placeres dignos de los dioses: han cumplido su palabra”, escribió Antoine Banès (1921: 5) (2). Las dos obras de estreno, “Chout(le Bouffon) y Cuadro Flamenco, provocaron […] un entusiasmo indescriptible” (Excelsior, 1921: 4). Esta última llamó especialmente la atención por su carácter pintoresco y exótico, y también por su sencillez, colorido y espontaneidad, hasta el punto de que Fernand Nozière tuvo la sensación de estar viviendo una situación real, sin intervención artística alguna:
«Es un conjunto que tiene carácter. Parece que el pintor Picasso imaginó la presentación de los trajes. Parece que se ha esforzado por disimular su colaboración. Parece que estemos en España, en un salón de bailes sin prestigio. […] El interés de este cuadro es que estos artistas no tienen cualidades excepcionales. Es la muestra de un espectáculo popular, sencillo, medio. […]
Y el público aclamó a estos bailaores y a estas bailaoras, porque fue conquistado por su espontaneidad, por su gracianatural, por su fuerza instintiva. Era agradable dejar de sentir la investigación del decorador y el diseñador de vestuario, las complejidades del músico, la autoridad del maestro de ballet. Era real» (1921: 3).
Grabado de los Ballets Rusos en Cuadro Flamenco (Le Crapouillot, junio de 1921).
Sin embargo, para otros críticos la aportación de Picasso no pasó tan desapercibida como para Nozière. Roland-Manuel calificó el decorado de “exquisito” (1921: 3); Laloy lo definió como “irónico y truculento” (1921c: 1); y a Galtier-Broissière, aunque “muy hermoso en sí”, le pareció “un contrasentido”, dado que no reflejaba de manera realista el ambiente idóneo para la presentación de un espectáculo de ese tipo: “Una parte del encanto de los salones de bailes españoles reside evidentemente en la atmósfera de la sala ardiente y saturada de humo de tabaco, de perfumes violentos y de olores femeninos” (1921: 10).
En lo que respecta al vestuario, una de las descripciones más detalladas y elogiosas la ofreció la revista Vogue, que recomendó encarecidamente asistir al teatro para disfrutar de esa espléndida obra de arte:
Una de las cosas interesantes de esta producción fue la interpretación dada por Picasso a los trajes de las mujeres del pueblo en España, en cuanto a forma, color y ornamento antiguo y moderno. Los mantones no eran en absoluto los antiguos mantones desteñidos por la antigüedad, y no tenían los flecos por los que son famosos; todos estos elementos estaban plasmados, pero estaban sutilmente transformados […]. Los trajes del ‘Cuadro Flamenco’ son verdaderas maravillas, y la oportunidad de verlos es algo que no se debe desaprovechar” (J. R. F., 1921: 39).
Sin embargo, también hubo quien necesitó algo de tiempo para llegar a apreciar la obra del pintor malagueño. Tal fue el caso de Antoine Banès, que experimentó una emoción similar cuando los artistas entraron en acción, si bien el impacto inicial no tardó en transformarse en una sensación placentera: «A la larga, los ojos se acostumbran a los colores chillones de los trajes y de los decorados. Su espantoso dadaísmo acaba incluso por no ser desagradable. […] Aunque comenzó en medio de la desazón, Cuadro Flamenco terminó en el delirio» (Banès, 1921: 5).
La Rubia de Jerez, Mate sin Pies y María de Albaicín en Cuadro Flamenco (La Esfera, 9-7-1921).
Uno de los aspectos del espectáculo que resultaron más difíciles de asimilar tanto para el público como para la crítica fue el cante de Antonia la Minerita, que a los no iniciados les recordaba el canto del muecín (Schneider, 1921: 2) o los pregones de los vendedores ambulantes (G. de P., 1921: 4). También hubo quien calificó su voz de siniestra (Souday, 1921: 3) y quien encontró en ella una excusa para la mofa: “… escuchamos a la Minerita preludiar, para alegría de los músicos e hilaridad de algunos admiradores de Caruso” (Roland-Manuel, 1921: 3).
Aunque se siguió un esquema similar al de los cuadros que podían contemplarse en locales como el Kursaal Central sevillano, los códigos y los modos de proceder de los flamencos llamaron mucho la atención de los críticos teatrales, no habituados a frecuentar ese tipo de locales. Les sorprendía el hecho de que los cantaores, bailaores y guitarristas permaneciesen sentados en sus sillas, alineadas en tres lados de la tarima, y se fuesen levantando por turnos para actuar en el espacio central, mientras el resto del grupo les jaleaba:
«Los dos tocaores afinan sus instrumentos, tocan. Los hombres y las mujeres parecen buscar en sí mismos un ritmo y, cuando uno de ellos lo ha encontrado, se separa bruscamente de la compañía, como poseído por un delirio sagrado, se precipita hacia el centro del escenario y baila mientras que sus compañeros lo acompañan, lo animan, y lo excitan con la voz, los pies y las manos. Arte popular, vivo y sobrio» (Vaillat, 1921: 223).
Si el cante pudo resultar algo difícil de digerir, no sucedió lo mismo con las danzas. Roland-Manuel (1921: 3) observó con asombro y fascinación el modo en que el baile flamenco combina momentos de furia y de lasitud; alabó el sentido del ritmo y la colocación de los bailaores, y consideró su incorporación muy positiva para la compañía. Galtier-Broissière destacó el hecho de que cada uno de los intérpretes tuviese una personalidad bien marcada (1921: 10).
Rojas y el Tejero en Cuadro Flamenco (The Sphere, 2-7-1921)
La figura principal del grupo, María de Albaicín, acaparó numerosos elogios, no sólo por su belleza y elegancia, sino también por sus cualidades artísticas. Souday la definió como “una bailarina exquisita” (1921: 3). La Rubia de Jerez llamó la atención por su personalidad (Vaillat, 1921: 223), por la coquetería y el juego de sus manos (Sanborn, 1921: 59); y en el baile por alegrías rivalizó con Estampío, que además de gracia demostró fuerza y una técnica exquisita. De similares cualidades podían presumir Rojas y el Tejero (Roland-Manuel, 1921: 3), y también merecieron algún cumplido, por su brío, la López y el Moreno (Nozière, 1921: 3).
No obstante, merecen una mención especial los bailaores cómicos del elenco, Mate sin Pies y Gabrielita la del Garrotín, que resultaron a la par grotescos y fascinantes. Distintos críticos los calificaron de esperpento (Roland-Manuel, 1921: 3), y los compararon con los personajes salidos de los pinceles de Goya y Velázquez (Nozière, 1921: 3). Sin embargo, su aspecto poco agraciado no ensombreció sus buenas dotes para la danza y la comedia, que también fueron reconocidas por la crítica (3).
Un gran admirador de estas dos figuras fue Pablo Picasso, que una noche organizó con ellos una fiesta en el patio del apartamento de Coco Chanel, situado en el Faubourg Saint-Honoré. El espectáculo escandalizó al conde Pillet-Will, propietario del edificio y vecino del piso superior:
“… una noche, muy tarde, cantores españoles y guitarras. Su indignación rebasó todos los límites. ¡Música de salón de baile! Artistas con aire de hampa fueron vistos entrando por su puerta, acompañados por una enana vestida de forma estrafalaria y un lisiado sin piernas en su caja de zapatos, que hicieron una parodia de corrida de toros en medio del patio principal» (Charles-Roux, 2009: 227).
María de Albaicín. Foto de Rehbinder.
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Notas:
(1) La buena impresión de la crítica se vio refrendada por un gran éxito de taquilla. El diario Le Figaro arrojaba un positivo balance tras las primeras funciones: «De nuevo la sala estaba llena, –en tres días, más de cien mil francos de ingresos. Un público en delirio consagró una vez más el renombre de esta maravillosa compañía» (1921b: 5).
(2) La traducción de todos los textos extranjeros es mía.
(3) Laloy destacó, en el caso de Gabriela, que «sigue el ritmo con gran precisión hasta en sus invenciones más excéntricas» (1921b: 1).
Referencias bibliográficas y hemerográficas:
BANÈS, Antoine (1921), “Théâtre de la Gaîté-Lyrique. Ballets russes”, Le Figaro, 19 de mayo, p. 5.
CHARLES-ROUX, Edmonde (2009), Chanel: Her Life, Her World, The Woman Behind The Legend, MacLehose Press, Londres.
EXCELSIOR (1921), “Ballets Russes”, 19 de mayo 1921, p. 4.
G. de P. (1921), “Les Ballets Russes à la Gaîté-Lyrique”, Le Journal, 22 de mayo, p. 4.
GALTIER-BROISSIÈRE, Jean (1921), “II. La mise en scène”, Le Crapoullot, 1 de junio, pp. 9-10.
J. R. F. (1921), “Paris Comes Home for the Summer Season”, Vogue, 1 de agosto, pp. 39-40, 96.
LALOY, Louis (1921c), “Encore un mot sur les ‘Ballets Russes’”, Comoedia, 20 de mayo, p. 1.
LE FIGARO (1921b), “Les Ballets Russes á la Gaîté-Lyrique”, 20 de mayo, p. 5.
NOZIÈRE, Fernand (1921), “Les Ballets russes”, L’Avenir, 19 de mayo, p. 3.
ROLAND-MANUEL (1921), “Les Ballets russes à la Gaîté Lyrique: M. Prokofieff et ‘Chout’.- Le Cuadro Flamenco”, L’Éclair, 23 de mayo, p. 3.
SANBORN, Pitt (1921), “Opera and Ballet in Paris”, Shadowland, septiembre, pp. 41, 58-89.
SCHNEIDER, Louis (1921), “Théâtre de la Gaîté.- Les Ballets russes. Chout (le Bouffon), ballet en un acte, de M. Prokofieff. Les danseurs espagnols”, Le Gaulois, 19 de mayo, p. 2.
SOUDAY, Paul (1921), “Gaîté-Lyrique: Les Ballets Russes. Comédie-Française: ‘Cléopâtre’”, L’Action, 25 de mayo, p. 3.
VAILLAT, Léandre (1921), “Gaîté-Lyrique.- Les Ballets russes”, Le Ménestrel, 27 de mayo, p. 223.
La colaboración de Pablo Picasso con los Ballets Rusos, en la que sería su primera incursión en las artes escénicas, comenzó en 1916, cuando fue requerido para diseñar la escenografía y el vestuario del balletParade (1), creado a partir de una idea original del poeta Jean Cocteau, con música de Eric Satie y coreografía de Leonide Massine.
Telón de Picasso para Parade (L’Art Vivant, 1-2-1939). Bibliothèque Nationale de France.
El malagueño entendía que, como artista, su papel debía ir más allá del de un mero decorador. Sus ideas tuvieron gran influencia en el desarrollo del guion (Ries, 1986: 38), cooperó con Massine en el ámbito coreográfico y se integró activamente en la vida de la compañía, además de supervisar todo el proceso de confección de los trajes y colaborar con los pintores en la ejecución del telón (Cooper, 1987: 26) (2).
En 1919 recibió el encargo de diseñar el decorado y el vestuario para Le Tricorne, que se llevó a escena por primera vez en el mes de julio en el Alhambra Theatre de Londres. Se implicó tanto en este trabajo, que incluso se encargó personalmente de maquillar a los bailarines. “La escenografía de Picasso […] fue aclamada por los pintores como una obra maestra” (Beaumont, 1945: 144).
Su tercera colaboración con los Ballets Rusos consistió en idear la escenografía y los trajes para Pulcinella, un ballet basado en la Commedia dell’Arte napolitana que se estrenó en 1920. Durante el proceso creativo surgieron desencuentros con Diaghilev, que rechazó varias propuestas de Picasso debido a su alto “grado de fantasía e imaginación” (Cooper, 1987: 46), hasta que este finalmente logró satisfacerlo con un diseño caracterizado por la sencillez.
Tras esta última experiencia, juró no volver a trabajar para los Ballets Rusos, mas su director “supo cómo ganárselo: jugar con la espesa vanidad del artista haciéndole saber que había solicitado los decorados” de Cuadro Flamenco a su discípulo Juan Gris (Richarson, 2007: 178-179). De hecho, este recibió un telegrama con el encargo y viajó a Montecarlo para hablar sobre el tema con Diaghilev, quien le comunicó que ya había realizado otras gestiones (Cooper, 1987: 50).
Pablo Picasso junto al bailarín y coreógrafo Serge Lifar, ante un esbozo del decorado de Cuadro Flamenco. Foto de E. Marcovitch (L’Art Vivant, 1-2-1939). Bibliothèque Nationale de France.
Faltaba solo un mes para el debut de la compañía en París, por lo que Picasso rescató uno de los proyectos descartados para Pulcinella, que en esta ocasión sí fue aceptado. El decorado representaba el interior de un teatro pintado en tonos rojos, negros y dorados, que daba la sensación de un pequeño escenario dentro del escenario real. A cada lado del arco del proscenio se situaban dos palcos pintados en trampantojo. En tres de ellos “había grupos de espectadores en traje de noche, y el de abajo a la izquierda era una variación del tema de RenoirLa Loge. En el techo del teatro (pintado en falsa perspectiva) estaba la figura de Fama tocando su trompeta” (Grigoriev, 1953: 380). Una cortina roja daba acceso al escenario real y enmarcaba una cesta de flores que Picasso pintó en la pared del fondo con sus propias manos, lo mismo que las figuras humanas que aparecían dentro de los palcos (Cooper, 1987: 51).
El diseño de los trajes, que fueron confeccionados en la casa Jove de París bajo la supervisión de Madame Bougard, se basó en modelos tradicionales, con ornamentación atrevida y colores vivos (Cooper, 1987: 51). “Los hombres vestían ropa sobria, la típica camisa abierta, chaleco y pantalones negros ajustados a la cadera y a los tobillos; los vestidos de las mujeres eran de colores claros. Una bailarina llevaba un vestido blanco adornado con hileras de amplios volantes que terminaban en una larga cola que, al girar, golpeaba hábilmente con el pie detrás de ella” (Beaumont, 1945: 185).
4. Cuadro Flamenco en París
La compañía de Diaghilev ofreció una breve temporada en París, que comenzó el martes 17 de mayo de 1921 y terminó el lunes 23. El lugar elegido fue la Gaîté Lyrique, que a priori no parecía el emplazamiento más adecuado para un espectáculo de esa categoría. “Situado en el Boulevard de Sebastopol, en un distrito de clase trabajadora, era un teatro de opereta y acogía a un público local. Cuando la gente del barrio vio llegar a los clientes asiduos de Diaghilev la primera noche con sombreros de copa y frac, vestidos de noche y diamantes, les silbaron y abuchearon” (Buckle, 184: 382).
Decorado de Pablo Picasso para Cuadro Flamenco. Programa oficial de los Ballets Rusos para su 14ª temporada en París. Bibliothèque Nationale de France.
Durante la semana que permanecieron en cartel, los Ballets Rusos presentaron un total de nueve obras, entre ellas dos estrenos, Chouty Cuadro Flamenco. Completaban el repertorio Le sacre du Printemps, Parade, Le Tricorne, L’oiseau de feu, Petrouchka, Le danses Polovtsiennes du ‘Prince Igor’ y Les Sylphides (Ballets Russes de Serge de Diaghilev, 1921: 21r). Se dieron seis funciones nocturnas de gala más una matiné dominical, cada una de las cuales constaba de cuatro ballets que se iban alternando, si bien Cuadro Flamenco permaneció fijo en todas ellas, con el siguiente programa:
«1.- La Malagueña, cantada por la Minerita.
2.- Tango Gitano, bailado por Rojas y el Tejero.
3.- La Farruca, bailada por María de Albaicín.
4.- Alegría, bailada por Estampío.
5.- Alegría, bailada por la Rubia de Jerez.
6.- Garrotín Grotesco, bailado por la Rubia de Jerez, María de Albaicín y Mate sin Pies.
7.- Garrotín Cómico, bailado por la Gabrielita del Garrotín
8.- La Jota Aragonesa, bailada por la López y el Moreno.
Guitarristas: el Sevillano y el Martell» (Ballets Russes de Serge de Diaghilev, 1921: 23v).
El regreso de los Ballets Rusos a París una temporada más causó gran expectación y uno de los motivos fue precisamente el estreno del Cuadro Flamenco. Diez días antes de su primera presentación en la Gaîté Lyrique, distintos diarios ya se referían a él, haciendo hincapié en su autenticidad y en su marcado carácter autóctono:
«… es de los cabarets frecuentados por el pueblo de donde nos trae esta vez el Cuadro Flamenco, una curiosa muestra, lo más pintoresca posible, de la música del país ibérico. Aquí no hay nada en común con esas producciones y esas representaciones de music-hall que son al arte coreográfico lo que un plato nacional preparado por un campesino es a un plato elaborado en un palacio cosmopolita» (Deschamps, 1921: 1).
Representación de Cuadro Flamenco en Londres (The Graphic, 11-6-1921).
Incluso se llegó a afirmar que esas antiguas tradiciones populares, ejemplificadas en los cantes y bailes de los gitanos, “nunca habían sido llevadas a escena en los teatros extranjeros” (Le Figaro, 1921a), algo a todas luces incierto; y se recurrió a la visión romántica que atribuía a la música de España -y concretamente, al flamenco– una clara reminiscencia oriental, también presente en las melodías rusas (Deschamps, 1921: 1).
En lo que respecta al elenco artístico, los dos reclamos fundamentales del espectáculo a priori parecían ser María de Albaicín y Mate Sin Pies, que representaban, respectivamente, lo hermoso y lo grotesco, “la mujer más bella de España” (Deschamps, 1921: 1) y un “inquietante […] tullido” (Le Petit Parisien, 1921: 4), “un artista único en su género […] que realiza ese prodigio de hacer puntas sin puntas ni tacones” (Laloy, 1921a: 1). Entre los atractivos del montaje también merecieron una mención especial “los decorados y el vestuario del Sr. Picasso. Una nueva obra del Sr. Picasso es ya por sí misma un acontecimiento artístico” (ibid).
…
Notas:
(1) Parade fue estrenado en 1917 en el Théâtre du Châtelet de París.
(2) La traducción de todos los textos extranjeros es mía.
Referencias bibliográficas y hemerográficas:
BALLETS RUSSES DE SERGE DE DIAGHILEW (1921), Programme Gaîté Lyrique – Mai 1921, M. de Brunoff, París.
BEAUMONT, Cyril (1945), The Diaghilev Ballet in London, Putnam, Londres.
BUCKLE, Richard (1984), Diaghilev, Atheneum, Nueva York.
COOPER, Douglas (1987), Picasso Theatre, Harry N. Abrams, Nueva York.
DESCHAMPS, Pierre (1921), “Les Ballets russes à la Gaîté Lyrique”, Le Gaulois, 7 de mayo, p. 1.
GRIGORIEV, Serge L. (1953), The Diaghilev Ballet 1909-1929, Constable, Londres.
LALOY, Louis (1921a), “Les Ballets Russes”, Le Figaro, 7 de mayo, pp. 1-2.
LE FIGARO (1921a), “Les Ballets Russes à la Gaîté-Lyrique”, 13 de mayo, p. 4.
LE PETIT PARISIEN (1921), “Les Ballets Russes à la Gaîté”, 8 de mayo, p. 4.
RICHARDSON, John (2007), A Life of Picasso, Alfred A. Knopf, Nueva York.
RIES, Frank W. D. (1986), The Dance Theatre of Jean Cocteau, UMI Research Press, Michigan.
La compañía “Los Ballets Rusos”, promovida por el empresario Sergei Diaghilev, ha dejado una huella indeleble en la historia del ballet del siglo XX. Durante las dos décadas que permaneció en activo –desde su fundación en París en 1909 hasta su disolución en 1929, tras el fallecimiento de su creador– fomentó el establecimiento de sinergias entre la danza y otras artes, como la música, la pintura y la literatura, que dieron como fruto la creación de grandes clásicos y la formación de algunos de los coreógrafos más brillantes e influyentes del siglo (Garafola, 1989: vii) (1).
Sergei Diaghilev
Durante toda su existencia, la compañía ofreció representaciones en teatros europeos y americanos, y acogió en su seno a artistas de diversa procedencia, lo cual marcó su carácter y la hizo redefinir su identidad en varias ocasiones. Una de las fuentes de inspiración que motivaron a Diaghilev para concebir varios de sus trabajos fue la cultura española, con la que entró en contacto en 1916, cuando la compañía fue invitada a actuar en el Teatro Real de Madrid por iniciativa del rey Alfonso XIII, gran admirador de su arte. Según el testimonio de Sergei Grigoriev, director de escena de los Ballets Rusos, “Diaghilev estaba en éxtasis por la belleza de España”(1953: 112) y, una vez concluida la temporada madrileña, se instaló en San Sebastián, donde produjo un pequeño ballet titulado “Las Meninas”, con coreografía de Massine, música de Gabriel Fauré, escenografía de Socrate y vestuario de Sert inspirado en la obra de Velázquez.
Durante los años de la Gran Guerra, ante la imposibilidad de conseguir contratos en las naciones implicadas en la contienda, los Ballets Rusos pasaron largas temporadas actuando o descansando en nuestro país. Diaghilev quedó prendado de las danzas tradicionales españolas, al tiempo que desarrolló un sentimiento de gratitud por la hospitalidad y la ayuda recibida, especialmente de parte de rey, que “llegó a ser conocido como el padrino” de la compañía (Grigoriev, 1953: 136).
En esa época entabló relación con Manuel de Falla, que estaba trabajando junto a la escritora María Lejárraga en la pantomima El corregidor y la molinera. Fascinado por la música del gaditano, concibió la idea de transformar la obra en un gran ballet español. El resultado fue Le Tricorne [El sombrero de tres picos], que se estrenó en el Teatro Alhambra de Londres en junio de 1919, con escenografía y vestuario diseñados por Pablo Picasso. En lo que respecta a la coreografía, Diaghilev encomendó a Leonide Massine la misión de profundizar en el estudio de la danza española hasta captar su esencia, e incluso contrató en España al bailaor Félix Fernández, con la idea de que instruyera a los bailarines de la compañía en el arte del baile español.
Manuel de Falla, María Lejárraga, Joaquín Turina y Nati Lejárraga en 1914 (Archivo María Lejárraga).
2. Génesis de Cuadro Flamenco
En marzo de 1921 los Ballets Rusos regresaron a Madrid para ofrecer una nueva temporada en el Teatro Real. Diaghilev aprovechó su estancia en la Villa y Corte para disfrutar del flamenco y ello le hizo avanzar un paso más en su idea de crear un espectáculo netamente español:
«Volvimos a quedar fascinados por los bailes tradicionales en los pequeños cafés populares y los cabarets nocturnos: el llamado Cuadro Flamenco, con acompañamiento de guitarra, castañuelas y voz. Diaghilev solía visitarlos con nosotros, y tras una actuación especialmente sorprendente, concibió el plan de transportar un Cuadro tal cual a París y Londres, donde estaba seguro de que nunca se había visto nada igual» (Grigoriev, 1953: 165).
Coincidiendo con la Semana Santa, acompañado por el poeta Boris Kochno y el músico Igor Stravinsky, el empresario realizó una visita a Sevilla, donde frecuentó cada noche los cafés y cabarets en busca de artistas con los que constituir una compañía. Para ello contó con la ayuda del pintor José Lafita y del director comercial de los Ballets Rusos, Randolfo Barocchi, que se encargaron de buscar a los aspirantes y los citaron en un cabaret a puerta cerrada. Según Kochno, la misión no era sencilla, pues muchos de los artistas que acudieron solo buscaban el aplauso y no tenían intención de salir al extranjero.
«Mientras que cada aspirante esperaba su turno para presentarse ante Diaghilev, se le permitía beber lo que deseara y en la cantidad que quisiera. Vi a varios de los artistas bastante incapaces, cuando llegó el momento, de ponerse en pie para caminar hacia el escenario. Algunos concursantes volvieron varias noches seguidas sin que llegáramos a descubrir sus cualidades artísticas» (Kochno, 1970: 164).
María de Albaicín. Foto de S. Detaille (Comoedia, 1921).
De hecho, la primera contratación se produjo de manera totalmente casual. Acompañado por Barocchi y Kochno, Diaghilev paseaba en un taxi por los alrededores de Sevilla cuando vio a una joven gitana de impactante belleza. Se trataba de la bailaora Pepita García Escudero, que había debutado en 1915 en El amor brujo junto a Pastora Imperio. La contrató de inmediato, cambió su nombre artístico por el de María de Albaicín (Kochno, 1970: 165) y la envió a Montecarlo para que se uniera a los ensayos de la compañía, con la idea de que, además de protagonizar el nuevo ballet, desempeñara el papel de la mujer del molinero en Le Tricorne, obra que siempre había deseado ver interpretada por españoles (Grigoriev, 1953: 166).
Cuando hubo apalabrado la contratación de varios artistas más, Diaghilev tuvo que abandonar Sevilla y dejó este tema en manos de su director comercial, que pasó bastantes apuros para conformar el elenco definitivo y hacerlo llegar a París. Kochno (1970: 165-166) transcribe algunos de los telegramas que Barocchi envió a su jefe en las semanas siguientes, en los que le informaba sobre el avance de las negociaciones, que no siempre llegaron a buen puerto. Los bailaores la Macarrona, la Malena y Antonio Ramírez fueron incrementando día a día sus demandas, hasta que no quedó más opción que desistir de contratarlos. Tampoco fue posible hacerse con los servicios del guitarrista Manolo de Huelva, que declinó todas las ofertas, e igualmente infructuosas fueron las conversaciones con la cancionista Emilia Vez, por lo que finalmente se fichó en su lugar a la cantaora Antonia García, la Minerita, junto con su pareja, el guitarrista Manuel Rodríguez.
Antonia García, la Minerita, y Manuel Rodríguez. Foto de Pilar Rodríguez.
Tras varias semanas de gestiones, también firmaron los bailaores Juan Sánchez Valencia, Estampío, y la Rubia de Jerez. Los artistas cómicos Mate sin Pies –un antiguo torero con las piernas amputadas a la altura de las rodillas que bailaba sobre sus muñones embutidos en unas fundas de cuero– y Gabrielita la del Garrotín –una excéntrica bailaora de pequeña estatura y escasa belleza–, que se revelaron como dos de las figuras más destacadas de la compañía, fueron descubiertos y contratados en Madrid por Diaghilev antes de dejar España. En el último telegrama que envió a su jefe, Barocchi le solicitaba alojamiento y transporte en autobús para los artistas, que llegarían a París en tren el jueves 12 de mayo, y le avisaba de que “TODOS, REPITO, TODOS ESTÁN CHIFLADOS” (Kochno, 1970: 166).
En lo que respecta a la partitura del ballet, después de ver a los flamencos en acción, tanto Stravinsky como Diaghilev llegaron a la conclusión de que no tenía sentido reescribir su música, que como tal ya era perfecta (Buckle, 1984: 378). También se descartó cualquier intervención coreográfica, puesto que “los bailaores gitanos españoles son artistas instintivos no habituados a aprender papeles, que no tienen sentido de la música orquestal y no están entrenados para repetir los mismos pasos exactamente de la misma manera dos veces seguidas” (Cooper, 1987: 50). Por tanto, la solución final consistió en ofrecer una sesión de cante y baile flamenco con el tradicional acompañamiento de guitarra.
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Nota:
(1) La traducción de todos los textos extranjeros es mía.
Referencias bibliográficas:
BUCKLE, Richard (1984), Diaghilev, Atheneum, Nueva York.
COOPER, Douglas (1987), Picasso Theatre, Harry N. Abrams, Nueva York.
GARAFOLA, Lynn (1989), Diaghilev’s Ballets Russes, Oxford University Press, Nueva York.
GRIGORIEV, Serge L. (1953), The Diaghilev Ballet 1909-1929, Constable, Londres.
KOCHNO, Boris (1970), Diaghilev and the Ballets Russes, Harper & Row, Nueva York.
La segunda parte de la conversación mantenida con María José Domínguez se centró en su faceta académica y docente como guitarrista de acompañamiento en el Conservatorio Profesional de Danza de Sevilla. Pasen y lean…
«Yo quería papeles»
P: Desde muy pequeña has sido una trabajadora incansable y además has sacado tiempo para forjarte una sólida formación académica. ¿Qué motivación te llevó a matricularte en el conservatorio para hacer la carrera de guitarra clásica?
R: Yo no sé por qué, porque mis padres no tenían cultura, no sabían ni leer ni escribir, pero yo quería papeles. No sabía lo que eran, pero quería papeles. Y, claro, la guitarra flamenca no tenía. Entonces estudié guitarra clásica. ¡Ay, qué años! Hice mi carrera de guitarra clásica y, cuando salió el título de flamenco, me llamaron de la consejería para decirme que iba a empezar el superior, y yo me fui de alumna. Pensé: Ahora os vais a fastidiar y me vais a tener que enseñar, porque como son clases colectivas…
P: ¿Te gustó la experiencia de cursar la carrera de guitarra clásica?
R: Sí, me gustó la experiencia y te voy a decir por qué. Aprendí mucho, porque en mi época había un choque entre la guitarra flamenca y la clásica, para el clásico la guitarra flamenca era una porquería. Yo atacaba a los clásicos y eso me enseñó a respetarlos. Respeto mucho la guitarra clásica porque es muy difícil, necesita muchas cosas que no necesita el flamenco, como la limpieza. Las uñas tienen que estar derechas, cortadas a una medida… Además, el flamenco además chirría la guitarra y el clásico no. Yo ya no aguanto ese chirrido de la guitarra flamenca, me gusta el sonido más puro, más redondo.
Doña América Martínez me decía: Si dejaras la guitarra flamenca…, porque yo prometía con la guitarra clásica. De hecho, yo no quería examinarme, y cuando salió el tribunal, había suspendido a todos los clásicos y yo había aprobado. No me lo podía creer. Luego me examiné en Córdoba de guitarra flamenca para entrar en el conservatorio. Fue una prueba de aptitud que duró un solo día.
Anuncio de la actuación de María José Domínguez en la II Quincena de Flamenco y Música Andaluza de Sevilla (ABC de Sevilla, 2-12-1980).
«El clásico me ha aportado muchísimo, sobre todo en la técnica y la colocación»
P: ¿Cómo fue ese examen?
R: Yo había trabajado con Manuel Cano, que me dijo: Niña, ¿tú por qué no te vas a mi conservatorio, te examino yo y te doy el título? Y dije: Lo que usted diga, maestro, porque yo he sido muy respetuosa con todo el que se ha subido a un escenario y con todo el que sea mayor que yo… Fui en septiembre y estaba Rafael Vallejo, que me dijo: Tú te matriculas de preparatorio, y en enero renuncias a la matrícula y te presentas libre de todo el curso. Fui tres o cuatro veces a Córdoba pero el hombre no me quería escuchar. Me decía: ¿Yo para qué te voy a escuchar, si eres guitarrista de Matilde Coral? Con eso me lo dices todo. Mira, el sello. Me pidieron de todo, todos los palos. Saqué tres sobresalientes y tres notables. Ya tenía la carrera y con ese título entré en el conservatorio como profesora.
P: ¿Qué te aportan tus conocimientos del clásico a la hora de tocar flamenco?
R: Muchísimo, me enriquecen bastante. Ahora los guitarristas flamencos son más finos, pero antes eran muy fulleros. Tú los veías tocando y, cuando les ponían la megafonía, sonaba aquello a perros. En el clásico, como controlas el sonido, tapas lo que no debe sonar, y los flamencos no. Dejan que suene y a veces choca una cuerda con la otra.
El clásico me ha aportado muchísimo, sobre todo en la técnica y la colocación. Yo salgo al escenario con mi pie porque tuve que pensar qué postura adoptar. Para mí solamente hay un instrumento, que es la guitarra, y la colocación tiene que ser la misma. Las formas, no.
P: ¿Esos conocimientos pueden influir de manera negativa en algún sentido?
R: Yo estudié la guitarra clásica para demostrar que el guitarrista flamenco puede hacer clásico, lo que no puede hacer el clásico es tocar flamenco. Yo pienso que, antes de estudiar clásico, tienes que ser guitarrista flamenco, no después sino antes, para desarrollar el oído, porque en el momento en que te pongan partituras, tu expresividad ya ha cambiado y tienes tanta perfección en la técnica, que ya los rasgueados los haces como más suaves y cuando tocas con el pulgar, por ejemplo, que es mucho de pulgar el flamenco y eso… Por eso te digo, porque hablo con conocimiento de causa, si se quieren hacer las dos especialidades, primero debe ir la guitarra flamenca.
«Mi gran contribución es la guitarra como acompañamiento al baile»
P: ¿Creas tus propias composiciones?
R: Claro que las he hecho, y las he pasado a música también. En el conservatorio hay partituras mías, lo que pasa es que no tengo tiempo para tanto.
P: ¿Las has grabado alguna vez?
R: Me ha grabado mucha gente. Con María del Monte tengo discos grabados porque vino a recogerme a la puerta y me dijo: Tienes que salir conmigo en disco. También he grabado para la BBC de Londres, para la RAI italiana… He grabado mucho y me han grabado. Pero no tengo ningún disco mío en solitario. Es que la fama me ha importado muy poco.
P: ¿Ni siquiera por la satisfacción de ver tus cosas grabadas, para que no se pierdan?
R: Es que tengo a mis alumnos. Por ejemplo, tengo una caña, esto es muy importante, que mi comadre me la escribió y me la regaló, porque yo fui también la primera guitarrista que llevé una flauta travesera en los tarantos, en Mairena del Alcor. A partir de ahí siempre he llevado instrumentos, guitarras, piano, violines, saxofón… Pero te hablo de hace cincuenta años.
P: ¿Cuál piensas tú que es tu legado artístico, tu contribución al mundo de la guitarra?
R: Pienso que mi gran contribución es la guitarra como acompañamiento al baile y también el haber contribuido a que la guitarra flamenca se meta en el conservatorio. En el Cristóbal de Morales entró por mí. Y el cante flamenco superior se tenía que haber quedado en Sevilla, pero es que estaba ya tan harta de luchar… No es justo que Sevilla no tenga estudios superiores de flamenco, ni de guitarra, ni de cante ni de baile.
María José Domínguez en la Peña Torres Macarena de Sevilla, 8 de marzo de 2023.
P: ¿Qué particularidad tiene la guitarra de acompañamiento al baile?
R: Antiguamente te decía la gente: Yo quiero ser profesor, acompañante no, como si los acompañantes no valiésemos nada. Guitarristas tenemos que ser los dos y sacar el título, pero para mí el baile es una especialidad. El acompañamiento al baile es un lenguaje. Yo no me pierdo nunca con los pies, porque los leo, me lo dicen todo. Tú ves a una bailaora bailando por alegrías y no tiene nada que ver con otra que también baile por alegrías. Entró un guitarrista nuevo en el conservatorio y en seguida me di cuenta de que no sabía tocar para bailar, porque dijo: Yo sé tocar las alegrías de fulanita y monté también la soleá de zutanito. Yo toco para bailar a primera vista y sé tocar por alegrías para bailar, me las baile quien me las baile. El acompañamiento es muy difícil. Tradicionalmente, el guitarrista acompañante se ha formado en las academias de baile y la profesora de baile era la que le indicaba. Matilde Coral me tarareaba las falsetas, las sacaba incluso…
Por eso, aunque fuese lo último que hiciera en mi vida, quisiera que me atendieran en la consejería y proponer estos estudios, porque se va a terminar la guitarra acompañante como no se haga la especialidad, que sería para darla en un conservatorio de danza.
«Tienes que tener tu personalidad»
P: Has mencionado el aprendizaje de los guitarristas en las academias de baile. ¿Existe mucha diferencia con el que se da ahora en los conservatorios?
R: Ahora se usan partituras y tocan todos iguales, tú cierras los ojos y no sabes quién está tocando. Dicen que, cuando Paco llegó a Nueva York, le dijo Sabicas: Niño, tocas muy bien, pero el buen guitarrista es el que saca sus propios toques para tocarlos. Eso es lo que yo he pensado siempre. Llevo dando clases desde que tenía quince años y a mis alumnos les digo: Mira, si vas a tocar como Paco de Lucía, para eso me pongo a Paco de Lucía. Tienes que tener tu personalidad. Tú cierras los ojos y dices: Ésa es María José… María José o algún alumno mío, porque yo he escuchado a alumnas mías tocando por granaínas y me parece que soy yo. Y no soy yo, ¿me entiendes? Tienes que tener tu personalidad.
P: ¿Te has sentido siempre respetada por tus alumnos?
R: Sí, con mucho cariño. Yo los he tratado siempre muy bien. He sido profesora de música y los niños entraban de dos en dos, las chiquillas por el suelo, queriendo llegar la primera. Estuve un año en el conservatorio de Nervión dando clásico y estaban todos locos conmigo.
Me identifico como una buena profesora porque me encanta la música y me gusta que te guste, y enseñarte. La música me impresionó cuando vi que, de un papel que no suena, se pone todo el mundo a cantar. Es el lenguaje más universal que hay. Mira, me emociono, es una cosa que siento y la trato de transmitir a los alumnos. El que no se entera conmigo, no se entera con nadie. Comprendo que muchas veces hasta el mejor alumno se corta con el profesor y se bloquea. Empecé a dar clases colectivas, con alumnos de todos los niveles, porque tocamos todos juntos y tienes que tocar a compás, que es lo más importante. Y yo le decía a uno: Ponle tú la falseta a estos dos, cuando yo veía que conmigo se bloqueaban, porque muchas veces estás en clase, cuando eres alumna, y no te enteras de lo que está explicando el profesor y, sin embargo, te lo explica una compañera y sí lo pillas. Pues todo eso a mí no me lo ha enseñado nadie. Además, la guitarra flamenca siempre ha sido individual y creo que también fui la primera que la sacó al escenario en grupo, en el Lope de Vega y en el Festival de Mairena.
P: ¿Solías tener muchas alumnas en tus clases?
R: Sí, he tenido muchísimas mujeres, muchísimas alumnas.
P: ¿Esas alumnas tenían la idea de llegar a ser guitarristas de profesión?
R: Algunas sí. Cuando reflexiono sobre por qué ha habido tan pocas mujeres guitarristas, llego a la conclusión de que mujeres habrá habido muchas, pero en el momento en que se han echado novio y se han casado, se acabó la carrera. Tú no te ibas a ir a Francia o a Italia e ibas a dejar a los niños… Hoy día si, pero antes no. Claro, yo lo he tenido todo. Mis padres me apoyaban y, además, es que sacaba dinero para llevar a toda la familia adelante. Luego, al estar soltera, no he tenido problemas de ese tipo tampoco.
«Creo que he tenido mucha suerte, por haber conocido a la familia Coral»
P: En un mundo tan hostil para las mujeres como es el de la guitarra flamenca, ¿cuál crees que ha sido la clave de tu éxito?
R: Yo no he tenido ese problema que tienen las niñas hoy día. Nunca he ido a pedir trabajo y he tenido muchísimo trabajo siempre. Dicen que ahora está de auge el flamenco, pero eso lo llevo escuchando desde hace cincuenta años, desde que empecé. Siempre lo ha estado. Creo que he tenido mucha suerte, por haber conocido a la familia Coral, que es la que me ha abierto camino.
María José Domínguez en la Peña Torres Macarena de Sevilla, 8 de marzo de 2024.
P: Bueno, no te quites mérito. Tienes muy buenas cualidades.
R: Yo entré en el conservatorio con diecisiete años y ya era guitarrista profesional. También soy muy buscavidas. Yo es que, para tocar y para todo, tengo otra cosa, otro espíritu, y además lo vendo bien, me adapto a las circunstancias. Por ejemplo, si vas a El Rocío a tocar, como he ido muchas veces, en fiestas privadas con familias de dinero, tienes que llevar otro pensamiento. No puedes ir con la idea de que vas a hacer tu pasecito y ya está, que es como va mucha gente. Si estás en una peña flamenca, a lo mejor vas a hacer dos pases de media hora cada uno, pero si está la cosa calentita, si se te sube un socio o si se tercia echar un rato después, yo me adapto a eso. Esta gente de hoy no. Echan su pase y ya está, y yo creo que eso también influye.
Hoy en día vas a trabajar y te dice la gente: ¿Cuánto voy a ganar? Espere usted que la vea trabajando, porque a lo mejor usted no sabe, ¿no? Yo es que soy de la vieja escuela. Tú me tienes que demostrar también que vas a ganar lo que mereces. Eso no lo hay hoy día. Hoy solo se quiere saber cuántas horas se va a trabajar y lo que se va a ganar.
P: Tienes cualidades, actitud, conocimiento, ganas de hacer cosas…
R: Efectivamente, y ganas de que la guitarra hable. ¡Ay, si yo tuviera treinta años menos, con los conocimientos míos…! Que te toco en un escenario y me estoy inventando todo lo que estoy tocando. Después no sé lo que he hecho, qué maravilla…
P: ¿Te pones a improvisar cuando sales al escenario?
R: Digo. Eso no lo he hecho yo en mi vida de guitarrista y ahora sí, improviso muchísimo. La pena mía es que no he tenido más tiempo para estudiar. Cuando salí trabajando tenía muchísimo trabajo, si he tenido que dejar de trabajar para poder hacer las carreras… Lo que pasa es que yo quería papeles. Pero yo soy un guitarrista muy puro de flamenco. Las granaínas que toco son mías, casi todo es mío. Las falsetas me las he inventado yo. Ya te digo, últimamente improviso, pero nunca he tocado por nadie.
P: Tienes un sonido propio.
R: Sí. Estoy en contra de muchas cosas. Está muy bien la evolución que ha tenido la guitarra, pero se están haciendo barbaridades con el flamenco. En mis tiempos cada palo de cante tenía su toque característico y eso se debía respetar. Por ejemplo, la seguiriya es por medio y la serrana es por arriba. Hoy en día, con esta armonía que está sacando la gente, se ha olvidado la pureza del cante flamenco. Lo tocan por cualquier lado.
De hecho, cuesta mucho trabajo tocar por soleá, que se toca por arriba casi siempre, si la tocas por medio tienes que pensar muy bien el tiempo de la soleá, porque se te va a soleá por bulería. Entonces, en mis tiempos cada palo tenía su toque característico y eso se debería respetar, por lo menos en las peñas flamencas, que es donde está la pureza del flamenco considero yo.
«¿Tú sabes lo que es aprender sola a tocar para bailar?»
P: Dices que has tenido mucha suerte, pero has sido una trabajadora incansable.
R: He trabajado mucho. A mí me han dado una oportunidad antes de saber y entonces me he liado a estudiar mucho. Empecé a tocar para bailar y me quedé sin guitarrista… Pues ya me dirás, con siete sentidos, no pasé yo nada, madre mía. ¿Tú sabes lo que es aprender sola a tocar para bailar y salir tú sola con esos pedazos de artistas? Por eso a mis alumnos siempre los he llevado conmigo y los he sacado al escenario conmigo, porque he pasado tanto para tocar a primera vista y sin que nadie me ayudara, que no les he querido mostrar el miedo y ellos han salido ya como Mateo por su casa, a disfrutar, lo que yo no he podido hacer.
P: Tuviste que aprender un poco a salto de mata…
R: A la carrera. Es que he ido siempre detrás. Me aprobaron el graduado del colegio y necesitaba la prueba de aptitud. Me apunté en una academia, todo deprisa y corriendo. Ahora a examinarte de esto, ahora me sale el trabajo y tengo que tener un título, me tuve que ir a Córdoba… Pero creo que lo más importante es que me ha gustado mucho y no me ha dado miedo nunca lo que haya tenido que estudiar o trabajar. Si yo estudiaba diez y catorce horas diarias. Yo me llevaba la guitarra al colegio y me ponía en el servicio a tocar. Estaba desde por la mañana temprano con la guitarra, tocando en todos lados. He ido a la discoteca tres o cuatro veces en mi vida, cuando tenía dieciocho años, pero me llevaba mis apuntes de música, porque me gustaba mucho, y tenía que estudiar de seis y media a siete media horita de solfeo. Me ponía allí en la escalera a solfear y todo el mundo decía que estaba loca. A mí eso me daba igual, he estudiado en todos lados. No desperdiciaba ni un momento, porque no tenía tiempo.
«Por mis derechos no he luchado nunca, pero por los de la gente sí»
P: También has sido muy reivindicativa.
R: Sí, porque, yo soy muy guerrillera e, igual que he luchado por la guitarra flamenca para que entrase en los conservatorios, quería haber luchado por los artistas. Es que yo era muy joven. Los gitanos me respetaban, decían: Escucha, la paya esta, lo que sabe.
Me dijeron una vez en la radio, que me hizo mucha gracia, hablando de los derechos de la gente en el trabajo, que se me podía comparar con doña Agustina de Aragón, y dije: Mire usted, yo no sé quién sería esa señora, pero si es así, le alabo el gusto. ¿Tú sabes lo que yo me he peleado? Por mis derechos no he luchado nunca, pero por los de la gente sí.
P: Eres una buena líder.
R: Sí, lo que pasa es que en aquellos años no me hicieron caso los artistas, porque yo, cuando me dedicaba más al artisteo, hay un tablao que lo hubiese cerrado. En los contratos que firmabas, el dueño te estaba metiendo el finiquito en el sueldo y las pagas proporcionales también, prorrateadas, y hasta los viajes, y te podía pedir un traje cada vez que le diera la gana. Tendría yo entonces unos dieciocho años y les propuse a todos, los gitanos y los payos, hacer una manifestación de estas, pero no me apoyó nadie. Entonces dije, ahí os quedáis, me voy a Córdoba a examinarme y me dedico a la docencia.
No hice nada en ese campo y lo he hecho en este. Fíjate adónde ha llegado la guitarra flamenca, en todos los conservatorios, y en eso he tenido yo muchísimo que ver.
Coincidí por primera vez con María José Domínguez (Sevilla, 1960) en noviembre de 2017 en la peña flamenca de la Universidad Pablo de Olavide, donde dedicamos una sesión del ciclo “Las mujeres como transmisoras del flamenco” a tres jóvenes guitarristas. Ella asistió en calidad de público y nos acompañó en la celebración posterior. Sin querer darse importancia ni restar protagonismo a sus compañeras, no tuvo más remedio que coger la guitarra a petición de quienes allí estábamos, y dudo que nadie haya podido olvidar el rato de toque que nos regaló, porque fue algo sobrenatural.
No me avergüenza reconocer que por aquel entonces jamás había oído hablar de esta gran maestra. En internet no se encontraban muchos datos ni grabaciones, así que aproveché posteriores encuentros para que fuese ella misma quien me ilustrara y, dado que no se prodigaba mucho en los escenarios, me propuse también buscar la ocasión para volver a disfrutar de su toque. A pesar de los problemas de salud que la han aquejado en los últimos años, en 2023 conseguimos que viniera a la Peña Torres Macarena con un excelente cuadro de baile y en marzo de este año tuvimos la satisfacción de poder dedicarle nuestra Semana de las Mujeres.
Siempre generosa y dispuesta a colaborar, también tuvo a bien recibirme en su casa y regalarme su testimonio, que me resultó de gran utilidad para escribir una conferencia sobre mujeres guitarristas que tuve el privilegio de impartir de la Universidad Complutense de Madrid. Han pasado algunos meses desde aquel encuentro, pero nunca es tarde para transcribir sus palabras y ponerlas a disposición de quienes deseen conocer su historia, que tiene mucho que enseñarnos sobre la evolución del mundo de la guitarra y del ambiente flamenco en los últimos cincuenta años. Pasen y lean…
María José Domínguez. Foto: Cortesía de la artista.
«A mí me ha apoyado mi familia»
P: ¿Cómo te iniciaste en el mundo de la guitarra? ¿De dónde te viene la vocación?
R: Yo soy guitarrista porque a mi madre le gustaba mucho el cante. Cuando me apuntó en la academia, trabajaba en la calle limpiando e iba dos días para pagarme a mí la guitarra. Valía carísimo. Mi padre decía que me apuntara a la Sección Femenina, que era como los centros cívicos de hoy día. Si lo hubiese hecho, no habría sido guitarrista.
Empecé con uno de los mejores profesores que había, don Antonio de Osuna, que estaba en Rochelambert, al lado de Juan XXIII. Él sacó a José Luis Postigo, a Manuel Franco, Quique Paredes me parece que también era alumno… Yo fui la última guitarrista que sacó ese hombre.
P: Entonces, desde el principio tuviste el apoyo de tu familia…
R: Sí, a mí me ha apoyado mi familia. No sabíamos de qué iba la guitarra, pero eso de que fuera artista a mi madre le encantaba, porque yo creo que a ella le hubiese gustado ser artista. Cantaba muy bien y mi padre también, aunque tenía muy poca voz.
El único machismo que sufrí en mi casa es que mi padre tenía una guitarra muy bonita allí colgada, que era para mi hermano, pero mi hermano no hacía ni caso, y yo le decía: Papá, enséñame; papá, enséñame; papá, enséñame… Mi padre tocaba… nada, dos cosas. Yo creo que eso también me entusiasmó, porque como me ponía solo un par de cositas, sin colocación de manos ni nada, y con eso me llevaba tres o cuatro días, cuando fui al profesor y me puso una sevillana el primer día, y al segundo día me puso otra, yo ya alucinaba.
P: ¿Cuánto tiempo estuviste con ese primer maestro?
R: Yo entré en enero, me parece, y mi madre habló con él, porque la pobre tampoco tenía dinero: Hasta la Feria de Abril, maestro, cuatro mesecitos le voy a pagar, que es lo que yo puedo. Cuando llegó abril, se despidió de él, le dio las gracias y él le dijo: Es una pena, señora, porque yo no le puedo prometer nada, esto del artisteo no es como una empresa donde la pueda colocar, pero la niña vale. Yo creo que la niña llegaría. Total, que con esa nos fuimos. Y yo estuve todo el verano diciéndole: Mamá, apúntame otra vez, apúntame otra vez. Me volvió a apuntar en octubre, que cumplí los trece años, y a la siguiente feria ya fui trabajando con el maestro Pinto.
«¿Tú sabes lo que yo he trabajado?»
P: ¿Eras una alumna aplicada?
R: Está feo que lo diga yo, pero no tengo abuela… Siempre me decían que era superdotada… Yo no lo sé. Lo que sí sé es que he soñado con las falsetas. A mí me mandaba mi madre a poner la mesa y yo decía: No, que se me olvida. Como se me olvidara la música no era nadie, pero a las dos o a las tres de la mañana de pronto me venía: ¡Mamá, mamá, que ya me acuerdo! Le iba a dar un infarto a mis padres. Yo veía a mi profesor decirme: Pepita, mi arma, cómo te va a salir, tienes que poner el dedo aquí y aquí. Oye, que lo veía diciéndome el error que tenía, por qué no me salía la melodía que me había puesto ese día. ¿Cómo es posible que tú veas al maestro corrigiéndote una cosa que no te la ha corregido en clase siquiera? Tenía memoria fotográfica también.
P: Desde el principio compaginaste las actuaciones con el trabajo como docente…
R: Sí. Primero me contrataron las Salesianas de Sevilla. Allí entré con quince años recién cumplidos, para dar clases de guitarra y de baile a las niñas chiquititas, de cuatro y cinco años. Les montaba las sevillanitas y una rumba. Después me salió trabajo en las Carmelitas también, en la Gran Plaza, y en el OSCUS, un centro de formación profesional que está en el Polígono San Pablo. Eran clases extraescolares, pero también se apuntaba gente de la calle. Luego me llamaron del colegio Ribamar, en el centro. Yo me movía en vespino. Luego llevaba la academia de Carmen Montiel, la de Matilde Coral, la de Carmelita Pinto, la del maestro Pinto en Ciudad Jardín, la de Pepa Coral en Castilleja de la Cuesta… Eso fue ya con dieciocho años. También he dado clases en el bar de los Hermanos Reyes, que nos lo cedieron a Pepa y a mí; en La Algaba… ¿Tú sabes lo que yo he trabajado, por Dios?
P: ¿Aparte de Antonio de Osuna, has tenido otros maestros?
R: Es que empecé a trabajar muy pronto, con Pulpón, porque no había guitarristas. Recuerdo que aún era menor de edad, por un detalle: Una vez fuimos a Higuera la Real y desde allí teníamos que ir a la peña de Punta Umbría, y entonces Manuel, un representante que estaba empezando con Pulpón, le dijo: Pulpón, escúchame, para ir a la peña de Punta Umbría solo llevamos un coche, la niña cabe, pero la madre no. Y no pude ir, así que no tendría yo ni los dieciséis años, porque con esa edad ya te podían firmar tus padres.
El primer año que actué en la feria, el primero y el último, que trabajé con el maestro Pinto en el Mercantil y el Labradores, en la caseta de la Guardia Civil, en la del Centro Democrático y Social, y después en una particular, no descansaba. En la caseta de la Guardia Civil al segundo día me habían hecho un escalón en lo alto del escenario para que me vieran. Iba con los de La Trocha, los Amigos de Gines, los Romeros de La Puebla, y yo tocaba en el espectáculo de flamenco, con las mejores bailaoras de Pulpón, dos cantaores, los palmeros… y el guitarrista era una niña.
María José Domínguez. Foto: Cortesía de la artista.
P: Entonces, por lo que refieres, tu aprendizaje del oficio tuvo mucho de vivencial y autodidacta.
R: A ti te llamaba Pulpón a su oficina y te daba el papelito: jueves, viernes, sábado y domingo. Yo me hice el palacio de Domecq dos o tres años, y muchísimas fiestas en todas las bodegas de Jerez, de Sanlúcar, de todo lados… Tú ibas con una bailaora de aquí, otra de El Puerto, otra de Huelva, el cantaor de allí, y tocabas a primera vista, sin ensayar ni nada. En una de esas fiestas conocí a Pepa Coral, y digo: ¿Señora, cuándo vamos a ensayar? La mujer se dio cuenta de que no iba a hacer más que lo que sabía. Cuando paró la alegría para hacer el paseíllo y entró la falseta, le hizo señas a los cantaores y uno dijo: Ya está, tú tranquila, que va a terminar ella sola. Y terminó con un solo de pies, la tía era un monstruo… Pero después me sacó delante. Diría: Esta niña, si no sabe tocar para bailar, sabrá tocar sola, porque algo tendrá que saber, por algo la manda Pulpón.
P: Según me contabas, a partir de los dieciséis años, ya ibas sola a los sitios…
R: Iba sola y te voy a contar por qué. Había una especie de tablao flamenco, una venta, que estaba a la salida de Torreblanca, y el niño bailaba, el Viti se llamaba, de la escuela del maestro Pinto. Yo tendría unos quince años e iba todas las semanas porque me llamaban como guitarrista acompañante para fiestas, bodas y eso, y mi padre venía siempre conmigo. Él no bebía jamás, pero cogió amistad en la venta, los de la boda le ofrecieron y un día perdió los papeles. Mira, si tú vieras, le formé la de Dios. A la mañana siguiente, lo cogí y le dije: Escucha, yo llevo a un padre para que me respeten a mí, no para traérmelo borracho, con quince años que tengo, así que no vienes más conmigo. O viene mi madre o, ya que voy a cumplir los dieciséis años, me autorizas, o dejo la guitarra. Yo ganaba mucho dinero ya, muchísimo dinero, para ser una niña. Había quitado a mi madre de trabajar, él tampoco trabajaba ya y, claro, no podía permitir que dejara de tocar. Desde los dieciséis años he llevado yo la casa.
«He sido sus pies y sus manos»
P: Antes has mencionado a Matilde Coral, que sin duda ha jugado un papel importante en tu formación artística. ¿Cómo entraste en contacto con ella?
R: A Matilde la conocí con dieciocho años, cuando Pepa Coral me dijo: ¿Niña, tú no quieres ir a la academia de mi hermana? Yo no sabía ni quién era, yo no conocía nada del artisteo… Y acepté. Total, que ella cuando me vio tocar, me dijo: No te puedo pagar, pero te puedo dejar la academia y tú das clases aquí los sábados, yo te doy mis llaves. Yo he tenido una confianza con Matilde… Me he criado con ellos. Me quedaba en su casa, he sido sus pies y sus manos. Ella no me pagaba pero tampoco me cobraba por la escuela.
P: ¿Te dio algún consejo que recuerdes especialmente?
R: Me dio muchísimos: No hablar nada, ver, oír y callar… Ella siempre me protegía. Me decía: Tú, aquí. No te vayas por ahí, que en el extranjero es igual que en Sevilla, las Tres Mil Viviendas están en todos lados. Otra vez, en los Reales Alcázares, estaba yo en la puerta del vestuario y digo: ¿Por qué va esta gente para allá? Ella me contestó: Tú te estás aquí sentada y calladita. Luego ya me enteré de que iban a esnifar cocaína, pero en aquel momento no lo sabía.
P: También trabajaste mucho con su hermana Pepa, una figura que tal vez no está lo suficientemente reconocida…
R: Sí, y es una pena. De cintura para arriba es Matilde, el braceo es el mismo, y además se parecen mucho físicamente. Pero sus pies son como los del Mimbre. Cuando trabajamos en el Konzerthaus de Viena ella no había llegado, porque iba en avión, se perdió viniendo del aeropuerto y se le hizo tarde. Dijo Pulpón: Que no se entere nadie de que la figura no ha llegado. Apareció al final. Estábamos en el fin de fiesta. Empecé a tocar por alegrías, empezó el cantaor tirititrán, y salió ella desde el fondo, haciendo tatatatá con los pies, y cuando hizo ¡pla!, todo el público se puso en pie e hizo ¡Uaaaaa! Espectacular, esa mujer era espectacular.
«Dos veces se han negado a cantarme»
P: Eras prácticamente una niña cuando empezaste a moverte en el mundo profesional del flamenco, en una época en que las mujeres no lo tenían demasiado fácil. ¿Te has sentido alguna vez menospreciada por ser mujer?
R: Es que he tenido mucha suerte. Me han tratado siempre muy bien, con alguna pequeña excepción. Yo siempre cuento la anécdota de Manolo Limón, que le preguntó mi madre: ¿Manolo, cómo ve usted a la niña?, y él le dijo: La chiquilla toca, promete, pero, vamos, yo la metería a coser o algo así. Luego lo llevaba yo a él, porque no había guitarristas para bailar.
Otro caso que te puedo contar me sucedió cuando fui a sacarme el carné de artista del Sindicato del Espectáculo, con dieciséis años. Eso era algo muy importante que pocas personas tienen y era lo que te autorizaba a ir sola a trabajar. El marido de la bailaora a la que me había acoplado para hacer el examen dijo que a su mujer no la acompañaba otra mujer. Pero le falló el guitarrista que llevaba y tuvo que pedirme que le tocara. Entonces es cuando me di cuenta de que ya estaba aprobada, porque el tribunal me paró y me dijo: Señorita, ¿usted es la que se acaba de examinar? Fíjate, como si hubiera muchas mujeres. Entonces estuvieron hablando ellos y me acordé de que en las bases ponía que a la bailaora le tenía que tocar un guitarrista profesional. Cuando me dijeron que podía seguir, ufff, ¡me dio una alegría!… Yo ya había tocado sola antes y eso significaba que estaba aprobada, ya era profesional. Luego ese hombre me pidió que fuese a inaugurar la peña La Bulería que estaba en Juan XXIII, y me pidió mil perdones.
Y con Matilde, ella decía este es el que viene y este es el que viene. Y si decía Matilde este no vale, este no vale. Así de claro, lo que decía Matilde es lo que se hacía. Dos veces se han negado a cantarme, han dicho: A mí no me acompaña una mujer guitarrista, y la respuesta ha sido: Ea, pues ya está, ya nos vemos. ¿Cuándo? Tú no tienes que venir, porque la que va a venir es la guitarrista, que es la que hace falta. Es que, date cuenta de que no había guitarristas para bailar.
Pepa Coral. Foto: Cortesía de María José Domínguez.
P: Sin embargo, según me confesaste en otra ocasión, Matilde te dijo que prefería que en el escenario la acompañase un guitarrista varón.
R: Sí, y yo cogí media depresión y se lo dije a su hija: Rocío, yo voy a dejar de venir, porque tu madre… Yo le he tocado a ella muchas veces, pero íbamos más guitarristas. Yo le tocaba a Pepa y a Mimbre sola, pero a ella no. Entonces la niña se lo dijo a su madre y ella habló conmigo: Mira, Pepi, tú perdóname, a mí me gustas mucho, tienes la llave de mi academia, de mi casa… Pero tienes que comprender que esto siempre ha sido un lenguaje. Yo miro al guitarrista y si me están cantando una seguiriya, con la pena, la tragedia, o una cosa de amor, y me vuelvo para atrás y veo a una mujer, se me corta un poquito la historia. Ella me dio sus explicaciones: Tú comprende, no es que yo te tenga porque toques bien, es que para mí eres la mejor. De hecho, siempre que tengo un apuro eres tú la que me saca de él.
P: Las peñas flamencas tradicionalmente han sido espacios bastante conservadores. De hecho, en una de ellas a Pilar Alonso, guitarrista de una generación posterior a la tuya, llegaron a quitarle la guitarra de las manos para evitar que tocara. ¿Alguna vez te ha sucedido algo así?
R: A mí me falta especializarme más en cante porque no podía ir a las peñas flamencas y a mí los cantaores no me querían cantar, eso también te lo puedo decir. Lo que pasa es que yo era una jartá lista y acompañaba a primera vista, pero no querían… Oye, mira, vamos a repasar la soleá, cómo es esto, espérate, párate, que te coja… No, no, no, directamente. Te hablo de los cantaores y también los guitarristas, porque se ponían de modo que yo no le viera las manos al que iba por delante. Pero ya te digo, yo lo cogía de todas formas.
«No he querido nunca la fama»
P: En esa época tuya, imagino que habría pocas mujeres guitarristas.
R: Nadie. Nunca he coincidido con ninguna, jamás, aunque te voy a contar algo que me sucedió. Cuando tenía dieciocho años, yo estaba en la casa de El Rocío con Matilde, Lola Flores y toda esta gente, y allí estaba también Serranito, un buen guitarrista de Madrid. Ya te digo que mi época no era la misma de ahora. Yo era monísima, con mi pelo largo, con mi trenza y mi traje de tocar… Total, que se acercó a mí ese chico y me dijo: Mira, yo tengo en mi cabeza estrenar una obra y quiero llevar a una mujer, pero tienes que venirte a Madrid. Hablé con Matilde, que me dijo que era un buen guitarrista, pero le dije que no me iba con él a Madrid. Un par de años más tarde, él sacó ese disco con otra tocaora.
También le dije que no a Paco de Lucía, que Matilde me quiso mandar con él a Madrid, pero en mi época una mujer sola no… Igual que hablé con Manolo Sanlúcar para que me diera clases, y me dijo que sí, y yo pensaba: Anda, que si tú supieras que voy con una monja, la hermana Camino, que es la que me iba a acompañar a su casa a tomar las clases, porque te miraban con una mirada… que una no era tonta, en aquella época yo no era tonta.
Otra cosa muy importante, y a lo mejor he tenido yo la culpa de no llegar a más, es que no he querido nunca la fama, es que yo me he ocultado. Si es que iba a la caseta de María del Monte, venían las cámaras en su cumpleaños y yo me escondía siempre… Ahora, ya de más mayor, es cuando estoy saliendo, pero nunca he querido.
P: Y tampoco has querido irte nunca fuera.
R: Nunca. Cuando estuve en Austria, que tendría diecinueve o veinte años, me ofrecieron un contrato por un año en Salzburgo, en una universidad, y dije que no. Yo es que era muy sevillana, muy de mi casa… Y no quería la fama, porque entonces la artista no tenía vida privada. Eso te cuesta un precio. Entonces, yo terminaba de trabajar y me iba. Cuando había cámaras, me quitaba de en medio.
P: Entonces, imagino que tampoco te gustaría mucho ese mundo que hay detrás cuando una se baja uno del escenario, las fiestas…
R: No, no, no, qué va, qué va, y además me quedaba dormida. Yo iba más para profesora. Eso de salir del segundo pase, a las once y media o doce de la noche, ufff, lo llevaba muy mal. Yo soy más de día, de levantarme a las siete o siete y media de la mañana, no soy nocturna, me cuesta la misma vida y, en cuanto terminaba la actuación, me largaba. Decían: Vamos a tomar una cosita, y yo: No, no, muchas gracias, me tengo que marchar. Yo no hacía vida social. Querían hablar conmigo y yo no hablaba con nadie. Ahora es cuando estoy hablando más, y estoy saliendo y todas esas cosas.
«Sales de la frontera de España y eres una diosa»
P: Tú, que has salido bastante al extranjero, ¿has notado que allí se tratara mejor a los artistas flamencos?
R: Yo siempre lo he dicho, no entiendo a la gente que hoy día estudia la carrera para ponerse de profesor. En mis tiempos se estudiaba una carrera para irse por ahí. Claro, ese es el problema de los profesores que no tienen ni idea. Es que tú tienes que echar tablas. Como decía Pepa, como decía Matilde, tienes que saber dónde está el éxito para poder enseñar a los alumnos. Si no has bailado en público, cómo lo vas a saber. Puedes enseñar, pero no a ese nivel. De hecho, cuando subo al escenario, no veo a ninguna bailaora que haga ensayos de pies allí mismo, en el tablao, como he visto hacer a Matilde, a Mimbre, a Pepa, para ver cómo sonaban los pies cuando llamaban, que se iban a ese sitio concretamente, porque era el sonido que ellos querían buscar…
En el extranjero yo siempre decía: Es una maravilla. Aquí eres una golfa o eres una de la Alameda, y sales de la frontera de España y eres una diosa. Nunca he sentido machismo en el extranjero, al contrario, estaban alucinados de ver a una mujer guitarrista.
P: Entonces, valoraban mucho el flamenco.
R: Cuando fui a Viena, en el año 82, que dimos diez conciertos por diez ciudades, como Salzburgo, Graz o Linz, ya se valoraba. Sin embargo, un año antes había estado en Austria don Antonio Mairena con su grupo, les habían pagado a todos los artistas y les habían dicho que el Konzerthaus de Viena no lo pisaba el flamenco. Al año siguiente, habrían cambiado las directivas o lo que fuera. De hecho, vino el Embajador de España en Austria y además, después cerraron un restaurante, que eso emociona mucho, con todas las banderas españolas solo para los artistas… Era otra cosa, otro mundo. Yo no sé ahora, pero entonces tú salías de España y eras una diosa… Y el flamenco, madre mía, el flamenco…
También en el año 82, fuimos a Roma a grabar para la RAI. Ya nos conocía todo el mundo, pero con un respeto y una cosa… Decían Spain, Spain… y la gente se quitaba el sombrero por donde tú pasaras, eras una diosa.
P: ¿En qué otros lugares estuviste?
R:En mi época de artista viajé por toda España. Hice muchos festivales, como el de Castilblanco de los Arroyos o el de Mairena del Alcor. Incluso estuvimos en Venta de Baños, Palencia, en el primer festival de danzas, no solo de flamenco, y quedamos en primer lugar. También pasé una semana en Mont-de-Marsan, acompañando a Matilde Coral en sus cursos de baile flamenco, y viajé a la capital del Zaire, Kinshasa. Eso fue con don Jaime de Mora y Aragón, a través de Matilde y Pepa, en una fiesta para el presidente Mobutu Sese Seko, el último dictador que hubo. Allí me miraban muy bien, porque yo estaba rellenita y la bailaora muy canija, y nada más que me miraban a mí, porque en una mujer eso era signo de dinero y de gente grande…
P: ¿Tienes alguna anécdota reseñable de aquellos viajes?
R: A Austria fui como primera guitarrista con el cuadro de Pepa, y venía también Joselito, de Triana, que tocaba para bailar y era un guitarrista flamenco muy bueno, pero quien partía el bacalao era yo, que cobraba más. Entonces el embajador quería que se tocara la guitarra y Pulpón le dijo: Sí, ahora se lo voy a decir a Joselito. Cuando me enteré de eso, muy educadamente me levanté de la mesa y me fui al servicio, porque me pareció feo. Joselito vino detrás de mí y me dijo: Por Dios, María José, toca tú, que yo no sé tocar solo, y le dije: Si quieres que yo toque, lo dices ahí. Entonces se lo dijo a Pulpón: Mira, lo haría con mucho cariño, pero yo soy guitarrista acompañante. Aquí la que es acompañante y también solista es María José. Pulpón tampoco lo hizo con maldad. Fue un lapsus, como siempre se dirigen a los hombres… Y toqué yo, claro, y toqué un montón, pero lo tuvo que decir él. Yo he gustado mucho siempre que he tocado. Si he firmado autógrafos y todo. Pero te estoy hablando de hace cuarenta años. Y decían: Mira, una guitarrista, es una mujer, pero con admiración.
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