Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Dora la Cordobesita, la sultana del garbo (IV)

En abril de 1922 la Cordobesita regresó cual golondrina al salón Imperial de Sevilla, que la recibió con honores de soberana, pues al “título ya anterior de emperatriz de los gitanos” ahora sumaba los de “reina de la alegría” (1), “reina indiscutible del cuplé” y del arte jondo, dado que el suyo es “un flamenco de sangre azul, que está muy por encima del ‘rengue rengue’ de los flamencos de cartón” (2). 

Dora la Cordobesita, en portada de Mundo Gráfico, 30-11-1921.

Dora la Cordobesita, en portada de Mundo Gráfico, 30-11-1921.

La crítica la encontró “más guapa, […] más graciosa, más flamenca que nunca y con cinco depósitos de sal molida, que desparrama por arrobas”. Brilló especialmente en el Fandanguillo de Almería, en el que se mostró “rítmica, solemne, gitana” (3), y en el cuplé La cruz de mayo, de Font y Valverde, que el público le hizo repetir en varias ocasiones (4).

Durante su estancia en la ciudad hispalense Dora fue contratada por el barón de Rothschild para actuar en las fiestas de inauguración de su casa parisina y ofrecer dieciocho representaciones en el teatro Antoine, por un montante total de 32.000 pesetas (5). Además, el aristócrata encargó a Gustavo Bacarisas un retrato de su admirada artista, cuyo paradero hoy se desconoce. Al decir de quienes tuvieron la suerte de contemplarlo, constituía hasta ese momento “la obra maestra” del pintor:

“La figura aparece en un delicioso movimiento de baile con los bellos brazos sensuales, en alto, sirviendo de marco a la cara pícara e ingenua, mimosa y enfadona de la gentil gitanilla enigmática. En el fondo, se ven unos naranjos esfumados, y se adivinan […] unos típicos edificios de barrio. Una chaquetilla, oro y grana, se ciñe al busto airoso; y la pomposa enagua […] vuela en el ambiente, exhalando fragancias de juventud. Sobre toda la maravilla del conjunto, se destaca una roja mantilla de madroños” (6).

Dora la Cordobesita. CDMAE.

Dora la Cordobesita. CDMAE.

De Sevilla marchó a Córdoba, para seguir cosechando triunfos en el teatro Circo y en la feria de mayo. El crítico del diario La Voz, que firma como Aristeo, exaltó la naturalidad y exquisitez de su arte, que “no tiene las severas huellas del estudio, ni la austeridad de lo premeditado” (7). Lo que más le impactó fue su baile:

“Dorita es muy femenina… Baila con todas las fibras de sus entrañas, sintiendo el palpitante ritmo que imperioso arde en su alma […]. 

Bailando, todo en ella es movilidad, arte, expresión, belleza… […] Sus manos […] acarician las castañuelas con cariño de virgen, arrancándoles un repiqueteo sonoramente inconfundible.

Parece unos momentos al bailar, triste, otros jovial, algunos que jura, otros que desprecia, ostentando con majestad de reina la suprema expresión de toda la complicada alma andaluza rebelde y buena” (8).

Durante los meses de verano la “reina del cante flamenco” (9) se presentó en el teatro de la Latina de Madrid, en el Vital Aza de Málaga y en el Eslava de Jerez, entre otros coliseos. En octubre regresó a Sevilla para ofrecer una nueva temporada de actuaciones en el Imperial, donde demostró su dominio del cuplé andaluz en todas sus variedades ーsatírico, frívolo, sentimental…ー y estrenó dos nuevas creaciones, La Velá de Santa Ana, de Font de Anta y Hernández Mir, y La Venta de Eritaña, de Font y Alcaide de Zafra.

Dora la Cordobesita, en portada de la revista Flirt, 17-8-1922.

Dora la Cordobesita, en portada de la revista Flirt, 17-8-1922.

Tras su función de beneficio y despedida, Fernando de los Ríos le dedicó un artículo en el que la consideraba un “crisol de andalucismo” (10); y Castro Molins trató de plasmar con palabras su danza más emblemática:

“… baila con insuperable maestría, el Fandanguillo de Almería.

Sus pies chiquititos, de princesa japonesa, bordan los bellos y armoniosos pasos de la danza.

Suenan los crótalos, que en sus manos bellísimas, agitándose en el aire, cual dos bellas y aladas mariposas de ensueño, tienen suaves y armoniosos arpegios musicales.

Su cuerpo, digno de ser moldeado por Fidias, es todo euritmia en este baile, que tan magistralmente interpreta.

Su gracia, enorme y personalísima, se desborda. […]

Taconea. Sus tacones hacen bellas filigranas en las tablas de la escena.

Y sonríe, segura del dominio de su arte. 

Su cuerpo vibrante y ambarino […] de gitana, se enarca en un supremo y bello gesto de pasión…” (11).

Durante su estancia en la capital andaluza también intervino, junto a la canzonetista la Goya, en una fiesta ーcon baile y buñoladaー en honor de los reyes de España que se celebró en el palacio árabe de la Exposición Hispano-Americana, sito en la plaza de América. En ella interpretó las canciones Trinidad la Petenera, ¡Qué cosas tiene! y La velá de Santa Ana, además de su famoso Fandanguillo de Almería (12).

Dora la Cordobesita, en el Fandanguillo de Almería. CDMAE.

Dora la Cordobesita, en el Fandanguillo de Almería. CDMAE.

Poco después recibió una carta de Félix Camoin, director delegado del barón de Rothschild, en la que este le comunicaba la rescisión de su contrato por falta de disponibilidad del teatro Antoine y de otras salas parisinas. Como compensación percibió la nada desdeñable cifra de diez mil pesetas (13).

A mediados de noviembre, “segura de que la corona de lo jondo, legítimamente le corresponde” (14), debutó en el teatro Principal de Cádiz, ante un público entusiasmado que aplaudía sin cesar a la “garabita” ーcomo la llamaban los gitanos, “conjunción de lo señoril y lo flamenco”ー y a su perro Faraón, que cada noche salía a escena a recoger las monedas que le arrojaban al escenario (15).

Regresó después a Madrid, a cosechar un nuevo triunfo en el Lara, y despidió el año en el coliseo Cervantes de Albacete, donde estrenó cuatro nuevos decorados del prestigioso escenógrafo Manuel Fontanals (16) y participó en la zambra gitana del segundo acto del sainete El niño de oro, de José María Granada, que fue llevada a escena por la compañía de Carmen Moragas. Ofreció, además, un fin de fiesta en el que cantó Córdoba la bella, Trinidad la Petenera, Jesús, María y José, Soy canastera, Vaya Benito con Dios y El Sanguango, e interpretó unos Fandanguillos de Almería (17).

Dora la Cordobesita, en portada de La Semana Gráfica, 12-5-1923.

Dora la Cordobesita, en portada de La Semana Gráfica, 12-5-1923.

En febrero de 1923 reapareció en Lara como fin de fiesta, compartiendo cartel con una compañía teatral encabezada por Leocadia Alba. Una vez concluida su brillante actuación, con “mayor [éxito] en los bailes que en los cuplés” (18), sus amigos y admiradores ーel pintor Julio Romero de Torres, los compositores Font de Anta y Amadeo Vives, y los periodistas Serafín Adame y el Caballero Audaz, entre otrosー la agasajaron con un almuerzo íntimo que se celebró en el restaurante Villa Rosa (19).

Tras descansar unos días en Córdoba para reponerse de una gripe y una afonía que la obligaron a cancelar varios contratos, el Sábado de Gloria “la más grande de las artistas contemporáneas”, la “más gitanamente graciosa […] y la que más admiradores incondicionales tiene” (20), reapareció en el Imperial de Sevilla, compartiendo cartel con el prestidigitador y ventrílocuo D’Anselmi, y la bailaora Pilar Calvo

Además, durante la Feria de Abril se repartió el protagonismo con la más grande de las cantaoras, la Niña de los Peines, y a finales de mes ofreció una función extraordinaria a los infantes don Carlos y doña Luisa, que la felicitaron con entusiasmo (21). En esa época la discográfica Odeón anunció “nuevas impresiones de los últimos éxitos de Dora, princesa gentil y airosa del califato espiritual de Córdoba musulmana” (22).

Dora la Cordobesita.

Dora la Cordobesita.

Se escapó un par de semanas a Cádiz para recoger un nuevo triunfo en un teatro Principal abarrotado, con números como Lobá, La cura, La ‘arriá’ en Triana, ¿Pasa algo?, La rosa de los calés o De joyo membrillo (23). Después volvió a la ciudad de la Giralda, donde participó en una velada necrológica celebrada el dieciséis de mayo en el teatro Cervantes en memoria del malogrado diestro Joselito

En ella intervinieron los escritores Manuel Machado, Enrique Sánchez Alarcón y Gregorio Corrochano, y Dora “cantó de un modo insuperable” la canción Claveles de sangre (24). Meses más tarde declaró: “Esta ha sido la noche más emocionante de mi vida y, por mucho que viva, nunca se apartará de mi recuerdo” (25). Al día siguiente todos fueron invitados por Ignacio Sánchez Mejías a su finca de Pino Montano, donde disfrutaron de un selecto menú y una deliciosa sobremesa amenizada por el cante de Diego Antúnez y la guitarra de Manolo de Huelva (26).

Unas semanas más tarde, la noche del Corpus, la Cordobesita debutó en el teatro Cervantes de Granada, “vestida con un lindísimo traje de tisú de oro cubierto de encaje chantilly, cuyo cuerpo está bordado de grandes pensamientos que caen en artísticas estolas y de pedrería que entreteje fantástico dibujo”; y “triunfó absolutamente, rotundamente” (27). Unos días más tarde se unió al programa la Niña de los Peines, acompañada a la sonanta por Habichuela (28). 

Dora la Cordobesita, por Romero de Torres, en las etiquetas del anís La Cordobesa.

Dora la Cordobesita, por Romero de Torres, en las etiquetas del anís La Cordobesa.

Al decir de la crítica, en artistas como Raquel Meller, la Argentinita o Dora, el cuplé no era ya “la canción afrancesada, ligera, superficial y picaresca, cuando no francamente indecente, acompañada de movimientos lascivos y guiños maliciosos”, sino “una obra de arte verdadero”. Los más apreciados por el público eran los “dramas líricos comprimidos”, como La Venta de Eritaña o La gitana del Sacromonte, ambos creaciones de la Cordobesita (29). 

Aunque había quienes la consideraban “un poquito flamenca, un poquito gitana, para aceptarla enteramente como artista seria”, esto no suponía ningún inconveniente en su tierra andaluza: “¿Qué cuando canta o baila derrama la sal, cuando el cuplé lo pide, por arrobas y hasta por quintales? […] Con tal que sea verdadero arte, puede ser serio o alegre” (30). Es más, Martín Scheropf reivindicaba la faceta dramática de Dora:

“Todos la citan y la ensalzan por su gracia andaluza, porque es muy flamenca y muy gitana, y apenas se fijan […] en que Dora vale también enormemente, inmensamente, como artista seria, esto es, interpretando magistralmente, con toda la perfección de la más grande trágica, cuplés dramáticos y trágicos […]. Y es que, como tiene mucho talento, gracia extraordinaria (como ninguna), exquisita sensibilidad […] y además siente hondamente, todo lo hace bien” (31)

Notas:

(1) La Unión, 15-4-1922. Archivo ON.

(2) P., El Noticiero Sevillano, 16-4-1922, p. 5.

(3) Rabbí, La Unión, 16-4-1922. Archivo ON.

(4) P., El Noticiero Sevillano, 16-4-1922, p. 5.

(5) El Imparcial, 26-4-1922, p. 1.

(6) Hermetes, La Unión, 2-9-1922. Archivo ON.

(7) Aristeo, La Voz, 24-5-1922, p. 1.

(8) Aristeo, La Voz, 1-6-1922, p. 3.

(9) Heraldo de Madrid, 28-8-1922, p. 6.

(10) Fernando de los Ríos, La Unión, 29-10-1922. Archivo ON.

(11) A. de Castro Molins, La Semana Gráfica, 4-11-1922, p. 7.

12) La Unión, 17-10-1922. Archivo ON. Poco después, tras la incorporación de Portugal, la exposición cambió su nombre por el de Iberoamericana.

(13) El Noticiero Sevillano, 3-11-1922, p. 5.

(14) El Noticiero Gaditano, 16-11-1922, p. 1.

(15) El Noticiero Gaditano, 18-11-1922, p. 1.

(16) El Diario de Albacete, 29-12-1922, p. 1. En 1928 Manuel Fontanals creó el decorado y los figurines para el ballet Juerga, de Antonia Mercé, la Argentina; y en 1933 se encargó de la escenografía de El amor brujo, de Encarnación López, la Argentinita.

(17) El Diario de Albacete, 30-12-1922, p. 1.

(18) E. M., La Época, 5-2-1923, p. 3.

(19) La Voz, 16-2-1923, p. 2; Diario de Córdoba, 21-2-1923, p. 1.

(20) El Liberal, edición de Sevilla, 31-3-1923, p. 3: 1-4-1923, p. 3.

(21) La Unión, 29-4-1923. Archivo ON.

(22) El Liberal, edición de Sevilla, 23-3-1923. Archivo ON.

(23) El Noticiero Gaditano, 4-5-1923, p. 1; El Noticiero Gaditano, 5-5-1923, p. 1.

(24) La Voz, 18-5-1923, p. 2; La Publicidad, 19-5-1923, p. 2.

(25) La Voz de Castilla, 2-12-1923, p. 5.

(26) El Liberal, edición de Sevilla, 19-5-1923, p. 3. Archivo ON.

(27) Noticiero Granadino, 2-6-1923, p. 2.

(28) La Publicidad, 8-6-1923, p. 2.

(29) Noticiero Granadino, 7-6-1923, p. 1.

(30) Ibidem.

(31) Martín Scheropf, Noticiero Granadino, 13-6-1923, p. 1.


Dora la Cordobesita, la sultana del garbo (II)

Tras el fallecimiento de su madre, Dora la Cordobesita en seguida retomó su actividad artística, si bien guardó unos meses de luto antes de volver a actuar en Córdoba. Durante el verano de 1917 realizó una gira por el norte de España y en el mes de septiembre irrumpió en la escena barcelonesa como la estrella que ya era. El crítico José Manzanares Nausa firma la crónica de su debut en el salón Doré:

Dora la Cordobesita (Eco Artístico, 25-12-1915, p. 26).

Dora la Cordobesita (Eco Artístico, 25-12-1915, p. 26).

“La orquesta ataca; hay un pequeño preludio; córrese la cortina, y nos encontramos ante un bonito decorado, propiedad de la artista Carmen Flores, y al mismo tiempo sale a escena la joven debutante. 

Hace su reaparición con un bonito paseo, que canta y baila, en el que nos hace la presentación de su persona; el público la aplaude.

Dorita va en cada número cambiando el fondo del decorado, y a una vista de Sevilla la reemplaza con una de Córdoba, y esta con otra de Granada. El público sigue aplaudiendo a la artista inmensa, y con sus aplausos la obliga a repetir números y más números; en todos ellos hay un desbordamiento de gracia, que al público satisface; Dora la Cordobesita es una artista que baila estupendamente; en las contorsiones de sus bailes gitanos nos recuerda a la célebre Macarrona y a Pastora Imperio; el público sigue aplaudiendo a esta chiquilla graciosa y pinturera […]. Después de infinidad de repeticiones, Dorita hace ‘Los tres ases del toreo’, y el público se entusiasma” (1).

Dora la Cordobesita (Eco Artístico, 15-9-1917, p. 16).

Dora la Cordobesita (Eco Artístico, 15-9-1917, p. 16).

Esa noche la Cordobesita alcanzó “uno de los mayores triunfos que se han conocido”, hasta el punto de que la empresa la hizo firmar una prórroga y dos nuevos contratos, para el mismo salón y para el Monte Carlo. Poco después también quiso ficharla Eldorado, por la nada desdeñable cifra de 150 pesetas diarias, mas ella permaneció fiel al Doré (2). A sus dieciséis años de edad, su nombre ya se cotizaba “a muy alto precio […]; de ahí que no esté sin trabajar nada más que los días de viajes. Como los fenómenos taurinos, Dorita va del teatro al tren y del tren al teatro” (3). 

Durante su estancia en la Ciudad Condal, visitó los estudios de grabación de la casa Odeón para impresionar una veintena de cuplés y canciones; y, tras cosechar un nuevo éxito en el salón Monte Carlo, donde fue ovacionada tras cantar unas granaínas con mucho gusto y sentimiento (4), en el mes de octubre retomó su gira por el norte, con paradas en ciudades como Bilbao (5), Pamplona, Vigo, Santander y La Coruña. En todas ellas triunfó, “por su distinción, su arte inimitable, la propiedad con que presenta su escogido repertorio y su lujoso vestuario, apropiadísimo para los tipos que encarna”. En su especialidad, “el arte genuinamente andaluz, […] contadas artistas podrán igualarla, pues superarla parece imposible” (6).

Dora la Cordobesita (Eco Artístico, 15-9-1917, p. 16).

Dora la Cordobesita (Eco Artístico, 15-9-1917, p. 16).

En enero de 1918 regresó a Barcelona para cumplir los compromisos contraídos con los salones Monte Carlo y Doré, y confirmar la excelente fama cosechada unos meses antes: “Después de Carmen Flores y de Adela Lulú, Dora la Cordobesita ha sido la figura del cuplé que ha tenido […] un éxito más justificado. […] Canta canciones andaluzas con gran perfección […] y toca las castañuelas de una manera exquisita” (7). Llevaba nuevo vestuario, confeccionado por el modisto Valero, y repertorio renovado con la introducción de números como el cuplé La gitana cautiva, firmado por el maestro Ricardo Lorente (8).

Tras una larga temporada de éxitos, en el mes de abril Dora disfrutó de unas semanas de descanso en Villa Dolores, un cortijo situado en la serranía cordobesa, donde le gustaba retirarse para estar en contacto con la naturaleza, cuidando de sus flores y sus gallinas, además de dedicar “algunos ratos a dar vueltas a su lujoso vestuario para que la polilla no lo destroce”. 

Durante su estancia en el campo, recibió la visita de un redactor del Diario de Córdoba (9), a quien realizó interesantes declaraciones: Expresó su admiración por el trabajo de sus compañeras predilectas, “como cancionistas […] Raquel Meller, Pastora Imperio y Blanquita Suárez y como bailarina Antonia la Argentina”; y confesó haber “recibido ventajosas proposiciones para actuar en América, no aceptándolas por temor a los submarinos” (10).

Dora la Cordobesita en Villa Dolores (Eco Artístico, 15-4-1918, p. 116).

Dora la Cordobesita en Villa Dolores (Eco Artístico, 15-4-1918, p. 116).

A mediados del mes de mayo emprendió una nueva tournée por las capitales del norte. Se presentó en los casinos de San Sebastián y Santander, lugares de veraneo de la gente bien, “con sus típicas gitanerías y sus timitos andaluces tan gentilmente interpretados” (11); y fue muy bien recibida por el público, que “la obligó a cantar y bailar, –porque esta enciclopedia femenina canta, baila y torea– una porción de números, además del programa reglamentario” (12).

Visitó después ciudades como Valladolid, Burgos, Oviedo y, de nuevo, Barcelona; pasó un mes en tierras andaluzas y en octubre debutó con enorme éxito en el teatro Apolo de Valencia. El crítico del diario El Pueblo le auguró un brillante futuro como Terpsícore jonda:

Dora será bien pronto la primera ‘bailaora’ de ‘tablao’ que taconee los escenarios españoles.

Canta con gracia y estilo ese difícil y anárquico arte flamenco […].

Y bailará mejor que todas. Porque creemos que lo difícil del baile es mover bien los brazos y el torso. El taconeo es técnica, y eso se aprende. Los brazos y el torso los manda el espíritu y Dora lo tiene castizo como ninguna.

Es personal. Su arte lento tiene una insuperable cadencia oriental.

Toca los palillos como una maestra” (13).

Dora la Cordobesita en una estampa muy gitana (Andalucía, 27-4-1918, p. 13).

Dora la Cordobesita en una estampa muy gitana (Andalucía, 27-4-1918, p. 13).

Durante los meses siguientes continuó su recorrido triunfal por toda la geografía española. En febrero de 1919, en el Circo de Price, conquistó al público y a la crítica de Madrid con números como La gitana greñúa, de Cándido Larruga, Los colores nacionales, del maestro Font o una Danza española de Enrique Granados; y reapareció en el Gran Teatro de Córdoba tras más de un año de ausencia debido al luto por su madre (14).

En el umbral de sus dieciocho primaveras, Dora era considerada “una estrella de primera magnitud”, por su “gran dominio de la escena, […] su arte, su simpatía y su gracia inimitable”; una “artista de cuerpo entero que se impone y triunfa porque vale” (15). Uno de los éxitos más sonados de ese año lo conquistó en el teatro Eslava de Jerez de la Frontera, donde, al verla aparecer, el redactor de El Guadalete creyó tener ante sus ojos un cuadro de Julio Romero de Torres (16). 

Además de su deslumbrante estampa, llevaba un “decorado muy bonito y apropiado a cada número”, “vestuario lujoso y de gran novedad”, un repertorio creado por autores de prestigio –Font, Larruga, Albéniz, Granados…–, “y ante todo y sobre todo una cantidad enorme de arte […] naturalísimo, innato”, al que ella imprime un “sello especial” (17). Llamaron particularmente la atención números como Por peteneras, Gitana greñúa, Los ases del toreo, o una nueva composición de los Álvarez Quintero con música de Font titulada ¡Que pasa la bandera! (18).

Dora la Cordobesita en portada de La Unión Ilustrada (6-6-1918).

Dora la Cordobesita en portada de La Unión Ilustrada (6-6-1918).

Mas cuando realmente “volvió loco al público” fue en el género flamenco, “en lo suyo”, como unas danzas “con etiqueta del Albaicín” que interpretó acompañada a la sonanta por el maestro Javier Molina; o la Farruca torera, “bailada con un estilo de esos que no se aprenden, flamenco verdad” (19). 

Unos meses más tarde, el periodista Antonio Rodríguez de León escribió en la revista Andalucía de Córdoba una semblanza de Dora, en la que mostraba su sorpresa ante la rápida evolución experimentada por aquella niña, hasta convertirse en una figura que aunaba lo mejor de las mejores:

Dora, para bien de las ‘varietés’ y del público, surge ahora triunfante, aunando en su arte –como en una fusión ideal– el supremo arte de Amalia y de Pastora, y viene, con méritos indiscutibles, a empuñar en uno solo los dos cetros que tan lucidamente ostentan las dos sevillanísimas sevillanas.

Dorita posee la arrogancia, el empaque castizo, la firmeza de expresión bailando de la Imperio, y cantando, la gracia natural, espontánea, comunicativa, de Amalia. Posee además […] una intuición artística admirable, y así, en la complejidad de tipos que encarna, sabe darnos una sensación tal de verismo […]

Y siempre es una y es distinta” (20).

Dora la Cordobesita (Andalucía, 19-11-1919, p. 4).

Dora la Cordobesita (Andalucía, 19-11-1919, p. 4).

En esa época siguió enriqueciendo su repertorio con números como Nativa de Faraón, Contrabandista cordobesa, Gitana embustera o ¡Venga zambra!, que el público aplaudía sin cesar. En enero de 1920, el día de su beneficio en el Gran Teatro de Córdoba, para corresponder al entusiasmo del público que abarrotaba la sala, se vio “obligada a interpretar ocho o diez canciones en cada sección, ejecutando además algunos bailes” (21). Poco después, en el teatro Mora de Huelva, mostró “un perfectísimo dominio de la escena […]. Cantó muchos números con gran genialidad y delicada voz […]. Pero donde obtuvo más ruidoso éxito, fue en los números que bailó con la maestría y estilo de una verdadera estrella del arte” (22).

Unas semanas más tarde reapareció en el salón Imperial de Sevilla, que volvió a rendirse a sus pies. En su función de beneficio cantó “con sentimiento, con gracia, como las ‘grandes’”, mas “donde ‘echó el resto’” fue interpretando unos números de baile flamenco con acompañamiento de guitarra: “Bailó como lo que es: una maestra, porque Dorita, […] cuando alza los brazos para bordar un tango o una farruca, se crece, se transforma y es algo grande que maravilla y que seduce” (23).

Dora la Cordobesita en portada del diario La Mañana (25-11-1919).

Dora la Cordobesita en portada del diario La Mañana (25-11-1919).

Indiscutiblemente, ese era su sello. Dora brillaba con luz propia en el género andaluz, flamenco y gitano, que la hizo triunfar incluso en los escenarios a priori menos favorables, como el teatro Eldorado de Barcelona, en un momento en que cobró fuerza el cuplé catalán y hasta alguna artista foránea se adaptó a esa moda. De hecho, el anuncio del debut de la Cordobesita generó gran extrañeza entre los comentaristas: “¿Qué descabellada idea habrá tenido la Empresa de traer en estas circunstancias a una artista que cultive el género castizo y gitano?” Mas, de nuevo, triunfó “el arte que todo lo puede; el arte, que no se adquiere ni se compra; el arte, que, como inspiración suprema, solo favorece a los elegidos”, y Dora, “la artista genial por su gracia, por su arte, por su belleza, espléndida presentación escénica y simpatía insuperable, se [vio] diariamente aclamada” por el público catalán (24).

Notas:

(1) José Manzanares Nausa, Eco Artístico, 15-9-1917, p. 16. Para representar el número Los tres ases del toreo, Dora recibió clases del novillero cordobés Camará, lo que demuestra su afán por alcanzar la excelencia en su arte (José Manzanares Nausa, Eco Artístico, 15-10-1917, p. 3).

(2) José Manzanares Nausa, Eco Artístico, 15-10-1917, p. 3.

(3) José Manzanares Nausa, Eco Artístico, 15-9-1917, p. 16.

(4) Eco Artístico, 5-10-1917, p. 11.

(5) En el teatro Gayarre compartió cartel con Raquel Meller, a quien hizo pasar “algunas amarguras: esa Dora es mucha artista” (Eco Artístico, 5-11-1917, p. 19).

(6) El Ideal Gallego, 28-11-1917, p. 2.

(7) Bilitis, La Veu de Catalunya, 3-2-1919, p. 3. La traducción es mía.

(8) Eco Artístico, 5-2-1918, p. 16; El Faro, 10-1-1918, p. 3.

(9) V., Diario de Córdoba, 22-4-1918, p. 1.

(10) No hay que olvidar que el mundo estaba sumido en la Gran Guerra y entre sus víctimas se contaba el compositor español Enrique Granados, fallecido en 1916 cuando regresaba desde los Estados Unidos con destino a Inglaterra, al ser bombardeado el barco en el que viajaba por un submarino alemán.

(11) El Cantábrico, 22-5-1918, p. 2.

(12) El Cantábrico, 19- 5-1918, p. 2.

“Hoy, Dora posee un repertorio exclusivo bastante extenso y en él han colaborado los notables compositores señores Font, Gallot, Larruga, Montesinos, Navarro Tadeo y nuestro paisano Aurelio Pérez Cantero y las letras de sus canciones son originales de los señores Montesinos, Cavestany, Susillo, Arocena, Fernández Caireles y nuestro paisano Antonio Escamilla Rodríguez, del que posee un buen repertorio de canciones, teniendo predilección por la titulada ‘Bronca gitana’” (V., Diario de Córdoba, 22-4-1918, p. 1).

(13) El Pueblo, 12-10-1918, p. 1.

(14) Eco Artístico, 25-2-1919, p. 12.

(15) El Reformista, 5-5-1919, p. 3; Vida Manchega, 20-5-1919, p. 9.

(16) El Guadalete, 2-7-1919, p. 1.

(17) El Guadalete, 3-7-1919, p. 1; El Guadalete, 4-7-1919, p. 3.

(18) Este número, que había sido estrenado en Cádiz, fue presentado con decorado ad hoc, y con la participación de bandas de cornetas y trompetas (El Guadalete, 7-10-1919, p. 3).

(19) El Guadalete, 8-7-1919, p. 1; El Guadalete, 12-7-1919, p. 1; El Guadalete, 13-7-1919, p. 3.

Tan a gusto se sentía en la tierra del vino y el caballo, que “engañó a su padre dejando los equipajes sin facturar para obligarle más fácilmente a volver a Jerez”, y mandó a la prensa el siguiente telefonema: “Comunique mi público sostuve altercado con papá consiguiendo volver teatro Eslava sacáronme contra mi voluntad”… Una muestra más del carácter de Dora (El Guadalete, 17-7-1919, p. 3). 

Unos meses más tarde, tras deleitar al público gaditano con su sal y su donaire, dijo estas palabras al corresponsal de El Guadalete: “no se me cae de la memoria aquel púbico que en Eslava me trató tan cariñosamente, […] estoy deseando ir por allí, […] cuando vaya por allí me quedo para siempre” (R. B. V., El Guadalete, 16-11-1919, p. 1).

(20) A. Rodríguez de León, Andalucía, 19-11-1919, p. 4.

(21) La Voz, 4-1-1920, p. 2.

(22) Diario de Huelva, 6-1-1920, p. 3.

(23) Pandolfo, La Unión, 19-2-1920. Archivo ON.

(24) La Correspondencia de España, 4-5-1920, p. 12.


Dora la Cordobesita, la sultana del garbo (I)

En la historia del flamenco existen casos notables de artistas precoces, que iniciaron sus carreras profesionales a una edad muy temprana, normalmente impelidas por una mezcla de vocación y necesidad, que llevó a niñas como Pastora Pavón o Carmen Amaya a convertirse en sostenedoras de una extensa familia. También con muy pocos años, Encarnación López, la Argentinita, inició su peregrinar por los teatros de variedades de toda España, convertida en una seria competidora de las grandes figuras del género.

Dora la Cordobesita en portada de la revista Diana, 22-1-1911.

Dora la Cordobesita en portada de la revista Diana, 22-1-1911.

Apenas un lustro después, y con un perfil similar al de Encarna, irrumpió en la escena española Dora la Cordobesita, otra joven promesa que no tardó en convertirse en una brillante realidad. No obstante, tal vez por su temprana retirada de los escenarios, cuando se encontraba en la cumbre de su fama, su nombre no luce hoy con el brillo que merecería en los anales de la danza y la canción española. Sirva esta serie de artículos para reivindicar a quien sin duda es una de las mayores figuras que ha dado la tierra cordobesa.

Dolores Castro Ruiz nació el 25 de mayo de 1901 en el número cinco de la calle Valderrama, en pleno casco histórico de la capital (1). Sus padres nunca llegaron a casarse, por lo que se crio con su madre y su abuela materna. Desde muy pequeña sintió la llamada del arte. Según su propio testimonio, debutó en el cine Ramírez de su ciudad a los diez años de edad, con una madrina de excepción:

“Yo iba casi diariamente al cine, para ver actuar a Pastora Imperio, y en mi casa imitaba algunos números de los que ella hacía. Me los vio hacer, le gustó, y me propuso sacarme ella misma a escena.

[…] Yo me puse a cantar el número, procurando imitarla, y Pastora se retiró del escenario a la mitad, a ver si yo me azoraba al quedarme sola […]. Con lo chica que yo era, y sin haber pisado un escenario en mi vida, seguí tan campante, y la gente me aplaudió” (2).

Dora la Cordobesita, en portada de la Revista Teatral, 30-10-1912.

Dora la Cordobesita, en portada de la Revista Teatral, 30-10-1912.

Ese fue el primero de los incontables triunfos que Dora cosechó a lo largo de su deslumbrante carrera, que está profusamente documentada en la prensa de la época. La referencia más antigua data de finales de abril de 1911, cuando aún no había cumplido los diez años de edad (3), y la sitúa en el teatro Circo de Córdoba, actuando en los intermedios de las obras llevadas a escena por la compañía cómica del actor Juan Pantaleón (4). Solo unos meses más tarde, la “pequeña cupletista” ya aparecía en portada de la revista gaditana Diana, que se hacía eco de sus exitosas actuaciones en Gibraltar y Zafra. Al decir de un diario de esta localidad, “‘Dorita’ es de las que convencen y le pronostican un brillante porvenir’” (5).

Su carrera arrancó con brío y no tardó en ser requerida en las principales capitales andaluzas –Cádiz, Granada, Málaga, Sevilla, Almería– así como en otras muchas localidades de nuestra geografía regional, desde Ayamonte hasta Linares. En 1914 realizó sus primeras giras por Extremadura y Levante; en 1915 viajó a las islas Canarias y Portugal; y en 1916 cruzó la frontera de Despeñaperros. Su gran versatilidad le permitió cultivar de forma excelente tanto el baile como el cuplé, y así lo certificó la crítica desde sus primeras actuaciones: “Dora la Cordobesita, artista monísima y que canta y baila que es un primor” (6).

Su primer repertorio estaba integrado por imitaciones de las estrellas del género de varietés y de grandes figuras del toreo, que ejecutaba con gracia, desparpajo y maestría: “Su trabajo de imitaciones, de difícil ejecución y expuesto a un fracaso al menor descuido, lo domina perfectamente” (7). Merece la pena destacar su interpretación de las canciones Tápame, de la Goya, y La pena, pena, de Pastora Imperio; o el pregón El pescaero, de Amalia Molina; así como el cuplé Los tres ases, inspirado en las figuras de Joselito, Belmonte y Rafael el Gallo.

Dora la Cordobesita. CDMAE.

Dora la Cordobesita. CDMAE.

Incluso se atrevía a ofrecer unas pinceladas de cante flamenco, no sin manifestar el gran respeto que le merecía el género: “-Respetable público –dijo– esta noche por ser mi beneficio y para complacer a ustedes, voy a cantar flamenco, como excepción. Soy casi una niña, y no tengo la pretensión de que ustedes me comparen con ‘la niña de los peines’. Ruego, pues, indulgencia” (8).

Esas palabras las pronunció Dora en junio de 1912 en el salón Novedades de Málaga, donde actuó durante cuarenta días consecutivos con enorme éxito. Poco después ya había quien consideraba que “puede compararse con las mejores de su género” (9), tal vez porque poseía un arte innato “que muchas de las ‘mayores’ aún no supieron o no quisieron dominar. Ella canta, baila y acciona con igual desenvoltura que si maestros de declamación y músicos famosos se hubieran esmerado en educarla; y nada más lejos de eso, Dora […] nació artista” (10).

Su progresión fue meteórica y en ello seguramente tuvo mucho que ver el contar con el respaldo de una figura como la de Antonio Cabrera, empresario teatral afincado en Córdoba que, no solo ejerció como su representante artístico (11), sino que encarnó para Dora lo más parecido a la figura de un padre. Él la acompañó en todos sus viajes y veló por el buen desarrollo de su carrera, que desde el principio se caracterizó por la búsqueda de la excelencia y la profesionalidad. Así, siguiendo el ejemplo de su admirada Amalia Molina, concedió gran importancia a la presentación escénica, y dotó a cada número del vestuario más apropiado, sin escatimar en gastos (12).

Dora la Cordobesita. CDMAE.

Dora la Cordobesita. CDMAE.

Con solo once años de edad, empezaba a ser considerada una “consumada maestra” (13), que triunfaba por “el arte, la graciosa desenvoltura, el estudio acabado de los bailes, la voz de irresistible simpatía […], una artista única en su género, que vela […] por el prestigio de lo andaluz, sin trampa de flamenquismo ni cartón de pandereta” (14). Las empresas se la rifaban y el estatus económico alcanzado incluso le permitía disfrutar de periodos de descanso vacacional (15).

Además de todos los méritos señalados, la crítica coincidía en destacar la gran personalidad de la Cordobesita, que, para seguir creciendo artísticamente, debía dar un paso más. En 1914, durante su gira por Extremadura, Pedro Fernández Santos se permitió hacerle la siguiente recomendación:

“… es indiscutible que ‘Dorita’ es una de las artistas de varietés, de más extenso repertorio, porque todos los géneros le son asimilables, y todos los dominan […]; ¿no es racional que yo le aconseje que procure hacerse uno suyo propio, con absoluta exclusión de todo aquello que pueda traer comparaciones con la gran Molina, con ‘Lulú’, ‘Argentinita’, ni la Imperio? […]

‘Dorita’ tiene voz y recursos suficientes para responder a todas las exigencias del pentagrama; ¿a qué, pues, imitar lo que a veces es malo?” (16).

No cabe duda de que estas palabras no cayeron en saco roto, ya que, sin dejar de lado sus “inimitables” imitaciones, en los años siguientes Dora fue incorporando en sus actuaciones –muchas veces, en exclusivacanciones y cuplés firmados por compositores como Manuel Font de Anta, Cándido Larruga o Vicente Quirós, con textos de Manuel Susillo, Salvador Valverde o Eduardo Montesinos, entre otros; así como danzas con música de Enrique Granados, Isaac Albéniz o Gaspar Vivas.

Dora la Cordobesita. CDMAE.

Dora la Cordobesita. CDMAE.

En mayo de 1916, con quince años recién cumplidos, alcanzó uno de los hitos a los que toda artista aspira, debutar en la Villa y Corte, y no en cualquier escenario, sino en la catedral de las variedades, el teatro Romea. Allí escuchó durante dos semanas “aplausos tan merecidos como ruidosos. […] venía precedida de gran fama, y […] la ha consolidado poderosamente, quedando consagrada como canzonetista y bailarina de gracia, arte, flexibilidad y dotes excepcionales” (17). Tanto fue así, que la empresa la hizo firmar un contrato para la siguiente temporada (18).

Tras su exitosa presentación en el Kursaal de Melilla, donde ofreció treinta y dos representaciones y estrenó el cuplé Aires de Córdoba (19), en el otoño de 1916 regresó a su ciudad para actuar en el teatro Circo, no ya como “la niña que empieza, sino [como] la gran estrella que triunfa. El decorado es estupendo y variadísimo, pintado por los mejores escenógrafos; el vestuario, riquísimo, y, sobre todo, […] arte fino y puro, sin adulteraciones, arte exquisito, maestría insuperable” (20).

El público llenó la sala cada noche y la colmó de ovaciones, hasta el punto de que se vio obligada a interpretar entre doce y catorce números por sección (21). Unas semanas más tarde debutó en el que pronto se convertiría en uno de sus escenarios más frecuentados, el salón Imperial de Sevilla, donde gustaron “especialmente unas bulerías que bailó con mucha gracia gitana” (22).

Anuncio de Dora la Cordobesita (Eco Artístico, 25-6-1914).

Anuncio de Dora la Cordobesita (Eco Artístico, 25-6-1914).

A sus quince años de edad, al decir del escritor Enrique Honrubia, contaba con potencial suficiente para llegar a superar a su gran maestra y referente:

“Distínguese Dora la Cordobesita en el género cañí, sin mixtificaciones, y en sus dos aspectos, canto y baile, y con tal verismo y originalidad, que su trabajo no encuentra similar con quien compararlo […].

… con un vestuario lujoso y apropiado y un decorado de primoroso valimiento, en el que figuran vistas y paisajes de ciudades andaluzas.

Por todo este conjunto, en fin tengo el convencimiento de que Dora la Cordobesita llegará a ser en breve otra Pastora Imperio, con la ventaja para Dora de que en ella la cantante no queda por debajo de la bailarina” (23).

En abril de 1917 regresó al teatro Romea de Madrid mas, a pesar del éxito obtenido la noche de su debut, decidió rescindir su contrato con Antonio Alesanco por los motivos que explicó en una carta enviada a la prensa, en la que dio buena muestra de su carácter:

“Yo venía actuando […] con gran satisfacción en el antedicho teatro […] pero la noche del 28, al negarme en la sección de las once a corresponder con la interpretación de otros números a los favores del público, adquirí el convencimiento, muy penoso, de que el empresario […] regatea o escatima el éxito a las artistas que no son a la vez mujeres dóciles a sus halagos serviles” (24).

Dora la Cordobesita (Toros y toreros, 5-6-1917, p. 13).

Dora la Cordobesita (Toros y toreros, 5-6-1917, p. 13).

Unos días más tarde, compartiendo cartel con Raquel Meller, debutó en el Trianón Palace, donde siguió siendo muy aclamada (25). Pocas semanas después, el 31 de mayo, sufrió el duro golpe de perder a su madre, por lo que a partir de entonces fue Antonio Cabrera quien se hizo cargo de ella. De hecho, en el padrón de vecinos de Córdoba de 1919 ambos aparecen domiciliados en el número 14 de la calle Muñoz Capilla.

Notas:

(1) Así consta en su acta de nacimiento, localizada por Manu Guerrero.

(2) Declaraciones de Dora en el diario La Unión, 15-4-1925, p. 9.

(3) Sus pocos años le originaron algún que otro problema, por ejemplo en el cine Escudero de Cádiz, “de donde inopinadamente fue desterrada por no considerársele en aquel tiempo con edad suficiente” (Diana, 31-10-1912, p. 11); o en el Salón Imperial de Sevilla, donde tuvo que suspender su actuación por orden gubernativa (Eco Artístico, 25-6-1914, p. 31).

(4) El Defensor de Córdoba, 28-4-1911, p. 4.

(5) El Eco del Pueblo, citado en Diana, 22-10-1911, p. 10.

(6) Noticiero Granadino, 23-3-1912, p. 3.

(7) Diana, 30-10-1912, p. 11.

(8) José Carlos Bruna, La Unión Ilustrada, 9-6-1912, p. 3.

(9) Zadí Jérico, Diana, 22-9-1912, p. 11.

(10) Eco Artístico, 5-12-1912, p. 24.

(11) En 1913 se anunció por primera vez en la prensa como representante exclusivo de Dora (Eco Artístico, 25-3-1913, 30).

(12) Cuando aún contaba once años de edad, Dora ya destacaba “por el rico vestuario que presenta” (Eco Artístico, 5-1-1913, p. 18). Uno años más tarde también contaría con sus propios decorados, firmados por escenógrafos de prestigio.

(13) Eco Artístico, 15-3-1913, p. 31.

(14) J. L., El Popular, 2-3-1913, p. 2.

(15) En 1913 pasó los meses de junio y julio descansando en Puerto Real “al lado de sus padres” –la prensa se refiere a su madre y Antonio Cabrera– (Eco Artístico, 5-6-1913, 55) y en diciembre “marchó a Córdoba a pasar con su familia las fiestas de Navidad” (M. R., Eco Artístico, 25-12-1913, p. 38).

(16) Pedro Fernández Santos, La Región Extremeña, 30-7-1914, 1.

(17) Eco Artístico, 25-5-1916, p. 17.

(18) Eco Artístico, 5-6-1916, p. 12.

(19) Con letra de Tomás Segado-Gómez y música de Vicente Quirós (El Telegrama del Rif, 18-9-1916, p. 1).

(20) Eco Artístico, 5-10-1916, p. 16.

(21) Eco Artístico, 15-10-1916, pp. 13-14.

(22) El Liberal, edición de Sevilla, 10-11-1916. Archivo ON.

(23) Enrique Honrubia, Eco Artístico, 5-2-1917, p. 12. En esa época Dora contaba ya con doce decorados propios (Heraldo de Zamora, 15-12-1916, p. 3).

(24) Toros y Toreros, 8-5-1917, p. 13.

(25) Toros y Toreros, 15-5-1917, p. 13.


La odisea americana de Carmen Amaya: en el Maravillas de Buenos Aires (I)

En los convulsos años de la Guerra Civil fueron muchos los artistas que dejaron España por motivos políticos, o con el afán de desarrollar sus carreras en un entorno de mayor libertad y prosperidad. Una de esas figuras fue Carmen Amaya, que a sus diecisiete años gozaba ya de una notabilidad bien ganada en los escenarios patrios e incluso había debutado en varios locales parisinos de la mano de su tía Juana Amaya y compartiendo escenario con la gran Raquel Meller.

Carmen Amaya (El Adelanto, 8-7-1936).

Carmen Amaya (El Adelanto, 8-7-1936).

La sublevación militar de julio de 1936 la sorprendió durante una gira realizada en compañía de su padre, su hermano Paco y el Pelao, junto a un elenco de variedades encabezado por Luisita Esteso, que actuó en Burgos, Segovia, Salamanca, Oviedo, Gijón y Valladolid entre otras ciudades. Según Francisco Hidalgo (2010: 84), Carmen y los suyos quedaron atrapados en la capital pucelana, y consiguieron llegar a Lisboa gracias a la intervención de Gerardo Esteban, locutor de Radio Valladolid, que les proporcionó la documentación y el medio de transporte necesarios para cruzar la frontera.

Tras pasar unos meses en la capital portuguesa, actuando en locales como el Café Arcadia, Antonio Fernández Álvarez les ofreció un contrato para actuar en Buenos Aires, que fue firmado por José Amaya en nombre de su hija. En el documento se designaba a Fernández como su “representante exclusivo en toda América”, y se establecía que este “percibiría el 10% del valor de todos los contratos que firmara a nombre de su representada” (Crítica, 24-7-1937: 6).

Llegada a Buenos Aires y debut

Carmen y sus guitarristas embarcaron en el transatlántico Monte Pascoal, que, tras hacer escala en Brasil, arribó al puerto de Buenos Aires en la mañana del 12 de diciembre de 1936. Unas horas más tarde el diario Crítica se hacía eco de su llegada, sin escatimar en fabulaciones sobre el origen de la bailaora, y recogía sus primeras declaraciones en tierra argentina:

“Carmen Amaya es una gitana granadina auténtica. Tan gitana es, que para no desmentir su vida llena de polvorientos caminos distintos, no sabe leer ni escribir, ‘ni falta que me hace’. […].

Viene en compañía de su hermano, de su padre y de un tío suyo, todos gitanos como ella, todos de la Granada romántica, sentimental y llena de ensueño, que la acompañan en calidad de guitarristas y que la enloquecen con la música que se le cuela en el alma y que la hace bailar sola […].

– ‘Si yo no pudiera bailar mis bailes, por razón alguna de impedimento –nos dice con un aire casi agresivo, en donde sus dientes parecen morder– me enfermaría” (12-11-1936: 7).

El transatlántico Monte Pascoal.

El transatlántico Monte Pascoal.

Esa misma noche debutaron en el Teatro Maravillas de la capital porteña. Abrió el espectáculo la orquesta dirigida por el maestro José María Palomo. La cancionista Ascensión Pastor entonó la nostálgica canción Una copla. Los hermanos Marbel realizaron varias experiencias de telequinesia y transmisión del pensamiento. Después se sucedieron otros números, como el de la cancionista y bailarina Carmen España, y cerró el programa la gran estrella del elenco:

“… la reina gitana Carmen Amaya, en cuya tersa piel de aceituna se mellan los cuchillos de plata de los focos y en cuyo cuerpo cimbreante y rotundo, minúsculo reloj de arena, regado por una sangre que no descansa, el tiempo se hace música y sueño y lágrima y desesperación y embriagadora locura. Carmen Amaya es una artista cabal y su sola presencia en el escenario del Maravillas justifica el espectáculo como la rama se justifica en la flor” (Crítica, 13-12-1936: 13).

Se obró el milagro

A pesar de los rigores del verano austral, que empujaron a los veraneantes hacia las playas y vaciaron los teatros bonaerenses, desde la noche de su debut y durante varios meses ininterrumpidos, la compañía de arte gitano de Carmen Amaya, “con un espectáculo abigarrado e improvisado, sin coherencia y sin recursos”, obró el milagro de “colmar la sala del Maravillas noche a noche y convertirla en un templo”. La artífice de ese milagro no fue otra que la propia Carmen, “que tiene el genio de la danza metido en la sangre y que es toda ella un movimiento puro tallado en la más prodigiosa música” (Crítica, 20-12-1936: 13).

Carmen Amaya (Democracia, 30-6-1937).

Carmen Amaya (Democracia, 30-6-1937).

Distintas personalidades cayeron rendidas ante el hechizo de su arte. El doctor Zaragüeta la comparó con la gran Pastora Imperio, “centelleante y gozosa”, y el poeta González Carbahio la consideró incluso superior a ella. “Todo da la impresión de que se improvisa, de que la danza fuera creándose y recreándose a cada instante sobre el tinglado y sin embargo, qué seguridad […] traduce cada uno de sus movimientos”, declaró. El dramaturgo Eichelbaum consideró plenamente justificados los más de veinte minutos de ovación con que el público premió sus sensacionales bailes (ibidem).

Entrevistada por J. de E. en el diario Crítica

Convertida en el fenómeno teatral de la temporada, la joven bailaora despertó un gran interés entre la prensa, que la entrevistó en varias ocasiones. Un periodista del diario Crítica que firma como J. de E la visitó en su camerino del Maravillas al terminar la función y recogió unas interesantes declaraciones. La primera parte de la conversación versó sobre el modo en que la artista entendía la danza y su proceso creativo:

“– Nada es bueno si se repite dos veces. Con el baile, sucede lo que con las palabras: se le ocurren a una, y las dice. Dos bailes, no los bailo yo dos veces del mismo modo. Lo único que sé cuando salgo a la escena es cómo debo empezar y terminar, unas figuras y unos pasos: nada más. Lo del medio, lo que va entre empezar y terminar, eso se me ocurre a mí en el momento…

Presumíamos esta contestación y no nos sorprende. El baile de Carmen Amaya es siempre un caso de auténtica inspiración, de perpetua creación, de florecimiento apasionado y sorprendente. […]

Carmen Amaya en su camerino del Maravillas (Caras y Caretas, 2-1-1937).

Carmen Amaya en su camerino del Maravillas (Caras y Caretas, 2-1-1937).

– ¿En qué piensa usted cuando baila?…
– ¿Les interesa eso?… Pues se lo diré con toda franqueza: no pienso en nada. Si pensara en algo, no podría bailar. La voz de las guitarras le entra a una en las carnes, y entonces todo cambia y se llena una de presentimientos y se va quedando sola, sola, cada vez más sola… Ustedes habrán observado tal vez que siempre miro hacia los lados. Buenos, eso no es figurería. Es que necesito sentirme sola cuando bailo. Si de pronto viera una cara de la gente del público, tendría que detenerme y empezar de nuevo. A veces siento que me voy demasiado lejos, y necesito hacer un gesto, una gracia cualquiera, algo que rompa ese estado…” (J. de E., Crítica, 27-12-1936: 13).

Al hilo de estas palabras de Carmen, el periodista hizo hincapié en la profundidad de su baile, cuyo significado va mucho más allá de lo que se aprecia a simple vista:

“Quienes solo hayan visto en las danzas de Carmen Amaya su juego exterior, la magnífica sucesión de ritmos y actitudes no habrán captado más que uno de los aspectos de su arte admirable. Pero el más interesante, el más profundo e inquietante es ese proceso de creación interior que se trasluce en su poderosa máscara y esa aura de fatalidad que crea en torno de la figura danzante, la ininterrumpida sucesión de gestos y ademanes que a veces pierden su simple condición de figuras de arte para asumir la categoría de un poderoso conjuro, saturado de terribles esencias gitanas” (ibidem).

José y Paco Amaya, y el Chato de Valencia (Caras y Caretas, 2-1-1937).

José y Paco Amaya, y el Chato de Valencia (Caras y Caretas, 2-1-1937).

En la segunda parte de la charla, bastante más distendida, la bailaora confesó su amor por el campo y los animales, y evocó los buenos momentos vividos en España junto a su hermano cuando ambos iban de caza: “él era el que tiraba; porque a mí, los animales me dan mucha lástima y no los podría matar. Pero, como digo, él tiraba y yo… ¡no se rían ustedes!… yo hacía de perro […] Soy el mejor perro de caza de todo el mundo… ¿verdad, tú?…” (ibidem).

Entrevistada por Agustín Remón en Caras y Caretas

Unos días más tarde fue Agustín Remón, de la revista Caras y Caretas, quien acudió al Teatro Maravillas para conocer a la estrella del momento. Entró en la sala cuando sonaban los primeros compases del Fandanguillo de Almería, una pieza que ya había sido interpretada por las mayores figuras del género, pero su escepticismo inicial poco a poco se fue tornando en admiración, y así lo relató:

Carmen Amaya es una gitanilla minúscula, delgaducha, fea a la distancia. Viste un llamativo traje andaluz de chaquetilla, muy a propósito para el público de París, Berlín o Londres, que tanto aprecian la españolada. Es tan chiquita la ‘bailaora’, que parece una criatura embutida en las ropas de una persona mayor…

Primeros pasos del fandanguillo, solemnes, hieráticos. Como en todas las bailarinas, aunque, naturalmente, por razones de estatura, en Carmen Amaya tiene el comienzo de esta danza el cincuenta por ciento de su acostumbrada solemnidad…

[…] ¿Ha crecido de golpe esta muchacha?

Su cuerpo, que nos parecía desmayado en su pequeñez, vibra y se estira felino, pero no con la felinidad de un gato mimoso, sino de un tigre elástico. Sus brazos, como dos látigos, fustigan los movimientos de las piernas enérgicas, azuzan las ondulaciones, ya suaves, ya bruscas, de sus caderas adolescentes. Y en su rostro, como en el de una poseída, lucen con extraño resplandor la angustia furiosa o la risa demoníaca.

El desbordante auditorio, sugestionado, enardecido, rompe en una ovación. Al fondo de la platea, los porteros aplauden también. Yo transpiro, mitad por la pesada atmósfera, mitad de deslumbramiento emocional” (Agustín Remón, Caras y Caretas, 2-1-1937: 4).

Carmen Amaya diciendo la buena ventura a Agustín Remón (Caras y Caretas, 2-1-1937).

Carmen Amaya diciendo la buena ventura a Agustín Remón (Caras y Caretas, 2-1-1937).

Como principal mérito de Carmen, Remón destacó la originalidad de su baile gitano, que no se parecía al de ninguna otra. “Esta gitana, toda temperamento e inspiración, no se sujeta a las enseñanzas de escuela alguna. Baila como canta el pájaro, o, mejor, como la fiera ruge. Sus movimientos rozan con frecuencia la epilepsia. En sus actitudes hay una salvaje altivez; en sus gestos, provocadores, la férrea inocencia de un ser primitivo” (ibidem).

Una vez concluido el espectáculo, Remón compartió un rato de charla con Carmen y sus guitarristas. La joven manifestó su tristeza por la ausencia de su madre, de quien no habían tenido noticias desde que la dejaron en Madrid cinco meses atrás; confesó su miedo a cruzar el mar y recordó algunos detalles de la travesía:

“– ¡Si la ‘probe’ supiera que estamos en Güenos Aires, a veinte días de viaje! [– exclamó José Amaya].
– ¡Le daba un patatús! – sentencia la extraordinaria bailarina.
– ¿Y eso? – interrogamos sorprendidos.
– Por ‘la mar’ que hemos tenío que atravesar – explica el padre –. Ustés se reirán. Pero a los gitanos no nos gusta ver tanta agua, ¡ea!
– ¿Así que enemigos de lo líquido? – bromeamos.
– ‘Asigún’ qué líquido – tercia ‘El Pelao’. – Si se trata de manzanilla… ¡Pero agua, y ‘salá’!

Ríen los gitanos, y nosotros con ellos. Pedimos a la danzarina sus impresiones del viaje.

– Todo bien a bordo, menos las comidas – nos dice –. Eso que comen los alemanes, no es pa nosotros, acostumbraos a los gazpachos y los brijones. Y ‘aluego’, lo que pasa después de una semana de viaje: que ‘too’ tiene igual gusto, lo mismo el arroz con leche que la ‘sarchicha’” (ibidem).

Carmen Amaya bailando la zambra, junto a su padre y su hermano (Caras y Caretas, 2-1-1937).

Carmen Amaya bailando la zambra, junto a su padre y su hermano (Caras y Caretas, 2-1-1937).

Antes de concluir la interviú, Carmen pidió un favor al periodista:

“– ¿Quieren ustés poner una cosa en los papeles?
Le aseguramos que lo haremos con gusto. Nos dice:
– Pues que quede bien aclarao que yo sé leer y ‘escrebir’, porque un periodista, muy amable, pero muy fantasioso, ha dicho que no sabía.
– Sabe ‘too’ eso, y hasta el francés – asegura el padre –. Claro, que mi niña, bailando desde los 4 años, no ha tenío mucho estudio, y no se pasa la vida leyendo libros.
– ¿Y para qué los voy a leer? –pregunta Carmen –. ¿Es que voy a terminar en ‘datilógrafa’? Pero hay gitanos y gitanos. Y nosotros no somos de los que van con un burro, mercando canastos y durmiendo bajo los puentes. Nosotros, y no es porque estemos delante, somos gitanos artistas. Mi padre ya lo era.
– Es verdad – ratifica el hombre. Y a nosotros, a nuestro arte, y a Carmen sobre todo, que es como la bandera de nuestra familia, se debe que el género ‘cañí’ haya pasao en España, de los colmaos y restaurantes de juerga, a los teatros de categoría. Allí, y en todas partes, ‘triunfemos’ por nuestros cabales…” (ibidem).

Referencias:

Hidalgo Gómez, Francisco: Carmen Amaya. La biografía, Barcelona, Carena, 2010.


Lolita Astolfi, cuando el baile se convierte en sentimiento (II)

En 1919 Lolita Astolfi se dio a conocer en ciudades como Écija, Cabra o Jerez de la Frontera, y siguió renovando sus éxitos en teatros como el Romea de Madrid o el sevillano Lloréns, que ocupaban un lugar destacado en su agenda. Las crónicas ensalzaban su delicadeza, simpatía y elegancia, y su exquisita presentación.

Lolita Astolfi

Lolita Astolfi

Sus primeras creaciones

A sus quince años de edad, ya empezaba a contar con repertorio propio, compuesto expresamente para ella por músicos como Emilio de Torre y José María Lozano. Estos autores firmaron la partitura de “¡Viva Faraón!”, una farruca con “sabor a zambra gitana” (El Liberal de Sevilla, 3-6-1919) que estrenó en el Teatro Lloréns en el mes de mayo; la de un “tango albaicinesco” (El Liberal de Sevilla, 7-7-1919) que presentó en Málaga unos meses más tarde; y la de “Egipto soberano”, que bailó por primera vez en el Salón Imperial de Sevilla en 1922 (El Noticiero Sevillano, 26-2-1922).

En esa época también actuó en ciudades como Huelva o Granada, y viajó en varias ocasiones a Barcelona para presentarse en el Teatro Eldorado, compartiendo cartel con artistas como Raquel Meller o Carmen Flores. Los últimos compromisos del año la llevaron a Logroño, Lisboa y el Teatro Parisiana de Madrid.

Lolita Astolfi (Mundo Gráfico, 5-11-1921)

Lolita Astolfi (Mundo Gráfico, 5-11-1921)

Tras reencontrarse con el público sevillano -primero en el Salón Imperial y después en el Teatro Lloréns– y realizar una gira por Marruecos, en mayo de 1920 fue contratada en el Teatro Eslava de Jerez. Los cronistas del diario El Guadalete se rindieron ante el prodigio de esa muchachita cuya grandeza artística era inversamente proporcional a su edad y a su estatura, y que incluso resistía la comparación con las primeras figuras del género:

«Lolita Astolfi, la ¡enorme! así; la enorme bailarina que pisa el tablado de Eslava, cada noche da una prueba más de su valer, de su talento, de su alma de artista.
Los pasos que da matizan las frases del músico y con una expresión de alegría, de tristeza, de pasión, de celos, marca toda una idea haciendo que el público saboree la obra; porque no es que la baila, es que la dice» (El Guadalete, 28-5-1920).

“Una salva de nutridos aplausos acoge la aparición de esta genial mujercita que a los diez y seis años, es bailarina tan eminente y completa, como aquellas otras que más brillan en las altas esferas de su arte. […]
Incansable la artista, se prodiga y su figura gentil y esbelta de niña, se agiganta y crece por magas inspiraciones geniales. Y a cada número, las manos de los espectadores chocan entusiastas…» (El Guadalete, 2-6-1920).

Llamada a estar entre las grandes

Algo tendrá el agua cuando la bendicen y si la bendición procede de una gran figura del baile, como Antonia Mercé, sólo cabe decir amén. Así se pronunciaba la Argentina en 1921 sobre las artistas de variedades españolas: “Pastora Imperio es para mí la primera […] y después Raquel Meller. En el género de bailarinas me entusiasma la Bilbainita, Lolita Astolfi a la que reputo como una verdadera esperanza del arte» (La Voz, 30-3-1921).

Lolota Astolfi, El Teatro, 1922

Lolota Astolfi (El Teatro, 1922)

El polifacético escritor Álvaro Retana también concedía a la joven bailaora un lugar destacado entre las grandes figuras de la danza flamenca:

“Los cuatro ases de la flamenquería, las cuatro reinas del género andaluz, son: Carmelita Sevilla, Laura de Santelmo, Amparito Medina y Lolita Astolfi. Las flamencomanías de Carmelita Sevilla y la farruca torera de Lolita Astolfi son cosas tan serias y faraónicas, que se puede afirmar que tanto Carmelita como la Astolfi han aprendido sus hieráticas actitudes en el interior de las auténticas pirámides de Egipto…” (Mundo Gráfico, 5-10-1921).

En esa época, la joven se encontraba inmersa en una constante tournée por toda la geografía española, con paradas en ciudades como Barcelona, Madrid, Bilbao, San Sebastián o Palma de Mallorca. En el verano de 1921 aprovechó su estancia en Sevilla para colaborar en dos festivales benéficos celebrados en la Venta de Eritaña y en el Salón Imperial. En ellos se codeó con grandes artistas flamencos, como la Niña de los Peines, Pastora Molina, la pareja Gómez Ortega, la Antequerana, el Niño de Jerez, Manuel Escacena o Juan Ganduya, Habichuela.

A pesar de su juventud, Lolita se presentaba ya como toda una estrella, “con decorado propio y fastuoso vestuario”, y “su figura grácil, sus simpatías, su belleza y más que nada su inconfundible modo de bailar, en la que pone matices de artista” (El Liberal de Sevilla, 23-9-1921), la hicieron merecedora de grandes aplausos. En febrero de 1922, durante su actuación en el Teatro Moderno de Salamanca, el cronista de El Adelanto destacaba las condiciones que la harían “llegar, en su género de baile, a la mayor eminencia: temperamento, carácter, gesto y belleza”.

“Hay, además, en esta muchachita, una extraordinaria cualidad, el principio del movimiento, a cuya exactitud no han llegado sino muy contadas bailarinas españolas. La Astolfi consigue el máximo de expresión con los movimientos de cabeza, brazos y piernas, conservando siempre cuerpo rígido y vertical, obteniendo con ello la belleza y el vigor de la línea de una distinción maravillosa” (El Adelanto, 13-2-1922).

Lolita Astolfi

Lolita Astolfi

Un mes más tarde debutó en el Kursaal Gaditano, con un repertorio variado que incluía danzas típicas de diferentes regiones españolas, como las pravianas tituladas “Tierras llanas”, la jota, las asturianas, la rapsodia valenciana o el aurresku. En todas ellas se mostraba “arrogante, grácil y ajustada al pentagrama” (El Noticiero Gaditano, 23-3-1922). Sin embargo, donde más brilló fue en sus clásicos bailes andaluces, como el fandango o la farruca, algunos de los cuales interpretó ataviada “con soberbio traje de cola, rememorando a la bailaora clásica de tablado” (El Noticiero Gaditano, 24-3-1922). El público quedó verdaderamente extasiado:

«Hay momentos en que con la oscuridad del salón, sólo enfocando la luz a la artista, y el silencio que se hace como obedeciendo a un conjuro mágico (los pies de la artista) parece aquél vacío sólo con el repiqueteo leve sobre las tablas al hacer la artista la invitación, sombrero en mano, de El Fandanguillo. Este brindis y el baile todo en sí, tiene tal fuerza de atractivo, que la artista ha de bisarlo completo…» (El Noticiero Gaditano, 22-3-1922).

París se postró ante ella

Con los públicos de Cádiz y el resto de España rendidos a sus pies, en la primavera de 1922 Lolita Astolfi emprendió una nueva aventura internacional. Recomendada por Raquel Meller, fue contratada para la inauguración de la temporada española en el Teatro Olympia de París, que la anunció en sus carteles como “Reina de la Danza” (Comoedia, 26-4-1922) (1). En la crónica de su debut, el escritor Enrique Gómez Carrillo la presentaba como una artista intuitiva, temperamental, que goza con su propio baile, y es capaz de transmitir al espectador una amplia gama de sentimientos y sensaciones que van desde la inocencia infantil hasta el más apasionado desenfreno:

Lolita Astolfi (Le Petit Journal, 5-5-1922)

Lolita Astolfi (Le Petit Journal, 5-5-1922)

«Debutó ayer y ya, hoy, es famosa. Le ha bastado con presentarse, como siempre ha sido, trémula y sencilla, sutil y apasionada, para conquistar el corazón del público de París. El público ha sentido en seguida lo que, además de su arte tan perfecto, hay en ella de personal, de inocente, de tierno, de instintivo y de íntimo. Nunca parece bailar para nosotros. Ebria de un sueño, enigmática, baila para sí misma. Se embriaga de sus propias armonías, se sonríe, se respira. […]
Es casi una niña, con un corazón de niña. Y, a pesar de ello, nos perturba, porque lleva en su delicado ser todo el secreto de las mujeres de su raza, que, ya en la antigua Roma, celebraban, con el crepitar de las castañuelas, los ritos oscuros de la voluptuosidad y de la pasión andaluza. […] Son bruscas, son violentas, son sensuales hasta la exasperación, y, al mismo tiempo, son castas y hieráticas. Se siente, al verlas, que la bailarina se ofrece, que atrae, que está a punto de desmayarse. Y, de pronto, la vemos alzarse de nuevo, desdeñosa o salvaje, con los ojos llenos de un odio súbito, para rechazar las caricias que se le acercan.
[…] ante esta exquisita e impecable Lolita Astolfi, cuya alma es un espejo que no ha sido empañado por ningún soplo de pecado, el misterio nos parece aún más turbador, porque está hecho de contrastes de embriaguez amorosa y de candor infantil, de voluptuosidad sutil y de pudor ingenuo, de encanto sonriente y de altiva crueldad» (Comoedia, 29-4-1922).

Lolita Astolfi (La Semana Gráfica, 6-5-1922)

Lolita Astolfi (La Semana Gráfica, 6-5-1922)

La prensa gala llegó a calificar a Lolita Astolfi como “la más perfecta coreógrafa actual” (Comoedia, 22-5-1922). Durante casi un mes cautivó al público del Olympia con su juventud y sus bailes llenos de colorido, estrenó “un bonito repertorio del maestro Ruiz de Azagra” (La Correspondencia de España, 22-6-1922), e incluso tuvo tiempo para disfrutar de la noche parisina y practicar los bailes de moda:

“Apenas dejó el escenario, emocionada por el éxito que acababa de conseguir, se fue corriendo al Thé-Tango para entregarse -¡con qué alegre exuberancia!- a las alegrías del shimmy y el boston… Y los bailarines dejaron de bailar para ver mejor bailar a esta joven bailarina…” (Comoedia, 30-4-1922).

A su regreso a Sevilla, contó al periodista Nicolás de Salas algunas anécdotas de su aventura transpirenaica. Le habló de los intentos de seducción de un francés avispado, de lo mucho que había echado de menos su casa y de los momentos de diversión junto a otros compatriotas:

“Un día en una guitarrería, hice amistad con un escultor español. Allí se reunían muchos artistas de mi tierra, y celebrábamos fiestas españolísimas. Yo bailaba sobre una mesa, un poeta tocaba la guitarra y un pintor sevillano cantaba. ¡Y hacíamos cada gazpachito! Aquello era delicioso” (La Semana Gráfica, 11-11-1922).

Notas:

(1) La traducción de todos los textos extranjeros es mía.