Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Carmencita Dauset, la reina de Broadway (V)

Entre el público que acude a la sala Koster & Bial’s abundan los artistas, que han convertido a Carmen Dauset en su nueva musa. “Escultores y pintores se reúnen […] para estudiar las actitudes y movimientos de esta maravillosa señorita […] como lo harían en sus estudios y toman nota de las bellas características de una espléndida modelo” (The Sun, 13-4-1890) (1). De hecho, son varios los pintores, como John S. Sargent y William M. Chase, que retratan a Carmencita en alguno de sus cuadros.

La Carmencita (John S. Sargent, 1890)

La Carmencita  (John S. Sargent, 1890)

Ni siquiera las damas de la buena sociedad neoyorquina pueden evitar la tentación de acudir a un lugar tan poco recomendable como el music hall de la calle 23. Hay quienes lo hacen travestidas o cubiertas con un velo y, una vez allí, para preservar su intimidad, ocupan los palcos con cortinas que existen a ambos lados de la sala:

“[…] ahora, en su espíritu siempre aventurero, la gente bien ha tomado parcialmente posesión de ese establecimiento generalmente tabú.

Cada noche hacen grupos y se sientan en las filas de palcos que llenan las galerías, para presenciar el espectáculo de variedades en el que Carmencita hace su pase, pero incluso más interesadas en la escena barriobajera que se desarrolla en el auditorio que está bajo sus pies. Una multitud de personas fuma, bebe y parlotea, sin prestar mucha atención a la actuación, y ofrece un espectáculo que las señoras bien educadas rara vez tienen ocasión de contemplar” (Pittsburg Dispatch, 8-6-1890).

“Las más osadas comenzaron a visitar la sala de conciertos y, después de una o dos fiestas, su secreto se conocía; entonces se convirtió en algo elegante […] el ver a Carmencita desde uno de esos palcos, acompañadas de dos o tres hombres discretos” (The Sun, 13-4-1890).

La artista más solicitada

Nadie que se precie y pueda permitírselo quiere perderse a la estrella del momento. De hecho, hay quienes prefieren disfrutar de sus bailes en un ambiente más íntimo y selecto, y contratan a Carmencita para actuar en fiestas privadas, que se celebran en el estudio de algún artista o en el salón de una residencia privada.

A ello hay que sumarle las clases de danza que imparte a domicilio, las horas que pasa posando para distintos artistas, y toda una serie de compromisos profesionales de distinta índole. Un día cualquiera en la agenda de Carmen Dauset podría ser así:

Carmencita Dauset (The Salt Lake Herald, 12-10-1890)

Carmencita Dauset (The Salt Lake Herald, 12-10-1890)

“se levantó sobre las diez, y al mediodía estaba en el estudio de Sargent, que la está pintando […]. Tres horas más tarde iba camino de la casa del líder de una asociación con el fin de bailar para divertir a algunos de los más conocidos jefes […]. A las cinco se encontraba en casa de otra mujer de moda, esta vez para dar una clase a cuatro niñas. […] Ahora son las siete y Carmencita cena, y un poco antes de las nueve llega a su camerino en Koster & Bial’s, donde se viste para su baile diario” (The Sun, 13-4-1890).

Tras su actuación, se cambia de vestido y se dirige a la bodega del local para pasar un rato con sus admiradores, que la invitan a vino y champán. No obstante, hay días que no puede entretenerse mucho, pues debe presentarse en otro lugar:

“tenía un compromiso para aparecer en el estudio de un pintor a las once en punto y quedarse hasta medianoche. […] Dos estudiantes españoles iban con ella, uno con una mandolina y otro con una guitarra. Llegaron al estudio justo un minuto antes de la hora y encontraron al artista esperando con siete amigos, tres hombres y cuatro mujeres; había algo para comer y beber, y luego Carmencita posó y bailó para la fiesta de medianoche. Bailó sobre una alfombra y dio rienda suelta a su pasión. […] Durante su actuación se tomaron una docena de fotografías con flash. Serán reveladas esta semana, y para quienes participaron en aquella juerga nocturna constituirán un recuerdo de particular interés” (The Sun, 13-4-1890).

Rica y admirada

Con esta ajetreada vida, Carmencita dispone de poco tiempo libre para dedicarse a lo que más le gusta aparte del baile, que es dormir. Como compensación, la almeriense está amasando una considerable fortuna. Su caché en Koster & Bial’s asciende a 800 $ la semana (3), mientras que por actuar durante media hora en una fiesta privada o impartir una clase se embolsa 100 $ de la época. A ello hay que sumar los valiosos regalos de sus admiradores, que durante sus actuaciones le lanzan monedas de oro e incluso un brazalete de diamantes. Por otra parte, lejos de decaer, la fama de la Dauset es cada vez mayor.

“El éxito de Carmencita supera todos los límites. Sus compromisos no paran de aumentar y sus ingresos en la actualidad se acercan a los de un gran torero español. Durante la semana, con frecuencia baila en cuatro o cinco casas privadas de Nueva York, a veces incluso se presenta en dos de ellas en una misma noche, además de su aparición habitual en un music hall” (The Brooklyn Daily Eagle, 1-6-1890).

Fotos de Carmencita tomadas en el estudio de J. Carroll Beckwith Sherwood, 1890

Fotos de Carmencita tomadas en el estudio de J. Carroll Beckwith Sherwood, 1890

Como artista que es, a Carmen le gusta sentirse admirada. Sin embargo, ni el dinero ni la fama la han hecho volverse vanidosa. Con la excepción de algún que otro capricho, la Dauset lleva una vida bastante austera. Comparte casa con un grupo de españoles (4) y no comete grandes excesos:

“El otro día fue el cumpleaños de Carmencita y, para celebrarlo, se compró un conjuntito de diamantes, y pagó 700 $ por un par de pendientes y 800 $ por un brazalete de joyería. La joven vive de una manera muy sencilla en un piso en la calle West Seventeenth, donde sus gastos ascienden a unos 2 $ al día. No tiene gustos extravagantes que satisfacer, y exceptuando el lujo de un taxi, ahorra todo su dinero” (Daily Alta California, 19-8-1890).

De hecho, Carmen envía buena parte de sus ganancias a España. Según afirma en más de una ocasión, está deseando volver a su país y dedicarse a bailar sólo por gusto, pues echa en falta el calor y la simpatía de su gente. En Nueva York no ha forjado demasiadas amistades, debido en parte a su escasez de tiempo libre y a la barrera idiomática, que resulta difícil de derribar cuando una está constantemente rodeada de compatriotas. (5)

Nuevos retos para Carmen

Durante el verano de 1890, Carmencita compagina su trabajo en Koster & Bial’s con distintos compromisos, como una gira por los principales balnearios del país, la participación en varias fiestas campestres organizadas por familias de la alta sociedad o su presentación en el Club Tuxedo. En este último local el lleno es absoluto, a pesar de haber comenzado ya el periodo vacacional:

“Era bastante novedoso ver a una gran multitud de las más conocidas mujeres de la sociedad neoyorquina, vestidas con sus más alegres trajes primaverales, sentadas en la pequeña y refinada sala de baile para observar con interés y aplaudir con entusiasmo los movimientos sobre el escenario de esta joven bailarina española. […] En total bailó durante una media hora, y desde entonces en Tuxedo las conversaciones han estado centradas totalmente en su actuación. Un tren especial la llevó rápidamente de vuelta a la ciudad, adonde llegó a tiempo para su actuación nocturna” (The New York Times, 1-6-1890).

Carolina Otero

Carolina Otero

Paralelamente, en su music hall de cabecera, la almeriense sigue conquistando al público con su repertorio de bailes, que experimenta una continua renovación:

Carmencita sigue reinando en Koster & Bial’s. Sus nuevos movimientos de baile, introducidos la semana pasada, han sido admirados. El auténtico vals españolCaballeros de gracias’ obtuvo inmediatamente el favor del público, y sus otras creaciones convocan repetidos bises en cada actuación” (The Sun, 27-7-1890).

Carmencita tiene un nuevo baile que eclipsa a todos los demás, la fascinante Cachucha, que ahora baila todas las noches […]. La hermosa bailarina española tiene que volver a salir dos o tres veces cada noche” (The Evening World, 8-8-1890).

En el mes de septiembre, se anuncia el debut en Nueva York de quien está llamada a convertirse en la gran rival de Carmencita, que no es otra que Carolina Otero. La prensa estadounidense dedica abundantes líneas a la recién llegada, que se presenta en el Edén Musée, un lugar más respetable y propio de señoras que Koster & Bial’s.

La competencia con su paisana hace a Carmen Dauset replantearse su manera de actuar y la empuja a buscar nuevas formas de expresión artística pues, aunque el music hall de la calle 23 se sigue llenando cada noche, la breve intervención de la almeriense ya no satisface por completo al público, que considera sus bailes demasiado cortos.

NOTAS:

(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.

(2) La bodega de Koster & Bial’s también sale muy beneficiada por el éxito de Carmencita. “Antes de la llegada de esta bailarina el gasto en vinos en esta pequeña habitación ascendía a unos 150 ó 200 $ por noche. Ahora a menudo alcanza los 500 $” (The Evening World, 21-5-1890).

(3) El caché de Carmencita es muy superior al de otras bailarinas, como la Sra. Cornalba o Francesina Paris, que cobran unos 150 $ por semana (Pittsburg Dispatch, 25-8-1890).

(4) Se trata de los componentes de la estudiantina Fígaro, que en los Estados Unidos se anuncian como ‘Los Estudiantes españoles’. Unos años atrás, ya compartieron escenario con Carmen Dauset en España y en Francia. En Nueva York suelen acompañarla en algunas de sus actuaciones, tanto en fiestas privadas como en Koster & Bial’s, además de escoltarla cuando sale por la ciudad.

(5) Como no podía ser de otra manera, el gran éxito de Carmencita también despierta envidias y suspicacias. Así, por ejemplo, el diario australiano The Argus (12-7-1890) atribuye en buena medida el triunfo de la española a una campaña publicitaria muy bien orquestada; mientras que el Daily Alta California (19-8-1890) le reprocha su falta de amor hacia el país en el que ha alcanzado la gloria, y especula sobre un supuesto y mísero pasado de Carmen como corista.


María la Bonita, de París al cielo (y II)

En sólo unos meses, María la Bonita ha revolucionado París, donde se ha instalado una auténtica ‘Bonitamanía’. El público no se conforma con verla en el Circo de Verano, y su presencia sigue siendo requerida en las fiestas más exclusivas. Veamos algunos ejemplos que nos ofrece la prensa:

“Una cena de las más selectas y felices fue ofrecida anteanoche por el conde y la condesa Roman Potocki […].

Durante y después de la cena se oyó a la orquesta de los gitanos y se asistió a los bailes de María la Bonita, que fue vivamente aplaudida” (Le Gaulois, 16-6-1891). (1)

“[En la fiesta de la Señora de Iturbe] La orquesta recordaba todos los aires nacionales. Para que nada faltara vino la Bonita con su pañolón y sus sortijillas en la cara y su gracioso descaro, y allí nos bailó al son de las castañuelas, arrancando el ¡olé! clásico de nuestra tierra” (La Época, 1-7-1891).

Cartel de María la Bonita en el Pabellón del Reloj

Cartel de María la Bonita en el Pabellón del Reloj de París

Este fenómeno no pasa desapercibido para los diarios españoles, que dedican varios artículos al boom de lo flamenco allende los Pirineos. Según El Imparcial y La Época, el flamenquismo está conquistando en Francia espacios nunca alcanzados por otras manifestaciones artísticas consideradas ‘superiores’, como el arte y la literatura de nuestro país; y en esta escalada del gusto por lo andaluz, sin duda, tiene mucho que ver la presencia de figuras como María la Bonita, que ha llegado a la escena gala como un soplo de aire fresco.

Ambos diarios coinciden en destacar el decoro y la elegancia con que esta bailaora seduce al público, sin recurrir a la obscenidad típica de otras artistas, tanto francesas como españolas.

María sabe cantar y bailar con ese baile artístico, gracioso, que constituye la verdadera danza española. […]

María la Bonita, aunque representante de nuestro arte flamenco, es en París algo así como una reacción contra los bailes descocados y naturalistas […]” (La Época, 17-6-1891).

María la Bonita ha dado a conocer un género que ignoraban los que habían visto a la Macarrona y creían que los bailes españoles se reducían a aquel tango bestial de las gitanas de la Exposición. La gracia honesta de sus flexibles movimientos encanta, atrae sin ofender ni convertir la inocente danza española en las groseras contorsiones de impúdica bayadera. Las damas aplaudíanla anoche con entusiasmo” (El Imparcial, 15-6-1891).

Tal vez sea ése el secreto de su fulgurante éxito: María es diferente a las demás, como mujer y como artista. Si el público parisino no está acostumbrado a “ver a una española tan graciosa” como ella, tampoco ha podido gozar con frecuencia de unos “bailes tan coloridos y pintorescos” (Gil Blas, 28-6-1891), como sus peteneras, sus “macarenas” e incluso jotas aragonesas.

Interior del Reichshallentheater de Berlín

Interior del Reichshallentheater de Berlín

De París, a Europa

Tras hacerse un nombre en París, en septiembre de 1891 la bailaora sevillana se lanza a la conquista de otros países europeos, como Italia y Alemania. Los éxitos no se hacen esperar. Según publica el Berliner Tageblatt, “María la Bonita, la ‘fulgurante estrella del cielo del baile’” actúa durante todo un mes en el Reichshallentheater de la capital germana, adonde llega precedida por la gran fama cosechada en Francia. Al mismo tiempo, la artista es requerida en los “círculos privados de la alta sociedad” berlinesa. Así la presenta el mencionado rotativo con motivo de su debut:

“… el ‘gran número’ de la noche, la muy conocida bailarina española María la Bonita! […] una estrella que surgió de pronto en el cielo del baile. Un trabajador del ‘Fígaro’ descubrió una noche en un salón de baile de los suburbios a una muchacha de gran belleza y gracia arrebatadora en el baile – un diamante en bruto. Los primeros bailarines la pulieron y pronto hablaba todo París de la ardiente españolita, que fue contratada en el primer establecimiento de la metrópolis, en el Cirque Nouveau. En julio, el ‘Conservatorio de danza’ estatal reconoció a la incomparable María fuera de concurso, y le atribuyó un diploma y la medalla de oro. Ésta es la prehistoria de la bailarina española, y antes de ayer, ante la emoción de todos los asistentes, bailó sus primeros pasos sobre un escenario berlinés. La peculiar belleza sureña en seguida cautiva, cada línea y cada movimiento son de una gracia clásica, y cuando empieza a bailar uno inmediatamente se da cuenta de que los conocidísimos bailes nacionales españoles, el bolero, el ole, la cachucha y el fandango, le están siendo mostrados en su versión más original” (Berliner Tageblatt, 3-10-1891).

Vista de Piccadilly Circus (Londres)

Vista de Piccadilly Circus (Londres)

En noviembre de 1891, María regresa a París con su repertorio renovado. Durante los meses siguientes la prensa da cuenta de su participación como artista invitada en un banquete de la Asociación de corresponsales extranjeros, así como en un concierto celebrado en la Sala Kriegelstein de la capital francesa. Los ecos de este último evento llegan hasta nuestro país, donde se publica la siguiente crónica:

“Nuestra compatriota ha escuchado constantemente los aplausos y los ¡olé! de la flor y nata de la colonia española y americana que, amén de muchos franceses aficionados al flamenco fino, llenaba completamente la sala.

María ha tenido que repetir las peteneras y sevillanas, que ha bailado con el salero y la elegancia que acostumbra, y que durante un año le han valido tantos aplausos y tanta guita en teatros y salones aristocráticos.

Prestaron su concurso al concierto el pianista español D. Joaquín Malact, […] la estudiantina ‘La Aragonesa’ y los guitarristas González y Sánchez” (La Correspondencia de España, 22-4-1892).

El mismo diario nos informa de que “María la Bonita ha firmado un contrato para Londres, que le asegura por un año un sueldo morrocotudo”. Entre sus actividades en la capital británica destaca su participación en una velada flamenca organizada por el cónsul español en el café Monico’s de Piccadilly Circus.

Vista de San Petersburgo

Vista de San Petersburgo

Tras su periplo londinense, en mayo de 1893 volvemos a localizar a la bailaora española, esta vez en San Petersburgo, donde rivaliza con su compatriota, la Otero. Como no podía ser de otro modo, en el teatro de la Isla de Krestovsky “María la Bonita cautiva a los espectadores por su belleza” (Le Figaro, 21-6-1893).

Una artista bohemia

Desde que irrumpiera como un relámpago en la escena francesa, la artista andaluza ha saboreado la gloria en los mejores teatros europeos, ha frecuentado los ambientes más selectos y se ha embolsado una auténtica fortuna. Sin embargo, lejos de nadar en la abundancia, María sigue teniendo problemas para llegar a fin de mes.

Como ya avanzara Le Figaro tres años atrás, la española es una artista bohemia, de “carácter caprichoso”, que “sueña con el teatro: cantar, bailar y disfrutar de la vida, ése es su programa. Es capaz de darse en cuerpo y alma al primero que le guste; a veces desprecia ofertas muy tentadoras” (12-6-1891).

“En el espacio de tres años, la Bonita ha estado en España, en Inglaterra, en Suecia, en todas partes, bailando y ganando mucho dinero, que ha derrochado en su día a día. En cuanto lo ha ganado, lo ha tirado, y cada vez que debe abandonar un país necesita dinero para el viaje de regreso. Con todo y con eso, siempre está contenta, siempre fumando un cigarrillo, siempre dispuesta a bailar y reír” (Gil Blas, 31-5-1893).

En marzo de 1894 la prensa gala vuelve a situar a María la Bonita en la sala Kriegelstein de París y, unas semanas más tarde, en el Circo de Verano, donde “la seductora andaluza, inimitable en sus pasos endiablados de tra los montes” (Le Figaro, 20-4-1894), constituye uno de los números principales del programa.

La bailarina y cantante Carolina Otero

La bailarina y cantante Carolina Otero

Tres años después de su debut en el coliseo de los Campos Elíseos, aún se recuerda en la ciudad de la luz aquella temporada triunfal en que María hizo desfilar por el Circo de Verano a lo más selecto de la sociedad parisina. La artista llega algo cambiada, pero tan estrella como siempre:

“… regresa de España con nuevos bailes más atractivos, más voluptuosos aún que los que la hicieron triunfar. María ha engordado un poco, pero sigue siendo tan graciosa, tan ligera y tan cautivadora como antaño; no hay duda de que su éxito será igual de grande” (Gil Blas, 21-4-1894).

En verano de ese mismo, la bailaora andaluza se anuncia durante varias semanas en el Pabellón del Reloj, donde es presentada como “uno de los números más interesantes” de la temporada. “Buena parte de su éxito procede de los bailes españoles especialmente escritos para ella por los señores Matías Miquel y Paul Cressonnois” (Gil Blas, 29-7-1894).

En septiembre de 1894 perdemos la pista de María la Bonita. Una última referencia la vuelve a situar en la ciudad de la luz, con motivo de la Exposición Universal de 1900. Según la prensa catalana, en el café flamenco ‘La Feria’, situado en el pabellón español, “cuatro o cinco individuos vestidos a lo chulo […] matan el día acompañando con guitarras y castañuelas, y con una letanía interminable de ¡olés! y ¡ah! ¡ays!, los bailes gitanos de una tal María la bonita (según rezan los carteles)” (Joventut, 6-9-1900).

No obstante, a pesar de la coincidencia del nombre artístico, no tenemos constancia de que se trate de la misma artista, como tampoco podemos afirmar que María la Bonita sea Mariquita Ruiz, la Bonita, la malagueña que, según Fernando el de Triana, “honró a la tierra de los boquerones, tanto por su depurado arte de excelente bailaora como por su figura y cara gitana, sin serlo”. (2)

La bailaora malagueña Mariquita Ruiz, la Bonit

La bailaora malagueña Mariquita Ruiz, la Bonita

Sea quien fuere esa misteriosa bailaora, lo que debemos reconocerle, en virtud de las pruebas que hasta el momento hemos podido recopilar, es el mérito de haber llevado el baile flamenco a los mejores escenarios de Europa, algo de lo que hoy en día no todos los artistas pueden presumir.


NOTAS:
(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.
(2) Triana, Fernando el de, Arte y artistas flamencos, 1935.


María la Bonita, de París al cielo (I)

En 1891 se enciende en el cielo parisino la estrella de María la Bonita, una bailaora andaluza que, surgida prácticamente de la nada, pronto se da a conocer en los ambientes más refinados de la ciudad de la luz.

De la noche a la mañana, su nombre se vuelve habitual en los papeles franceses, gracias a los cuales podemos conocer algunos detalles sobre la vida de esta enigmática joven, de quien en la prensa de nuestro país no hemos hallado -al menos, por el momento- muchas referencias.

Cartel de María la Bonita (Biblioteca Nacional de Francia)

Cartel de María la Bonita (Biblioteca Nacional de Francia)

Según el diario Le Figaro, María nace en Sevilla en el seno de una familia acomodada, a la que abandona muy joven para seguir su propio camino. “Tiene veintidós años y, desde los ocho, lleva una vida nómada, cantando, bailando y tocando a la guitarra, con un brío muy especial, los tangos y las malagueñas del país andaluz” (Le Figaro, 6-5-1891). (1)

“Su verdadero nombre es María Martínez. Cuando bailaba en España, lo cambiaba por el de María de la Paz” (Le Figaro, 12-6-1891). Tras recalar en ciudades como Málaga, Barcelona, Madrid o Marsella, donde encuentra trabajo en un café cantante, en 1891 la joven llega a París.

El nacimiento de una estrella

Sus inicios en la capital gala no son nada fáciles, hasta que se cruza en su camino el periodista Eduardo Blasco, quien se convierte en su mentor. Así se produce el encuentro, según el rotativo francés:

“Uno de nuestros colegas que habla español -y menos mal, porque María no sabe una palabra de francés– la encontró el otro día en el bulevar, errando como un alma en pena.

– ¿De dónde vienes, bonita?

– Vengo de Marsella, donde había ganado mil francos… Los he gastado, ¡y ya no me queda ni una monedita! La propietaria del hotel donde me alojaba me echó a la calle, y se quedó como fianza mis vestidos, mis enaguas de seda, mis faldas cortas, todos mis instrumentos de trabajo…

Gracias a nuestro colega, la bonita no corre el riesgo de ser llevada al calabozo por vagabunda. Se gana la vida posando para pintores.

Ha reconquistado su vestuario, y pronto podrá presentarse ante el público, como la Otero, porque es tan guapa como ella, si no más, según afirman los pintores. He aquí una estrella que se alza” (Le Figaro, 6-5-1891).

Vista de Marsella

Vista de Marsella

Sus primeros éxitos en la capital del Sena los obtiene bailando en eventos privados, organizados por familias de la alta sociedad, como la fiesta ofrecida por Madame Humphrey Moore, a la que acude “toda la colonia española y muchos americanos” (Le Figaro, 8-5-1891); o la inauguración del palacete de Gaston Berardi, una “encantadora velada musical y dramática” en la que María la Bonita, “una estrella de primera magnitud” causa auténtico “fanatismo” con sus bailes españoles. “Cantos y bailes mezclados, los pies patalean y, arrastrados por el ejemplo, los dedos agitan imaginarias castañuelas. ¡Olé! ¡Olé!” (Le Gaulois, 21-5-1891).

Los ecos de esta última fiesta llegan hasta la prensa española, que ofrece la siguiente reseña sobre la actuación de María:

“El clou de la noche fueron las danzas españolas y el cante flamenco puro, sin las exageraciones a que se acostumbraron los parisienses durante la última Exposición Universal. La heroína de este baile fue una encantadora sevillana llamada María la bonita, que sabe cautivar a los espectadores sin salirse jamás de los límites del decoro y de la decencia” (La Época, 23-5-1891).

Al Circque d’Eté, por la puerta grande

Tras varias semanas prodigándose por los más selectos ambientes parisinos, la bailaora española es contratada por el Circo de Verano a cambio de 1.800 francos mensuales, si bien su debut ha de posponerse unos días debido a un retraso “en la confección de los trajes españoles” (Le Gaulois, 6-6-1891). La prensa le augura un triunfo seguro:

María la Bonita […] se ha convertido, como se sabe, en la estrella de moda, muy apreciada en el París mundano. Estos felices comienzos no podían tardar en conducirla al teatro. Por eso no nos ha sorprendido saber que el Circo de Verano la había admitido en su nómina de artistas, y que iba a debutar el miércoles pasado.

No hay duda de que obtendrá […] un éxito brillante” (Gil Blas, 7-6-1891).

Circo de Verano de los Campos Elíseos de París

Circo de Verano de los Campos Elíseos de París

La presentación de la bailaora sobre las tablas parisinas no defrauda a sus muchos admiradores, que aprecian su baile elegante y saleroso, bastante alejado del tipo de espectáculo exhibido en aquellas tierras por otras artistas de nuestro país, como Juana la Macarrona.

“El anuncio del debut de María la Bonita, la alegre bailarina española, atrajo anoche a un público numeroso al Circo de Verano. Todos los hombres de mundo que habían tenido el placer de aplaudir a María en algunos salones, quisieron volver a ver sus bonitos bailes, que no son en nada comparables a aquéllos, más o menos españoles, que hemos podido ver antes. Los bailes de María la Bonita son clásicos; nada de contorsiones y lascivos contoneos de cadera, sino bamboleos flexibles, graciosos, que evocan el recuerdo de Esmeralda. El éxito de María la Bonita fue muy grande; tuvo que repetir dos bailes. Su traje, muy rico y muy sencillo, un vestido largo cubierto casi totalmente por un espléndido mantón, fue muy admirado” (Le Gaulois, 12-6-1891).

“Anoche debutó la castellana María la Bonita, cuyos bailes no recuerdan mucho a los juegos coreográficos de la Macarrona. Su juego también es muy gracioso, sin ser exagerado. Menos balanceo de caderas y más poses plásticas. […] Golpeando el suelo con el pie, daba vueltas con gracia mientras que su falda roja restallaba como un látigo. Un mantón blanco con largos flecos escondía un poco los movimientos de las caderas en los pasos más animados” (La Justice, 12-6-1891).

La bailaora Juana la Macarrona

La bailaora Juana la Macarrona

Tal es el éxito de María el día de su presentación, que la artista no puede evitar emocionarse y agradecer a su mentor todo lo que ha hecho por ella:

“Anoche, después de su brillante debut en el Circo de Verano, no sabiendo la hermosa andaluza cómo expresarle su gratitud a Blasco, se echó a llorar. El círculo de admiradores que […] rodeaba a la aplaudida bailadora, no acertaba a comprender aquel contraste de dos lágrimas resbalando por un rostro henchido de contento.

La étoile había tirado al suelo los ramos de flores con que la obsequiaron profusamente de palcos y butacas; en torno suyo todo era aclamaciones, enhorabuenas y lisonjas, de las que ella no hacía caso por no entenderlas […].

De repente, terciándose el blanco y bordado mantón de espumas y clavando en Blasco sus ojazos negros, exclamó con garbo: ‘¡Que me den una puñalá gemela si yo orvío en mi vía lo que usted ha jecho por mí’, y se alejó del grupo con ese andar de reinas, inimitable y propio de las hijas de su tierra” (El Imparcial, 15-6-1891).

El triunfo del arte y la belleza

Durante los cuatro meses que permanece en el Circo de Verano, María la Bonita no para de cosechar éxitos. En la sala “no se ha visto una fiesta similar, ni en los mejores días de la Otero” (Le Figaro, 20-6-1891). Cada noche, el selecto público que abarrota el teatro la colma de aplausos y ovaciones, y “la encantadora bailarina andaluza […] se ve obligada a repetir hasta tres veces sus originales bailes” (Le Figaro, 20-6-1891). La prensa gala se rinde ante el arte y la belleza de quien ya ha sido bautizada como “la flor de Andalucía” o “la nueva diva parisina”.

La bailaora María la Bonita (L'Univers illustré, 20-6-1891)

La bailaora María la Bonita (L’Univers illustré, 20-6-1891)

No es guapa como para causaros un flechazo, sino singular y atractiva como un fruto oriental. Carbones ardientes en los ojos, labios rojos como una muesca de cuchillo, la tez mate, casi de marfil. Baila de un modo a la vez voluptuoso y casto, sin dislocarse locamente las caderas como otras. Parece creer que le basta mostrar un instante el contorno perfecto de su pierna para dar una elocuente idea del resto. […] Simple, no alocada, pero sin ser mojigata. […] Al verla en el Circo de Verano, pavoneándose entre una doble fila de clubmen iluminados, sugiere el bonito proverbio andaluz: ‘La mujer es de fuego, el hombre de estopa, el diablo pasa y sopla’. ¡Olé!” (Gil Blas, 13-6-1891).

María la Bonita es una encantadora morenita de dieciocho o diecinueve años. Luce, con la chulería característica de las hijas de su país, el traje andaluz.

Envuelta en su mantón de crepé de China y enredada en su falda larga, ejecuta los bailes agitados, graciosos y castos de las provincias de España. La hemos visto ejecutar una Petenera, una Sevillana y una Macarrona, con una corrección, una agilidad y un arte incomparables. El éxito de esta fresca ‘flor de Andalucía’ es considerable. La gente se amontona para ir a aplaudirla” (L’Univers Illustré, 20-6-1891).


NOTA:
(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.