Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

De la cueva al papel. La zambra granadina vista por la literatura y la prensa en torno a 1922 (IV)

4. Referencias a la zambra en el periodismo literario

Entramos ahora de lleno en el análisis de los artículos periodísticos de creación que abordan el tema de la zambra. Algunos de ellos presentan a las gitanas y sus danzas rodeadas de un halo de exotismo, reminiscencia del pasado moro de Granada. Así las ve Andrés Iniesta, en un texto publicado en El Noticiero Sevillano:

«… la danza gitana, esa danza que lleva en su entraña la marca imborrable de la paganía oriental. Las ‘bailaoras’ […] giraban al compás de palillos y guitarras como en un sueño de ‘Las mil y una noches’; se curvaban amenazando quebrarse por sus frágiles cinturas, se desvanecían como llamaradas o columnas de humo, y los hombres, jaleándolas enardecidos por el calor de la tierra y el perfume del cielo, seguían, con el alma extasiada y vencida por la brujería real de la fiesta, aquel tango inolvidable…» (83).

Zambra de las hermanas Gazpachas durante su actuación en Córdoba (Recuerdos de Feria, mayo de 1928).

Zambra de las hermanas Gazpachas durante su actuación en Córdoba (Recuerdos de Feria, mayo de 1928).

Está más presente aun el concepto de danza como liturgia, como ritual, manifestación ancestral y primitiva de la tribu gitana. César Muñoz Arconada, al observar cómo se iluminan de alegría los rostros de las gitanas, cree ver que, “obedeciendo a un mandato imperativo de su religión enigmática, [están] celebrando un rito” (84). También se aprecia ese componente sagrado en un texto publicado en el diario El Guadalete por S. B., para quien la zambra gitana “es algo semejante al incendio de un Templo en los tiempos faraónicos, en que los fieles perecen en las llamas en un vértigo de danzas y cantos litúrgicos” (85).

En la misma línea, César Cabrera atribuye al voluptuoso baile por tangos de Dolores Hidalgo “una majestad” que le confiere “solemnidad de rito litúrgico. ¡Así bailarían alrededor del cadáver del guerrero indio, las mujeres que habían de acompañar seguidamente al esposo muerto en el misterioso camino de la eternidad” (86). Constantino Ruiz Carnero ofrece una imagen muy similar, cuando afirma ver en la zambra “la solemnidad de un rito sagrado”, que evoca “el recuerdo de aquellas danzas alrededor del fuego o ante los altares paganos en la hora de los sacrificios a los dioses”; y llama la atención sobre el “sentido milenario” de las danzas gitanas, que brotan del instinto, del sentimiento, y poseen “el perfume de una cosa primitiva que no ha sido renovada por el espíritu depurador de las academias” (87).

Zambra gitana en el circo romano de las ruinas de Itálica. Foto Serrano (Reflejos, diciembre de 1929, 37).

Zambra gitana en el circo romano de las ruinas de Itálica. Foto Serrano (Reflejos, diciembre de 1929).

Para Pérez Losada, la zambra también tiene “mucho de ceremonia, de sacrificio y de culto” (88), porque:

«… esta serie de bailes que componen la zambra gitana los ejecutan las bailaoras en la exaltación de una fiebre que las va dominando, que las va poseyendo, que las hace vibrar con estremecimientos medulares, que pone en sus ojos negros o en sus ojos verdes la loca llamarada de las siete lujurias o la expresión torturada de los siete dolores…» (89)

El particular modo de danzar de las gitanas llama la atención de muchos autores, cuyos “ojos se extasían con el movimiento del cuerpo de las bailadoras ‒pies que repiquetean el tablado, brazos que se yerguen al cielo, dedos haciendo pitos, revuelo de las colas de las batas, ojos llameantes, pechos que palpitan, bocas que se contraen por el fuego sagrado del baile‒” (90).

Incluso hay quien quiere ver en ellas una reedición de las almées orientales: “las gitanillas, que derrocharon en el baile los ritmos voluptuosos de las bayaderas de Lahore, la gracia del estilo andaluz y la agilidad de las mujeres panteras que Chicharro ha idealizado en sus Tentaciones de Buda” (91). Otros textos describen el fuerte taconeo, las extrañas contorsiones, los brazos que se arquean “en retorcimientos inverosímiles” (92), esos cuerpos que se agitan “con movimientos dislocados, con estremecimientos dolorosos, con rictus de sonrisas epilépticas que dan al rostro una sensación de angustia y de padecer”(93).

Zambra gitana en el carmen de Rodríguez Acosta (Granada Gráfica, abril de 1927).

Zambra gitana en el carmen de Rodríguez Acosta (Granada Gráfica, abril de 1927).

La literatura también incide en el carácter lúbrico y frenético de esas danzas. Raimundo Domínguez define la zambra gitana como “fiesta de locos cimbreos, de sensualidad, de jadeos ardorosos” (94), y Joaquín Corral Almagro habla de mujeres que se entregan a la danza “sin descanso, porque sienten, porque ponen toda su alma en su único arte y en su único medio de vivir” (95). No obstante, una de las descripciones más gráficas en este sentido es la que ofrece Arturo Capdevila en la revista Caras y Caretas:

«Y rompió la danza; y cada una tenía su flor encarnada en el cabello, y su mano cogiendo la falda, y su pie que ya volaba. Balanceo, primero; ronda, después; entrelazamiento, luego; furor muy pronto […].

… nos asombró el poder del arranque, la fuerza de las actitudes […]. Porque en la sensualidad desenfrenada de esta coreografía nada hay de morboso ni de extático, ni de soñador, ni de muelle. […] Ved ahí esa cintura que cimbrea, aquellas caderas que se contonean, ese busto que se dobla, esos pechos que se enarcan, ese brazo que se vuelve llama, aquella mano que es una flor.

A todo esto los jaleadores, como un coro de sátiros, no cesan de reclamar a las danzadoras más vigor y nuevo brío, renovada energía y más locura. Las jaleadoras, por su parte, ya las elogian, ya les pican el amor propio […]

… nada describe mejor la furia y la belleza, la elegancia y el poder, la libertad y la gracia de estas sacerdotisas frenéticas, como el versículo del Cantar de los Cantares, dirigido a una supuesta princesa egipcia:

A una de las yeguas del carro del Faraón, te he comparado ¡oh amada mía!» (96).

Zambra gitana en el carmen de Rodríguez Acosta (Granada Gráfica, abril de 1927, p. 15)

Gitanas del Sacromonte (La Esfera, 2 de junio de 1928).

En los textos también se mencionan los nombres de algunas de las danzas que se interpretan en la zambra, si bien se ofrecen escasos datos sobre las mismas. Se habla de bailes individuales, por parejas o en grupos de cuatro, y hasta de números en los que intervienen una veintena de gitanas, como en el caso del fandango del Albaicín (97). Aparte de este, el que con más frecuencia se menciona es la cachucha (98). También salen a relucir otros como la tana, el casamiento, los merengazos, la mosca, el petaco o los tangos, que son
descritos con cierto detalle por Eduardo Zamacóis:

«Con tangos empieza la diversión; suenan las guitarras que dedos maestros pulsan, y una voz varonil lleva a los corazones el regocijo de una copla canallesca. Al comedio del semicírculo dos gitanas han salido, a que las partes más turgentes del cuerpo luzcan su verdadero mérito y realce. Con manos y pies los circunstantes marcan el ritmo lascivo de la danza, y los ‘bravos’, los ‘oles’, los ‘viva mi niña’, los ‘anda, graciosa’… estallan a compás.

Enardecidas, las bailarinas titubean las sueltas caderas, se pellizcan las faldas para descubrirnos el pie, echan la cabeza hacia atrás, como si la lujuria las (sic) mordiese la nuca, gritan, ríen, y su risa, en el bronce sudoroso de sus rostros, se hace nieve…» (99)

Zambra en las cuevas del Sacromonte (Andalucía, junio de 1927, p. 23).

Zambra en las cuevas del Sacromonte (Andalucía, junio de 1927, p. 23).

La sensualidad de las danzas enlaza con el atractivo físico de las gitanas, que se corresponde con el prototipo de belleza andaluza ‒pelo negro y ojos del mismo color, tez morena y labios rojos‒, y que la literatura describe valiéndose de diversas metáforas. Por ejemplo, Joaquín Corral Almagro nos habla de “Carmencilla, la gitanilla del Sacro Monte, la de ojos de fragua, la de tez tostada y labios de clavelón granadino, rojo y fresco” (100); y Joaquín González Corrales se refiere a una “gitanilla morena, con sus ojos de fuego en los que brillaba la pasión de su raza andariega y libre” (101); mientras que Pérez Losada nos ofrece el retrato, pictórico y psicológico, de un grupo de gitanas que se preparan para dar comienzo a la zambra: “sus divinos ojos nos miran con esa alegre tristeza o esa alegría triste que es el secreto apasionado del mirar andaluz; […] sus bocas voraces, como frescas granadas abiertas nos sonríen y empiezan a decirnos esas pueriles, esas divinas mentiras que encienden la ilusión” (102). Por otra parte, Zaragüeta define los rasgos que, a su parecer, distinguen a la gitana granadina: es “muy graciosa” y, “pagada de su valer como tipo y como artista, pone especial cuidado en presentarse limpia y en realzar su belleza con los adornos propios de su sexo” (103).

Notas:

(83) Iniesta, A. (9 de diciembre de 1928). Los gitanos. El Noticiero Sevillano, 8.

(84) Muñoz Arconada. (25 de mayo de 1920). Gitanería. Diario Palentino, 1.

(85) S. B. (14 de julio de 1922). Nota del día. El Guadalete, 1.

(86) Cabrera, C. (1 de julio de 1922). Impresiones de Granada. La zambra gitana. La Verdad, 1.

(87) Ruiz Carnero, C. (2 de junio de 1923). El encanto de la danza gitana. El Defensor de Granada, 1.

(88) Pérez Losada, J. (12 de julio de 1923). Postales a pluma. La zambra gitana, ABC, 5-6.

(89) Idem.

(90) Diario de la Marina. (5 de agosto de 1922). La España pintoresca, 1.

(91) La Publicidad. (5 de septiembre de 1922). En honor de Tovar, 1.

(92) Muñoz Arconada. (25 de mayo de 1920). Gitanería. Diario Palentino, 1.

(93) Cabrera, C. (1 de julio de 1922). Impresiones de Granada. La zambra gitana. La Verdad, 1.

(94) Domínguez, R. (junio de 1923). Granada Gráfica, 9.

(95) Corral Almagro, J. (19 de junio de 1924). La zambra gitana. La Provincia, 6.

(96) Capdevila, A. (7 de noviembre de 1925). Gitanos del Albaicín. Caras y Caretas, 97-98.

(97) Según Curro Albaicín, éste es un baile en el que “dos parejas de familiares bailan en honor de los novios con castañuelas al ritmo de verdiales […] y dos mujeres hacen de guías” (Guardia Contreras, 2011, p. 36).

(98) En este baile, “dos mujeres mayores interpretan el momento del perdón por el rapto de la novia” (Guardia Contreras, F. (2011), Zambras de Granada y flamencos del Sacromonte. Una historia flamenca en Granada. Almuzara, p. 33).

(99) Zamacóis, E. (19 de febrero de 1921). Zambra gitana. Caras y Caretas, 63-64.

(100) Corral Almagro, J. (1 de septiembre de 1924). Laurita. La mujer rubia. Granada Gráfica, 41.

(101) González Corrales, J. (27 de julio de 1924). ¡Traedme todas las flores que encontréis!… Heraldo de Madrid, 5.

(102) Pérez Losada, J. (12 de julio de 1923). Postales a pluma. La zambra gitana. ABC, 6.

(103) Zaragüeta. (12 de julio de 1925). Comentario de la semana por Zaragüeta. La Unión Ilustrada, 5.


Categoría: Bailaora, Cantaora
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