Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Merced la Serneta, la madre de la soleá

La cantaora y guitarrista María de las Mercedes Fernández Vargas, que ha pasado a la historia como Merced la Serneta -o “la Sarneta”-, nació en la calle Don Juan del jerezano barrio de la Albarizuela el 19 de marzo de 1840, y recibió las aguas bautismales tres días más tarde en la iglesia de San Miguel.

Pocos son los datos que se conocen de su vida, en torno a la cual existe bastante confusión entre los estudiosos del flamenco. Según Martín Barbadillo, su padre, Salvador Fernández Costa, tenía una fragua en Jerez, y allí fue donde Mercedes escuchó a los principales maestros de la época y adquirió las bases que posteriormente darían lugar a los que hoy se conocen como cantes de la Serneta.

El porqué de este apodo lo confiesa la propia cantaora a Roberto de Palacio en una entrevista publicada en 1901 en la revista Alrededor del mundo:

“- ¿Por qué la pusieron a usted ese apodo? – la preguntaba yo. Y entre chupada al cigarrillo y bocanada de humo, me contestó:
– Porque disen de un pájaro, que le yaman sarneta, que es mu ligero, y como yo era mu viva de pequeña, me desía mi mare: ‘- ¡Anda, que paese una sarnetiya’. Y Sarneta me quedé”.

La cantaora Merced la Serneta

La cantaora Merced la Serneta

Aunque también cultivó otros palos, como las malagueñas, martinetes, polos o serranas, el nombre de Merced la Serneta es sinónimo de soleá. A Mercedes se le atribuye la creación de hasta siete estilos diferentes, que han llegado a nuestros días a través de las voces de Juan Breva, Antonio Chacón, Manuel Torre, La Niña de los Peines o Tomás Pavón, fervientes admiradores de la artista jerezana. A ellos se les debe la transmisión y conservación de las soleares de la Serneta, que no dejó ninguna grabación de sus cantes.

Como se suele decir, algo tendrá el agua cuando la bendicen, y algo tendría Mercedes Fernández Vargas para encandilar a lo más granado de los artistas flamencos de su tiempo. Incluso Antonio Machado y Álvarez, “Demófilo”, la incluye en el listado de cantaoras y cantaores más famosos de la historia, que acompaña a su Colección de cantes flamencos (1881).

En 1904, Guillermo Núñez de Prado afirmaba lo siguiente respecto de las soleares de la Serneta: “Me sería punto menos que imposible hallar uno solo entre todos esos cantares que al salir de la garganta de una mujer, conmoviera el corazón con las sacudidas que sufre al oír esta copla preferida de la Sarneta:

Me acuerdo de cuando puse
sobre tu cara la mía,
y suspirando te dije:
serrano, ya estoy perdía”

Según el autor, en este cante Mercedes refleja, “las humanas sensaciones de su temperamento sensual, ardiente y arrebatado”.

En opinión de Pierre Lefranc (1998), la Serneta “abre un nuevo camino: la soleá con vocación intimista”, un cante capaz de “expresar a la par que la emoción una distancia respecto a la emoción, que es a la vez nostalgia, discreción, cordura y paz recobrada. Es un cante para unos pocos más que para público numeroso. Además, probablemente por primera vez en la historia del cante, una mujer hable de sí misma como mujer”.

Triana, Utrera, Jerez

Mucho se ha escrito sobre las influencias que laten en los distintos estilos de soleares de la Serneta. Diferentes autores coinciden en reconocer ecos trianeros en dos de ellos, como Ricardo Molina, que en 1963 afirmaba lo siguiente: “En las soleares de la gran cantaora jerezana late el alma de Sevilla. Es la vieja y grave escuela de Triana la que se remoza en el arte inimitable de Merced. Es un eco vivo y directo de la bravía Andonda el que endulza y pasa del grito al gemido en las soleares de la Serneta”.

En cuanto a los restantes estilos, tradicionalmente se los ha calificado como soleares de Utrera, por considerarse que habían sido creados por la artista durante su estancia en la citada localidad, y también hay quienes ven en ellos ecos gaditanos de Enrique el Mellizo.

Sin embargo, basándose en los registros del padrón municipal y de las iglesias de Jerez, José Manuel Martín Barbadillo desautoriza a las voces que sitúan la llegada de Merced a Utrera en torno al 1863, y que incluso le atribuyen un romance con una alta personalidad de la villa. Según este autor, Mercedes Fernández Vargas aparece domiciliada en su localidad natal -primero en el barrio de San Miguel y, desde 1861, en el de Santiago-, junto a sus padres y hermanos, hasta 1881. En el padrón de ese año consta como “soltera, 40 años de edad”. Por este motivo, el autor reivindica el origen jerezano de las soleares de la Serneta.

El traslado de Mercedes Fernández Vargas a Utrera, siempre según Martín Barbadillo, parece estar más relacionado con el hecho de que su hermana Josefa viviese allí, desde que contrajo matrimonio, en 1878. El mismo autor apunta que la Serneta pudo abandonar Jerez a partir de 1882, tras el fallecimiento de su padre, aunque considera más probable que se estableciera en Utrera una vez entrado el siglo XX. En los padrones de 1910 y 1911 ya aparece censada en dicha localidad, en el mismo domicilio que sus sobrinos Juan y Salvador. Allí residió hasta su fallecimiento, el 18 de junio de 1912.

Merced la Serneta

Merced la Serneta (Revista Litoral, 2004)

Soleares de Jerez, soleares de Utrera… Lo que parece indiscutible es que Merced la Serneta creó escuela, con su cante personal y apasionado. Prueba de ello es la gran difusión y prestigio que, a día de hoy, siguen teniendo sus soleares. De Pastora Pavón a Fernanda de Utrera o Carmen Linares, siguen muy vivos los ecos de letras tan actuales como éstas:

“Presumes que eres la ciencia
yo no lo entiendo así,
por qué siendo tú la ciencia,
no me has comprendío a mí”

“Fui piera y perdí mi centro,
y me arrojaron al mar,
y a fuerza de mucho tiempo,
mi centro vine a encontrar”

“Tengo el gusto tan colmao
cuando te tengo a mi vera,
que si me dieras la muerte
creo que no la sintiera”

“Yo nunca a mi ley falté.
que te tengo tan presente
como la primera vez”

Trayectoria profesional de La Serneta

El cante de Merced la Serneta se pudo disfrutar principalmente en reuniones privadas, si bien la artista también actuó en algunos de los cafés cantantes más famosos de Sevilla, Jerez y Madrid, donde “se la admiraba fervorosamente”, según Ricardo Molina (1963).

Pocas noticias se pueden encontrar en la prensa del momento sobre las actuaciones de la Serneta. José Manuel Gamboa transcribe una crónica de El Progreso (4-1-1888), que afirmaba lo siguiente: “Para que nada falte a la obra que nos ocupa, en ella luce su habilidad reconocida en el cante flamenco, la aplaudida cantaora del género Mercedes Fernández, La Zerneta [sic], a la que el público aplaude con entusiasmo, haciéndola repetir infinidad de canciones de su repertorio”.

A través de la revista Alrededor del mundo (21-11-1901), sabemos que, en torno a 1895, la situación económica y profesional de Merced la Serneta no era demasiado halagüeña, lo cual llevó a Antonio Chacón a organizarle un homenaje benéfico y a conseguirle alguna actuación:

“[…] la veterana Sarneta, la cual hace seis años dejó entrever que, si se pusiera, todavía cantaría probablemente. Mercedes andaba muy mal entonces (no es que hoy esté en la opulencia), y gracias a Chacón, el notable cantaor sevillano, pudo dar un concierto en el Liceo Rius.

Los años no habían pasado en balde por las facciones de la hermosa jerezana, y júzguese de la sorpresa del público al oír a aquella vieja cantar por soleares como ya no se estila. Los que la conocieron en sus buenos tiempos, recordaban su copla predilecta:

Quitarme de que te quiera,
es quitarme la salú,
porque a la calla callando,
mi alma la tienes tú”

El artículo también rememora la época de esplendor de la artista, que compaginó durante un tiempo sus actuaciones con la impartición de clases de guitarra y cante a lo más selecto de la sociedad madrileña: “Esto era cuando ella frecuentaba palacio, se codeaba con la aristocracia y tenía discípulas de cante en familias linajudas, como la de Medinaceli, de Salamanca, de Prim, de Yarayabo, Castellones, y otras, y cuando por cantar dos noches en Jerez la pagaron dos mi reales”.

No obstante, parece que los esfuerzos de don Antonio Chacón dieron sus frutos, pues en 1897 los periódicos se hacen eco de dos nuevas actuaciones de la cantaora en Madrid. Según La correspondencia de España, en el mes de mayo la Serneta compartía cartel en el Liceo Rius con Don Antonio Chacón y las hermanas Macarronas, entre otros artistas. Un mes más tarde, según El Liberal, un programa similar se mostraba en el Salón Variedades, a beneficio del cantaor Antonio Salazar, “Chaqueta”.

El cantaor Antonio Chacón

El cantaor Antonio Chacón

En 1901, según Roberto de Palacio (revista Alrededor del mundo), Mercedes vivía “del fiado de ropas, con un módico interés, alejada del arte y de sus glorias”. Unos meses antes de su muerte, en noviembre de 1911, Alejandor Pérez Lugín se acordaba de ella en la páginas de El Liberal: “De los buenos tiempos del cante aún vive en Sevilla una gran artista, ‘La Serneta’, que, con sus sesenta y tantos años, todavía canta entre amigos, con una vocecilla cascada y débil, pero con un estilo y un gusto de lo más puro y castizo. Yo la oí esta primavera y me emocioné”.

Recuerdos y evocaciones de La Serneta

En 1929, en el Heraldo de Madrid, Ben Cansinos rememora aquellos años dorados en que el flamenco, recién salido del ámbito privado y familiar, se cantaba en las tabernas y, posteriormente, en los cafés cantantes; y en ambas etapas sitúa a Mercedes Fernández Vargas como una de sus protagonistas:

“Allí dejaban pasar las horas, entre las rondas de manzanilla, la ‘soleá‘ de una Mercé la Serneta o la ‘seguiriya’ de un Silverio, las ‘reuniones’ de aficionados y toreros confundidos con los próceres […]. Y sobre la mesa […] taconearan la ‘Coquinera‘, la ‘Macarrona‘ y ‘Malena‘”.

…

“¿Quién en Sevilla recuerda sin pena […] aquellas noches de Silverio, en calle Rosario, del Burrero y de Novedades luego? Allí […] compitieron los mejores profesionales del cante, y allí se formó la verdadera escuela. Silverio, el maestro de las ‘seguiriyas’ […]; Juan Breva, el mago de las malagueñas […]; Mercé la Serneta, reina de la ‘soleá’ […]”.

No obstante, quizás el más bello homenaje a Merced la Serneta es el que le brindó Fernando el de Triana en 1935, dedicándole estas líneas, así como una letra por soleá:

“ En esta gitana de sin par belleza, volcó la divina Naturaleza el tarro de la salsa y el grado máximo del faraónico estilo del cante por soleá: su voz era de una dulzura incomparable y entre los escalofríos que producían los duendes de sus cantes y aquella cara bonita para virgen, no cabía más factor intermediario que el oloroso vino de Jerez o la clásica manzanilla de Sanlúcar: complemento necesario para estar a gusto en tan simpático ambiente”.

“Cuando murió la Sarneta
La escuela quedó serrá,
Porque se llevó la llave
Del cante por soleá”


Anilla la de Ronda, la «Reina de los Gitanos»

Ana Amaya Molina, más conocida como Anilla la de Ronda o Anilla la Gitana, es una de las primeras artistas flamencas profesionales de las que se tiene noticia. Nació en Ronda el 28 de febrero de 1853 y falleció el día de Todos los Santos de 1933. Las escasas fotografías que de ella se conservan nos la muestran abrazada a su sonanta, una imagen poco usual en los tiempos que corren, pero no tanto en aquellos años. Cantaora y guitarrista autodidacta, solía acompañarse a sí misma en sus actuaciones.

Anilla la de Ronda

Anilla la de Ronda

Comenzó su carrera artística en los cafés cantantes de su localidad natal, como El Pollo, El Forno o La Primera de Ronda. Allí conoció a su paisana Paca Aguilera y al maestro Antonio Chacón, con quienes volvió a coincidir en 1890 en el malagueño Café de Chinitas. El Siete Revueltas, el sevillano Café El Burrero y el madrileño Café Corrales también fueron testigos de su arte. Concretamente, el 14 de octubre de 1887 La Correspondencia de España publicó la reseña de una actuación de Anilla en la capital de España.

Lo que dijeron de ella los escritores

En 1904, Guillermo Núñez de Prado, en su libro Cantaores Andaluces, nos ofrece una visión muy romántica de esta artista, a la que presenta como una mujer que “ha vivido esclava del amor como una perra de su dueño; no ha comprendido ni querido comprender que pueda haber nada en la humanidad fuera de las tristezas o de las alegrías de ese amor; lo ha subordinado a él todo, desde el arte hasta la existencia; canta, llora, siente y vive para amar. […] Eso es lo que la ha hecho más simpática aún que sus mismas cualidades para el canto, y a eso se deben, en primer término, los triunfos artísticos que ha logrado y los aplausos que ha obtenido”.

Según el autor, el corazón de esta gitana es mucho más grande que su carácter, algo que, en su opinión, no encaja demasiado bien en “el valiente y vigoroso cuadro de la soleá”. Ella la sentía “a su modo, le daba el tinte peculiar de su sentimiento enteramente femenino, le imprimía el sello exclusivamente tierno de su alma y, sin destruir el estilo, lo convertía en el lenguaje propio de su corazón, lenguaje que no tenía la heroica fuerza de ese estilo ni su vigoroso empuje”.

Resulta “curioso”, por decirlo de manera suave, que Núñez de Prado insista en caracterizar a la soleá como un cante “varonil”, cuando algunas de sus más destacadas intérpretes han sido mujeres (pensemos en Merced la Serneta o Fernanda de Utrera).

Anilla la de Ronda en Mundo Grafico 1930

Anilla la de Ronda en Mundo Gráfico, 1930

En 1922, Federico García Lorca, en la conferencia que pronunció con motivo del Concurso de Cante Jondo de Granada, mencionó a Anilla la de Ronda como una de las grandes soleareras de la época. De hecho, éste es precisamente el palo en el que más destacó la cantaora, quien creó un estilo propio, hoy muy poco conocido, de “soleariyas” o soleares cortas. Una de las letras que más cantaba dice así:

“Estoy viviendo en el mundo
con la esperanza perdía
no es menester que me entierren
porque estoy enterrá en vía”

La simpatía y el duende de esta gitana cautivaron a grandes personalidades de todo tipo. Pastora Imperio insistió en conocerla personalmente y le regaló una bata de cola, y la reina Victoria Eugenia, además de invitarla a actuar en una fiesta privada de la familia real, la obsequió con un mantón de manila.

La estrella de la Semana Andaluza de Barcelona

En junio de 1930, convertida ya en “una vieja de cara curtida, andares de pato parsimonioso, con cierto contoneo aún de moza”, tal y como la describe José Benavides, Anita causó sensación en la Semana Andaluza, celebrada en el Pueblo Español de Barcelona con motivo de la Exposición Universal. Allí cantó y bailó acompañada a la guitarra por Ramón Montoya.

Una crónica periodística de la época dice de ella que “es muy graciosa; canta con mucho nervio, a pesar de su edad, y sus ocurrencias hacen reír. No se separa de la guitarra, en la que tiene pegados varios cromos religiosos. […] No cesa de beber, y durante el día ingiere de 15 a 20 copas de cazalla. El agua no la prueba, pues dice que sólo la usa para lavarse”.

El 24 de junio de 1930, la revista Estampa publica una entrevista a la cantaora, firmada por José Benavides, quien cuenta lo siguiente: “La casa donde vive Anita Maya, en Ronda, es un lugar de peregrinación. El Juez, el Alcalde, el boticario, el Registrador, damas de alta y baja alcurnia, todas desfilan por su vivienda, archivo de la sabiduría popular. Diariamente, desde Barcelona, se telegrafía al Secretario de Ronda, diciendo que la anciana gitana come bien, duerme poco y bebe mucho. También se telegrafía a los gitanos, que, impacientes ya, piden que regrese. Pero ella no quiere marcharse”.

Anilla la de Ronda

Anilla la de Ronda

Por boca de la propia Anita Amaya sabemos que en su juventud fue contrabandista de tabaco, y que tuvo amores con el torero Lagartijo: “Rafael Molina fue muy amigo mío, verdad. Pero el hijo que tengo no e del, ni del General Contreras. Se lo pedí yo a la Virgen de los Dolores, y me lo consedió. Créame, señorito de mi arma. Lo demá son crítica, chumba y eso…”

Con mucha gracia y desparpajo, la singular gitana relata varios episodios de su vida, que su interlocutor pone en tela de juicio, y dice algunos cantes por soleá, que José Benavides transcribe:

“Por donde quiera que voy
la gente me mira mucho:
¡la sombra dirá quién soy!”

“Manque toquen a rebato
las campanas del olvío
en mí no s’apaga el fuego
que tu queré ha ensendío.
¡Viva Ronda!
Reina de los sielos,
Flor d’Andalusía.
¡Quien no t’ha visto que se ponga aquí!”

Sin embargo, en esa misma época, varios diarios madrileños, como El Sol, La Voz y El Heraldo de Madrid, se hacen eco de una supuesta carta enviada por el alcalde de Ronda para protestar por las informaciones publicadas en los mencionados diarios catalanes, que coinciden en tachar de “españolada”. Así, por ejemplo, el 29 de junio de 1930, en El Sol puede leerse lo siguiente:

“Dicha mujer, no sólo no es reina de los gitanos -mal puede serlo de quienes no admiten tales jerarquías-, sino que carece de prestigio entre su gente y fuera de ella. Se trata de una antigua y azarosa ‘cantaora’ de flamenco de mínima solvencia, propia para públicos cerriles, que paseó su vida por los tugurios, lejos del arte. Sin duda, ahora la tal Anita Amaya se limita a evocar con cierta fantasía y falta de tacto tiempos que por suerte desaparecieron”.

Anilla la de Ronda

Anilla la de Ronda

Una mujer que ha dejado huella

A día de hoy, dado el tiempo transcurrido y la escasez de fuentes testimoniales que pudieran acreditar una u otra versión, es difícil determinar cuál de ellas encierra más verdad. De lo que no cabe duda es de que Anilla la de Ronda fue una mujer singular. Su personalidad y su arte no dejaron indiferentes a sus contemporáneos, e incluso han inspirado a artistas posteriores, como José Carlos Luna, quien la retrató en uno de los poemas de su libro El Cristo de los Gitanos (1942), o José María Tornay, que le dedica un romance.

“Su flácido pescuezo, de carne
de gallina,
que con polvos baratos blanquea
y enharina,
aún luce con descoco un collar
de colores,
que fue premio a su cante corto
por soleares,
y que un día Curro Durce,
destocado el pavero,
tras besar sus manos,
la puso en El Burrero”
José Carlos Luna

“Se conjuraban las musas
en noches de luna clara
cuando lloraban su llanto
las cuerdas de su guitarra
Sangre de fuego encendido
bordan sus dedos al alba
y la brisa se detiene
para entrar por su ventana.
Aniya, luz de bohemia,
mujer de miel y de rabia,
verano de sol ardiente,
linterna en la madrugada.
Por las esquinas del aire
retoza su voz quebrada,
mientras deslumbra la noche
la reina de las gitanas”
José María Tornay