Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

La odisea americana de Carmen Amaya: en el Maravillas de Buenos Aires (II)

Durante los siete meses ininterrumpidos que Carmen Amaya permaneció en el Teatro Maravillas, distintos artistas se fueron incorporando al programa. El 22 de enero de 1937 debutaron la cantaora y cancionista Anita Sevilla, y el trío formado por las bailaoras Pepita, Trinidad y Teresa Jiménez, a quienes la prensa denominaba indistintamente Gitanas del Sacromonte o Gitanas del Albaicín. La primera “cantó con un brío y simpatía singulares ‘Mi taranta’ […] ‘Jerrero der Sacromonte’, ‘Flor del romero’ y una ‘Saeta’”, que merecieron la ovación del público y le reportaron muy buenas críticas:

Anita Sevilla es más que una cancionista bien dotada. Es una expresión, simpatiquísima y garbosa, de la gitanería. Se luce especialmente en lo que ella canta, […] pero, además, le infunde una sensualidad, acentuada por los movimientos con que el cuerpo parece ayudar la emisión del sonido y acentuada también por la expresión de los ojos y la ancha sonrisa” (Crítica, 23-1-1937, 8).

Anita Sevilla le canta a Carmen Amaya (Crítica, 24-1-1937).

Anita Sevilla le canta a Carmen Amaya (Crítica, 24-1-1937).

Las hermanas granadinas “manifestaron al bailar unas bulerías su condición racial y su temperamento, pero no entusiasmaron mayormente”. Completaron el espectáculo la cancionista Ascensión Pastor, los mentalistas hermanos Marbel, las bailarinas Hermanas Vera al frente de un conjunto de coristas, el Chato de Valencia acompañado a la guitarra por el Pelao, y la reina indiscutible del elenco, Carmen Amaya, “cuyo fuego se transmite al público, que la aplaude frenéticamente” (ibidem).

Poco después fue contratado el guitarrista argentino Pedro Cerezo, que interpretaba un repertorio basado en el cancionero español, con obras de autores como Albéniz, Turina, Tárrega o Granados (Crítica, 3-2-1937, 10). El 5 de febrero se celebró una función extraordinaria para celebrar las cien representaciones del espectáculo y el extraordinario éxito de la “emperaora del baile cañí” (ibidem), que unas semanas más tarde debutó ante los micrófonos de la emisora Radio del Pueblo (Radiolandia, 13-2-1937, 18) y colaboró en un baile organizado en el Teatro Colón a beneficio de la Asistencia Pública (Caras y Caretas, 27-2-1937: 59).

Durante el mes de marzo siguieron incorporándose nuevas figuras en el elenco del Maravillas, como la pareja de baile formada por Rosario y Antonio, más conocidos como los Chavalillos Sevillanos; la cancionista Conchita Martínez, el humorista Manolo Vico, los bailarines excéntricos Hermanos Rubians y La Tirana, el funambulista Artinelli o los parodistas Machuca y Lopo (Crítica, 3-3-1937, 15).

Pepita, Trinidad y Teresa Jiménez (Crítica, 23-1-1937).

Pepita, Trinidad y Teresa Jiménez (Crítica, 23-1-1937).

Reunificación familiar

No obstante, para Carmen Amaya el desembarco más esperado sin duda fue el de su familia, que llegó el día once a bordo del vapor Campana, procedente de Marsella. Sus hermanos Antonia, Leonor y Antonio tenían previsto sumarse a la compañía del Maravillas, lo mismo que sus primos Juanillo y Pepita Amaya, que eran “toda una revelación en el arte del baile flamenco”. Sin embargo, su madre, Micaela Amaya, “no trabajará en el teatro “porque así han dispuesto sus hijos, pese a ser una consumada bailarina de gran vuelo entre la gitanería. Se presentará […] en el escenario del Maravillas a solo título de agradecer al público las demostraciones que se le tributan a su hija Carmen”. Tampoco se subirían a las tablas los tres hermanitos pequeños ni la prometida de Paco Amaya, Micaela Santiago (Crítica, 11-3-1937, 4).

Una vez reunida la familia completa, un periodista del diario Crítica visitó su domicilio y se encontró con una animada escena:

“Los seis hermanitos de Carmen Amaya, corretean por los patios y habitaciones como en terreno conquistado. Exploran el nuevo ambiente, curiosean la vereda, admiran los trajes de su hermanita ‘la estrella’, o chillan los más pequeños bajo la lluvia del cuarto de baño, mientras una hermana mayor los enjabona, los cepilla y los pule […]. Después, vestidos con minúsculos pijamas que evidentemente han salido de la misma pieza de tela azul, convertida en prendas de vestir de tamaños rigurosamente escalonados, por la casera industria de la matriarcal autoridad de la jefa de la familia, van a hacer compañía a los demás en sus incursiones por la nueva casa” (Crítica, 13-3-1937, 8).

Carmen Amaya junto a su madre, Micaela Amaya (Crítica, 13-3-1937).

Carmen Amaya junto a su madre, Micaela Amaya (Crítica, 13-3-1937).

La madre de las criaturas, de “magnífica estampa gitana […] desenvuelta, bien plantada” y con “su rostro moreno encuadrado en negrísima guedeja”, ponía el contrapunto al carácter nervioso e inquieto de Carmen. “Serena y callada […]. Los niños se ve que la consideran como la suprema autoridad de la familia. Un solo ademán suyo basta para cortar toda la bulla de los pequeños. Todos la adoran, […] pero, el cariño no excluye una fuerte dosis de respeto” (ibidem).

Las primeras palabras de Micaela fueron para su hija mayor: “Me complace el éxito de Carmencita. Pero no me sorprende. En la familia nadie nos ha enseñado a bailar, pero todos hemos bailado desde la infancia. Carmencita, baila desde los cuatro años de edad. Claro que desde entonces acá, ha aprendido algunas cosas nuevas…” (ibidem).

Después contó algunos detalles sobre el viaje y los últimos días pasados en España:

“En Barcelona se vivía con toda tranquilidad […]. Los teatros y los cines están llenos, la gente trabaja como siempre, y en la calle y en los paseos todo el mundo circula con toda naturalidad. […] En ningún momento tuvimos ninguna dificultad, y a nadie le faltó comida. […] Solamente a bordo, cuando estábamos embarcados ya, hemos chocado con eso de la comida. Usted se imagina, el buque era francés y nos servían unos platos tan complicados que muchas veces, los churumbeles y yo los dejábamos sin haberlos probado…” (ibidem).

La familia Amaya (Crítica, 13-3-1937).

La familia Amaya (Crítica, 13-3-1937).

La última parte de la conversación tuvo como protagonista a la benjamina del clan, que, a pesar de su corta edad, mostraba ya muy buenas dotes para la danza:

“– Aparte de los que ya conoce el público de Buenos Aires – preguntamos a Micaela Amaya – ¿tienen ustedes otros artistas en la familia?…
– ¡Claro está!… ¡Todos los somos! Yo no sé cuándo empecé a bailar; pero los churumbeles, puedo decir que ellos han aprendido a caminar bailando. Mire usted la pequeña…

‘La pequeña’ a la que se refiere Micaela, es la hermanita menor de Carmen Amaya. Todavía no ha cumplido los dos años. En ese momento, vestida con una corta camisita, está de espaldas a nosotros, mirando hacia el patio donde sus hermanos continúan sus interminables travesuras. Aprovechando ese momento de distracción de la niñita, Micaela, toma la guitarra y comienza a pulsar sus cuerdas. No han terminado de vibrar los primeros sones, y ya la pequeña, como obedeciendo a un conjuro, con los bracitos en alto, dándose vuelta con viveza, moviéndose con un garbo extraordinario, dibuja las primeras figuras de su fandanguillo…

– ¿Lo ven ustedes? – exclama la madre sonriendo –. Parece cosa de embrujo. Nadie se lo ha enseñado. ¡Cuando yo les digo que todos nacemos bailando!” (ibidem).

Las maravillas del Maravillas

El 9 de abril el diario Crítica publicó un reportaje a página completa titulado “Las maravillas del Maravillas”, ilustrado con fotografías de las principales figuras del espectáculo que constituía el “rotundo éxito del año 1937 […] alegría, tipismo, colorido, variedad y moralidad”. Una de las imágenes mostraba a Justo Ortega, bailarín y director artístico del elenco, acompañado por las “hermanas Vera y el lindo conjunto de segundas tiples, en el cuadro típico Mosaico valenciano, que constituye un acierto completo de luz y de color” (Crítica, 9-4-1937: 15).

Las maravillas del Teatro Maravillas (Crítica, 9-4-1937).

Las maravillas del Teatro Maravillas (Crítica, 9-4-1937).

En otra aparecía Conchita Martínez, “la supervedette de la canción andaluza que derrocha sin tasa los prodigios de su voz de timbre maravilloso y que electriza al público con el hechizo de su arte”; una artista que destaca por “sus espléndidas facultades de cantante” y por “el buen gusto en la elección de sus modelos”. También quedaron inmortalizados en la página del periódico “Artinelli, el extraordinario funambulista de las manos prodigiosas”; “Machuca y Lopo, dos perfectos imbéciles, que ni ellos saben lo que hacen, pero que hacen reír”; el trío formado por los hermanos Rubians y la Tirana, “graciosos y originales cómicos”; y Manolo Vico, “el ocurrente charlista que ameniza con su gracia los intermedios” (ibidem).

Mención especial merecieron Ascensión Pastor, “la aristócrata de la canción española, denominada, con verdadera justicia, la ‘cancionista de la voz de oro’”, que triunfaba con su repertorio internacional; Anita Sevilla, la “excepcional intérprete del cancionero gitano estilizado”; los Chavalillos Sevillanos, formidables ejecutantes de los “bailes clásicos gitanos y andaluces […] finos, elegantes, elásticos, que […] repiten una vez y otra sus bailes entre clamorosas ovaciones del público que los admira”; y la estrella máxima del espectáculo, Carmen Amaya, la “‘emperaora’ del baile ‘cañí’”, junto a “sus cuatro gitanos Francisco y José Amaya, ‘El Pelao’ y ‘El Chato de Valencia’” (ibidem).

Carmen Amaya y Los Chavalillos Sevillanos (Caras y Caretas, 27-2-1937).

Carmen Amaya y Los Chavalillos Sevillanos en el Teatro Colón de Buenos Aires(Caras y Caretas, 27-2-1937).

Nuevo programa

El 23 de abril se renovó completamente el programa del espectáculo, que quedó conformado por los siguientes números:

Nietas del Faraón, interpretado por Ascensión Pastor con la colaboración de Justo Ortega, las Hermanas Vera, Alonso y el coro de segundas tiples.
– Las canciones estilizadas Arenal de Sevilla, Placita de doña Elvira y Vete con los suyos, en la voz de Anita Sevilla.
Folías Canarias, número regional a cargo de Ascensión Pastor.
Seguidillas gitanas, La leyenda del beso y Sevilla de Albéniz, creaciones coreográficas de Los Chavalillos Sevillanos, “interpretadas con ajuste perfecto y brío inigualado”.
– Las canciones Juan León, Falsa Monea y Coplas del Burrero, dichas con “honda emotividad” por Conchita Martínez.
– El cuadro de ambiente taurino Ilusiones de chiquillo, a cargo de Ascensión Pastor, las Hermanas Vera, Alonso, el Chato de Valencia y el conjunto de segundas tiples.
Una fiesta en la Era, cuadro de ambiente gallego, por los mismos artistas, con el acompañamiento del cuadro de gaitas González y el costumbrista gallego Neira.
De Santa Cruz, “danza típica gitana del barrio brujo sevillano”, y Rumor andaluz, “baile clásico gitano de los Herreros Calés del Monte Pirolo”, por “la reina gitana Carmen Amaya”.
Gitanos Contrabandistas, cuadro final en el que tomaban parte Carmen Amaya, Ascensión Pastor, los Chavalillos Sevillanos, Conchita Martínez, el Chato de Valencia, Carmen España, las Hermanas Vera, José y Francisco Amaya, Sebastián Manzano, Justo Ortega, Alonso y el resto de la compañía (Crítica, 22-4-1937: 12; Crítica, 24-4-1937: 14).

Las hermanas Vera (Crítica, 30-1-1937).

Las hermanas Vera (Crítica, 30-1-1937).

Además de las mencionadas figuras, también actuó el guitarrista Rafael Soler; debutó la pareja de bailarinas españolas Villano-Vechas, con una “evocación del ambiente taurino […] cuyo sentido humorístico de buena ley fue calurosamente celebrado”; y se estrenó el sketch cómico Clínica Moderna Rubianol, creación de los Hermanos Rubians, en el que colaboraron la bailarina Tirana, Manolo Vico, Machuca y Lopo (ibidem).


La odisea americana de Carmen Amaya: en el Maravillas de Buenos Aires (I)

En los convulsos años de la Guerra Civil fueron muchos los artistas que dejaron España por motivos políticos, o con el afán de desarrollar sus carreras en un entorno de mayor libertad y prosperidad. Una de esas figuras fue Carmen Amaya, que a sus diecisiete años gozaba ya de una notabilidad bien ganada en los escenarios patrios e incluso había debutado en varios locales parisinos de la mano de su tía Juana Amaya y compartiendo escenario con la gran Raquel Meller.

Carmen Amaya (El Adelanto, 8-7-1936).

Carmen Amaya (El Adelanto, 8-7-1936).

La sublevación militar de julio de 1936 la sorprendió durante una gira realizada en compañía de su padre, su hermano Paco y el Pelao, junto a un elenco de variedades encabezado por Luisita Esteso, que actuó en Burgos, Segovia, Salamanca, Oviedo, Gijón y Valladolid entre otras ciudades. Según Francisco Hidalgo (2010: 84), Carmen y los suyos quedaron atrapados en la capital pucelana, y consiguieron llegar a Lisboa gracias a la intervención de Gerardo Esteban, locutor de Radio Valladolid, que les proporcionó la documentación y el medio de transporte necesarios para cruzar la frontera.

Tras pasar unos meses en la capital portuguesa, actuando en locales como el Café Arcadia, Antonio Fernández Álvarez les ofreció un contrato para actuar en Buenos Aires, que fue firmado por José Amaya en nombre de su hija. En el documento se designaba a Fernández como su “representante exclusivo en toda América”, y se establecía que este “percibiría el 10% del valor de todos los contratos que firmara a nombre de su representada” (Crítica, 24-7-1937: 6).

Llegada a Buenos Aires y debut

Carmen y sus guitarristas embarcaron en el transatlántico Monte Pascoal, que, tras hacer escala en Brasil, arribó al puerto de Buenos Aires en la mañana del 12 de diciembre de 1936. Unas horas más tarde el diario Crítica se hacía eco de su llegada, sin escatimar en fabulaciones sobre el origen de la bailaora, y recogía sus primeras declaraciones en tierra argentina:

“Carmen Amaya es una gitana granadina auténtica. Tan gitana es, que para no desmentir su vida llena de polvorientos caminos distintos, no sabe leer ni escribir, ‘ni falta que me hace’. […].

Viene en compañía de su hermano, de su padre y de un tío suyo, todos gitanos como ella, todos de la Granada romántica, sentimental y llena de ensueño, que la acompañan en calidad de guitarristas y que la enloquecen con la música que se le cuela en el alma y que la hace bailar sola […].

– ‘Si yo no pudiera bailar mis bailes, por razón alguna de impedimento –nos dice con un aire casi agresivo, en donde sus dientes parecen morder– me enfermaría” (12-11-1936: 7).

El transatlántico Monte Pascoal.

El transatlántico Monte Pascoal.

Esa misma noche debutaron en el Teatro Maravillas de la capital porteña. Abrió el espectáculo la orquesta dirigida por el maestro José María Palomo. La cancionista Ascensión Pastor entonó la nostálgica canción Una copla. Los hermanos Marbel realizaron varias experiencias de telequinesia y transmisión del pensamiento. Después se sucedieron otros números, como el de la cancionista y bailarina Carmen España, y cerró el programa la gran estrella del elenco:

“… la reina gitana Carmen Amaya, en cuya tersa piel de aceituna se mellan los cuchillos de plata de los focos y en cuyo cuerpo cimbreante y rotundo, minúsculo reloj de arena, regado por una sangre que no descansa, el tiempo se hace música y sueño y lágrima y desesperación y embriagadora locura. Carmen Amaya es una artista cabal y su sola presencia en el escenario del Maravillas justifica el espectáculo como la rama se justifica en la flor” (Crítica, 13-12-1936: 13).

Se obró el milagro

A pesar de los rigores del verano austral, que empujaron a los veraneantes hacia las playas y vaciaron los teatros bonaerenses, desde la noche de su debut y durante varios meses ininterrumpidos, la compañía de arte gitano de Carmen Amaya, “con un espectáculo abigarrado e improvisado, sin coherencia y sin recursos”, obró el milagro de “colmar la sala del Maravillas noche a noche y convertirla en un templo”. La artífice de ese milagro no fue otra que la propia Carmen, “que tiene el genio de la danza metido en la sangre y que es toda ella un movimiento puro tallado en la más prodigiosa música” (Crítica, 20-12-1936: 13).

Carmen Amaya (Democracia, 30-6-1937).

Carmen Amaya (Democracia, 30-6-1937).

Distintas personalidades cayeron rendidas ante el hechizo de su arte. El doctor Zaragüeta la comparó con la gran Pastora Imperio, “centelleante y gozosa”, y el poeta González Carbahio la consideró incluso superior a ella. “Todo da la impresión de que se improvisa, de que la danza fuera creándose y recreándose a cada instante sobre el tinglado y sin embargo, qué seguridad […] traduce cada uno de sus movimientos”, declaró. El dramaturgo Eichelbaum consideró plenamente justificados los más de veinte minutos de ovación con que el público premió sus sensacionales bailes (ibidem).

Entrevistada por J. de E. en el diario Crítica

Convertida en el fenómeno teatral de la temporada, la joven bailaora despertó un gran interés entre la prensa, que la entrevistó en varias ocasiones. Un periodista del diario Crítica que firma como J. de E la visitó en su camerino del Maravillas al terminar la función y recogió unas interesantes declaraciones. La primera parte de la conversación versó sobre el modo en que la artista entendía la danza y su proceso creativo:

“– Nada es bueno si se repite dos veces. Con el baile, sucede lo que con las palabras: se le ocurren a una, y las dice. Dos bailes, no los bailo yo dos veces del mismo modo. Lo único que sé cuando salgo a la escena es cómo debo empezar y terminar, unas figuras y unos pasos: nada más. Lo del medio, lo que va entre empezar y terminar, eso se me ocurre a mí en el momento…

Presumíamos esta contestación y no nos sorprende. El baile de Carmen Amaya es siempre un caso de auténtica inspiración, de perpetua creación, de florecimiento apasionado y sorprendente. […]

Carmen Amaya en su camerino del Maravillas (Caras y Caretas, 2-1-1937).

Carmen Amaya en su camerino del Maravillas (Caras y Caretas, 2-1-1937).

– ¿En qué piensa usted cuando baila?…
– ¿Les interesa eso?… Pues se lo diré con toda franqueza: no pienso en nada. Si pensara en algo, no podría bailar. La voz de las guitarras le entra a una en las carnes, y entonces todo cambia y se llena una de presentimientos y se va quedando sola, sola, cada vez más sola… Ustedes habrán observado tal vez que siempre miro hacia los lados. Buenos, eso no es figurería. Es que necesito sentirme sola cuando bailo. Si de pronto viera una cara de la gente del público, tendría que detenerme y empezar de nuevo. A veces siento que me voy demasiado lejos, y necesito hacer un gesto, una gracia cualquiera, algo que rompa ese estado…” (J. de E., Crítica, 27-12-1936: 13).

Al hilo de estas palabras de Carmen, el periodista hizo hincapié en la profundidad de su baile, cuyo significado va mucho más allá de lo que se aprecia a simple vista:

“Quienes solo hayan visto en las danzas de Carmen Amaya su juego exterior, la magnífica sucesión de ritmos y actitudes no habrán captado más que uno de los aspectos de su arte admirable. Pero el más interesante, el más profundo e inquietante es ese proceso de creación interior que se trasluce en su poderosa máscara y esa aura de fatalidad que crea en torno de la figura danzante, la ininterrumpida sucesión de gestos y ademanes que a veces pierden su simple condición de figuras de arte para asumir la categoría de un poderoso conjuro, saturado de terribles esencias gitanas” (ibidem).

José y Paco Amaya, y el Chato de Valencia (Caras y Caretas, 2-1-1937).

José y Paco Amaya, y el Chato de Valencia (Caras y Caretas, 2-1-1937).

En la segunda parte de la charla, bastante más distendida, la bailaora confesó su amor por el campo y los animales, y evocó los buenos momentos vividos en España junto a su hermano cuando ambos iban de caza: “él era el que tiraba; porque a mí, los animales me dan mucha lástima y no los podría matar. Pero, como digo, él tiraba y yo… ¡no se rían ustedes!… yo hacía de perro […] Soy el mejor perro de caza de todo el mundo… ¿verdad, tú?…” (ibidem).

Entrevistada por Agustín Remón en Caras y Caretas

Unos días más tarde fue Agustín Remón, de la revista Caras y Caretas, quien acudió al Teatro Maravillas para conocer a la estrella del momento. Entró en la sala cuando sonaban los primeros compases del Fandanguillo de Almería, una pieza que ya había sido interpretada por las mayores figuras del género, pero su escepticismo inicial poco a poco se fue tornando en admiración, y así lo relató:

Carmen Amaya es una gitanilla minúscula, delgaducha, fea a la distancia. Viste un llamativo traje andaluz de chaquetilla, muy a propósito para el público de París, Berlín o Londres, que tanto aprecian la españolada. Es tan chiquita la ‘bailaora’, que parece una criatura embutida en las ropas de una persona mayor…

Primeros pasos del fandanguillo, solemnes, hieráticos. Como en todas las bailarinas, aunque, naturalmente, por razones de estatura, en Carmen Amaya tiene el comienzo de esta danza el cincuenta por ciento de su acostumbrada solemnidad…

[…] ¿Ha crecido de golpe esta muchacha?

Su cuerpo, que nos parecía desmayado en su pequeñez, vibra y se estira felino, pero no con la felinidad de un gato mimoso, sino de un tigre elástico. Sus brazos, como dos látigos, fustigan los movimientos de las piernas enérgicas, azuzan las ondulaciones, ya suaves, ya bruscas, de sus caderas adolescentes. Y en su rostro, como en el de una poseída, lucen con extraño resplandor la angustia furiosa o la risa demoníaca.

El desbordante auditorio, sugestionado, enardecido, rompe en una ovación. Al fondo de la platea, los porteros aplauden también. Yo transpiro, mitad por la pesada atmósfera, mitad de deslumbramiento emocional” (Agustín Remón, Caras y Caretas, 2-1-1937: 4).

Carmen Amaya diciendo la buena ventura a Agustín Remón (Caras y Caretas, 2-1-1937).

Carmen Amaya diciendo la buena ventura a Agustín Remón (Caras y Caretas, 2-1-1937).

Como principal mérito de Carmen, Remón destacó la originalidad de su baile gitano, que no se parecía al de ninguna otra. “Esta gitana, toda temperamento e inspiración, no se sujeta a las enseñanzas de escuela alguna. Baila como canta el pájaro, o, mejor, como la fiera ruge. Sus movimientos rozan con frecuencia la epilepsia. En sus actitudes hay una salvaje altivez; en sus gestos, provocadores, la férrea inocencia de un ser primitivo” (ibidem).

Una vez concluido el espectáculo, Remón compartió un rato de charla con Carmen y sus guitarristas. La joven manifestó su tristeza por la ausencia de su madre, de quien no habían tenido noticias desde que la dejaron en Madrid cinco meses atrás; confesó su miedo a cruzar el mar y recordó algunos detalles de la travesía:

“– ¡Si la ‘probe’ supiera que estamos en Güenos Aires, a veinte días de viaje! [– exclamó José Amaya].
– ¡Le daba un patatús! – sentencia la extraordinaria bailarina.
– ¿Y eso? – interrogamos sorprendidos.
– Por ‘la mar’ que hemos tenío que atravesar – explica el padre –. Ustés se reirán. Pero a los gitanos no nos gusta ver tanta agua, ¡ea!
– ¿Así que enemigos de lo líquido? – bromeamos.
– ‘Asigún’ qué líquido – tercia ‘El Pelao’. – Si se trata de manzanilla… ¡Pero agua, y ‘salá’!

Ríen los gitanos, y nosotros con ellos. Pedimos a la danzarina sus impresiones del viaje.

– Todo bien a bordo, menos las comidas – nos dice –. Eso que comen los alemanes, no es pa nosotros, acostumbraos a los gazpachos y los brijones. Y ‘aluego’, lo que pasa después de una semana de viaje: que ‘too’ tiene igual gusto, lo mismo el arroz con leche que la ‘sarchicha’” (ibidem).

Carmen Amaya bailando la zambra, junto a su padre y su hermano (Caras y Caretas, 2-1-1937).

Carmen Amaya bailando la zambra, junto a su padre y su hermano (Caras y Caretas, 2-1-1937).

Antes de concluir la interviú, Carmen pidió un favor al periodista:

“– ¿Quieren ustés poner una cosa en los papeles?
Le aseguramos que lo haremos con gusto. Nos dice:
– Pues que quede bien aclarao que yo sé leer y ‘escrebir’, porque un periodista, muy amable, pero muy fantasioso, ha dicho que no sabía.
– Sabe ‘too’ eso, y hasta el francés – asegura el padre –. Claro, que mi niña, bailando desde los 4 años, no ha tenío mucho estudio, y no se pasa la vida leyendo libros.
– ¿Y para qué los voy a leer? –pregunta Carmen –. ¿Es que voy a terminar en ‘datilógrafa’? Pero hay gitanos y gitanos. Y nosotros no somos de los que van con un burro, mercando canastos y durmiendo bajo los puentes. Nosotros, y no es porque estemos delante, somos gitanos artistas. Mi padre ya lo era.
– Es verdad – ratifica el hombre. Y a nosotros, a nuestro arte, y a Carmen sobre todo, que es como la bandera de nuestra familia, se debe que el género ‘cañí’ haya pasao en España, de los colmaos y restaurantes de juerga, a los teatros de categoría. Allí, y en todas partes, ‘triunfemos’ por nuestros cabales…” (ibidem).

Referencias:

Hidalgo Gómez, Francisco: Carmen Amaya. La biografía, Barcelona, Carena, 2010.


La Trinitaria en tierras americanas (y IV)

El 20 de enero de 1930 la troupe de La copla andaluza regresó a Buenos Aires, donde aún podía hablarse de una auténtica “epidemia de ‘flamenquismo’” que había llevado al Teatro Avenida a ofrecer audiciones fonográficas de música flamenca en los entreactos de las funciones de zarzuela.

Es más, ya se anunciaba la reposición de la obra prevista para el mes de marzo, con nuevas incorporaciones (Crítica, 22-1-1930). De hecho, el administrador del coliseo, Paco Meana, había viajado a Madrid a principios de año para gestionar la contratación de artistas y la concesión en exclusiva de los derechos de representación de la nueva pieza de Quintero y Guillén, El alma de la copla.

Angelillo (La Voz de Aragón, 7-6-1929).

Angelillo (La Voz de Aragón, 7-6-1929).

Entre el cinco y el seis de marzo arribaron al puerto de Buenos Aires los cantaores El Canario de la Voz de Oro y Ángel Sampedro, ‘Angelillo’, y el guitarrista Manuel Martell, que integrarían el cuadro flamenco en esa nueva temporada junto con la Trinitaria, Jesús Perosanz, Francisco Valls ‘el Americano’, el Niño del Museo y Alfonso Aguilera, además de las bailaoras Paquita Reixarch, Julia, Emilia y Amanda Pastrana.

El reparto dramático de la compañía estaba formado por las actrices “Teresa Serrador, Luz Barrilaro, Mercedes Mauri, María Monterde, Julia Palmada, Alcira Asencio, Ángeles García, Elvira Suárez, Teresa Santander, Ángeles Haro, Elvira Sanmiguel, Sara Ruiz y María Navarro”, y los actores “Vicente Mauri y Manuel París (ambos primeros actores y directores), Juan Catalá, José Palmada, Rafael Gallego, Guillermo Amodeo, Luis Argudín, Arturo Salvador, Ramón Tena, Rogelio González y Enrique Senisterre” (id., 3-3-1930).

La copla andaluza regresó a las tablas del Avenida el 12 de marzo y volvió a constituir un “éxito popular”. Todos los artistas recibieron grandes elogios, especialmente Jesús Perosanz, de nuevo en el papel protagonista, que “logró calurosas demostraciones […] de entusiasmo y aplauso que alcanzaron su grado máximo en la escena del desafío y en el cuadro de los gitanos, en los que hicieron su presentación los cantaores ‘El Americano’ de fino estilo y agradable voz y ‘Canario’ buen intérprete del canto popular andaluz”. También merecieron especial mención “la ‘cantaora’ ‘La Trinitaria’ y los guitarristas Martell –un excelente artista– y Alfonso Aguilera” (id., 13-3-1930).

Fotograma de la película La copla andaluza (Crítica, 18-8-1930).

Fotograma de la película La copla andaluza (Crítica, 18-8-1930).

El veinte de marzo debutó Angelillo, que produjo “una impresión excelente” en el público y fue “objeto de entusiasta acogida, por cierto justificada, ya que […] domina con gran facilidad todos los estilos del ‘cante jondo’ y posee también una simpatía juvenil que impresiona favorablemente. […] fue aplaudido y ‘jaleado’ ruidosamente al cantar por ‘fandanguillos’, ‘medias granaínas’ y ‘caracoles’” (id., 21-3-1930).

El once de abril, para celebrar las doscientas representaciones de la obra, se organizó una función extraordinaria rematada por un concierto de cante jondo a cargo de Jesús Perosanz, Angelillo, el Americano, la Trinitaria y el Canario, acompañados por las guitarras de Aguilera y Martell, programa que se repitió un mes más tarde con motivo de las doscientas cincuenta funciones (id., 11-4-1930; 5-5-1930). Asimismo, a finales de abril se estrenó en el mismo coliseo la película sonora El alma de la copla, en cuyos cuadros animados intervinieron todos los cantaores y el resto de miembros de la compañía (id., 29-4-1930).

El nueve de mayo se celebró una velada de honor a beneficio de Angelillo que, para la ocasión, interpretó el papel protagonista de la obra. Tras la representación se ofreció un concierto de cante flamenco con el siguiente programa: “‘El Americano’: Seguidillas, tarantas, fandangos. ‘El Canario’: Malagueñas, tarantas, verdiales. ‘La Trinitaria’: tientos y tarantas. Perosanz: granaínas, tarantas y fandanguillos. Cerrará el espectáculo ‘Angelillo’, que cantará por todos los estilos del flamenquismo” (id., 9-5-1930). Nótese el protagonismo de la taranta en el repertorio elegido por los distintos intérpretes.

El catorce de mayo se despidieron Vicente Mauri y el Canario, que regresaron a España, y el quince se llevó a escena por primera vez en el Avenida la obra El alma de la copla, también de Quintero y Guillén, con el debut del actor Manuel París –nuevo director de la compañía– y el cantaor Guerrita (id., 12-5-1930). Al decir de la crítica, en esta nueva comedia lírica, que retomaba el argumento de la anterior, los autores dieron “preponderancia a la acción teatral sobre los efectismos de ambiente y colorido”, y las canciones populares andaluzas se intercalaron en la trama con menor profusión, lo cual no fue óbice para el lucimiento de los artistas flamencos:

Anuncio de El alma de la copla (Crítica, 11-5-1930).

Anuncio de El alma de la copla (Crítica, 11-5-1930).

“Dos ‘cantaores’ de gran prestigio, Angelillo y Guerrita, tuvieron directa intervención en las escenas de ‘El alma de la copla’. El último de los citados hizo […] que desbordara el entusiasmo del […] público, por el estilo personal que puso de manifiesto al cantar los fandanguillos, tarantas y seguirillas con voz de agradable timbre que el artista domina fácilmente. Angelillo logró un nuevo triunfo digno de ser destacado y a la Trinitaria se le aplaudió calurosamente su breve intervención” (id., 16-5-1930).

“En ‘El alma de la copla’ el cantar ocupa el segundo plano en la desenvuelta y ágil realización escénica, sin dejar por ello de ser el primero. Sabiamente distribuido, en dosis acertadas y penetrantes […].

Salpimentada la obra con la atribulada garganta de la Trinitaria, con el rasgueo sonoro de la guitarra, en manos de Aguilera y con el repiqueteo jactancioso de las bailaoras, no es extraño ni excesivo decir que la nueva obra […] doblará en éxito y popularidad a la anterior” (id., 21-5-1930).

El veinticinco de mayo, con motivo del Día de la Patria, el Teatro Colón de Buenos Aires ofreció una función de gala con un programa compuesto por varios fragmentos de piezas líricas y un fin de fiesta a cargo de un gran cuadro andaluz de cantes y bailes compuesto por Guerrita, Angelillo, Jesús Perosanz, la Trinitaria, Paquita Reixach, Manuel Martell y Alfonso Aguilera, cedidos por el Avenida para la ocasión (id., 25-5-1930).

El dos de junio La copla andaluza regresó al cartel en alternancia con El alma de la copla, y el día nueve se despidió Angelillo en una función extraordinaria rematada por un concierto de cante jondo a cargo del homenajeado y de Guerrita, el Americano, la Trinitaria, Aguilera y Martell. Tras la marcha del cantaor madrileño, Perosanz y Guerrita se repartieron los papeles principales de ambas obras (id., 9-6-1930).

Anuncio de El alma de la copla (Crítica, 18-6-1930).

Anuncio de El alma de la copla (Crítica, 18-6-1930).

Sin embargo, a pesar del éxito inicial, la segunda obra de Quintero y Guillén no logró mantener vivo durante mucho tiempo el entusiasmo de los espectadores porteños, tal y como auguró Juan Aréu desde las páginas de la revista Levante Agrario:

“En el Avenida se están oyendo ‘jipíos’, a teatro lleno, desde hace seis meses. ‘La copla andaluza’ ha sido un éxito sin precedentes en compañías españolas […] los aficionados al cante jondo, atraídos por los virtuosos de este arte, han desbordado sus entusiasmos durante más de 200 días. ¡Olé! ¡¡Olé!! y ¡¡¡Olé!!! Se han vertido lágrimas de la más pura emoción y ha habido que sujetar a algunos para que no se arrojasen desde las galerías. Ahora se intenta continuar la serie con ‘El alma de la copla’; pero, como la mayor parte de los aficionados han quedado afónicos y exhaustos, sentimos vaticinar que habrán de cambiar de disco” (20-6-1930).

El veintiocho de junio se agasajó al cantaor Guerrita con una función de beneficio y despedida en la que, amén de representar el papel protagonista de El alma de la copla, interpretó varios números de cante flamenco en un concierto en el que también intervinieron Jesús Perosanz y la Trinitaria. La temporada finalizó el día veintinueve y poco después la compañía emprendió una nueva gira por el interior del país, con parte de su elenco renovado (Crítica, 28-6-1930).

Anuncio de El alma de la copla (Crítica, 6-7-1930).

Anuncio de El alma de la copla (Crítica, 6-7-1930).


La Trinitaria en tierras americanas (III)

Tras su exitosa presentación en Montevideo, a finales de octubre de 1929 la compañía de Vicente Mauri llegó a la ciudad argentina de Rosario, contratada por uno de los empresarios del Teatro de la Comedia, Luis Bravo. Allí debutó el día 30 con “éxito rotundo”, ante un público en el que “predominaba la colectividad española” y, especialmente, la andaluza:

“La nota simpática de la noche la dieron los espectadores de las localidades altas, que con sus frecuentes exclamaciones, gritos, palmas, jaleos, etc., interrumpían de vez en cuando a los cantores en la imposibilidad ya de contener el entusiasmo que éstos despertaban en sus corazones.

Al cantar la saeta La Trinitaria oímos un ‘Dios mío’!! que era un quejido de angustia más que una incitación; algunos otros, con la gracia característica de los andaluces, tenían expresiones la mar de ingeniosas y pintorescas: los ‘olé’ y ‘a mi madre’, ‘benditos sean mis mueltos’, ‘eres más grande que la Catedrá’, ‘bonito eres, chavea’, y demás cosas de ese jaez abundaron durante la representación, y si a algunos molestaban estas interrupciones a otros les causaban hilaridad y a los más simpatía, pues eran la sincera excepción de un entusiasmo que fuera injusto censurar en quienes, a tanta distancia de su tierra, ven en suelo extranjero una manifestación tan pura del arte que es su mayor pasión” (Democracia, 31-10-1929).

Teresa Serrador y Jesús Perosanz en La copla andaluza (Crítica, 2-9-1929).

Teresa Serrador y Jesús Perosanz en La copla andaluza (Crítica, 2-9-1929).

Justo después del estreno, el cronista del diario Democracia, que se declaraba profano en materia de cante jondo aunque afirmaba que “le gusta con locura”, tuvo palabras de elogio para todos los componentes del cuadro flamenco:

“[…] pudo apreciar la potencia vocal de Perosanz, el gusto exquisito del Chato Valencia, los filigranas estupendos (sic) del Niño de Caravaca, y la formidable maestría de La Trinitaria, que bien justifica la fama que la precedía y hace lamentar que su escasa intervención le reste oportunidades de triunfar más ampliamente.

Aguilera es un guitarrista de raro dominio en tal difícil instrumento y Lola La Gitana una bailarina de una figura bella, una euritmia prodigiosa y una elegancia formidable. Anoche en unas bulerías se ganó una ovación rotunda, interpretando luego un baile de conjunto que gustó muchísimo. En él advertimos la intervención de una chica argentina llamada Teresita Santander, que bailó con insospechada corrección eso que tan profundamente difiere de sus antiguas danzas de bataclana.
Bien La Ecijana y demás ‘bailaoras’, y muy aplaudido Manolo Fernández […].

La copla andaluza’ ha gustado plenamente” (31-10-1929).

El dos de noviembre el Chato de Valencia finalizó su actuación en La copla andaluza, una vez cumplido su contrato, y unos días más tarde debutó en el Teatro San Martín de Buenos Aires con una obra titulada La Exposición de Sevilla, en la que compartía cartel con la bailaora Soleá la Mejorana (Crítica, 30-10-1929). Fue sustituido por El Americano.

Encarnación Cabello, la Trinitaria (Democracia, 15-11-1929).

Encarnación Cabello, la Trinitaria (Democracia, 15-11-1929).

La comedia de Quintero y Guillén, que permaneció diecinueve días en cartel en el Teatro de la Comedia de Rosario, fue considerada “el éxito del año” (id., 1-11-1929). El gran entusiasmo despertado en el público por los artistas de lo jondo llevó a la compañía a ofrecer una fiesta flamenca el trece de noviembre, con el siguiente programa:

“… la aplaudida intérprete del ‘cante jondo’ La Trinitaria cantará fandanguillos y bulerías acompañada por el notable guitarrista Alonso (sic) Aguilera, Jesús Perosanz cantará seguidillas y tarantas acompañado por el guitarrista Enrique C. García, que está radicado entre nosotros desde hace algún tiempo, y bailarán danzas típicas andaluzas Lola La Gitana, Soledad Pacheco, La Ecijana y Manolo Fernández” (id., 11-11-1929).

A fin de mostrar su gratitud a la colonia española de Rosario por su excelente acogida, la empresa del Teatro de la Comedia organizó una visita de los artistas flamencos al Hospital Español, para “llevar a los enfermos -españoles en su totalidad- una sensación de la tierra lejana” (id., 7-11-1929).

“Gentilmente atendidos por los miembros de la C. D. del benemérito establecimiento, señores Ángel García y José Castromil, visitaron los artistas y empresarios todas las dependencias de la casa, que suscitaron frases de admiración de sus comodidades, confort e higiene.

La Trinitaria, las bailarinas Lola La Gitana, Soledad Pacheco, La Ecijana, y la Naldi, Perosanz, Niño de Caravaca, El Americano, el guitarrista Aguilera y Manolo Fernández ofrecieron luego una representación a los enfermos siendo clamorosamente aplaudidos, y a continuación las autoridades del Hospital descorcharon en su honor algunas botellas de vino de la tierra” (id., 14-11-1929).

Alfonso Aguilera (Democracia, 15-11-1929).

Alfonso Aguilera (Democracia, 15-11-1929).

Durante su estancia en Rosario, Encarnación Cabello recibió especial atención por parte de la prensa local, que la calificó de “eximia artista del canto flamenco” (id., 23-11-1929), publicó en varias ocasiones su fotografía y se interesó por su estado de buena esperanza:

“No es para nadie un secreto que La Trinitaria, la notable artista que en ‘La copla andaluza’ da realce al espectáculo con sus canciones, está a punto de ser madre.

Pues bien: asegura la simpática y aplaudida intérprete del ‘cante jondo’ que su hijo será criollo. Córdoba, la ciudad austera de la universidad, la catedral y el claustro, será, según sus cálculos, la cuna de su hijo, que quiera Dios salga un ‘cantaor’ de buena ley” (id., 9-11-1929).

En otro artículo, también publicado en el diario Democracia, compartió protagonismo con su compañero artístico y sentimental, el tocaor Alfonso Aguilera:

“Dos artistas flamencos de pura cepa: La Trinitaria y Aguilera

No cabe duda de que los varios millares de personas que han desfilado por La Comedia para solazar su espíritu con las escenas típicas y populares de ‘La copla andaluza’ han salido ampliamente satisfechos de la actuación de los artistas del cuadro flamenco.

Son éstos, cada uno en lo suyo, una notabilidad. […]

No obstante, hay entre ellos dos artistas de ley que son flamencos […] La Trinitaria y Alfonso Aguilera.

Ella, esa mujercita menuda, graciosa, de cara sugestiva y ojos pequeños de un fulgor de azabache, es una intérprete formidable de las coplas de Andalucía. Cantando las saetas sabe dar a su acento la calidad de la emoción religiosa, y, al perforar con ellas el silencio les imprime su verdadero significado, esto es, el de la plegaria que eleva al cielo quien, no sabiendo rezar, canta con unción. […]

Jesús Perosanz (Democracia, 15-1-1930).

Jesús Perosanz (Democracia, 15-1-1930).

La Trinitaria no ha podido ofrecer en esta temporada todo el caudal de su arte. Impide su actuación triunfadora de siempre su estado, que si bien nos evitó admirarla como artista nos permite venerarla como mujer. Está a punto de ser madre y no puede en escena lucir sus facultades ampliamente. Enhorabuena, si lo que se lo evita es la más sagrada de las deformidades.

Alfonso Aguilera es un artista exquisito. El público -lamentablemente- no lo conoce más que como guitarrero, pero podemos afirmar que como ‘cantor’ es el más estupendo que hemos conocido. Aguilera sufre una leve afonía de origen bronquial que ha puesto sordina en su garganta, pero interpretando las canciones populares en rueda de amigos, en reuniones nocherniegas, en ‘petit comité’, es el amo.

‘De casta le viene al galgo…’, dice el refrán, y no ha fallado esta vez la sabiduría popular de los adagios. Aguilera es sobrino del famoso ‘Cojo de Málaga’, del gran artista de las tarantas, los fandanguillos y las granadinas, y ha heredado de éste la comprensión, el sentimiento, el estilo inimitable.

Si Aguilera es un mago tocando la guitarra, cantando coplas no tiene rival” (id., 15-11-1929).

El diecisiete de noviembre la compañía de La copla andaluza recibió la cariñosa despedida del público rosarino y al día siguiente puso rumbo a la ciudad de Córdoba para actuar en el Cine-Teatro Capitol. La gira también les llevó a Río Cuarto, Mendoza, San Juan y Santiago de Chile. Allí los sitúa la prensa actuando en el Teatro Santiago los primeros días del año 1930 (Crítica, 2-10-1929; La Nación, 1-1-1930).


La Trinitaria en tierras americanas (II)

La copla andaluza permaneció en el Teatro Avenida de Buenos Aires hasta el mes de octubre y constituyó un éxito sin precedentes. En los primeros doce días de representación, con el coliseo siempre lleno, se recaudaron setenta mil pesos argentinos y después de un mes los ingresos en taquilla ascendían a ciento cincuenta mil (Crítica, 15-8-1929; 4-9-1929). La prensa porteña dio una amplia cobertura al espectáculo y destacó, especialmente, la labor de los artistas flamencos y la gran emoción que sus coplas transmitían al auditorio:

“‘La copla andaluza’, más que una comedia lírica popular, como la han denominado sus autores, es un convencional armazón escénico, confeccionado exclusivamente para que se lucieran los intérpretes del ‘cante jondo’, en esta ocasión la Trinitaria, Perosanz, Chato de Valencia, Niño de Caravaca y el guitarrista Aguilera, todos ellos verdaderos astros en la flamenca materia” (Caras y Caretas, 17-8-1929).

“Desde el día del estreno de ‘La copla andaluza’ fue el general comentario la calidad del mismo y los nombres de los ‘ases’ del ‘cante jondo’ Jesús Perosanz, Chato Valencia, La Trinitaria y Niño de Caravaca se hicieron pronto populares. Cada uno de ellos por su estilo propio para entonar las canciones flamencas, o por el timbre de su voz, logró imponerse y triunfar ante el público porteño, éxito que compartió el guitarrista Aguilera” (Crítica, 2-10-1929).

“Ha tenido ‘La copla andaluza’ en nuestro medio, la virtud de despertar un interés inusitado por las canciones populares del Sur de España. El espectador que acude a presenciar el espectáculo del Avenida, sale, en mayor o menor grado, atacado de ‘flamenquería’ y entona ‘in mente’, ya que no es fácil repetir de viva voz los ‘jipíos’ y alardes de facultades de que hacen gala los ‘cantaores’, las coplas, fandanguillos, granaínas, tarantas y ‘soleares’” (id., 4-9-1929).

La Trinitaria y Alfonso Aguilera (Crítica, 4-10-1929).

La Trinitaria y Alfonso Aguilera (Crítica, 4-10-1929).

En declaraciones al diario Crítica, Jesús Perosanz y el Chato de Valencia manifestaron su sorpresa y satisfacción por la extraordinaria acogida del público porteño:

[Afirma Perosanz] – Ya ven, cómo gusta esto. Más que en Madrid. Camará, y qué afición hay por acá a estas cosas. ¡Si no podemos andar por las calles! Todos nos miran y nos conocen y se ve que les gusta el cante. En España hay afición, pero aquí hay curiosidad y entusiasmo y todos quieren cantar y… claro… no cantan, esto es muy difícil… ¿verdad, Chato?

El cantaor gitano Chato de Valencia interviene en la charla:
– Yo creo que es difisi… má difisi que curá pol trigermino ese del meico ese… Pero é mu bonito y se apega al gusto e la gente… A mí me traen de caeza tos los señoritos de acá y me yevan de juerga y no me canso e cantá, y ellos de jaleá…
Pero es difisi ‘chavó’, si é difisi…”  (ibidem).

El veintisiete de septiembre se alcanzaron las cien funciones consecutivas de La copla andaluza en el Teatro Avenida y, para celebrarlo, se ofreció un gran concierto flamenco con el siguiente programa:

“Cante jondo por La Trinitaria. Aires de Granada, bailes por las Hermanas Arias. Vidalitas flamencas y cartageneras por El Niño de Caravaca. Farruca cañí bailable por Lolita Beltrán. Los Caracoles y Medias Granaínas por El Chato de Valencia. Seguidillas gitanas y tarantas por Perosanz. Acompañamientos de guitarra por Aguilera y Niño Almería” (id., 26-9-1929).

Jesús Perosanz (El Mundo, Puerto Rico, 26-2-1938)

Jesús Perosanz (El Mundo, Puerto Rico, 26-2-1938).

Asimismo, la empresa agasajó a sus amigos con una fiesta celebrada en el mismo coliseo:

“En el escenario se tendió una mesa donde los concurrentes, en su mayor parte gente de prensa y de teatro, hicieron honor al oloroso manzanilla y a las masas de una confitería vecina y catalana para más señas. A una indicación de las chicas del cuerpo de baile, el maestro Palacios accedió gentilmente a ejecutar una tanda de chotis, pasacalles y tangos, donde el celebrado director de orquesta hubo de realizar verdaderos prodigios, pues el pianito […] está como para que lo jubilen inmediatamente.

El buen humor fue la nota característica de esta agradable velada” (El Correo de Galicia, 29-9-1929).

El cuatro de octubre se celebró una función de honor a beneficio de Jesús Perosanz y el Chato de Valencia, que consistió en un acto de concierto a cargo de todos los cantaores de la compañía con un programa compuesto por “canciones típicas, soleares y tarantas, seguiriyas gitanas, asturianas por bulerías y milongas y medias granaínas” (Crítica, 4-10-1929). Dos días más tarde, cuando se alcanzaron las 114 representaciones, se ofreció un nuevo “gran acto de concierto flamenco”, con “cantos típicos gitanos por La Trinitaria; soleares y tarantas por el Niño de Caravaca; seguiriyas gitanas y asturianas por bulerías, por el Chato de Valencia. Milongas y medias granaínas por Perosanz. Bailes por [Lolita] Beltrán y acompañamiento de guitarra por Aguilera” (id., 6-10-1929).

El Niño de Caravaca (Crítica, 4-10-1929).

El Niño de Caravaca (Crítica, 4-10-1929).

También da fe del interés despertado por la obra de Quintero y Guillén la serie de artículos publicados en el diario Crítica por José Gabriel bajo la rúbrica “La nave velera”. En uno de ellos manifiesta que, a pesar de no considerarse entendido en la materia, en su opinión La copla andaluza constituye “el acontecimiento musical del año en Buenos Aires”. La define como una “mala comedia”, representada por “unos actores que no han querido ser buenos”, mas no exenta de grandeza, y esta reside precisamente en la autenticidad de las coplas que se interpretan:

«El ‘cante hondo’ que conocíamos (incluso el del Mochuelo, incluso el de la Niña de los Peines y otros análogos) no dejaba de ser andaluz, desde luego; pero era, más bien, un canto andaluz de ciudad, es decir, un canto ya ligeramente desvirtuado en su genio; era, diría, un andaluz vestido en Madrid. El ‘cante hondo’ real es otra cosa; el ‘cante hondo’ que la Trinitaria y Perosanz y el Niño de Caravaca y el Chato Valencia nos ofrecen en ‘La copla andaluza’, es algo más genial, más profundo, más incisivo y más artístico también […] es una de las más formidables creaciones artísticas del mundo” (Crítica, 9-10-1929).

Unos días más tarde, defiende la dignidad artística de los cantaores de flamenco, si bien resta valor a la interpretación de la Trinitaria, por considerar que en las voces femeninas el flamenco pierde jondura:

“Sé que un cantante del Colón se asombró oyendo a los ‘cantaores’ de ‘La copla’. Lo que me asombraría es que no se asombrasen todos los músicos del mundo […]. Debería bastar, por consiguiente, oírle a Perosanz una copla, para reconocer la presencia de un gran cantante, un cantante soberbio, prescindiendo ahora de que cante flamenco u ópera italiana. ¿Porqué (sic) todavía no basta oírlo? ¿Porqué (sic) debe subrayarse, como cosa extraordinaria, el asombro de un cantante de escuela? Porque Perosanz y sus compañeros no son cantantes, son ‘cantaores’, y nadie cree aún que un ‘cantaor’ pueda ser un artista tan excelso como un cantante. […]

No puedo hablar especialmente de la Trinitaria: aunque se ve que domina el paño, canta poco en la obra, y aquello poco que canta es más bien rito que arte (una saeta, lo mejor); por lo demás, la ejecución femenina resta hondura al canto flamenco…” (id., 12-10-1929).

Caricatura de Vicente Mauri (Crítica, 8-9-1929).

Caricatura de Vicente Mauri (Crítica, 8-9-1929).

En un artículo posterior, abunda en el carácter genuino y racial de los intérpretes:

“Más de cien veces consecutivas acaba de representarse en el teatro Avenida ‘La copla andaluza’, donde cantaron como ángeles la Trinitaria, gitana auténtica, con toda la fea hermosura de la autenticidad; Perosanz, mozo de raza y de escuela, a la vez; el Chato Valencia, muchachón de pura raza, y el Niño Caravaca, muchacho de una incipiencia racial y académica inquietante…” (id., 15-10-1929).

La primera temporada de La copla andaluza en el Teatro Avenida de Buenos Aires finalizó el catorce de octubre con una función a beneficio de todos los artistas por gentileza de Enrique Díaz Argüelles, empresario del coliseo, que a continuación emprendió una gira con la compañía por distintas ciudades latinoamericanas. El primer destino fue Montevideo. Allí ofrecieron una serie de representaciones entre el dieciséis y el veintisiete de ese mes (id., 2-10-1929) en el Teatro Urquiza, donde también recibieron elogiosas críticas:

“La compañía […] es una verdadera manifestación del arte en el amplio sentido de la palabra.

No se trata de un conjunto de artistas de variedades ni de una agrupación de las que se forman para el negocio ‘en las Américas’. Por el contrario, se expone en el escenario del teatro Urquiza una manifestación legítima del arte andaluz, surgida a plena luz, cantantes legítimos, depositarios de una tradición sagrada […].

Las coplas que surgen como bramidos de celos, como llamados de amor o saetas de odio, desde el tablado del Urquiza, son coplas breves que traducen en pocas líneas un drama pasional” (El Correo de Galicia, 20-10-1929).

El Chato de Valencia junto al empresario Dámaso Sierra (Crítica, 4-11-1929).

El Chato de Valencia junto al empresario Dámaso Sierra (Crítica, 4-11-1929).