Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

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Su majestad, Pastora Imperio (IV): génesis de ‘El amor brujo’

En febrero de 1915 el filme La danza fatal fue estrenado en el Cine Cataluña de Barcelona y pasó después a la cartelera de ciudades como Reus, Tortosa y Palma de Mallorca. La crítica destacó el buen hacer de “la justamente celebrada Pastora Imperio, cuya labor artística cautiva al espectador. La gracia de sus movimientos, su gesto y sus miradas llenas de pasión embelesan” (1). También merecieron elogios los catorce trajes que lucía en la cinta, “a cuál más elegante y de mejor gusto” (2).

Pastora Imperio y Domenec Ceret en un fotograma de La danza fatal (1914). Filmoteca de Cataluña.

Pastora Imperio y Domènec Ceret en un fotograma de La danza fatal (1914). Filmoteca de Cataluña.

A finales de marzo la bailaora interrumpió su temporada en el Teatro Lara para disfrutar de la Semana Santa y la Feria de Abril de Sevilla, y a su regreso se sumergió de lleno en los ensayos de la obra que constituiría uno de los grandes hitos de su carrera –y de la música española del siglo XX–, El amor brujo. Se trataba de un apropósito musical en dos cuadros compuesto expresamente para la Imperio por Manuel de Falla, con libreto de María de la O Lejárraga, aunque firmado por su marido, Gregorio Martínez Sierra, que se ocupó de la puesta en escena.

Según la escritora, fueron ella misma y su esposo, conocedores de la precaria situación económica que atravesaba su amigo, quienes lo animaron a embarcarse en esta aventura, que podría reportarle unas buenas pesetas. No les resultó fácil convencerlo:

“Habíamos pensado que yo escribiese unas cuantas coplas de estilo gitano y que Falla les pusiese música no demasiado ardua para que pudiese cantarlas decorosamente una cupletista que gozase del favor del público, entremezclándolas con unas cuantas danzas gitanas también. ‘Gitanería’ había de llamarse el cuadro, y nos lanzamos a la tarea, aunque a Falla, por sus escrúpulos de conciencia, costó bastante esfuerzo decidirle a componer para el pecaminoso ‘antro’ de un palco escénico” (3).

Manuel de Falla

Manuel de Falla

No obstante, tanto la libretista como el músico terminaron entusiasmándose con su trabajo y lo que pretendía ser una simple sucesión de coplas acompañadas por una guitarra, “se transformó en un cuadro lírico y alcanzó la extensión de un acto normal de comedia” (id.). La bailaora fue partícipe del proceso creativo, según su propio testimonio:

“Yo vivía en la calle de Velázquez.
Eran los años atormentados de Falla, cuando vivía en la calle de Lagasca obsesionado por los ruidos de la ciudad, que no le dejaban trabajar. […]
Falla venía por las tardes a mi casa y se sentaba al piano. Allí compuso la mayor parte de los motivos de ‘El amor brujo’” (4).

Durante esos encuentros, tanto Pastora como su madre, Rosario la Mejorana, narraron leyendas y cuentos gitanos, y entonaron “soleares y seguiriyas, polos y martinetes, de los cuales [el compositor] captó ‘la almendrilla’, […] la esencia de la música andaluza, y entonces se dio de lleno a la tarea hasta terminar la obra en un tiempo brevísimo” (5). El aspecto empresarial corrió a cargo de Martínez Sierra, que no escatimó en gastos a fin de conseguir una espléndida puesta en escena:

“Estaba por entonces en la madurez de un óptimo verano la excelsa ‘bailaora’ Pastora Imperio, […] escultura viva y perfecta que, al moverse, vencía arrollando […]. Ella fue la intérprete que Martínez Sierra designó y aseguró para El amor brujo, rodeándola de selecto grupo de lindas gitanillas. Y para encuadrar la obra y crear el ambiente, encargó decoraciones y figurines al malogrado pintor canario Néstor, mago del color imposible y de la luz fantasmagórica” (6).

Pastora Imperio (Archivo PARES. Ministerio de Cultura y Deporte).

Pastora Imperio (Archivo PARES. Ministerio de Cultura y Deporte).

La orquestación de la partitura, ideada para diecisiete instrumentos de cuerda y madera más un piano, fue ultimada por Falla y Lejárraga durante la Semana Santa de 1915 en una humilde pensión granadina. Así describe María su método de trabajo:

“Sentábamonos ambos ante el piano, ¡que sonaba tan mal! Él, con su papel y su lápiz; yo, con mis fantasías y mi anhelo. Y yo hablaba y trabajaba él.
– Aquí me gustaría un ligero temblor de angustiada esperanza
– ¿Arpegios rotos? –murmuraba él–… Escuche usted… ¿Así? ¿Así?
– Aquí, un alarido desgarrante
– ¿Clarinete? ¿Así?
Hay que advertir que Falla, merced a su arte consumado de ejecutante, lograba reproducir en el piano el sonido de cualquier instrumento.
– Un poco más ronco, porque dentro del grito, quiero que se noten las lágrimas que esa mujer se traga y que empañan su voz…
– ¿Para qué está el oboe?… ¿Así?
– Así.
– Vamos a ver la copla… Usted ha escrito: ‘Con sentimiento popular’. ¿Está bien así?
– Está prodigiosamente. Pero quisiera que, en esa palabra, el ritmo se quebrara un cuarto de segundo como si la mujer que canta por no llorar se dijese a sí misma: ‘¡No puedo más!’.
– Perfectamente. ¿Así?
– Así” (7).

María Lejárraga junto a Gregorio Martínez Sierra en el despacho de su domicilio de la calle Zurbano en Madrid (1907) (Archivo María Lejárraga).

María Lejárraga junto a Gregorio Martínez Sierra en el despacho de su domicilio de la calle Zurbano en Madrid (1907) (Archivo María Lejárraga).

En marzo de 1915, en una entrevista firmada por Tomás Borrás, el compositor daba a conocer algunos detalles del proyecto:

“Estoy ultimando una obra para Pastora Imperio, algo de lo que ella ha querido siempre hacer sin tener nunca ocasión. Es un libro de María y Gregorio Martínez Sierra, en dos cuadros, y se titula El amor brujo. […] Pastora baila tres danzas, canta dos canciones, y en otro número canta y baila juntamente. Yo me he basado para escribir esta obra en temas gitanos, alguno de los cuales me los ha proporcionado la misma Pastora. Será un estreno interesante, porque la gran artista se presenta en un aspecto inédito, y porque la escena se cuidará hasta el último detalle” (8).

Dos días antes del estreno aún se encontraba dando los últimos retoques a la partitura, según comunicó por carta a la escritora:

“Figúrese usted que ayer hemos ensayado a la una, a las dos y a las cuatro de la madrugada, y […] el resto de la jornada se la llevó el indino trabajo, pues cuando no estaba ensayando, estaba escribiendo. A las doce de la noche terminé el final del Amor brujo.
Aún me queda el intermedio y el minuto de descanso para Pastora… y la pieza se estrena pasado mañana. ¡Horror! ¡Terror! […]” (9)

Néstor Martín-Fernández de la Torre. Fondo Museo Néstor.

Néstor Martín-Fernández de la Torre. Fondo Museo Néstor.

El mismo día del debut, en una interviú concedida a Rafael Benedito, el músico expresaba su agradecimiento a su amiga y colaboradora por la gran labor realizada –Hoy no es ningún secreto que, aunque Falla menciona a Martínez Sierra, que en su día asumió la autoría del texto, fue con María con quien trabajó codo a codo–. Asimismo, manifestaba sentir gran admiración hacia la protagonista y dejaba entrever sus dudas sobre la favorable recepción de la pieza:

“– ‘El amor brujo’ es una obra que a Martínez Sierra y a mí nos sugirió la extraordinaria Pastora Imperio. Una tan singular artista y tan genial danzarina, debe hacer un género, en el que ponga de relieve las múltiples condiciones de su temperamento. Hemos hecho una obra, rara, nueva, que desconocemos el efecto que pueda producir en el público, pero que hemos ‘sentido’.
[…]
– Respecto de mi labor he de confesarle que nunca he trabajado con más entusiasmo ni más a gusto que durante los tres meses que he tardado en hacer ‘El amor brujo’.
Martínez Sierra me ha hecho un libro en el cual todo son pretextos para que la parte musical ocupe la primera línea, sobresaliendo de todo lo demás. Mi gratitud es infinita para mi colaborador, que buceando en mi temperamento, en mis gustos y en mis maneras de sentir el arte, se adaptó a ellos completamente facilitándome medios de que pudiera ‘expresar a mis anchas’. […]
Dejemos pasar los años, y cuando se pueda y ‘se sepa’ apreciar, se le hará justicia.
[…]
– La obra es eminentemente gitana. Para hacerla empleé ideas siempre de carácter popular, algunas de ellas tomadas de la propia Pastora Imperio, que las canta por tradición, y a las que no podrá negárseles la ‘autenticidad’. […]
[…]
– Cuanto se diga de la intuición artística de Pastora es poco. Su facilidad para la música es tanta, que al principio se la cree una consumada solfista, cuando no conoce una sola nota.
[…]
– Mucho espero de su expresión para hacer comprender mi música, para hacerla ‘llegar’ al público” (10).

El amor brujo. Primera edición, de 1915. Madrid, Renacimiento. Archivo Manuel de Falla.

El amor brujo. Primera edición, de 1915. Madrid, Renacimiento. Archivo Manuel de Falla.

El amor brujo se llevó a escena por primera vez en el Teatro Lara de Madrid el 15 de abril de 1915. Pastora Imperio daba vida al personaje principal, Candelas; y completaban el reparto Víctor Rojas como su enamorado; Rosa Canto en el papel de gitana vieja; María Imperio y Perlita Negra en el rol de gitanillas (11). Aunque todos los intérpretes pronunciaban algunas frases y tomaban parte en los bailes, el protagonismo absoluto recaía sobre la hija de la Mejorana, que además de bailar, cantaba y declamaba.

El primer cuadro transcurría en una cueva de gitanos, donde Candelas esperaba a su amado, que no llegaba. Consultaba a las cartas, que le daban un mal augurio, e interpretaba la ‘Canción del amor dolido’. Las gitanillas realizaban un conjuro. Pastora bailaba la ‘Danza del fin del día’ y recitaba el ‘Romance del pescador’. Tras un interludio musical de violín, el segundo cuadro comenzaba en la cueva de una bruja, donde Candelas, tras bailar la ‘Danza del fuego fatuo’ y entonar la ‘Canción del fuego fatuo’, recitaba un ‘Conjuro para reconquistar el amor perdido’. Entonces llegaba su amado pero no la reconocía y ella, con la cabeza velada, bailaba en torno a él la ‘Danza y canción de la bruja fingida’, hasta que, hechizado por sus encantos, caía rendido a sus pies al despuntar el alba.

Notas:

(1) El Diluvio, 2-2-1915.

(2) El Bien Público, 17-2-1915.

(3) María Lejárraga, Gregorio y yo, Sevilla, Renacimiento, 2023, p. 244.

(4) Pastora Imperio, entrevista de Marino Gómez Santos, Pueblo, 26-2-1958.

(5) Antonio Odriozola, ABC, 22-11-1961.

(6) Ibidem, p. 245.

(7) Ibidem, p. 247.

(8) Manuel de Falla, entrevista por Tomás Borrás, Por esos mundos, 1-3-1915.

(9) Manuel de Falla, Carta a María Lejárraga fechada en Madrid el 13-4-1915. Archivo de la familia Lejárraga. Citada en Antonina Rodrigo, María Lejárraga. Una mujer en la sombra, Madrid, Algaba, 2005, p. 161.

(10) Rafael Benedito, La Patria, 15-4-1915, 3.

(11) María Imperio es el nombre con el que se dio a conocer una jovencísima Pepita García Escudero, que más tarde alcanzaría gran popularidad como María de Albaicín. Su madre, Agustina Escudero, muy conocida por haber servido de modelo a pintores como Benedito o Zuloaga, también tomó parte en el montaje para acompañar a su hija, que solo tenía trece años, según cuenta Mercedes Albi, que atribuye el nombre artístico de Perlita Negra a María Benítez. Esta última no era otra que la primera mujer de Víctor Rojas, que permaneció unida a él al menos durante toda la década de 1910 y primeros años de la siguiente, según los testimonios que nos ofrece la hemeroteca.


La odisea americana de Carmen Amaya: en el Maravillas de Buenos Aires (II)

Durante los siete meses ininterrumpidos que Carmen Amaya permaneció en el Teatro Maravillas, distintos artistas se fueron incorporando al programa. El 22 de enero de 1937 debutaron la cantaora y cancionista Anita Sevilla, y el trío formado por las bailaoras Pepita, Trinidad y Teresa Jiménez, a quienes la prensa denominaba indistintamente Gitanas del Sacromonte o Gitanas del Albaicín. La primera “cantó con un brío y simpatía singulares ‘Mi taranta’ […] ‘Jerrero der Sacromonte’, ‘Flor del romero’ y una ‘Saeta’”, que merecieron la ovación del público y le reportaron muy buenas críticas:

Anita Sevilla es más que una cancionista bien dotada. Es una expresión, simpatiquísima y garbosa, de la gitanería. Se luce especialmente en lo que ella canta, […] pero, además, le infunde una sensualidad, acentuada por los movimientos con que el cuerpo parece ayudar la emisión del sonido y acentuada también por la expresión de los ojos y la ancha sonrisa” (Crítica, 23-1-1937, 8).

Anita Sevilla le canta a Carmen Amaya (Crítica, 24-1-1937).

Anita Sevilla le canta a Carmen Amaya (Crítica, 24-1-1937).

Las hermanas granadinas “manifestaron al bailar unas bulerías su condición racial y su temperamento, pero no entusiasmaron mayormente”. Completaron el espectáculo la cancionista Ascensión Pastor, los mentalistas hermanos Marbel, las bailarinas Hermanas Vera al frente de un conjunto de coristas, el Chato de Valencia acompañado a la guitarra por el Pelao, y la reina indiscutible del elenco, Carmen Amaya, “cuyo fuego se transmite al público, que la aplaude frenéticamente” (ibidem).

Poco después fue contratado el guitarrista argentino Pedro Cerezo, que interpretaba un repertorio basado en el cancionero español, con obras de autores como Albéniz, Turina, Tárrega o Granados (Crítica, 3-2-1937, 10). El 5 de febrero se celebró una función extraordinaria para celebrar las cien representaciones del espectáculo y el extraordinario éxito de la “emperaora del baile cañí” (ibidem), que unas semanas más tarde debutó ante los micrófonos de la emisora Radio del Pueblo (Radiolandia, 13-2-1937, 18) y colaboró en un baile organizado en el Teatro Colón a beneficio de la Asistencia Pública (Caras y Caretas, 27-2-1937: 59).

Durante el mes de marzo siguieron incorporándose nuevas figuras en el elenco del Maravillas, como la pareja de baile formada por Rosario y Antonio, más conocidos como los Chavalillos Sevillanos; la cancionista Conchita Martínez, el humorista Manolo Vico, los bailarines excéntricos Hermanos Rubians y La Tirana, el funambulista Artinelli o los parodistas Machuca y Lopo (Crítica, 3-3-1937, 15).

Pepita, Trinidad y Teresa Jiménez (Crítica, 23-1-1937).

Pepita, Trinidad y Teresa Jiménez (Crítica, 23-1-1937).

Reunificación familiar

No obstante, para Carmen Amaya el desembarco más esperado sin duda fue el de su familia, que llegó el día once a bordo del vapor Campana, procedente de Marsella. Sus hermanos Antonia, Leonor y Antonio tenían previsto sumarse a la compañía del Maravillas, lo mismo que sus primos Juanillo y Pepita Amaya, que eran “toda una revelación en el arte del baile flamenco”. Sin embargo, su madre, Micaela Amaya, “no trabajará en el teatro “porque así han dispuesto sus hijos, pese a ser una consumada bailarina de gran vuelo entre la gitanería. Se presentará […] en el escenario del Maravillas a solo título de agradecer al público las demostraciones que se le tributan a su hija Carmen”. Tampoco se subirían a las tablas los tres hermanitos pequeños ni la prometida de Paco Amaya, Micaela Santiago (Crítica, 11-3-1937, 4).

Una vez reunida la familia completa, un periodista del diario Crítica visitó su domicilio y se encontró con una animada escena:

“Los seis hermanitos de Carmen Amaya, corretean por los patios y habitaciones como en terreno conquistado. Exploran el nuevo ambiente, curiosean la vereda, admiran los trajes de su hermanita ‘la estrella’, o chillan los más pequeños bajo la lluvia del cuarto de baño, mientras una hermana mayor los enjabona, los cepilla y los pule […]. Después, vestidos con minúsculos pijamas que evidentemente han salido de la misma pieza de tela azul, convertida en prendas de vestir de tamaños rigurosamente escalonados, por la casera industria de la matriarcal autoridad de la jefa de la familia, van a hacer compañía a los demás en sus incursiones por la nueva casa” (Crítica, 13-3-1937, 8).

Carmen Amaya junto a su madre, Micaela Amaya (Crítica, 13-3-1937).

Carmen Amaya junto a su madre, Micaela Amaya (Crítica, 13-3-1937).

La madre de las criaturas, de “magnífica estampa gitana […] desenvuelta, bien plantada” y con “su rostro moreno encuadrado en negrísima guedeja”, ponía el contrapunto al carácter nervioso e inquieto de Carmen. “Serena y callada […]. Los niños se ve que la consideran como la suprema autoridad de la familia. Un solo ademán suyo basta para cortar toda la bulla de los pequeños. Todos la adoran, […] pero, el cariño no excluye una fuerte dosis de respeto” (ibidem).

Las primeras palabras de Micaela fueron para su hija mayor: “Me complace el éxito de Carmencita. Pero no me sorprende. En la familia nadie nos ha enseñado a bailar, pero todos hemos bailado desde la infancia. Carmencita, baila desde los cuatro años de edad. Claro que desde entonces acá, ha aprendido algunas cosas nuevas…” (ibidem).

Después contó algunos detalles sobre el viaje y los últimos días pasados en España:

“En Barcelona se vivía con toda tranquilidad […]. Los teatros y los cines están llenos, la gente trabaja como siempre, y en la calle y en los paseos todo el mundo circula con toda naturalidad. […] En ningún momento tuvimos ninguna dificultad, y a nadie le faltó comida. […] Solamente a bordo, cuando estábamos embarcados ya, hemos chocado con eso de la comida. Usted se imagina, el buque era francés y nos servían unos platos tan complicados que muchas veces, los churumbeles y yo los dejábamos sin haberlos probado…” (ibidem).

La familia Amaya (Crítica, 13-3-1937).

La familia Amaya (Crítica, 13-3-1937).

La última parte de la conversación tuvo como protagonista a la benjamina del clan, que, a pesar de su corta edad, mostraba ya muy buenas dotes para la danza:

“– Aparte de los que ya conoce el público de Buenos Aires – preguntamos a Micaela Amaya – ¿tienen ustedes otros artistas en la familia?…
– ¡Claro está!… ¡Todos los somos! Yo no sé cuándo empecé a bailar; pero los churumbeles, puedo decir que ellos han aprendido a caminar bailando. Mire usted la pequeña…

‘La pequeña’ a la que se refiere Micaela, es la hermanita menor de Carmen Amaya. Todavía no ha cumplido los dos años. En ese momento, vestida con una corta camisita, está de espaldas a nosotros, mirando hacia el patio donde sus hermanos continúan sus interminables travesuras. Aprovechando ese momento de distracción de la niñita, Micaela, toma la guitarra y comienza a pulsar sus cuerdas. No han terminado de vibrar los primeros sones, y ya la pequeña, como obedeciendo a un conjuro, con los bracitos en alto, dándose vuelta con viveza, moviéndose con un garbo extraordinario, dibuja las primeras figuras de su fandanguillo…

– ¿Lo ven ustedes? – exclama la madre sonriendo –. Parece cosa de embrujo. Nadie se lo ha enseñado. ¡Cuando yo les digo que todos nacemos bailando!” (ibidem).

Las maravillas del Maravillas

El 9 de abril el diario Crítica publicó un reportaje a página completa titulado “Las maravillas del Maravillas”, ilustrado con fotografías de las principales figuras del espectáculo que constituía el “rotundo éxito del año 1937 […] alegría, tipismo, colorido, variedad y moralidad”. Una de las imágenes mostraba a Justo Ortega, bailarín y director artístico del elenco, acompañado por las “hermanas Vera y el lindo conjunto de segundas tiples, en el cuadro típico Mosaico valenciano, que constituye un acierto completo de luz y de color” (Crítica, 9-4-1937: 15).

Las maravillas del Teatro Maravillas (Crítica, 9-4-1937).

Las maravillas del Teatro Maravillas (Crítica, 9-4-1937).

En otra aparecía Conchita Martínez, “la supervedette de la canción andaluza que derrocha sin tasa los prodigios de su voz de timbre maravilloso y que electriza al público con el hechizo de su arte”; una artista que destaca por “sus espléndidas facultades de cantante” y por “el buen gusto en la elección de sus modelos”. También quedaron inmortalizados en la página del periódico “Artinelli, el extraordinario funambulista de las manos prodigiosas”; “Machuca y Lopo, dos perfectos imbéciles, que ni ellos saben lo que hacen, pero que hacen reír”; el trío formado por los hermanos Rubians y la Tirana, “graciosos y originales cómicos”; y Manolo Vico, “el ocurrente charlista que ameniza con su gracia los intermedios” (ibidem).

Mención especial merecieron Ascensión Pastor, “la aristócrata de la canción española, denominada, con verdadera justicia, la ‘cancionista de la voz de oro’”, que triunfaba con su repertorio internacional; Anita Sevilla, la “excepcional intérprete del cancionero gitano estilizado”; los Chavalillos Sevillanos, formidables ejecutantes de los “bailes clásicos gitanos y andaluces […] finos, elegantes, elásticos, que […] repiten una vez y otra sus bailes entre clamorosas ovaciones del público que los admira”; y la estrella máxima del espectáculo, Carmen Amaya, la “‘emperaora’ del baile ‘cañí’”, junto a “sus cuatro gitanos Francisco y José Amaya, ‘El Pelao’ y ‘El Chato de Valencia’” (ibidem).

Carmen Amaya y Los Chavalillos Sevillanos (Caras y Caretas, 27-2-1937).

Carmen Amaya y Los Chavalillos Sevillanos en el Teatro Colón de Buenos Aires(Caras y Caretas, 27-2-1937).

Nuevo programa

El 23 de abril se renovó completamente el programa del espectáculo, que quedó conformado por los siguientes números:

Nietas del Faraón, interpretado por Ascensión Pastor con la colaboración de Justo Ortega, las Hermanas Vera, Alonso y el coro de segundas tiples.
– Las canciones estilizadas Arenal de Sevilla, Placita de doña Elvira y Vete con los suyos, en la voz de Anita Sevilla.
Folías Canarias, número regional a cargo de Ascensión Pastor.
Seguidillas gitanas, La leyenda del beso y Sevilla de Albéniz, creaciones coreográficas de Los Chavalillos Sevillanos, “interpretadas con ajuste perfecto y brío inigualado”.
– Las canciones Juan León, Falsa Monea y Coplas del Burrero, dichas con “honda emotividad” por Conchita Martínez.
– El cuadro de ambiente taurino Ilusiones de chiquillo, a cargo de Ascensión Pastor, las Hermanas Vera, Alonso, el Chato de Valencia y el conjunto de segundas tiples.
Una fiesta en la Era, cuadro de ambiente gallego, por los mismos artistas, con el acompañamiento del cuadro de gaitas González y el costumbrista gallego Neira.
De Santa Cruz, “danza típica gitana del barrio brujo sevillano”, y Rumor andaluz, “baile clásico gitano de los Herreros Calés del Monte Pirolo”, por “la reina gitana Carmen Amaya”.
Gitanos Contrabandistas, cuadro final en el que tomaban parte Carmen Amaya, Ascensión Pastor, los Chavalillos Sevillanos, Conchita Martínez, el Chato de Valencia, Carmen España, las Hermanas Vera, José y Francisco Amaya, Sebastián Manzano, Justo Ortega, Alonso y el resto de la compañía (Crítica, 22-4-1937: 12; Crítica, 24-4-1937: 14).

Las hermanas Vera (Crítica, 30-1-1937).

Las hermanas Vera (Crítica, 30-1-1937).

Además de las mencionadas figuras, también actuó el guitarrista Rafael Soler; debutó la pareja de bailarinas españolas Villano-Vechas, con una “evocación del ambiente taurino […] cuyo sentido humorístico de buena ley fue calurosamente celebrado”; y se estrenó el sketch cómico Clínica Moderna Rubianol, creación de los Hermanos Rubians, en el que colaboraron la bailarina Tirana, Manolo Vico, Machuca y Lopo (ibidem).