Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

María de Albaicín, estrella del baile y reina del celuloide (I)

Josefa García Escudero, que más tarde pasaría a la historia como María de Albaicín, viene al mundo en 1898 en la localidad conquense de Chindallón (1) y se cría en el barrio madrileño de Tetuán de las Victorias. Pepita es la primera hija del tratante de caballos Benigno García Gabarre y de la bellísima Agustina Escudero Heredia (2), bailaora no profesional y modelo, entre otros, del pintor Ignacio Zuloaga. El matrimonio tiene tres hijos más, Miguel, Rafael y Luisito (3).

María de Albaicín y su madre, Agustina, por Manuel Benedito (La Esfera, 6-6-1914)

María de Albaicín y su madre, Agustina, pintadas por Manuel Benedito (La Esfera, 6-6-1914)

La joven, que desde muy pequeña siente inclinación por el baile, se adentra en el mundo del espectáculo de la mano de una de las más grandes estrellas del momento, Pastora Imperio, que se convierte en su mentora.

La genial artista sevillana cuenta con Pepita para uno de sus más ambiciosos proyectos, el ballet cantado El amor brujo, que se estrena en el teatro Lara de Madrid el 15 de abril de 1915. El libreto es obra de María Lejárraga (4) y la partitura, de Manuel de Falla, que se inspira en los cantes y las leyendas que le cuenta la madre de la artista, Rosario la Mejorana.

En el reparto figuran Pastora Imperio, su hermano Víctor Rojas, Josefa García Escudero (con el nombre de María Imperio) y su madre, Agustina Escudero (como Perlita Negra). Aunque en su estreno madrileño el espectáculo no conquista al público ni a la crítica, cuando se presenta, unos meses más tarde, en el teatro Novedades de Barcelona, sí parece convencer al respetable.

Pastora Imperio, ataviada para interpretar El amor brujo

Pastora Imperio, ataviada para interpretar El amor brujo

Nuevos éxitos como La Faraónica

Tras su bautizo de fuego con El amor brujo, Pepita García Escudero cambia su nombre artístico por el de La Faraónica. La prensa se refiere a ella en alguna ocasión como la “protegida de Pastora Imperio” (Eco Artístico, 25-9-1918), lo cual nos hace pensar que la artista sevillana sigue jugando un papel importante en esa primera etapa profesional de la joven bailaora. De hecho, cuando debuta en el teatro Romea de Madrid, en mayo de 1917, Pepita comparte cartel con Pastora y con Víctor Rojas. Unos meses más tarde la encontramos anunciada en el Trianón-Palace.

En 1918, La Faraónica actúa en distintas salas de la capital de España, y también se presenta durante unas semanas en el Kursaal Internacional de Sevilla. A finales de ese año, cuando se estrena el Gran Kursaal Madrileño, la joven bailaora participa en la sesión inaugural, junto a un nutrido elenco de artistas en el que destaca la gran Juana la Macarrona.

Unas semanas más tarde, Pepita debuta en la Catedral de las Variedades, es decir, el Circo Price, donde forma parte del “cartel más variado y moral de Madrid, propio para familias” (Heraldo de Madrid, 21-2-1919). Más o menos en esa época, siguiendo los pasos de su madre, la bailaora es inmortalizada por Ignacio Zuloaga en su obra “La Faraónica”.

La Faraónica, por Ignacio Zuloaga (1919)

La Faraónica, por Ignacio Zuloaga (1919)

En la primavera de 1920 llegan al teatro Parisiana de Madrid la cupletista Luz Imperio, la canzonetista Adelina Campos y “La Faraónica, gitanilla auténtica, que baila discretamente y nos trae perfumes del Albaicín y el Sacromonte” (Eco Artístico, 4-5-1920). Unos meses más tarde, Pepita emprende una gira por el norte de España, con paradas en ciudades como Bilbao y San Sebastián, en cuyo teatro Colón se presenta un elenco de lujo:

“En San Sebastián.- Ha debutado en el teatro Colón un notabilísimo y completo cuadro flamenco, serio y artístico. Lo integran las bailadoras La Macarrona, La Faraónica, Luisita la Jerezana y La Gaditana. El bailador es el famoso Antonio Ramírez; la cantadora, Amparo Montín, y los tocadores, Manuel Gómez (Huelvano) y Aurelio Gómez.

Para la actuación de este cuadro se ha pintado en Madrid, por un reputado escenógrafo, nuevo decorado” (La Correspondencia de España, 30-7-1920).

Nacimiento y ascenso de María de Albaicín

Poco después, a la joven bailaora se le presenta la que sin duda es la gran oportunidad de su carrera. En 1921, el coreógrafo Serge Diaghilev, director de los Ballets Rusos, viaja a Madrid y Sevilla en busca de artistas para su nuevo montaje, que pretende ser “un espectáculo auténticamente español con guitarras” (Diaghilev: les ballets russes, 1979). (5)

La Rubia de Jerez, Mate y María de Albaicín (La Esfera, 9-7-1921)

La Rubia de Jerez, Mate y María de Albaicín (La Esfera, 9-7-1921)

El empresario no escatima en medios para este proyecto, cuyo vestuario y decorados encarga al pintor Pablo Picasso. Entre los bailaores y cantaores contratados, destaca quien será la estrella principal del espectáculo, Pepita García Escudero, La Faraónica, a quien Diaghilev bautiza como María de Albaicín (6).

Del 17 al 23 de mayo de 1921, los Ballets Rusos se presentan en el teatro de la Gaité-Lyrique de París con un programa renovado, que incluye la pieza inédita Cuadro flamenco. Para este montaje, el director cuenta con “una decena de bailarines y bailarinas elegidos en Sevilla” (Le Figaro, 7-5-1921), una troupe de gitanas auténticas “que tiene a la cabeza a María de Albaicín, la mujer más guapa de España, acompañada por un tipo extraño, un hombre que parece no tener piernas, el famoso Mate; además, dos bailarines de bolero, los Moreno, y la cantaora morisca La Minerita, etc.” (Le Gaulois, 7-2-1921).

Con este conjunto de artistas, Diaghilev pretende “penetrar en alma de España”, y para ello nos transporta a un café cantante, en el que, valiéndose del cante, las palmas, la guitarra y los zapateados, ofrece al público parisino “una muestra lo más pintoresca posible de la música del país ibérico” (Le Figaro, 7-5-1921); una “serie de bailes españoles […] recogidos en los ambientes populares, y bailados por auténticas gitanas” (Le petit Parisien, 8-5-1921).

Agustina Escudero, retratada por Manuel Benedito

Agustina Escudero, retratada por Manuel Benedito

La prensa gala ofrece una detallada crónica del estreno, que da buena cuenta de los bailes interpretados por cada uno de los artistas:

“… sobre una pequeña tarima, cinco bailaores y cinco bailaoras de Andalucía. Los bailes españoles auténticos presentados por los Ballets Rusos son bailes gitanos […].

Una señora sentada al lado de un tocador (guitarrista) lanzó primero varios gritos guturales como los que profieren en las calles parisinas los vendedores de ropa, pero que, en español son, como todo el mundo sabe, de una rara nobleza. Rojas y El Tejero, embutidos en unos pantalones negros que terminan bajo los brazos, se sacudieron nerviosamente el polvo de sus zapatos para expresar el Tango gitano. María de Albaicín, una bellísima Leda, miró durante unos momentos con curiosidad cómo sus brazos jugaban al cisne alrededor de su cuerpo, y de ese modo conocimos la Farruca (7). La López y El Moreno bailaron muy bien la Jota aragonesa, la Rubia de Jerez se estiró perezosamente en la Alegría que bailó con furia Estampillo (sic). El Garrotín grotesco fue bailado sobre sus rodillas por Mate El Sin Pies y el Garrotín cómico, por la viejecita Gabrielita, que parecía haber escapado de un álbum de Goya. Todo terminó con una Sevillana general” (Le Journal, 22-5-1921).

Aparte de los artistas mencionados, también interviene La Minerita, que canta una malagueña. El estreno no puede ser más exitoso: “La sala estaba llena otra vez, -en tres días, más de cien mil francos de taquilla. Un público en delirio consagraba una vez más el renombre de esta maravillosa compañía” (Le Figaro, 20-5-1921). Críticos como Léandre Vaillat no ocultan su satisfacción a la salida del espectáculo: “Son ovacionados. Y, al llegar al metro de Sébasto, fantaseo con los cabarets y con los antros de Andalucía…” (Le Ménestrel, 27-5-1921).

NOTAS:
(1) Datos aportados por Joaquín Albaicín -sobrino nieto de María de Albaicín- en su artículo “Vida, leyenda y muerte de María de Albaicín”, publicado en el nº 7 de la revista La Caña (1994).
(2) Sobre la figura de Agustina García Escudero, consúltese el artículo de Mercedes Albi, “Agustina la Reina: la artista que acompañó a Pastora Imperio en ‘El amor brujo’ (1915)”.
(3) Miguel Albaicín (1913-1999) era bailaor. Según su sobrino nieto Joaquín Albaicín (óp. cit.), lo mismo bailaba por soleá que se atrevía con algunos pasos de claqué. En los años treinta, trabajó junto a Encarnación López, La Argentinita, y Pilar López en “Las calles de Cádiz” (1933), así como en otros espectáculos posteriores de la misma compañía.
Rafael Albaicín (1919-1981) era músico y torero. Según Antonio Santainés, “poseía una educación esmerada y una loable cultura. Tocaba el piano y el violín; le gustaba Bach y Mozart y le entusiasmaban Chopin y Falla. Viajó por Francia, Bélgica y Holanda y hablaba correctamente francés e inglés. Escribía música y sabía dibujar, y él mismo diseñaba los figurines de sus trajes de luces” (ABC, 19-3-2007).
Luisito falleció cuando era niño.
(4) El libreto de El amor brujo, como la mayoría de las obras de María Lejárraga, lo firma su marido, Gregorio Martínez Sierra.
(5) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.
(6) La prensa española se refiere a ella indistintamente como María de Albaicín o María del Albaicín. Sin embargo, no hay que confundirla con la cantaora y canzonetista granadina María del Albaicín. En Francia y el resto del mundo se la conoce como como María d’Albaicín o Marie Dalbaïcin.
(7) Según Joaquín Albaicín (óp. cit.), María fue “una de las primeras y escasísimas mujeres que bailaron la farruca, que no en vano había creado como tal baile su tío Faíco, primo hermano de Agustina”.


Josefa Vargas, la Terpsícore gaditana (II)

Durante los primeros meses de 1850, Pepa Vargas sigue triunfando en el madrileño Teatro de la Comedia con bailes como el Vito, el Jarabe o las Sevillanas, además de demostrar sus buenas dotes de actriz en piezas como La flor de la canela. La gaditana también se prodiga en fiestas privadas y en academias de baile, sola o formando pareja con Carlos Atané.

Pepa Vargas en el Ole (J. Vallejo, 1840)

Pepa Vargas en el Ole (J. Vallejo, 1840)

En primavera de ese mismo año, es tal la fiebre por el baile en la Villa y Corte, que la prensa lamenta la marcha de la Vargas a Burdeos, probablemente motivada por “graves y recientes disgustos”. Asimismo, destaca su gracia, su belleza y sus aportaciones al arte coreográfico, especialmente en lo que se refiere a la indumentaria:

“Una nos quedaba, la graciosa Pepita Vargas, la bailarina que, si reconocía superiores en el arte, no los tenía en la belleza y en la gracia, la sílfide gaditana que ha sostenido por más de un año la concurrencia al Instituto de los hombres políticos y mercantiles más notables de Madrid, la voluptuosa bolera que ha dado celebridad al Polo y al Vito, la elegante y lujosa artista coreográfica que ha introducido la riqueza y el buen gusto en los trajes macarenos, generalizando el uso de la airosa chaquetilla; y esta mujer sandunguera, esta bailarina matona, la hemos perdido. Anteayer, y sin previos anuncios, tomó la silla-correo de Bayona, y se dirige a Burdeos a trastornar a los franceses […] con sus quiebros y sus meneos” (La Época, 6-4-1850).

Con esta pérdida, que se suma a la de Manuela Perea y Petra Cámara, el cetro de la danza queda en manos de las estrellas foráneas que siguen triunfando en la escena madrileña:

“El baile nacional, que no hace muchos meses era el encanto de los madrileños, va cediendo el campo al baile francés. El Circo de la plaza del Rey roba sus antiguos abonados al teatro de la calle de las Urosas; la Fuoco, la Guy, la Laborderie, hacen olvidar a la Nena, a la Vargas, a la Petra Cámara” (La Época, 6-4-1850).

Vargas versus Nena

En mayo de 1850, Josefa Vargas regresa a la capital de España, donde es esperada como agua de mayo tanto por el público como por la empresa del Teatro de la Comedia, que acaba de contratar a Manuela Perea y ve en la posible competencia entre ambas artistas la única manera de hacer frente a las extranjeras que triunfan en el Circo.

Manuela Perea, la Nena (Bacard, 1854)

Manuela Perea, la Nena (Bacard, 1854)

“Por fin la empresa del Instituto ha ajustado para capitanear su compañía de baile a la resaladísima Pepita Vargas, estableciendo entre ésta y la Nena una noble competencia, semejante a la de los dos astros estranjeros (sic) que brillan en la plaza del Rey” (La Época, 9-5-1850).

La reaparición de la gaditana sobre las tablas del Instituto constituye un éxito rotundo:

La Vargas.- Anoche, después de su viaje a Francia, volvió a aparecer en el teatro de la Comedia esta simpática y macarena sílfide. Al presentarse en la escena, un aplauso general se oyó en toda la sala, lloviendo sobre la protagonista del baile infinito número de coronas y ramilletes. Bailó en el Contrabandista y los majos, el jaleo del barrio del mundo nuevo, en el que fue estrepitosamente aplaudida, y el jaleo de la Zandunga; y después de concluida la primera comedia, volvió a presentarse en el Polo del Contrabandista, en el que consiguió un triunfo completo” (La España, 11-5-1850).

Con la rivalidad entre la Vargas y la Nena, que actúan en días alternos, el baile se convierte en el principal atractivo del Teatro del Instituto, en el que la comedia ha pasado a un segundo plano. Aunque hay quienes piensan que “como mujer hermosa, la Vargas puede sostener la competencia con la Nena; como bailarina no podrá sostenerla nunca” (La Ilustración, 11-5-1850), es indiscutible que las dos -cada una en su estilo- andan sobradas de facultades para ganarse al respetable:

“ambas son buenas; ambas tienen méritos y cualidades que las distinguen y las hacen brillar: […] La Vargas tiene hermosa figura, gran ejecución, mucha firmeza, y toda la sal de Andalucía. La Nena, que también es lindísima, tiene mucha gracia, finura, elegancia, buenas maneras y escelente (sic) escuela de baile” (La Época, 22-5-1850).

Escena de baile español (N. Maurin, 1810)

Escena de baile español (N. Maurin, 1810)

Rivales y amigas

Otra cualidad de la que pueden presumir las dos artistas es el compañerismo. De hecho, la competencia pronto se torna en amistad y colaboración entre ambas, que actúan juntas por primera vez con motivo del beneficio celebrado en honor de la Vargas el 28 de mayo de 1850. El espectáculo se desarrolla en un ambiente de gran cordialidad entre ésta y su compañera, que protagonizan una noche memorable:

“Bailaron La Zandunga con tanta maestría y tanta gracia, que ambas pueden estar seguras de que si es posible hacer tanto, no puede hacerse más. Los apasionados cubrieron la escena de flores y coronas, que la Vargas cedía con empeño a la Nena, y que ésta rehusó con laudable modestia. Pidiose con entusiasmo la repetición del baile, y nuevamente fueron aplaudidas con estrépito. Pero el gran triunfo fue en El Polo, donde rivalizaron en maestría, en garbo y en gentileza. La Vargas estuvo graciosa, como siempre, y arrebató al público de una manera indecible; la Nena sostuvo dignamente la competencia” (La Época, 29-5-1850).

Unos días más tarde la función se repite, esta vez a beneficio de Manuela Perea. Juntas protagonizan el bailable Las majas de rumbo y posteriormente, por separado, cada una de ellas baila El Ole. El éxito vuelve a ser rotundo y, si bien ha quedado claro sobre las tablas que la supuesta rivalidad entre ambas artistas no es tal, ésta continúa viva en los papeles, que siguen sin ponerse de acuerdo sobre quién es mejor artista.

“[E]l esbelto talle de la Nena, su apuesta figura, la elegancia y delicadeza de sus movimientos” siguen teniendo numerosos adeptos, que la “comparan […] con una deidad mitológica cuya vista seduce y alarma, pero sin ofender nunca” (El Clamor Público, 6-6-1850).

Escena de baile bolero

Escena de baile bolero

Por su parte, Josefa Vargas es considerada “la bolera más salerosa y simpática de cuantas han pisado la escena madrileña […]; la que se distingue entre todos por sus arranques propiamente meridionales” (La España, 8-6-1850). Ésta, que puede presentarse ante nuestros ojos como una cualidad positiva, no termina de convencer a ciertos críticos, que “tachan de algo libre el modo de bailar de la Vargas” (El Clamor Público, 6-6-1850), cuyas “maneras y miradas no son del agrado de todo el mundo” (La España, 13-6-1850).

La flamenquería de la Vargas

Sin embargo, en un momento histórico en que el baile flamenco, tal y como lo conocemos hoy, aún se encuentra en pañales, por sus “bellas formas, […] su mirada provocativa y el natural desenfado de sus maneras” (El Clamor Público, 6-6-1850), Pepa Vargas parece anticiparse en mucho mayor medida que la Nena al arte de figuras como la Macarrona o la Mejorana, reinas indiscutibles de la época dorada del flamenco.

De hecho, es precisamente la Vargas quien brilla con más luz en aquellos bailes de procedencia gitana o ‘egipciana’, mientras que otras tratan de imitar lo que ella ejecuta de un modo totalmente natural:

“¿qué bolera es la que con más esactitud (sic) puede recordarnos a las gavasis de Egipto? La Josefa Vargas, bolera con todo el trapío de tal, salerosa, bien plantada, ágil, flexible, de fisonomía expresiva, que envidiaría la gavasis más presumida del Cairo: la Vargas, mejor que ninguna otra, puede brillar en esos bailes en los que no son los pies los que más se mueven. […]

La Nena es fina, elegante y graciosa en sus movimientos. Hay mucha corrección en su manera de bailar; pero esta misma corrección da cierta frialdad a su baile, salvo aquellos momentos en que su fisonomía se anima con cierta gachonería que se acerca a la supuesta mirada provocativa que sus partidarios achacan a la Vargas. […]

El baile de la Nena es el resultado del estudio; el de la Vargas es natural, espontáneo” (La España, 13-6-1850).

Además de todo lo mencionado, a Pepa Vargas hay que reconocerle un mérito más, el de regenerar el baile español en la escena madrileña y elevar el estatus de las artistas:

“La Vargas es la que ha rehabilitado el baile nacional en Madrid, y ella también la que ha mejorado la condición de las de su clase y si no, dígasenos: qué ganaba antes de su venida a la corte la mejor bolera de nuestros teatros, y qué cantidad es la que disfrutan en el día las de primo cartello.

Para producir semejante revolución en los teatros, preciso es tener un mérito real y verdadero, y contar con facultades físicas que no todas poseen” (La España, 13-6-1850).


Amalia Molina, el arte y la gracia de Sevilla que conquistan al mundo (VII)

Si los baúles de la Piquer han pasado a la historia como los más paseados a lo largo y ancho de la geografía española y americana, lo cierto es que los de la Molina no se quedan atrás. Desde su regreso de tierras americanas, su vida transcurre en un constante ir y venir, de teatro en teatro, de ciudad en ciudad y de aplauso en aplauso.

Con un ritmo frenético, sin apenas descansar, Amalia recorre una y otra vez las distintas regiones españolas, con breves paradas en Madrid, donde sigue teniendo su residencia. Sin embargo, lejos de cansarse de ella, el público espera con impaciencia la próxima visita de la artista, ávido por conocer las variaciones de su repertorio y su puesta en escena, que son objeto de una continua renovación.

Amalia Molina (Nuevo Mundo, 3-4-1915)

Amalia Molina (Nuevo Mundo, 3-4-1915)

Sus actuaciones se cuentan por éxitos. En cuanto la artista aparece sobre el proscenio, las palmas echan humo, por utilizar una expresión bastante común en aquella época, y la crítica se rinde a sus pies. Sería harto aburrido transcribir aquí todos y cada uno de los elogios que cada día le dedican los papeles. Como muestra, reproducimos la crónica de su presentación en el Teatro Sanchís de Gijón:

“No habían terminado los aplausos al decorado, cuando la orquesta preludió los primeros compases de la hermosa canciónAlma española’, y apareció en la escena la clásica, la imponderable Amalia Molina; el público la ovacionó en tal forma, que ella estuvo varios minutos saludando al ‘respetable’, que con tanto entusiasmo la recibía.

Nos cantó varias de sus creaciones, y en todas era interrumpida por aplausos y ¡oles! lanzados desde todos los ámbitos del Teatro.

Pero cuando la ovación llegó al delirio fue en el momento que con su estilo insuperable y propio brotaron de su garganta las armoniosas frases de sus ‘Marianas’, en las que no hay quien la iguale; el entusiasmo era tan grande que Amalia se adelantó a las candilejas, y verdaderamente emocionada habló al público, dando las gracias por el recibimiento” (Eco Artístico, 25-10-1912).

A Sevilla por Semana Santa

Amalia Molina le canta saetas al Gran Poder

Amalia Molina le canta saetas al Gran Poder (Blanco y Negro, 30-3-1919)

En esta vorágine de trabajo, la polifacética sevillana siempre encuentra tiempo para regresar a su ciudad natal en Semana Santa, donde devoción y obligación se funden en una saeta al paso de su Cristo del Gran Poder y su Esperanza Macarena, imágenes por las que siente gran fervor. Así lo manifiesta en distintas entrevistas a lo largo de su carrera:

“A mi Sevilla. Eso no lo falto yo por na. Ya puedo estar donde esté, para Semana Santa estoy en mi tierra. Me parece que si no le cantaba unas saetas al señó del Gran Podé, se me vendría encima alguna desgrasia” (El Día, 22-8-1917).

“Todos los años venía a cantar saetas. Aunque me cogiera en La Habana. Atravesaba la mar, y en la madrugada del Viernes Santo ya estaba yo en la calle Sierpes cantando. Mis saetas eran todas de los hermanos Quintero. […] Fíjate en esta saeta de Serafín y de Joaquín. ¡Una cosa!:

Benditas las golondrinas
que vienen de dos en dos
a quitarle las espinas
a Jesús, hijo de Dios”
(ABC, 7-7-1944).

“Ésta que voy a cantá […] es la copla que toítos los años, sin fartá uno, le canto al zeñó del Gran Podé en cuantito que sale… Ya hase muchos años que esta saeta mía es la primera que oye el probetico Jezú… […]

¿Dónde va, hermoso clavé?
¿Dónde va tú, buen Jezú,
que tan cargado te ve
con esa pesada Cru
siendo tú el Gran Podé?
[…]

Esperanza Macarena, por la que Amalia siente gran devoción

Esperanza Macarena, por la que Amalia siente gran devoción

Ahora, la que siempre le canto a la Virgen de la Esperansa de mi barrio… escuchen ustés:

Mirarla por dónde viene
tan hermosa y tan serena
la Virgen de la Esperansa,
honra de la Macarena.
[…]

Es tan bonita y tan gitana la Virgen de la Esperansa, que yo, cuando estoy delante de ella y le canto saetas, me dan ganas de salirle por bulerías. En cambio, viendo el Gran Podé, casi no puedo cantarle porque rompo a llorá. También a la Esperansa de Triana le canto. A ésa le digo yo: […]

Mare mía de la Esperansa,
no llores ni tengas penas,
que tu cara es más bonita
que la de la Macarena
(Nuevo Mundo, 23-3-1917).

Amalia, en el top ten de las artistas de varietés

A estas alturas de su meteórica carrera, Amalia Molina es una artista más que consolidada, que puede medirse, tanto en fama como en salario, con las mejores de su tiempo: “Pastora Imperio, La Goya, Amalia Molina, La Argentina, La Argentinita […], Lulú y dos o tres más, son aplaudidas y celebradas con estrépito, y ganan en un día más que las primeras tiples en una semana” (El Liberal, 2-3-1913).

Amalia Molina ante uno de sus decorados (Eco Artístico, 25-12-1913)

Amalia Molina en uno de sus decorados (Eco Artístico, 25-12-1913)

El eco de sus triunfos llega incluso a la prensa norteamericana. En 1913, la revista Variety publica un artículo en el que analiza la precaria situación de las bailarinas de nuestro país y destaca a unas cuantas privilegiadas cuyos cachés, tanto en España como en el extranjero, se sitúan muy por encima de la media. En esta “primera división” de las variedades figura, entre otras, Amalia Molina:

“Las que bailan en Madrid, Sevilla y Barcelona sueñan con un contrato en el extranjero, dado que los salarios que se cobran en los cafés cantantes son, con pocas excepciones, ridículamente bajos. En las ciudades más pequeñas las bailarinas no esperan encontrar mejores condiciones. Son mayormente gitanas, o gitanas de origen morisco, criadas en el analfabetismo y con un concepto rudimentario de la vida.

A estas chicas los bajos salarios que se pagan en los cafés les parecen suficiente y dan la bienvenida al cambio que supone dejar de lado las penosas tareas del hogar. […]

Como excepciones a la regla, en la actualidad hay varias bailarinas españolas que se han hecho un nombre y piden altos salarios, tanto en sus lugares de origen como -especialmente- en el extranjero. […] Basta con citar a las más conocidas (en orden alfabético, para no despertar envidias): Argentina, Amalia Molina, Candelaria Medina, Conchita Ledesma, Dora la Gitana, La Chelito y Pepita Sevilla” (Variety, 1913). (1)

Amalia versus Pastora

Las comparaciones son odiosas, y con frecuencia la crítica suele contraponer la figura de Amalia y la de su paisana la Imperio, tal vez por los paralelismos existentes en las carreras de ambas: se trata de dos muchachas sevillanas, de humilde cuna y más o menos coetáneas, que emigran a Madrid en busca del éxito y consiguen triunfar en el mundo con un repertorio de lo más variado.

Pastora Imperio

Pastora Imperio

Desde la óptica de nuestro días, se impone la escultural Pastora, con esos ojos verdes que todavía hoy quitan el aliento a más de uno. Sin embargo, los papeles de la época no necesariamente se decantan por la hija de la Mejorana, de quien destacan su atractivo físico por encima de sus dotes artísticas, a diferencia de lo que sucede con su paisana. Veamos algunos ejemplos:

Pastora Imperio como artista es una de tantas; tan graciosa o más que ella es Amalia Molina, y, lectores, Amalia Molina noabusa’ en el sueldo, y Amalia Molina lleva la última palabra de la escenografía y el decorado, y ver a Amalia Molina bailarse una jota o unas seguidillas vale todo el dinero del mundo” (Eco artístico, 15-9-1914).

Amalia Molina representa principalmente el Arte andaluz. Pastora Imperio, representa principalmente, el arte gitano. La primera da forma con su arte a la finura y a la gracia esencial del alma andaluza. La segunda reviste de forma artística la cínica contorsión con que se encoge de hombros la degeneración espiritual de la raza gitana […]. El arte de Amalia es incomparablemente superior al de Pastora. ¿Cómo han podido comparar a estas dos artistas? […]

Triunfa Pastora más ruidosamente que Amalia. Andalucía es más gitana que andaluza.

¡Si la menuda artista tuviera el cuerpo de la artista gitana!” (Andalucía, 1-4-1917).

A pesar de todo, ni la envidia ni la rivalidad se cuentan entre los defectos de Amalia, que tiene fama de ser una compañera ejemplar. Lo dice ella misma, en una entrevista concedida a Margarita Nelken -“A mí no me gustan los infundios, ni las calumnias, ni todas esas cosas del teatro. Yo nunca he reñido con ninguna ni he hablado mal de ninguna” (El Día, 22-8-1917)-; y lo corroboran quienes han tenido ocasión de tratarla, como el periodista Juan del Sarto:

“Un rasgo, entre muchos, de la bondad de Amalia Molina, era cómo hablaba de sus compañeras. Las elogiaba y a algunas las admiraba sinceramente. Yo no he oído nunca decir cosas tan bonitas, tan amables y tan merecidas como le oí decir a Amalia refiriéndose a la Goya, a Pastora Imperio, a Raquel Meller, a la Argentina, a la Argentinita…” (Imperio, 18-9-1956).

NOTA:

(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.


Rosario la Mejorana, la revolución del baile de mujer

Rosario Monje, La Mejorana, nació en 1858 en el gaditano barrio de la Viña, en en seno de una familia gitana de gran tradición flamenca. Era sobrina de la Cachuchera, que destacaba especialmente en el cante por soleares.

En los años 70 del siglo XIX, Rosario ya reinaba en los más prestigiosos cafés cantantes sevillanos, el de Silverio y el del Burrero. Fue precisamente en uno de ellos donde conoció a Víctor Rojas, un sastre de toreros, que la apartaría para siempre de los escenarios. Fruto de su unión, nacerían dos grandes artistas, la inigualable y polifacética Pastora Imperio, y el guitarrista Víctor Rojas.

Varias décadas más tarde, el cantaor Francisco Lema, Fosforito, recordaría a la que fuera su compañera de cartel con estas palabras:

“La Mejorana, ‘bailaora’ de buten, platino del arte de los ‘pinreles’, que enloquecía con sus giros, y las ‘puñalás’ de sus ojos verdes traían sin sosiego al mundo entero, coincidió conmigo en el mismo café [del Burrero], y recuerdo que, aparte de no alternar, cobraba cuatro duritos” (El Heraldo de Madrid, 13-11-1929).

Rosario Monje, la MejoranaRosario Monje, la Mejorana

Sin embargo, parece ser que la retirada de Rosario Monje no fue inmediata o, al menos, definitiva, ya que en 1882, La ilustración española y americana la menciona como una de “las bailaoras flamencas de más fuste”, junto a “Dolores Moreno, Isabel Santos, las hermanas Rita y Geroma Ortega, la Lucas, la Violina” (30-7-1882).

En años posteriores, también encontramos en prensa varias referencias a distintas actuaciones de la artista:

“El dueño del café cantante de Siete Revueltas [de Málaga] ha contratado a la renombrada bailaora conocida por la Mejorana y al célebre cantador de malagueñas Antonio Chacón, los que debutan esta noche.
Los dos proceden de Sevilla, donde han dejado muchas simpatías y más de una vez hemos leído en la prensa de aquella capital grandes elogios del mérito de sus trabajos” (La unión mercantil, 6-12-1887).

“Los aficionados a darse un par de pataístas y a cantar por lo jondo y sentimental tienen en el Centro de Recreo desde esta noche, a la ‘Mejorana‘, la ‘Coquinera‘ y la ‘Palomita‘ que en compañía de ‘Carito’ y otras notabilidades flamencas, harán las delicias y levantarán el entusiasmo en los afectos al espectáculo” (Diaro de Córdoba,
19-10-1890).

Según Manuel Ríos Vargas (Antología del baile flamenco, 2002), en 1896, Rosario Monje recibió un homenaje en el madrileño Liceo Rius. Tres años más tarde, esta vez en el Salón de Variedades, la artista fue beneficiaria de “una gran función de cante y baile andaluz, dirigida por el célebre Chacón”, en la que tomaron parte algunas de las primeras figuras flamencas del momento, como el Chato de Jerez, las Macarronas, las Borriqueras o Miguel Borrull, entre otros (El Imparcial, 19-3-1899).

La Mejorana con sus hijos, Pastora Imperio y Victor RojasLa Mejorana con sus hijos, Pastora Imperio y Victor Rojas

La renovación del baile

A pesar de la brevedad de su carrera, Rosario la Mejorana dejó una huella profunda en la historia del arte flamenco. Su gran belleza, así como la majestusidad y elegancia de su baile seguían siendo recordados varios lustros después de su muerte. Fernando el de Triana, en su obra Arte y artistas flamencos (1935), le dedicaba estas palabras:

“No era mejor que las mejores, pero no había ninguna mejor que ella. […] Su cara era blanca como el jazmín; de su boca, los labios eran corales […] y, cuando se reía, dejaba ver, para martirio de los hombres, un estuche de perlas finas, que eran sus dientes; su cabello, castaño claro, casi rubio; sus ojos, no eran ni más ni menos que dos luminosos focos verdes; y como detalle divino para coronar su encantadora belleza, era remendada, pues sus arqueadas y preciosas cejas y sus rizadas y abundantes pestañas, eran negras, como negras eran las ‘ducas‘ que pasaban los pocos hombres que tenían la desgracia […] de hablar con ella siquiera cinco minutos”.

Sobre su atractivo físico no deja ninguna duda el cantaor trianero. No obstante, la Mejorana fue mucho más que una cara bonita sobre un tablao. Si ha pasado a la historia, ello se debe también a las innovaciones que introdujo en el baile de mujer.

A Rosario se le atribuye el haber sido la primera en vestir la bata de cola, prenda que solía combinar con el mantón de Manila. Otra de sus aportaciones al baile flamenco consistió en levantar los brazos más de lo que venía siendo habitual hasta el momento, lo que le confirió una especial elegancia y majestuosidad. También se la considera pionera en el baile por soleá.

Pastora ImperioPastora Imperio

Distintos autores han destacado la originalidad de bailaora, que provocó una auténtica revolución en los cafés cantantes de la época:

“Su figura era escultural y cuidaba siempre de vestir los colores que más la hermoseaban, pero siempre su bata de cola, de percal, y su gran mantón de Manila. Preciosos zapatos calzaban sus diminutos pies, y ya no sabemos más; pues al Café de Silverio había quien llegaba muy temprano para coger un asiento delantero con el fin de verle a La Mejorana siquiera dos dedos por encima de los tobillos, y a las cuatro de la mañana, cuando terminaba el espectáculo, se marchaba a la calle sin haber logrado su propósito” (Fernando el de Triana).

“La extraordinaria majeza que sabía darle a su bata de cola, ese aire especial y tan gaditano, cuando se arrancaba por alegrías producía verdadero alboroto entre los que la escuchaban. Ella misma se hacía son y se cantaba… Terminaba las alegrías, no como hoy, en bulerías, sino en el mismo estilo con que empezó, compases estos dificilísimos para concluir en este estilo de baile. Había que llegar muy temprano para poder coger un sitio, pues muchos se marchaban sin poderla ver” (Manuel Moreno Delgado, Aurelio, su cante, su vida, 1964).

Rosario Monje es la primera que levantó mucho los brazos en la danza, prestando con ello a la figura femenina extraordinario aire y majestad. La novedad, que ocasionó en principio gran sorpresa, fue aceptada enseguida por la afición y los profesionales inteligentes, creándose así toda una nueva estética del flamenco para bailaoras” (Fernando Quiñones, De Cádiz y sus cantes, 1974).

Por todo ello, se puede afirmar que la Mejorana creó escuela. La artista gaditana sentó las bases de una nueva concepción del baile flamenco, que encontraría una muy digna continuadora en la figura de su hija, la genial Pastora Imperio, quien se mostraba orgullosa de la herencia recibida:

“Mi madre era ‘la Mejorana‘, la mejor artista de baile flamenco que pisó los ‘tablaos’; la que ha movido los brazos con más salero en el mundo. De ella nació todo el baile flamenco. Ella ha sido el tronco, y de él nació este tronquillo que, bueno o malo, está muy conforme, porque con ser hija de ella ya tengo bastante” (Pastora Imperio, en La Nación, 25-7-1918).

Era tal la fama de Rosario, que su figura no está exenta de leyenda. Así, hay quienes mencionan su rivalidad con Rita Ortega, La Rubia, otra gran bailaora de los cafés cantantes de la época. Según Rafael Ortega, sobrino de esta última, ambas se desafiaron ante un grupo de aficionados, para ver quién conseguía más adeptos. “Bailaron, sin zapatos, hasta que no pudieron más. Y al día siguiente, Rita, con sus dieciocho años, murió” (Crónica, 10-3-1935).

Rita Ortega, la RubiaRita Ortega, la Rubia

Los cantes de la Mejorana

Además de todo lo mencionado, la faceta creadora de Rosario Monje excede al ámbito de la danza. Al igual que otras artistas de la época, la Mejorana solía cantarse y hacerse son mientras bailaba; y, parece ser que no se le daba nada mal. De hecho, todavía hoy son conocidas sus bulerías y cantiñas, a las que incorporaba, de su propia cosecha, juguetillos como los siguientes:

“Yo soy blanca y te diré
la causa de estar morena:
que estoy adorando a un sol
y con sus rayos me quema”

“Dormía un jardinero
a pierna suelta
dormía y se dejaba
la puerta abierta.
Hasta que un día
le robaron la rosa
que más quería”

Es más, podemos afirmar que los cantes de la Mejorana poseían vocación de universalidad, pues sirvieron de inspiración a Manuel de Falla para componer su obra más conocida, El amor brujo. De labios de la madre de Pastora Imperio, el músico “escuchó soleares y seguiriyas, polos y martinetes, de los cuales captó ‘la almendrilla’, como decía ella, la esencia de la música andaluza, y entonces se dio de lleno a la tarea, hasta terminar la obra en un tiempo brevísimo” (Antonio Odriozola, ABC, 22-11-1961).

Rosario la Mejorana falleció en la capital de España el 13 de enero de 1920. Dos días más tarde, El Heraldo de Madrid se hacía eco de la triste noticia y dedicaba estas líneas a la singular artista gaditana:

“La madre de Pastora murió anteayer, ‘martes y 13’, y ayer fue enterrado su cadáver en la Sacramental de San Lorenzo. ¡La madre de Pastora! Era una mujer de gran simpatía, de vivo ingenio, de cierta pequeña filosofía, pequeña y profunda a un mismo tiempo” (15-01-1920).

La misma publicación incluía también un poema de Antonio Casero, del que reproducimos algunos versos:

La Mejorana
Hoy lloran los gitanillos
y los flamencos de raza;
se ha muerto la ‘bailaora’
Rosario, ‘La Mejorana’;
el baile puro cañí
hoy luce la negra gasa;
ella fue en pasados tiempos
la que bailó con más gracia
los ‘panaderos’, los ‘polos’
y ‘seguirillas’ gitanas,
y bordó el tango castizo,
y lució mejor la bata
de volantes, y de cola,
muy relimpia y planchada
el moño bajo caído,
con el clavelito grana […]”


Antonia la Coquinera, genial bailaora y musa de pintores (I)

La bailaora Antonia Gallardo Rueda, la CoquineraLa bailaora Antonia Gallardo Rueda, la Coquinera

Antonia Gallardo Rueda nació en El Puerto de Santa María (Cádiz) el 9 de diciembre de 1874, en la Plaza del Carbón. Su padre, herrero de profesión, era buen cantaor. Se le conocía como “el Coquinero”, por su afición a mariscar coquinas, y sus hijas adoptaron ese mismo apodo. La mayor, Josefa, nacida en 1871, fue la primera en dedicarse al mundo artístico. Le siguieron Antonia y Milagros (n. 1876). Las tres empezaron a bailar muy jóvenes en los cafés cantantes de la zona, con el nombre de “las Coquineras del Puerto”.

En 1889, la prensa anunciaba el debut de Josefa en la capital andaluza:

“Hoy llegan a Sevilla las bailadoras y cantaoras del género flamenco, Josefa Gallardo la Coquinera y María Giménez, que en unión de los demás artistas del mismo género, harán su debut esta noche en el Café teatro de Santo Domingo” (Crónica Meridional, 8-12-1889).

Un año más tarde, la artista se presentaba en Córdoba:

“Los aficionados a darse un par de pataítas y a cantar por lo jondo y lo sentimental tienen en el Centro de Recreo desde esta noche, a la ‘Mejorana‘, la ‘Coquinera‘ y la ‘Palomita‘, que en compañía de ‘Carito‘ y otras notabilidades flamencas, harán las delicias y levantarán el entusiasmo en los afectos al espectáculo” (Diario de Córdoba, 19-10-1890).

Sin embargo, según Fernando el de Triana, Antonia era la mejor de las tres:

“Fue una graciosa porteña (de Santa María), que como artista a nadie tuvo que envidiar; y como cara bonita, vean […] la cara de miss y el tipo faraónico de la más graciosa gitana (aunque no lo era). […] Pepa y Milagros, como bailadoras, no pasaron de regulares. ¡Pero qué guapas!”

La bailaora Antonia Gallardo Rueda, la CoquineraLa bailaora Antonia Gallardo Rueda, la Coquinera

En 1892 debuta Antonia la Coquinera en Jerez, junto a dos cantaores de primera fila. Años más tarde, en una entrevista concedida a la revista Estampa, la bailaora rememora aquellos años:

“Entonces el cante y el baile flamencos estaban en to su esplendó. Nasíamo toos con las castañuelas en la mano. Yo empesé muy joven. Con mi hermana, desde luego. Nos contrataron juntas. Debutamos en Jeré, con er tocaó Chacón y con er Chato de Jeré. Gustamos horrore. Al poco tiempo nos ofresían un contrato para Méjico, con la Pastora Imperio. Ojalá hubiéramo ío. Yenita de oro y orsequio vinieron las que fueron ayá. […] No nos dejó mi madre. Le tenía mucho mieo a crusá er charco. Luego se arrepintió con toa su alma… Pero ya era tarde” (8-6-1935).

Sus primeros triunfos

A partir de ese momento, los éxitos se suceden y la bailaora fija su residencia en Sevilla, donde es requerida por los mejores cafés cantantes de la época, como el Novedades o el Filarmónico. Su fama pronto llega a la capital de España. “Debuté en el Café de La Marina, que estaba en la caye Jardine. Era el café cantante ma famoso de España. Cantar en La Marina era la ilusión de toos los prinsipiantes der cante y er baile flamenco. Ayí iba to lo florío de Madrí”, afirma la bailaora en la misma entrevista.

En abril de 1893, la Coquinera se presenta en el madrileño Teatro Martín, junto a la bailaora Salud Rodríguez. Ambas forman parte del cuadro flamenco ‘Una juerga en Sevilla‘, incluido en la obra José María o los bandidos de Sierra Morena. En 1902, un reportaje publicado en la revista Por esos mundos ofrece más detalles sobre dichas representaciones:

“… el renacimiento del baile hubiese sido efímero sin una empresa que tomó a su cargo el Teatro Martín y organizó en él un cuadro dramático y una compañía de cante y baile; allí bailaron Salud Rodríguez […], Antonia la Coquínera y otras notabilidades del género. Los dramas que se ponían en escena eran Luis Candelas, José María ó los bandidos de Sierra Morena y otros […], y en ellos se intercalaba siempre cante y baile, sin perjuicio del que, además, se daba como añadidura en los intermedios” (1-2-1902).

Un mes más tarde, de nuevo en la capital andaluza, Antonia Gallardo actúa junto a su hermana Pepa en el Café Suizo; y en septiembre regresa a Madrid, esta vez al Teatro Príncipe Alfonso. Allí comparte cartel con la hija del Ciego, las hermanas Prada, Juan Breva y Antonio Pozo, entre otros artistas.

En abril de 1894, la prensa anuncia “un gran concierto de cante y bale andaluz, dirigido por la célebre bailaora la Coquinera”, en el que toman parte “las Macarronas, las Borriqueras y la del Pamplina” (La Correspondencia de España, 3-4-1894), además del cantaor Juan Breva. El nivel de los artistas participantes, así como el hecho de que la Coquinera aparezca como directora del espectáculo, nos dan una idea del prestigio alcanzado por la bailaora, que pronto se convirtió en un referente de los bailes festeros, y creó escuela. De hecho, primeras figuras del baile, como La Argentinita, confiesan haberla tenido como maestra (El Sol, 15-6-1926).

Las bailaoras la Paloma (izq.) y la CoquineraLas bailaoras la Paloma (izq.) y la Coquinera

El espectáculo permanece durante dos meses en cartel en el madrileño Liceo Rius, y por él pasan artistas como Pepa “la Buena Moza”, Matilde Prada, Rita García o La Malagueña, entre otros. El 29 de mayo, la función se celebra a beneficio de Josefa Gallardo.

En enero de 1895, en el Jardín del Buen Retiro vuelve a representarse el drama de costumbres andaluzas José María o los bandidos de Sierra Morena, con la participación de Antonia la Coquinera y Salud Rodríguez, en el cuadro flamenco ‘Una juerga en Sevilla‘.

Unos meses más tarde, la prensa se hace eco del viaje a Berlín de una compañía flamenca formada en Madrid, e integrada, entre otros artistas, por las hijas del Ciego, la Macarrona, Antonia la Gitana, la Cotufera, Enriqueta Macho y Josefa la Coquinera. No tenemos noticias de que Antonia Gallardo estuviese en el elenco, aunque tampoco sería descabellado pensarlo, dado que, según confiesa la artista, su carrera artística siempre estuvo vinculada a la de su hermana: “Era mi pareja de baile. Siempre trabajamos juntas, hasta que nos retiramos. Ella era más flamenca que yo. Yo bailaba ‘más fino‘. Eramos uña y carne las dos” (Estampa, 8-6-1935).

Sus años dorados

En enero de 1897, la prensa sitúa, de forma simultánea, a las Coquineras en el Liceo Rius y en el Salón Variedades, lo cual nos hace pensar que alguno de los dos periódicos puede haber confundido la fecha:

“En el Liceo Rius se dará esta noche una función de cante y baile andaluz a beneficio del tocador de guitarra Manuel López. Tomarán parte en el espectáculo la Borriquera, las Coquineras, los Feos de Madrid, el Mochuelo, el Tuerto y el Divino, con otros renombrados artistas del género” (El Imparcial, 1-1-1897).

“Salón Variedades.- Esta noche se verificará una gran función de cante y baile andaluz, que sus organizadores dedican a los célebres artistas Antonio Chacón y Francisco Díaz. En el espectáculo tomarán parte […] las famosas bailadoras Isabel Santos, Carmen Fernández, Antonia y Josefa Gallardo (las Coquineras), Rosario Moreno y Dolores Rodríguez, y los no menos famosos cantadores Antonio Revuelta, José Verea, José Acosta, Juan Maldonado, José Martínez, Antonio Pozo y José Río” (El Liberal, 1-1-1897).

Las bailaoras la Coquinera (izq.) y la CuencaLas bailaoras la Coquinera (izq.) y la Cuenca

Entre los meses de octubre y diciembre de ese mismo año, las dos hermanas Gallardo se anuncian, de manera ininterrumpida, en el madrileño Café de la Patria (antiguo café Naranjeros), junto al siguiente elenco:

Cante: la celebrada cantadora Luisa Pérez, de Cádiz, y el niño Martín García, Chaconcito.
Bailes por alegría: las aplaudidísimas bailadoras Antonia y Josefa Gallardo (Las Coquineras), que tienen merecido y universal renombre.
Bailes nacionales: por los notabilísimos boleros Matilde Prada y Antonio Cansino […]” (Revista Pan y toros).

Éstos son, sin duda, los años de mayor esplendor de Antonia Gallardo, que se convierte en una habitual de los mejores teatros y cafés cantantes de Madrid. Allí se rodea de nobles y gente de postín, e incluso rompe algún corazón, según su propio testimonio:

“Los aristócratas y los toreros eran gente que le gustaba muncho la juerga. Ayí iban Benalúa, Tamame. Muncho militare también. Conosí en er café a Primo de Rivera, cuando no era ma que teniente. Berengué también era un juerguista. Y Lagartijo y er ganadero Murube… Qué sé yo cuánta gente de postín… Don Fernando Díaz de Mendosa iba muncha vese a la juerga. A mí me ponía los punto, antes de conosé a la Guerrero. Una ve me hiso muncha fuersa pa que bailase en una funsió que daban en la Prinsesa, a benefisio de las vírtimas de una inundasión horrible, que quearon muncho en la miseria. Er tenia interé en que yo bailase, porque iba a di la familia reá. […]

Otro de mis pretendiente […] fue Miguelito Fernánde Nájera, nieto de la marquesa de Nájera. Miguelito anduvo muncho tiempo detrá de mí; me regalaba muncha cosas. Pero yo no le hasía caso. […] Una ve me pintó. Pintaba muy bien. Me pintó la cabesa y estaba yo presiosa, con unas gasa en er cueyo. Paresía un ánge” (Estampa, 8-6-1935).