Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

De la cueva al papel. La zambra granadina vista por la literatura y en la prensa en torno a 1922 (V)

Para muchos autores el encanto de las mujeres de la zambra también reside en su abigarrada indumentaria y en los vistosos complementos con que se adornan: coloridos trajes de percal llenos de volantes, mantones de Manila rameados y ceñidos al busto, collares de grandes cuentas y, en el pelo, cintas, flores y peinetas. Así las ve Pérez Losada:

«… en la puerta de la cueva se agolpan una mujeres vestidas con los airosos trajes de claros percales, en que ponen los rizados volantes, la insubstituible, la insuperable sencillez de su frágil adorno; […] en sus cabelleras, bravamente onduladas, se han prendido las regias peinetas, altas como una corona mural, y en la curva de esta plebeya diadema han dejado que se desmaye una rosa o que encienda su lumbre roja un clavel» (104).

Zambra gitana del Sacromonte (Granada Gráfica, septiembre de 1923).

Zambra gitana del Sacromonte (Granada Gráfica, septiembre de 1923).

En un poema titulado “Zambra gitana”, J. G. Mir nos deja este otro retrato en verso:

«Los rostros joviales,
muy bien ataviadas
con trajes de miles colores
están las gitanas.
Pendientes muy largos,
la cara empolvada
y el moño llenito de flores
de clases muy varias.
Los senos se cubren,
muy despreocupadas,
con ricos pañuelos con flecos
que ¡vaya la gracia!» (105)

Sin embargo, no toda la literatura presenta a las gitanas como hembras hermosas y seductoras. Algunos autores las ven ‒especialmente, a las veteranas‒ como seres grotescos y salvajes, e incluso las comparan con distintos animales. Por ejemplo, Ramón Gómez de la Serna, en un artículo dedicado a la segunda sesión del concurso de cante jondo de Granada, define a las gitanas “que viven en cuevas, como serpientes de la tierra que revelan la raíz del ritmo. Forman un coro de cabezas de bronce y patillas durísimas, de hierro forjado, cuando sentadas achuchan y animan a la bailadora”(106).

Zambra gitana en el Albaicín (Granada Gráfica, junio de 1923).

Zambra gitana en el Albaicín (Granada Gráfica, junio de 1923).

En los días posteriores al famoso certamen granadino, Federico García Sanchiz ofrece una caricatura de las gitanas de la zambra bastante alejada de esa imagen idílica que presentan otros autores. Define a la más anciana de todas, La Jardinera, como “una esfinge con perfil de cabra”, mas no es ese el único símil que emplea en su descripción:

«Una loba. Con aspecto de eterna, y sin recuerdo de juventud en su carátula, donde las arrugas agrietaban su pellejo de momia. Su cuerpo empequeñecido por los años, conservaba, no ligereza, un ímpetu bravío, aunque sobrio, de arco con sus flechas. Danzó unas soleares con su austeridad casi agresiva. Detrás de ella flotaba la inquietud vana que acometía al espectador de fijar la época de la Jardinera. Quizá el reinado de Isabel II, sótano de nuestra historia, en que se celebraban misas negras sin saberlo» (107).

A pesar de su juventud, las discípulas de La Jardinera tampoco salen muy bien paradas. Una de ellas era “amplia, corpulenta, carnosa, gruesos los tobillos”, y “daba la impresión irónica de la cama de unos novios ricos de pueblo”. A otra se le notaban las redondeces del embarazo. También había una gitana “picada de viruelas, amasada con pasta de orejones. Otra que hacía pensar en un remoto cabecilla azteca. Una chiquilla sin formas, precoz en el desenfado, un mico”; y una “gitanilla veinteañera […] que engañaba como prometiendo citas de placer, que en realidad serían complicidades con los ladrones que despojarían al iluso aventurero”. La conclusión no puede ser más demoledora: “el grupo de hembras con sus trapos marchitos y de un colorido de feria, se amontonaba en una esclavitud tediosa y animal; y una bovina pesadez abrumaba al corro de gallinas cluecas, cacatúas y faisanes”(108).

Interior de una cueva del Sacromonte. Foto de Torres Molina y Francisco Vives (La Esfera, 2 de junio de 1928).

Interior de una cueva del Sacromonte. Foto de Torres Molina y Francisco Vives (La Esfera, 2 de junio de 1928).

Además de describir los tipos y las danzas, los textos transportan al lector al bullicioso ambiente de la zambra, que se desarrolla en el proscenio natural de la cueva, con sus paredes encaladas y cubiertas de cacharros de cobre. La cueva, enclavada en la falda del cerro al pie de las típicas chumberas (109), es presentada como “auténtica madriguera humana, donde los gitanos de Graná quieren conservar sus costumbres y su arte” (110) . La natural oscuridad de ese hueco excavado en la montaña contrasta con la blancura de su pared interior, enjalbegada “con ese blanco mate que la hace parecer tallada en nieve” (111); y con el fulgor de su decoración, compuesta por “peroles, jarros y ánforas de cobre, sartenes, cacerolas e infinidad de cacharros que, pulidos, brillan” (112); mientras que los carteles de toros, fotos de vírgenes, cantaores y toreros aportan un toque kitsch.

Tampoco escapa a la percepción de los escritores la función de la cueva como escenario. Por ejemplo, César Cabrera llama la atención sobre el modo en que “el fondo blanco de la pared al recortar la siluetas de las extrañas bailadoras, toma el prehistórico aspecto de un friso ejipcio (sic)” (113); y Joaquín Corral Almagro describe cómo la Alhambra aparece encuadrada en el “marco irregular y pétreo” formado por la entrada de la cueva, y cómo “con la semioscuridad del interior contrastaba la esplendidez de la luna llena” (114).

Zambra gitana (CIMFLA de Arahal).

Zambra gitana (CIMFLA de Arahal).

Por otra parte, Pérez Losada hace un alegato en favor de la cueva como escenario natural, que proporciona el ambiente y las condiciones de recepción precisas para disfrutar del espectáculo de la zambra en toda su plenitud:

«Pero yo he querido ver estos bailes gitanos en su propio ambiente […]. Están mejor aquí, en esta cueva, de cuya bóveda penden unos jamones puestos a curar junto a un clásico candil reluciente y un retrato de la Niña de los Peines; están mejor aquí, en esta semi-penumbra, que nos deja soñar mientras la danza sigue y los garbosos cuerpos se retuercen en la torturante voluptuosidad del baile; están mejor aquí, donde la guitarra, que es el instrumento de las intimidades dulces y de las melancolías ardorosas, suena con voces que no tiene en la amplitud, siempre un poco fría, de una sala de espectáculos, y están mejor aquí, porque la gracia de estas mujeres se siente estimulada en el ambiente tutelar de su vivienda, porque el cuadro está completo, porque está aquí frente a mis ojos el misterio inquietante de la
habitación obscura… (115)

En ese marco, sobre el blanco inmaculado de los muros, a decir de Muñoz Arconada, destaca la “plasticidad del cuadro, vistoso en el confuso abigarramiento, como una gran paleta de pintura en que predomina el bermellón” (116); y llama poderosamente la atención el bullicio, la algarabía de la fiesta, en la que se mezclan los sonidos de las guitarras, las palmas, los panderos, los chinchines y las castañuelas; así como los cantes, los gritos y los jaleos de las gitanas que, sentadas a lo largo de la pared, animan a las bailaoras.

La Golondrina, bailaora gitana del Sacromonte (Granada Gráfica, enero de 1936).

La Golondrina, bailaora gitana del Sacromonte (Granada Gráfica, enero de 1936).

Sin embargo, al contrario de lo que se pueda pensar a priori, distintos autores identifican la música de la zambra con la tristeza y la melancolía:

«La guitarra aquí en Granada […] tiene un sonido muy distinto del chulesco y alegre tañido con que se enseñorea en los bailes de tablao y de los cafés cantantes.

Aquí la guitarra, nos habla un lenguaje de leyenda y de tradición; y gime con los moros vencidos […] y canta con ese canto triste que parece un lamento […].

Ecos de la guitarra, que se desgranan en la noche andaluza con el sonido plañidero y medroso» (117).

Esa actitud grave y trascendental de los tocadores, “la copla quejumbrosa y angustiada”(118), contrasta con el griterío y el alegre bullicio de las gitanas, tanto de las jaleadoras como de quienes se entregan al frenesí de la danza.

Notas:

(104) Pérez Losada, J. (12 de julio de 1923). Postales a pluma. La zambra gitana. ABC, 5-6.

(105) Mir, J. G. (10 de marzo de 1922). Zambra Gitana. El Defensor de Granada, 1.

(106) Gómez de la Serna, R. (17 de junio de 1922). La vida. Segunda sesión de cante jondo. El Liberal, 1.

(107) García Sanchiz, F. (22 de junio de 1922). Los reyes esclavos. El Defensor de Granada, 2.

(108) Idem.

(109) Román, J. (22 abr. 1920). Excursión al reino de Maya. Comercio, 1.

(110) Corral Almagro, J. (1 de septiembre de 1924). Laurita. La mujer rubia. Granada Gráfica, 41.

(111) Cabrera, C. (1 de julio de 1922). Impresiones de Granada. La zambra gitana. La Verdad, 1.

(112) Garrido del Castillo, M. (1 de diciembre de 1924). El chocolate. Granada Gráfica, 27.

(113) Cabrera, C. (1 de julio de 1922). Impresiones de Granada. La zambra gitana. La Verdad, 1.

(114) Corral Almagro, J. (1 de septiembre de 1924). Laurita. La mujer rubia. Granada Gráfica, 41.

(115) Pérez Losada, J. (12 de julio de 1923). Postales a pluma. La zambra gitana. ABC, 6.

(116) Muñoz Arconada. (25 de mayo de 1920). Gitanería. Diario Palentino, 1.

(117) Cabrera, C. (1 de julio de 1922). Impresiones de Granada. La zambra gitana. La Verdad, 1.

(118) Corral Almagro, J. (1 de septiembre de 1924). Laurita. La mujer rubia. Granada Gráfica, 41.