Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

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Su majestad, Pastora Imperio (V): recepción de ‘El amor brujo’

El estreno de El amor brujo despertó gran expectación y provocó distintas reacciones entre el público y la crítica, que le dedicó abundantes líneas. Probablemente una de las crónicas que mejor describen el desarrollo de la obra sea la de Tomás Borrás, publicada en el diario La Tribuna:

“Una música de extrañas sonoridades, de ásperas disonancias. Un interior en penumbra. La colocación de las figuras, la armonía de los colores, el sentido decorativo de la composición, hacen la escena semejante a un cuadro de la manera zuloaguesca. Se anima una mujer de las pintadas en el lienzo. Es Pastora Imperio. Viste como la ‘Carmencita’ de Sergent. […] es una aparición característica, exaltación de la línea y del estilo del traje gitano.

Pastora canta la canción del amor dolido. La música […] es mágica y embrujada. Dan las doce de la noche. Suena a lo lejos el mar. Una gitana echa las cartas y pronuncia palabras sibilinas. Una gitanilla núbil trenza los mimbres de un cesto. La gitana vieja fuma.

Pastora baila la danza del fin del día. […] El público de Lara prorrumpe en una gran ovación, y Falla tiene que salir a saludar muchas veces.

Sigue la ‘gitanería’. Pastora declama un romance. Le acompaña la orquesta con un motivo suave y religioso. Cae el telón. Pastora va a la cueva de una bruja para pedirla el filtro que da el eterno amor.

Caricatura de Pastora, Falla, Martínez Sierra y Néstor, por Bagaría (España, 16-4-1915).

Caricatura de Pastora, Falla, Martínez Sierra y Néstor, por Bagaría (España, 16-4-1915).

Y llega el intermedio. Un violín canta una canción dulcísima […] realzada por la orquestación, llena de misterio y de sugestiones medrosas, es un regalo del oído.

El fondo negro del escenario se ilumina con el pavor de un fuego fatuo azul que gira por la cueva. Llega la gitana enamorada. La cueva se ilumina […].

Pastora, perseguida por el fuego fatuo, danza, huyéndole y acercándose a él. La música subraya el terror inaudito de la escena. Saltan entre los compases gritos lúgubres, aullidos de fieras, ruidos estremecedores. La bruja morena danza entre tanto. El fuego fatuo se desvanece en la luz de la luna.

Y ‘ella’ canta. Es un vito de marcadísimo sabor popular, un encanto de lozanía y de expresión castiza. El conjuro de la gitanilla atrae al amante. Pastora danza otra vez, y otra vez es un nuevo baile arrancado del alma musical andaluza, de la malagueña. Los amantes se reconcilian. El hechizo los ha unido. Amanece. Estalla como una granada la luz del sol y todas las campanas se vuelven locas” (1).

Pastora Imperio en el primer cuadro de El amor brujo, por Fresno (Blanco y Negro, 2-5-1915).

Pastora Imperio en el primer cuadro de El amor brujo, por Fresno (Blanco y Negro, 2-5-1915).

Como auguraba el maestro Falla antes del estreno, solo con el paso del tiempo la pieza llegaría a ser comprendida y valorada en su justa medida, ya que las primeras impresiones, con alguna excepción, no fueron del todo favorables. Entre las más positivas cabe destacar la valoración de ABC, que calificó El amor brujo como “un acierto pleno, rotundo, incuestionable. […] Todo lo que hay allí sorprende: el andalucismo de la música […]; la presentación de la escena, […] con una punzadora fuerza pictórica; los trajes, en cuyo trazado se ve la mano de un artista exquisito; los versos, de un aroma popular encantador” (2). En la misma línea, La Prensa señaló como grandes atractivos de la obra “una música que traduce el ambiente gitano a maravilla, un decorado que ayuda a completar la ilusión del cuadro escénico y unos versos de aroma popular, de la tierra en que naciera esa artista única en el género” (3); e Ignotus subrayó su “exótica visualidad” (4).

En el lado opuesto de la balanza, Tristán definió El amor brujo como “una fantasía lúgubre, en que la brillantez, el color, el carácter imprescindible en ese género de producciones brilla por su ausencia” (5). Frente a Borrás, que percibió la obra como una españolada artística y de buen gusto (6), Pedro Navarro la catalogó como una “caricatura de costumbres gitanas, que no parece hecha por españoles ni para España” y resaltó la gran decepción del público al comprobar que “para crear e interpretar cosa tan baladí se hubieran reunido el talento de Falla, el ingenio de Martínez Sierra, la paleta de Néstor […] y la habilidad de Pastora Imperio” (7). Asimismo, J. de M. tachó la pieza de pretenciosa y extravagante, y consideró que el Teatro Lara constituía un “marco poco a propósito” para una producción de ese tipo (8).

Póster para El amor brujo creado por Natalia Goncharova (1935)

Póster para El amor brujo creado por Natalia Goncharova (1935).

Manuel de Falla

En general la crítica coincidió en constatar la supremacía de la música sobre el libreto, entendido este como un simple pretexto para hacer brillar tanto al compositor como a la bailaora (9). De hecho, el maestro Falla cosechó nutridos aplausos en la sala y no pocos elogios en los papeles. Rafael Benedito destacó la originalidad, osadía y naturalidad de la obra, y afirmó que muy pocos músicos de la época podrían siguiera igualar los méritos de una “partitura genial, intensa, hermosamente bella”; “llena de evocación, de sentimiento hondo, de misterio, de tragedia, y todo ello conseguido noble y hondamente, con una gran sabiduría y un gran corazón” (10).

Pedro Navarro definió la partitura como una “continua filigrana de sonido” (11), e Ignotus afirmó que una composición así “bastaría por sí sola para acreditar a un maestro” (12). Tomás Borrás elogió la inspiración de Falla así como su perfecto dominio de la técnica, hasta el punto de considerarlo “nuestro primer compositor de hoy” (13). La crítica de El Mundo también resaltó su control técnico, que le permitió imprimir “un aspecto de modernidad a los antiguos temas de la música popular andaluza” (14).

Distintos fragmentos de la obra merecieron especial mención, como la danza del fin del día, por su sobrecogedora emoción (15); la danza y la canción del fuego fatuo, basadas en la tarántula y en el vito respectivamente, y el bellísimo intermedio de violín; o el romance del pescador, con su “letra, desordenada y espontánea, […] característica de las improvisaciones gitanas” (16).

Pastora Imperio y Víctor Rojas en el segundo cuadro de El amor brujo.

Pastora Imperio y Víctor Rojas en el segundo cuadro de El amor brujo.

No obstante, sin hacer de menos al extraordinario mérito de la composición, el crítico del Heraldo de Madrid se permitió recordar al maestro “con todo respeto que la música andaluza tiene el color que dan el guitarreo, las palmas, los pitos y palillos”, color que puede perderse “entre alardes de dominio para la instrumentación y timbres poco adecuados” (17). Tristán fue bastante menos comedido en su juicio:

Falla, tan afortunado siempre, tan inspirado, tan colorista, no lo ha sido en esta obra.

La moderna escuela musical francesa le obsesiona […]. Y, claro, no es posible hacer música española pensando en Debussy o en Ravel. […]

Es, en suma, un españolismo el de ‘El amor brujo’ completamente traducido al francés. […]

Hay carencia absoluta de alma española.

Técnicamente, será, no lo dudamos, una obra perfectaEl amor brujo’; pero no tiene la cualidad indispensable de hacernos sentir, no llega al corazón español” (18).

Néstor

En lo que respecta al trabajo de Néstor Martín-Fernández de la Torre, creador de los decorados, el vestuario y la disposición escénica de El amor brujo, los elogios de la crítica resultaron unánimes. En opinión de Tristán, lo mejor del montaje fueron sus decoraciones, “obras lindísimas por la originalidad y el carácter” (19). Otros destacaron su “suntuosidad y elegancia” (20) y su “riqueza imaginativa” (21), e Ignotus afirmó que “Néstor ha hecho algo más que pintar un decorado; ha compuesto verdaderos cuadros en los que las figuras son de carne y hueso” (22).

Pastora Imperio en el segundo cuadro de El amor brujo (La Ilustracion Artistica, 26-4-1915).

Pastora Imperio en el segundo cuadro de El amor brujo (La Ilustracion Artistica, 26-4-1915).

Más explícito fue Manuel Abril, que en la decoración del primer cuadro vio un “ambiente, disposición y detalles no corrientes” que denotaban la intervención de “una mano experta y un gusto no común”; mientras que la visión del segundo cuadro le produjo un auténtico “escalofrío. ¡Eso es tener color, luz, poesía y atrevimiento al servicio de un talento estupendísimo!”. No obstante, reprochó a Martínez Sierra el haber hecho transcurrir la acción en una cueva iluminada solo por la luna y los fuegos fatuos, lo que impidió disfrutar del baile de la protagonista en todo su esplendor:

“… cuando Pastora se presenta encienden unas luces rojas, arbitrarias, y se proyectan desde los laterales unos focos de luz. […] los efectos de luz y color que el escenógrafo imaginó contando con tener encendidas las luces que fueran necesarias, quedan destruidos […] Si es necesario que se vea a Pastora, ¿por qué habrá imaginado él la danza en una cueva, sin luz y de noche?” (23).

El vestuario diseñado por Néstor también llamó mucho la atención, especialmente la de Monte-Cristo, que puso el foco en el hermoso vestido que lució la Imperio en el primer cuadro, “un traje de amplísimo vuelo”, con la falda “de un azul intenso, como jirón del cielo andaluz, y sobre ese azul, grandes rosas de fuego; del mismo color rojo son todas las faldas interiores y las medias y los zapatos […]. Un foco de luz roja ilumina la extraña figura, y al moverse esta […] las faldas […] producen el efecto de un incendio” (24).

Dos primeros planos de Pastora Imperio (Nuevo Mundo, 16-1-1915).

Dos primeros planos de Pastora Imperio (Nuevo Mundo, 16-1-1915).

Pastora

Aunque hubo quien consideró la actuación de la protagonista de El amor brujo como “un gran triunfo personal” (25), también fue ella quien acaparó la mayor parte de las valoraciones negativas. De forma más o menos generalizada, los críticos elogiaron su excelente labor como bailaora flamenca y rechazaron cualquier tipo de incursión novedosa tanto en el ámbito de la coreografía como en el del canto y la declamación. A decir de Manuel Abril, la Imperio “nació para el baile y no para el canto ni para el arte escénico; […] su naturaleza es admirable; pero su talento de actriz, no”. Por tanto, “el medio mejor de que luzca […] está en que baile, y que baile lo suyo, lo que sienta por tradición ‘cañí’, […] y lo baile sin necesidad de sujetarse a argumentos ajenos pueriles y ridículos” (26).

Un argumento similar esgrimió Tristán al afirmar que “mal hace Pastora Imperio en abandonar, o por lo menos relegar a segundo término, el género esencialmente popular, en el que brilla como astro de primerísima magnitud”. En su opinión, la artista ya cometió un error al introducir el canto en su repertorio y otro aún mayor cuando, “tal vez mal aconsejada”, se embarcó en mayores empresas líricas. “Pastora bailó, como siempre, de modo admirable; pero como cantante, no podemos hacer de ella ningún elogio” (27). En la misma línea, Pedro Navarro entendía que, en su afán por renovar sus bailes gitanos, la artista había ido “poco a poco abandonando o tergiversando sus genuinas y peculiares danzas, hasta convertirlas en algo inexpresivo y, por tanto, antiartístico”; y, para “colmo”, en El amor brujo la bailarina había quedado “totalmente anulada” para presentarse como actriz y cantante, y “fracasar ruidosamente” (28).

Pastora Imperio (Nuevo Mundo, 16-1-1915).

Pastora Imperio (Nuevo Mundo, 16-1-1915).

Esta nueva faceta de la Imperio tampoco fue bien recibida por Zeda, que la exhortó a seguir su consejo: “Dance, y taconee, y jaléese… esto es lo suyo; pero ‘echar comedias’, eso no puede, o mejor dicho, no debe ser. […] Baile la gentil Pastora cuanto le venga en ganas […] pero, ¡por Barrabás y Satanas!, que baile sin hablar” (29).

A diferencia de los críticos mencionados, Luis Antón de Olmet vio con buenos ojos la osadía de la artista: “Pastora Imperio ha estrenado una ‘españolada’ al estilo francés. […] Versos gitanos, cuadros goyescos, música gachona; de todo hay en el conjunto macarenamente parisino. Era hora ya de que Pastora Imperio, esa leona, pasara de ofrecerse al público entre unas bambalinas zafias, un guitarreo vulgar y unas coplas sin sentido común” (30).

En esa misma línea, Rafael Benedito le dedicó un “elogio entusiasta y sincero […] más que por su labor artística, que fue admirable, por su decisión de cultivar un género nuevo”, pues entendía que hasta el momento los distintos autores no habían sabido sacar partido de sus excepcionales condiciones artísticas. “Si persiste en seguir por este camino, estudiando, sensibilizando […] su temperamento excepcional con nuevas sensaciones de arte original y hondo, […] será un refinamiento, una elevación, una exaltación de su propio arte” (31).

Otro primer plano de la Imperio (Nuevo Mundo, 16-1-1915).

Otro primer plano de la Imperio (Nuevo Mundo, 16-1-1915).

También le pareció muy bien al crítico del Heraldo de Madrid que Pastora se lanzase “a los peligros de la declamación” y tuviese “la valentía de asumir la responsabilidad de la parte principal en una partitura”, si bien se permitió, no sin ironía, brindarle algunas recomendaciones:

“… yo haría alguna indicación a Pastora respecto de inflexiones de la voz para la declamación, de gestos de actriz, de trucos de cantante; pero no me aventuro, porque luego tarda mucho en perdonar mi consejo, por bien intencionado que sea.

Menos aun me atreveré a decirla (sic) que para representar una gitana en escena y hablar como los verdaderos cañís no están de más las lecciones de alguna paya. ¿Como quién diré?… Como Irene Alba, la maravillosa intérprete de ‘La zahorí’. Eso es” (31).

Notas:

(1) Tomás Borrás, La Tribuna, 16-4-1915.

(2) ABC, 16-4-1915. Un juicio similar emitió La Ilustración artística (26-4-1915):
“resulta una obra en extremo pintoresca y verdaderamente sugestionadora, en la que se compenetran íntimamente el poeta, el músico y el artista para formar un conjunto tan bello como original. Los versos de Martínez Sierra tienen un aroma popular encantador; la música del maestro Falla es castizamente andaluza, mejor dicho, gitana; y el decorado, de Néstor, es de un efecto pictórico imponderable”.

(3) La Prensa, 16-4-1915.

(4) Ignotus, La Correspondencia de España, 16-4-1915.

(5) Tristán, El Liberal, 16-4-1915.

(6) Tomás Borrás, op. cit.

(7) Pedro Navarro, España Nueva, 16-4-1915.

(8) J. de M., El Universo, 16-4-1915.

(9) Rafael Benedito, La Patria, 16-4-1915.

(10) Ibidem. Este autor también ensalzó el extraordinario trabajo de orquestación realizado por el músico.

(11) Pedro Navarro, op. cit. Sin embargo, en su opinión, esa música “carece absolutamente de condiciones de adaptación a las cualidades de su principal o casi única intérprete”.

(12) Ignotus, op. cit.

(13) Tomás Borrás, op. cit.

(14) El Mundo, 16-4-1915. Sin embargo, El Bachiller Carrasco afirmó que “la partitura del maestro Falla es demasiado técnica, y por ello, sin duda, no entusiasma al público” (Las Provincias, 24-4-1915).

(15) Tomás Borrás, op. cit.

(16) J. de L., El Imparcial, 16-4-1915.

(17) S.-A., Heraldo de Madrid, 16-4-1915.

(18) Tristán, op. cit.

(19) Ibidem.

(20) Tomás Borrás, op. cit.

(21) S.-A., op. cit.

(22) Ignotus, op. cit.

(23) Manuel Abril, La Patria, 16-4-1915.

(24) Monte-Cristo, El Imparcial, 18-4-1915. En el segundo cuadro Pastora se presentó “medio envuelta en los pliegues morados y violetas de unos paños de seda que revisten la sencillez y elegancia del ‘peplum’ helénico” (ibid.).

(25) X., El País, 16-4-1915. Esta crítica incluso ensalzó su labor como recitadora: “Dijo muy bien […] los breves parlamentos, uno de ellos muy característico, como el romance del pescador”.

(26) Manuel Abril, op. cit.

(27) Tristán, op. cit. En ese sentido, Gil Poquito planteaba la siguiente reflexión:
“… ha ido poco a poco dejando el género de baile popular y gitano, con el que ‘ha llegado’, y en el que es única, para dedicarse a otros para los cuales, sin duda, no tiene tan excepcionales aptitudes, al canto primero, a la escena ahora. Y aunque por milagro de su talento […] triunfe en ello también, no es lo suyo sino lo otro lo que la consagró y le dio la fama de que goza. ¿Por qué lo deja?” (El Globo, 17-4-1915).

(28) Pedro Navarro, op. cit.

(29) Zeda, La Época, 16-4-1915. En opinión de Ignotus (op. cit.), en cambio, su excelencia como bailaora compensaba las escasas dotes para el cante de la Imperio, que “nos hizo anoche olvidar una vez más con lo bien que baila, lo mal que canta”.

(30) Luis Antón del Olmet, Blanco y Negro, 25-4-1915.

(31) Rafael Benedito, op. cit.

(32) S.-A., op. cit.


Su majestad, Pastora Imperio (IV): génesis de ‘El amor brujo’

En febrero de 1915 el filme La danza fatal fue estrenado en el Cine Cataluña de Barcelona y pasó después a la cartelera de ciudades como Reus, Tortosa y Palma de Mallorca. La crítica destacó el buen hacer de “la justamente celebrada Pastora Imperio, cuya labor artística cautiva al espectador. La gracia de sus movimientos, su gesto y sus miradas llenas de pasión embelesan” (1). También merecieron elogios los catorce trajes que lucía en la cinta, “a cuál más elegante y de mejor gusto” (2).

Pastora Imperio y Domenec Ceret en un fotograma de La danza fatal (1914). Filmoteca de Cataluña.

Pastora Imperio y Domènec Ceret en un fotograma de La danza fatal (1914). Filmoteca de Cataluña.

A finales de marzo la bailaora interrumpió su temporada en el Teatro Lara para disfrutar de la Semana Santa y la Feria de Abril de Sevilla, y a su regreso se sumergió de lleno en los ensayos de la obra que constituiría uno de los grandes hitos de su carrera –y de la música española del siglo XX–, El amor brujo. Se trataba de un apropósito musical en dos cuadros compuesto expresamente para la Imperio por Manuel de Falla, con libreto de María de la O Lejárraga, aunque firmado por su marido, Gregorio Martínez Sierra, que se ocupó de la puesta en escena.

Según la escritora, fueron ella misma y su esposo, conocedores de la precaria situación económica que atravesaba su amigo, quienes lo animaron a embarcarse en esta aventura, que podría reportarle unas buenas pesetas. No les resultó fácil convencerlo:

“Habíamos pensado que yo escribiese unas cuantas coplas de estilo gitano y que Falla les pusiese música no demasiado ardua para que pudiese cantarlas decorosamente una cupletista que gozase del favor del público, entremezclándolas con unas cuantas danzas gitanas también. ‘Gitanería’ había de llamarse el cuadro, y nos lanzamos a la tarea, aunque a Falla, por sus escrúpulos de conciencia, costó bastante esfuerzo decidirle a componer para el pecaminoso ‘antro’ de un palco escénico” (3).

Manuel de Falla

Manuel de Falla

No obstante, tanto la libretista como el músico terminaron entusiasmándose con su trabajo y lo que pretendía ser una simple sucesión de coplas acompañadas por una guitarra, “se transformó en un cuadro lírico y alcanzó la extensión de un acto normal de comedia” (id.). La bailaora fue partícipe del proceso creativo, según su propio testimonio:

“Yo vivía en la calle de Velázquez.
Eran los años atormentados de Falla, cuando vivía en la calle de Lagasca obsesionado por los ruidos de la ciudad, que no le dejaban trabajar. […]
Falla venía por las tardes a mi casa y se sentaba al piano. Allí compuso la mayor parte de los motivos de ‘El amor brujo’” (4).

Durante esos encuentros, tanto Pastora como su madre, Rosario la Mejorana, narraron leyendas y cuentos gitanos, y entonaron “soleares y seguiriyas, polos y martinetes, de los cuales [el compositor] captó ‘la almendrilla’, […] la esencia de la música andaluza, y entonces se dio de lleno a la tarea hasta terminar la obra en un tiempo brevísimo” (5). El aspecto empresarial corrió a cargo de Martínez Sierra, que no escatimó en gastos a fin de conseguir una espléndida puesta en escena:

“Estaba por entonces en la madurez de un óptimo verano la excelsa ‘bailaora’ Pastora Imperio, […] escultura viva y perfecta que, al moverse, vencía arrollando […]. Ella fue la intérprete que Martínez Sierra designó y aseguró para El amor brujo, rodeándola de selecto grupo de lindas gitanillas. Y para encuadrar la obra y crear el ambiente, encargó decoraciones y figurines al malogrado pintor canario Néstor, mago del color imposible y de la luz fantasmagórica” (6).

Pastora Imperio (Archivo PARES. Ministerio de Cultura y Deporte).

Pastora Imperio (Archivo PARES. Ministerio de Cultura y Deporte).

La orquestación de la partitura, ideada para diecisiete instrumentos de cuerda y madera más un piano, fue ultimada por Falla y Lejárraga durante la Semana Santa de 1915 en una humilde pensión granadina. Así describe María su método de trabajo:

“Sentábamonos ambos ante el piano, ¡que sonaba tan mal! Él, con su papel y su lápiz; yo, con mis fantasías y mi anhelo. Y yo hablaba y trabajaba él.
– Aquí me gustaría un ligero temblor de angustiada esperanza
– ¿Arpegios rotos? –murmuraba él–… Escuche usted… ¿Así? ¿Así?
– Aquí, un alarido desgarrante
– ¿Clarinete? ¿Así?
Hay que advertir que Falla, merced a su arte consumado de ejecutante, lograba reproducir en el piano el sonido de cualquier instrumento.
– Un poco más ronco, porque dentro del grito, quiero que se noten las lágrimas que esa mujer se traga y que empañan su voz…
– ¿Para qué está el oboe?… ¿Así?
– Así.
– Vamos a ver la copla… Usted ha escrito: ‘Con sentimiento popular’. ¿Está bien así?
– Está prodigiosamente. Pero quisiera que, en esa palabra, el ritmo se quebrara un cuarto de segundo como si la mujer que canta por no llorar se dijese a sí misma: ‘¡No puedo más!’.
– Perfectamente. ¿Así?
– Así” (7).

María Lejárraga junto a Gregorio Martínez Sierra en el despacho de su domicilio de la calle Zurbano en Madrid (1907) (Archivo María Lejárraga).

María Lejárraga junto a Gregorio Martínez Sierra en el despacho de su domicilio de la calle Zurbano en Madrid (1907) (Archivo María Lejárraga).

En marzo de 1915, en una entrevista firmada por Tomás Borrás, el compositor daba a conocer algunos detalles del proyecto:

“Estoy ultimando una obra para Pastora Imperio, algo de lo que ella ha querido siempre hacer sin tener nunca ocasión. Es un libro de María y Gregorio Martínez Sierra, en dos cuadros, y se titula El amor brujo. […] Pastora baila tres danzas, canta dos canciones, y en otro número canta y baila juntamente. Yo me he basado para escribir esta obra en temas gitanos, alguno de los cuales me los ha proporcionado la misma Pastora. Será un estreno interesante, porque la gran artista se presenta en un aspecto inédito, y porque la escena se cuidará hasta el último detalle” (8).

Dos días antes del estreno aún se encontraba dando los últimos retoques a la partitura, según comunicó por carta a la escritora:

“Figúrese usted que ayer hemos ensayado a la una, a las dos y a las cuatro de la madrugada, y […] el resto de la jornada se la llevó el indino trabajo, pues cuando no estaba ensayando, estaba escribiendo. A las doce de la noche terminé el final del Amor brujo.
Aún me queda el intermedio y el minuto de descanso para Pastora… y la pieza se estrena pasado mañana. ¡Horror! ¡Terror! […]” (9)

Néstor Martín-Fernández de la Torre. Fondo Museo Néstor.

Néstor Martín-Fernández de la Torre. Fondo Museo Néstor.

El mismo día del debut, en una interviú concedida a Rafael Benedito, el músico expresaba su agradecimiento a su amiga y colaboradora por la gran labor realizada –Hoy no es ningún secreto que, aunque Falla menciona a Martínez Sierra, que en su día asumió la autoría del texto, fue con María con quien trabajó codo a codo–. Asimismo, manifestaba sentir gran admiración hacia la protagonista y dejaba entrever sus dudas sobre la favorable recepción de la pieza:

“– ‘El amor brujo’ es una obra que a Martínez Sierra y a mí nos sugirió la extraordinaria Pastora Imperio. Una tan singular artista y tan genial danzarina, debe hacer un género, en el que ponga de relieve las múltiples condiciones de su temperamento. Hemos hecho una obra, rara, nueva, que desconocemos el efecto que pueda producir en el público, pero que hemos ‘sentido’.
[…]
– Respecto de mi labor he de confesarle que nunca he trabajado con más entusiasmo ni más a gusto que durante los tres meses que he tardado en hacer ‘El amor brujo’.
Martínez Sierra me ha hecho un libro en el cual todo son pretextos para que la parte musical ocupe la primera línea, sobresaliendo de todo lo demás. Mi gratitud es infinita para mi colaborador, que buceando en mi temperamento, en mis gustos y en mis maneras de sentir el arte, se adaptó a ellos completamente facilitándome medios de que pudiera ‘expresar a mis anchas’. […]
Dejemos pasar los años, y cuando se pueda y ‘se sepa’ apreciar, se le hará justicia.
[…]
– La obra es eminentemente gitana. Para hacerla empleé ideas siempre de carácter popular, algunas de ellas tomadas de la propia Pastora Imperio, que las canta por tradición, y a las que no podrá negárseles la ‘autenticidad’. […]
[…]
– Cuanto se diga de la intuición artística de Pastora es poco. Su facilidad para la música es tanta, que al principio se la cree una consumada solfista, cuando no conoce una sola nota.
[…]
– Mucho espero de su expresión para hacer comprender mi música, para hacerla ‘llegar’ al público” (10).

El amor brujo. Primera edición, de 1915. Madrid, Renacimiento. Archivo Manuel de Falla.

El amor brujo. Primera edición, de 1915. Madrid, Renacimiento. Archivo Manuel de Falla.

El amor brujo se llevó a escena por primera vez en el Teatro Lara de Madrid el 15 de abril de 1915. Pastora Imperio daba vida al personaje principal, Candelas; y completaban el reparto Víctor Rojas como su enamorado; Rosa Canto en el papel de gitana vieja; María Imperio y Perlita Negra en el rol de gitanillas (11). Aunque todos los intérpretes pronunciaban algunas frases y tomaban parte en los bailes, el protagonismo absoluto recaía sobre la hija de la Mejorana, que además de bailar, cantaba y declamaba.

El primer cuadro transcurría en una cueva de gitanos, donde Candelas esperaba a su amado, que no llegaba. Consultaba a las cartas, que le daban un mal augurio, e interpretaba la ‘Canción del amor dolido’. Las gitanillas realizaban un conjuro. Pastora bailaba la ‘Danza del fin del día’ y recitaba el ‘Romance del pescador’. Tras un interludio musical de violín, el segundo cuadro comenzaba en la cueva de una bruja, donde Candelas, tras bailar la ‘Danza del fuego fatuo’ y entonar la ‘Canción del fuego fatuo’, recitaba un ‘Conjuro para reconquistar el amor perdido’. Entonces llegaba su amado pero no la reconocía y ella, con la cabeza velada, bailaba en torno a él la ‘Danza y canción de la bruja fingida’, hasta que, hechizado por sus encantos, caía rendido a sus pies al despuntar el alba.

Notas:

(1) El Diluvio, 2-2-1915.

(2) El Bien Público, 17-2-1915.

(3) María Lejárraga, Gregorio y yo, Sevilla, Renacimiento, 2023, p. 244.

(4) Pastora Imperio, entrevista de Marino Gómez Santos, Pueblo, 26-2-1958.

(5) Antonio Odriozola, ABC, 22-11-1961.

(6) Ibidem, p. 245.

(7) Ibidem, p. 247.

(8) Manuel de Falla, entrevista por Tomás Borrás, Por esos mundos, 1-3-1915.

(9) Manuel de Falla, Carta a María Lejárraga fechada en Madrid el 13-4-1915. Archivo de la familia Lejárraga. Citada en Antonina Rodrigo, María Lejárraga. Una mujer en la sombra, Madrid, Algaba, 2005, p. 161.

(10) Rafael Benedito, La Patria, 15-4-1915, 3.

(11) María Imperio es el nombre con el que se dio a conocer una jovencísima Pepita García Escudero, que más tarde alcanzaría gran popularidad como María de Albaicín. Su madre, Agustina Escudero, muy conocida por haber servido de modelo a pintores como Benedito o Zuloaga, también tomó parte en el montaje para acompañar a su hija, que solo tenía trece años, según cuenta Mercedes Albi, que atribuye el nombre artístico de Perlita Negra a María Benítez. Esta última no era otra que la primera mujer de Víctor Rojas, que permaneció unida a él al menos durante toda la década de 1910 y primeros años de la siguiente, según los testimonios que nos ofrece la hemeroteca.


Custodia Romero, la Venus gitana del baile flamenco (II)

Desde que fijara su residencia en Sevilla, en 1921, Custodia Romero desarrolla su actividad artística fundamentalmente en Andalucía. En noviembre de ese año se la puede ver en el Gran Teatro de Córdoba, que ofrece un programa de cine y varietés, y en los primeros meses de 1922 se anuncia en el Teatro Eslava de Jerez y en la Venta de Eritaña de Sevilla.

Custodia Romero (Mundo Gráfico, 25-6-1924). BNE

Custodia Romero (Mundo Gráfico, 25-6-1924). BNE

En primavera regresa a la ciudad califal, para actuar en el Salón Ramírez, y allí cosecha un “éxito resonante” con sus bailes gitanos, a los que imprime “un bello y especial estilo” (La Voz, 7-4-1922). Tanto es así, que la empresa le amplía el contrato y el crítico del diario La Voz, que firma como Amanto, cree ver en ella una reencarnación de la enorme Pastora Imperio:

“… y anoche vimos a Pastora en el Salón Ramírez, vimos a Pastora en la figura de Custodia Romero.
Es Custodia Romero artista de corazón y de sentimiento; pone en los números que interpreta el raudal emotivo de esa alma andaluza que se asoma a unos ojos con luces de sugestión y simpatía… Y baila como cumpliendo un rito en ofrenda al dios de un arte de amor y de pasiones.
Baila Custodia y enardece y apasiona; incita al amor y al dolor, como aquella Pastora que lo mismo nos hacía llorar que reír con sus canciones y sus bailes inimitables» (La Voz, 8-4-1922).

Un mes más tarde, durante su actuación en el Teatro de Variedades de Almería junto a la troupe Los Luxenti, la jienense vuelve a recibir grandes elogios: “Custodia Romero es una de las bailarinas más interesantes que hemos visto. Un arte muy sugestivo y muy personal en una belleza muy española, muy castizamente andaluza. El público la ovacionó grandemente y la obligó a repetir sus danzas” (Diario de Almería, 13-5-1922).

Custodia Romero (La Semana Gráfica, 29-7-1922). BNE.

Custodia Romero (La Semana Gráfica, 29-7-1922). BNE.

Ese verano, su imagen sale en portada de la revista sevillana La Semana Gráfica (29-7-1922) y su nombre se anuncia en los carteles del Teatro Alfonso XIII de Melilla. Durante los últimos meses del año, Custodia regresa en varias ocasiones al Salón Ramírez de Córdoba, donde aún resuenan sus recientes triunfos. En septiembre la artista, que “sabe dar al baile todo el prestigio y la agilidad de su maestría” (La Voz, 19-9-1922), muestra también sus buenas dotes vocales en el número “’Tranvías sevillanos‘, en el cual realiza el baile acompañándose con unas canciones” (La Voz, 4-10-1922).

Tras presentarse en el Salón Imperial (1) y en el Teatro Cervantes de Sevilla, y participar en un festival a beneficio de la Hermandad de la Soledad, la bailaora despide el año en la ciudad de la Mezquita, donde despierta auténtica devoción y “al público del Salón Ramírez […] no le falta ya cuando sale ella más que arrodillarse” (La Voz, 2-1-1923). Allí recibe cada noche “un cataclismo de olés y palmas” (ibídem) y la crítica vuelve a compararla con la gran Pastora.

“La ‘cañí’ bailadora Custodia Romero sigue llenando ella sola el cartel y la sala de este salón.
Custodia es de las que ‘entran pocas’ en temporada, y de lo poco puro que en su género pisa las tablas.
Anoche hizo una ‘España clásica‘ y una ‘Farruca torera‘, ‘pa chillarle’; y cantó ‘Alfarera cartujana‘, que era una gloria de ‘sandunguera gracia’.
Custodia Romero llegará al absoluto dominio de la canción, porque tiene talento, […] pero no le haría falta más que bailar, como ya baila, para ser la primera, y más y mejor…» (La Voz, 28-12-1922).

Representación de "El Niño de Oro" (ABC, 26-10-1922). Archivo ABC.

Representación de «El Niño de Oro» en el Teatro de la Comedia de Madrid (ABC, 26-10-1922). Archivo ABC.

En mayo de 1923, la artista linarense debuta en el Teatro de la Comedia de Madrid, donde lleva meses representándose con gran éxito la comedia “El Niño de Oro”, de José María Granada. Acompañada a la guitarra por Ramón Montoya, la bailaora interviene en la zambra incluida en el segundo acto. El empresario de este coliseo, Tirso Escudero, la bautiza con el nombre artístico que la acompañará durante el resto de su carrera (2):

Custodia Romero, conocida en su tierra de Sevilla por la ‘Venus de Bronce’, es verdaderamente una escultura venusta, animada por el fuego artístico de las danzas gitanas.
Cañí de pura cepa, joven y bonita, se mueve y gira sin perder un momento […] el ritmo, la línea y la gracia que ennoblecen e idealizan la sensibilidad característica de estos bailes.
Custodia Romero es una ‘bailaora’ fina y sugestiva, a la que el público habitual de la Comedia, selecto y exigente, celebra y aplaude todas las noches” (El Imparcial, 9-5-1923).

Una vez concluida su actuación en “El Niño de Oro”, Custodia sigue cosechando éxitos en el Teatro Maravillas de Madrid, junto a un elenco de lujo, en el que destaca la cupletista Raquel Meller, otra de las grandes estrellas del género de varietés. Durante los meses de verano, la artista emprende “una magnífica ‘tournée’ por provincias, obteniendo grandes éxitos, especialmente con ‘La farruca gitana’, del maestro Boronat y Montoya” (La Correspondencia de España, 6-7-1923).

En el mes de agosto, la Venus de Bronce debuta en el Teatro Antonio Vico de Jerez, que ofrece un programa de cine y varietés. Desde el primer momento, Custodia se revela como “una bailarina de personalidad propia” (El Guadalete, 8-8-1923), a quien el público no se cansa de aplaudir. Llama especialmente la atención su interpretación del Fandanguillo de Almería.

Ramón Montoya

Ramón Montoya

Durante los once días que la bailaora permanece en cartel, van pasando por la Alameda de Fortún de Torres artistas como la cancionista Aurora Morilla, el cantaor Niño de Medina acompañado a la guitarra por Javier Molina, o el bailaor Antonio Ramírez, que ejecuta algunos números a dúo con la Venus de Bronce, “bailarina con honores de eminencia” (El Guadalete, 18-8-1923):

“Bailó primero solo, acompañado a la guitarra por el notabilísimo Javier y luego con Custodia Romero, esa chiquilla que, si como bailarina ‘bien’ es una notabilidad estupenda, en el arte de Faraón no puede ser más colosal. El éxito más franco premió la labor de esta notable pareja, a la que el público hizo repetir varios números más de arte cañí…» (El Guadalete, 14-8-1923).

La zambra gitana protagonizada por ambos, con la guitarra de Javier Molina, hace colgar el cartel de ‘No hay billetes’, ya que “difícilmente se podrá reunir en Jerez nuevamente un cuadro de artistas tan completo” (El Guadalete, 16-8-1923).

Durante el otoño de 1923, la Venus de Bronce vuelve a reencontrarse con sus admiradores cordobeses en el Salón Ramírez, donde recibe clamorosas ovaciones, sobre todo en su famoso fandanguillo. También se deja ver en la Isla de San Fernando y Sanlúcar de Barrameda; y, a su regreso a Sevilla, cautiva con su baile a Joaquín Romero Murube, que le dedica una entrega de sus “Prosarios”:

“A Custodia Romero.- Custodia. Por tu nombre sagrado y por tu danza maga, ese prosario de hoy que quisiera tener el ritmo de tus brazos, cuando los eleva el aire, como para aprehender la gracia de nuestro sol” (El Liberal de Sevilla, 18-12-1923).

Custodia Romero en el Fandanguillo de Almería (El Noticiero Sevillano, 7-11-1924). Archivo de JLON.

Custodia Romero en el Fandanguillo de Almería (El Noticiero Sevillano, 7-11-1924). Archivo de JLON.

La bailaora recibe el nuevo año en Madrid, actuando en el Teatro Maravillas junto a un nutrido elenco de variedades. En los primeros meses de 1924 también es requerida en el Teatro de la Comedia y en ciudades como Guadalajara o Albacete, y se convierte en la imagen publicitaria de productos cosméticos, como los polvos de arroz ‘Freya’ (ABC, 10-2-1924).

Asimismo, la artista se presenta en el Teatro Eldorado de Barcelona, junto a las cupletistas La Goya, Cándida Suárez y Consuelo Hidalgo, ninguna de las cuales está dispuesta a salir antes que la “étoile Custodia Romero, preciosa morucha gitana que bailando es una sabrosa mixtura de Pastora y Argentina. ¡Vaya estilo! […] porque como delante de la Custodia no van más que pendones…” (Muchas Gracias, 8-3-1924).

En marzo de 1924, la compañía de Gregorio Martínez Sierra lleva a escena en el Teatro Eslava de Madrid la comedia “Castigo de Dios”, de Muñoz Seca y Pérez Fernández. El papel protagonista corre a cargo de la gran Catalina Bárcena. También figuran en el reparto Custodia Romero y María Esparza, que, además de hacer sus pinitos como actrices, triunfan con sus “bailes gitanos, garbosos y ágiles, castizos y nerviosos, limpia y artísticamente ejecutados” (Heraldo de Madrid, 12-3-1924), con el acompañamiento de guitarra del maestro Ángel Barrios.

La obra permanece más de cien noches en cartel. Para celebrar los éxitos de Custodia, en el mes de abril se ofrece en su honor un banquete íntimo en el restaurante Los Gabrieles, al que asisten empresarios, músicos y autores.

“El homenaje se convirtió de sobremesa en típica fiesta andaluza, con el concurso de afamados cantadores y guitarristas; y la agasajada, para testimoniar su agradecimiento, correspondió a sus admiradores obsequiándoles con lo más castizo de su repertorio, de tan inconfundible sabor plástico” (El Imparcial, 6-4-1924).


NOTAS:
(1) En el Salón Imperial de Sevilla, Custodia comparte cartel con la bailarina Anita Delgado (El Noticiero Sevillano, 10-11-1922).
(2) “Cuando Custodia Romero debutó en el teatro de la Comedia de Madrid, en abril de 1923, Tirso Escudero, admirado ante el prodigio de su carne, digna de la edad heroica, la llamó con un nombre que luego había de ser el oriflama de su arte: La Venus de Bronce” (Agustín Iniesta, El Liberal de Murcia, 19-12-1925).