Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Tina Pavón: «Cuando yo canto, trato de hacerlo de corazón»

Tina Pavón es una de las grandes maestras del cante de nuestro tiempo. Nacida en San Fernando en 1948, desde pequeña se empapó de los estilos gaditanos, en las voces de su abuela y de sus tíos. Tras un breve paso por Jerez de la Frontera, terminó instalándose en Huelva, y allí se subió por primera vez al escenario en la peña flamenca de Moguer.
En 1981 fue merecedora del Premio Casa del Arte Flamenco Antonio Mairena y en 1983 se coronó en el Concurso Nacional de Córdoba, donde fue la primera mujer en conseguir el Premio Enrique el Mellizo por su interpretación de los cantes de Cádiz. Ese fue el impulso definitivo que la hizo convertirse en una de las cantaoras más solicitadas en los festivales flamencos de los años ochenta y noventa.
Ha actuado en peñas de toda Andalucía y se ha anunciado en grandes eventos, como la Bienal de Sevilla. En la edición de 1992 participó en el espectáculo Al son de tres por cuatro, dirigido por Pedro Bacán, y en 1994 intervino como cantaora en el montaje Réquiem Flamenco de la Compañía Andaluza de Danza, que se representó en distintos escenarios bajo la batuta de Mario Maya.
En los años ochenta Tina Pavón grabó tres LPs de flamenco clásico, en los que registró una treintena de cantes diferentes, pasados por el tamiz de su personalidad cantaora. También cuenta con un disco de sevillanas y otro de canción andaluza; y en su obra más reciente, Luz de alba, de 2003, presta su voz a una selección de poemas de Juan Ramón Jiménez.
Tina Pavón es una cantaora completa y versátil, con un admirable dominio del compás. Su cante está habitado por los ecos de la Niña de los Peines, tiene el sabor a sal de su tierra gaditana, y la maestría que brota del estudio constante y de un inmenso amor al flamenco.
El pasado doce de octubre la Peña Flamenca Torres Macarena de Sevilla le tributó un merecido reconocimiento que comenzó con una entrevista, en la que nos regaló el valioso testimonio que a continuación recogemos. Pasen y lean…

Tina Pavón, en un momento de la entrevista. Foto: Kiko Valle.

Tina Pavón, en un momento de la entrevista. Foto: Kiko Valle.

P: Naciste y te criaste en San Fernando, una tierra muy flamenca, y en una familia con mucho arte. ¿Qué recuerdos tienes de esa época y del surgimiento de tu vocación artística?

R: Pues mira, mis padres por nada del mundo querían que yo fuera artista ni yo se lo propuse, porque mi intención nunca fue ser artista. En mi casa había buenísimos aficionados, empezando por mi abuela Manuela, que hacía sus cantes por bulerías, y la primera vez que yo escuché la seguiriya de Manuel Torres se la escuché a ella siendo yo muy chiquitita.

Ella se sentaba en un patio que tenía, muy bonito, en una casa preciosa con una montera de cristales; se ponía a hacer su crochet y a mí me ponían en un ropón muy grande que tenían de trapillo en el suelo, yo chiquitita gateando, y ella hacía sus cantes. Ya, cuando fui mayorcita, le fui escuchando los cantes. “Era un día señalaíto de Santiago y Santa Ana”… Eso lo cantaba mi abuela. Yo no sabía ni quién era Manuel Torres, ni nada de eso.

Por parte de madre también tenía una tía que cantaba de maravilla, tenía una voz que era una preciosidad, era terciopelo, tenía un jilguero en la garganta, pero no fue nunca artista ni pasó por su imaginación.

La familia de mi abuela eran todos salineros, capataces de salina. Entonces se hacía la fiesta de los esteros, una fiesta grandísima. Asaban el pescado en la sapina, una hierba que cría la salina, y luego se hacía una fiesta que duraba tres días o más, porque cantaba mi abuela, cantaba el padre de mi tío Agustín Benítez, que está muy vinculado también al flamenco… cantaban nada más que en familia.

La única que sacó los pies del plato fui yo, porque me escucharon en la Peña de Cante Jondo de Moguer, en la inauguración. Estaba mi primo Agustín Benítez ーque en realidad es mi tío, pero le digo primo porque es casi de la edad míaー, estaban Manolo Mairena, Luis Caballero, Naranjito de Triana… En fin, había una serie de artistas y el presentador era Manolo Rubio, que tenía una agencia de contratación en Huelva y vivía muy cerca de mí. La ventana de mi cocina daba a la oficina de él y algunas veces me escuchaba, pero no sabía quién era yo.

Entonces, cuando mi primo Agustín le habló de mí, le dice: “Hombre, pero si yo la escucho, yo escucho a una señora cantando por la ventana algunas veces. No me digas que es sobrina tuya y canta. Pues ahora mismo le digo que suba al escenario”.

Me anuncia Manolo Rubio: “Aquí hay una señora que se llama… ーEntonces me decían Agustinaー Agustina, sobrina de Agustín Benítez, y va a subir a hacer unos cantes”.

Yo casi me muero. Cuando me dijo eso, me entró un ataque de nervios tan grande, mira… un dolor de estómago, y qué malita, y… “Primo, ¿tú por qué haces esto? Si yo canto en casa, pero no estoy acostumbrada a subirme…” Y va Naranjito de Triana y dice: “Cuando tu primo Agustín dice que tú cantas es porque cantas, y yo te voy a acompañar a la guitarra”. Y fue Naranjito de Triana el que me acompañó por vez primera a cantar en un escenario en la Peña de Cante Jondo de Moguer.

Con Tina Pavón, en un momento de la entrevista. Foto: Kiko Valle.

Con Tina Pavón, en un momento de la entrevista. Foto: Kiko Valle.

Ahí estaba Pulpón y, en cuanto me escuchó, en seguida le dijo a mi marido: “Mira, es una pena que esta mujer no cante”. Y mi marido se encendió: “Ea, pues venga, ya está, venga, a los concursos”. Y yo, con vomiteras y la mar de malita que me ponía, porque él me apuntaba a los concursos y me decía: “Oye, que te han clasificado, que tú vas al concurso”. ¡Ay, madre mía de mi alma!

Entonces, como a mí me ha gustado tantísimo el flamenco, que en mi época no había una emisora que no tuviera un programa de flamenco, yo encendía mi radio, buscaba las emisoras y me empapaba de todos los cantes.

Claro, cuando me subo al escenario aquel día, me dice Naranjo: “¿Tú qué vas a cantar?” Y digo: “Pues yo qué sé, cualquier cosa, soleá por bulería”. Y me dice Manolo Mairena: “¿Ha dicho algo la niña? Soleá por bulería. ¡Anda!” Así que subí y aquello fue… porque nadie esperaba que yo sacara la voz de la Niña de los Peines cantando soleá por bulería, que yo tengo mucho eco, muchos tonos muy parecidos a la Niña, además de que yo muero con Pastora… Y nada, pues ya de ahí… Venga, a los concursos.

Me dijo Pulpón: “Mira, te voy a presentar en todos los concursos de toda Andalucía para darte a conocer. Que no te importe si ganas o no ganas, nada más que para que te conozcan”. Y ganaba todos los concursos. Y yo: “Ay, a ver si no me clasifican…” Y él: “Venga, que tienes que presentarte”. Hasta que ya llegó un momento en que me dijo Antonio [Pulpón]: “Mira, te voy a presentar en el concurso de Mairena del Alcor”. Y digo: “Ay, por Dios, que ese concurso es muy importante, que ahí va la gente que sabe mucho…” Total, que me presento en Mairena y me dan el premio a los cantes de compás.

Y ya, pues nada, dice Pulpón: “Venga, pues ahora el Nacional de Córdoba”. Ay, otra vez malísima. Ay, Córdoba, por Dios, Córdoba… Vamos a ver… Estaban José el de la Tomasa, el Pele, había un montón de gente… Digo: “¿Qué voy a hacer yo aquí?”… ¡Que me dieron el premio de Enrique el Mellizo, en los cantes de Cádiz! Así que ya mi trayectoria fue… Pulpón me dijo: “Ya, déjate de concursos, ¿eh? Que ya no hay más concursos. Ya, a trabajar”.

Entonces, ya empezó a meterme en las peñas flamencas, de las peñas a los festivales… y, gracias a Dios, no he parado hasta el año de la pandemia, que me hice cargo de mis padres, ya muy mayores, y los he estado cuidando hasta el día de hoy, y hace un año que se murió mi padre, y ya yo cerré mi boca y no he vuelto a cantar más.

Cuando me llamaron ustedes, digo: “Si ya yo no canto, mujer, si ya ni en la ducha siquiera, yo ya no canto». Además, la garganta es un músculo que, si no entrena, se va… Y muchísimo miedo que he tenido siempre. Pero, bueno, tratándose de la peña Torres Macarena, que tengo unos recuerdos inolvidables, porque siempre me han tratado con muchísimo cariño, me han traído muchas veces, y la verdad es que ya se me resistía el decir que no… y digo: “Pues venga, pero ya la despedida, ¿eh? Ya se acabó”.

Con Tina Pavón, en un momento de la entrevista. Foto: Kiko Valle.

Con Tina Pavón, en un momento de la entrevista. Foto: Kiko Valle.

P: Volviendo un poco a aquellos tiempos, según cuentas, fue tu marido el que te empujó a hacerte artista…

R: Sí, por mi marido fui artista.

P: Es un caso raro, pues en aquella época solía ser al contrario.

R: Era al contrario… Pues él me empujaba y me apuntaba a los sitios, y yo: “Chiquillo, que yo no tengo carácter…” Más tímida y más cortada que las mangas de un chaleco, cortísima… Y el día aquel de Moguer, me tuvo que subir al escenario Manolo Rubio y sentarme en la silla, del ataque de nervios que yo tenía, las piernas eran… que no podía ni andar. A mí me ha dado siempre mucho respeto el público, y siempre con ese miedo y esa cosa. Luego no he escapado mal, la verdad.

P: Y tenías también un hermano que te acompañaba a los sitios y te apoyó mucho, tu hermano Rafael, ¿verdad?

R: Mi hermano Rafael también me ha acompañado a muchos sitios y, ya cuando me quedé sola, que yo me separé por otras circunstancias, mi hermano me acompañaba, me han acompañado mis yernos, me han acompañado mis hijas… Porque ya entonces me lo tuve que tomar en serio y digo: “Yo tengo que llevar mi casa y a mis hijas para delante, y tengo que luchar”.

P: No tuvo que ser fácil, en aquel tiempo, dedicarte a trabajar y cuidar de la familia.

R: No, no fue fácil; pero, gracias a Dios, soy una persona fuerte y he tenido a mis compañeros, los artistas con los que he trabajado han sido formidables. Chano Lobato me daba siempre mucho ánimo, lo mismo que el Lebrijano, que Menese… Todos los compañeros siempre me han apoyado mucho… y las bailaoras… Pepa Montes, que me ponía… “Chiquilla, ven para acá, que te voy a poner ese mantón con arte”. Y me ponía ella el mantón. “Anda, mira qué flamenca estás”. Me han ayudado mucho, la verdad, me he sentido muy arropada porque en aquel entonces, cuando yo salí, había muy pocas mujeres. Estaban María Vargas, la Paquera de Jerez

P: Y las mayores, Fernanda, Bernarda

R: Y ya, claro, ya mayores, y yo entre medio. Ya luego vino Carmen Linares, luego vino Aurora Vargas, ya vinieron más, pero yo me veía en los festivales sola.

P: De hecho, en el año 1983, que es cuando ganaste el Concurso Nacional de Córdoba, que fue un impulso muy grande para tu carrera, he hecho el recuento de los artistas que participaron en los festivales flamencos, según la guía que se publicaba entonces, y tú eres la cantaora mujer que participó en más festivales. También hay que decir que un 88% de las actuaciones que hubo ese año, según esa guía, fueron de hombres y solo un 12% fueron de mujeres. Entre ellas estabas tú, con once festivales. Después venían la Paquera con siete, Fernanda y Bernarda con seis, y la Susi con cinco. Entre las bailaoras, destacaban Manuela Carrasco, también con once actuaciones, y Pepa Montes, con seis.

Con Tina Pavón, al finalizar el acto de reconocimiento. Foto: Kiko Valle.

Con Tina Pavón, al finalizar el acto de reconocimiento. Foto: Kiko Valle.

¿Cómo fue esa experiencia del Concurso Nacional de Córdoba?

R: Como todos concursos… Iba insultadita y, además, con la gente que se presentaba… Me dieron mucho ánimo… Me acompañó Manolo Domínguez, el Rubio, que fue un guitarrista con el que estuve muchísimo tiempo, y bueno, muy bien. Yo estaba muy nerviosa, porque digo: “Mira, yo me lo voy a tomar ya un poquito… porque si no, voy a morir con tantos nervios”.

Estábamos hospedados en el Maimónides, en Córdoba, y salimos a la cafetería, y me viene Amós Rodríguez, el hermano del Beni de Cádiz, y me dice: “¿Qué pasa, paisana?” Y digo: “Uf, aquí estoy yo, que no sé qué va a pasar”. Y digo: “Hombre, me da igual; si no me dan premio, no me dan premio, yo ya salí del concurso”. Y dice: “No te puedo decir nada, pero te voy a decir que un premio te vas a llevar”. Y digo: “Anda ya, déjate de pitorreo, hombre… Me voy a llevar yo un premio, con los pedazos de artistas que se están presentando”. Y él: “Que te digo que un premio te vas a llevar, que no puedo decir nada, que me lo tienen prohibido”. Y, efectivamente, me dieron el premio a los cantes de Enrique el Mellizo.

P: En ese concurso también cantaste por granaína, aunque ese premio no lo ganaste, ¿verdad?

R: No lo gané. Porque mi marido me apuntaba a todos los grupos, hija mía. Había los grupos de los cantes de Levante, los cantes de Cádiz… y él me apuntaba a todos los grupos y, claro, tuve que hacer todos los cantes…

P: Has mencionado a Manolo Domínguez, el Rubio. ¿Qué recuerdos tienes de él?

R: Me da mucha alegría volver a escuchar sus falsetas. Tenía una sensibilidad en esos dedos, que parecía que no pulsaba las cuerdas en algunos momentos, que a mí me transmitía muchísimo, muchísimo arte. Era sensacional, era un guitarrista fenomenal. Tenía una cosita muy especial.

P: En esa época, como hemos comentado, las cantaoras erais una minoría y además las peñas han sido tradicionalmente unos espacios muy de hombres… ¿Cómo se sentía una mujer ahí?

R: Pues te puedes imaginar, ¿no? Te puedes imaginar, porque eran cantaores ya hechos, eran mayores que yo y estaban hartos de cantar en todos los sitios, y yo estaba dando mis primeros pasitos, con muchísimo miedo, porque no quería quedar en ridículo… no a la altura de ellos, que era ya pedir demasiado, pero yo ponía todo mi corazón para que el nombre de la mujer, por lo menos, saliera digno. Ponía el corazón y el alma. Y tuve mucho apoyo de ellos, porque me animaban muchísimo. Además, yo estaba allí sola y siempre me decían: “¿Qué pasa, cómo estás de ánimos?» «Venga, que la vas a liar, que no sé cuánto…” Y me daban muchísimo ánimo, la verdad es que sí. Eran unos compañeros preciosos.

P: Te sentiste, entonces, bien arropada.

R: Muy bien arropada, la verdad es que sí. Canté muchísimas veces con ellos. Ya te digo, era raro el festival en que no estaba yo con ellos.

P: Te han comparado mucho con Pastora Pavón, la Niña de los Peines.

R: ¡Siempre! “Tu cante no vale nada, porque tú imitas a la Niña de los Peines, porque esto es una copia y las copias no valen nada…” Otro me decía: “Tú no te apartes de lo de Pastora, porque ahí es donde tú haces tus cosas…” Aparte de cantar las cosas de la Niña de los Peines, yo también le ponía mis cositas… Y era mi escuela, porque yo había aprendido, ya una vez que me lo tomé en serio… ¿A quién me arrimo? Pues a la más grande, a la Niña de los Peines. Y unos me criticaban porque decían que yo copiaba, otros… En fin, había de todo, pero generalmente todo el mundo me acogió muy bien. Eso fueron puntaditas ahí, a las que yo no echaba cuenta siquiera.

P: Siempre tiene que haber de eso, ¿no?

R: Sí, siempre hay detractores y gente que… Había de todo, pero, bueno… Yo era lo que sabía y era lo que ofrecía. Al que le guste bien y al que no, pues lo siento. ¿Qué vamos a hacer?

Tina Pavón, en el recital que siguió a la entrevista. Foto: Kiko Valle.

Tina Pavón, en el recital que siguió a la entrevista. Foto: Kiko Valle.

P: ¿Aparte de Pastora, qué otros referentes importantes ha habido en tu cante?

R: Bueno, pues todos, porque cuando yo ya vi que tenía que irme para delante y luchar, me llevaba hasta las tres y las cuatro de la mañana escuchando a todo el mundo, a Manuel Torre, a los cantaores de Cádiz… Aprendí de todos, de todos. Ya luego le pones tú tus cosas, sin darte cuenta, porque tú, cuando estás cantando, no estás pensando en el cantaor… sino que estás pensando en esa letra… Ya tienes una referencia de lo que es el cante y entonces ya sacas tus quejíos y tus cosas, donde tú vas sintiendo.

P: Le vas dando tu personalidad, digamos.

R: Exactamente. No sé si lo conseguí en algunos momentos o no, pero cuando yo canto no pienso nada más que en lo que estoy cantando y trato de hacerlo de corazón, y cuando lo hago de corazón, este es el que manda y el que me dice: “Aquí te tienes que quedar” o “aquí no”. Y eso es el cante.

P: En ese año 1983 también se produjo otro hito digno de reseñar, la creación de la Peña Flamenca Femenina de Huelva, de la que tú fuiste fundadora junto con otras doce mujeres. ¿Qué puedes contarnos de esa experiencia?

R: En la Peña Flamenca de Huelva no entraban las mujeres, que me vinieron muchas veces para que yo diera un recital y digo: “Yo no le canto a soldados. Cuando entren las mujeres, entonces canto yo. Y voy a cantar de balde, pero tienen que entrar las mujeres”. Y no fui.

Entonces surgió la idea de fundar la peña femenina y vino una señora a mi casa y me dijo: “Mira, Tina, que vamos a fundar una peña, la peña de las mujeres, para nosotras tener también nuestro cante y poder disfrutar del flamenco”. Y digo: “Pues me parece una idea preciosa y, además, que salga de las mujeres”. Y dice: “Es que nos gustaría que tú formaras parte de la peña”. Y digo: “Pues yo, encantada; yo formo parte”.

P: Siempre has sido admirada por personas muy importantes en el mundo del flamenco. Por ejemplo, a Antonio Mairena he leído que se le cayeron dos lagrimones escuchándote…

R: ¿De eso cómo te has enterado tú?

P: He leído mucho para documentarme y la verdad es ya no sé dónde lo he leído…

R: Bueno, eso fue la primera vez que el Sordo, José Domínguez Carrasco, a quien le debo muchísimo, el que me llevó a la casa de discos Belter, el que me hizo las letras de los discos… Bueno, fue tremendo. Mi primo Agustín me dice: “Agustina, mira, vente a Sevilla”, a la emisora de radio en que estaba Rafael Belmonte entonces, que tenía un programa de flamenco… Dice: “Va a estar Antonio Mairena y yo quiero que Antonio te conozca… Vente conmigo”. Y me fui a la emisora.

Mi primo llamaría a Manolo Domínguez, porque yo no lo llamé, y se presentó Manolo con la guitarra. Estuvimos en la tertulia, y dice Antonio: “Bueno, a mí me ha dicho tu tío Agustín que tú cantas muy bien y yo te quiero escuchar”. Y digo: “Ojú, ya me entraron los nervios, ya me entró el ataque”. Y dice: “Bueno, ¿qué vas a cantar? Hazme una cosita”. Y, fíjate la ignorancia, digo: “Vamos a cantar por seguiriyas”. Mira, él se quedó un poquito sorprendido. Hizo con la guitarra la falseta y salgo yo… Yo no lo vi, pero, según Manolo Domínguez, Antonio Mairena… con los ojos desencajados, cuando yo hice nada más que la salida de la seguiriya. Empecé a cantar y, según dijeron allí, a Antonio se le saltaron las lágrimas, del sentimiento con que yo había cantado por seguiriyas y, cuando salimos, dice: “Bueno, ¿a ti quién te ha enseñado los cantes de mi prima Pastora?” Y ya le expliqué yo que… por mi abuela… y ya después por los discos, y tal.

Tina Pavón, al recibir el reconocimiento. Foto: Kiko Valle.

Tina Pavón, al recibir el reconocimiento. Foto: Kiko Valle.

Cuando yo grababa los discos, la maquetita que hacíamos se la llevaba a su casa. “Antonio, mire usted, que quiero…” Y él: “Tú ven a mi casa cuando tú quieras”. Me fui para allá con mi marido y digo: “Antonio, me dice usted la verdad. ¿Esto está como para grabarlo o no está para grabarlo?” Y entonces me dijo estas palabras: “Mira, está digno, porque la maqueta está digna, has hecho los cantes como son, pero tú vas a cantar bien cuando tengas de cincuenta años para delante”.

Digo: “Ojú, Antonio, ¿tanto hay que esperar?” Dice: “Cuando la vida te haya dado los palos que nos da a todo el mundo, entonces vas a cantar con ese sentimiento; porque tú estás cantando ahí porque te sabes la letra, y tú cantas y ya está… pero tú tienes que cantar de corazón y sentir. Eso es lo único que yo le veo a la maqueta, pero que lo puedes grabar perfectamente porque los palos están ortodoxamente cantados”.

Claro, cuando me dijo eso, cuando me fui a la Belter, eché allí hasta el hígado… Yo ya, venga, sintiendo… Y me acuerdo de que fui una vez que tenía a mi hija Esther, que de chiquitita padecía de bronquitis asmática, pues estuvo muy malita… y Carrasco me hizo una letra por seguiriyas, que la tengo grabada en el disco, y me puse a cantar la letra y, cuando se enteró de que yo había dejado a mi niña malita, y me fui a la Belter a Barcelona dejándola malita… Yo iba fatal, y me dice: “Trae para acá, quita la letra esa”. Y me hizo en el momento una letra alusiva a mi niña.

Y el Chozas, que estaba allí, que también vino a grabar a la Belter, dice: “Esto es para darse chocazos, cómo ha cantado esa seguiriya”. Y digo: “Porque he estado pensando en mi niña, y ahora me acuerdo de lo que me decía Antonio Mairena”. Y es verdad, la vida te da cosas que van sacando esos sentimientos, y de mayor la vida te da los palos que te da, y eso… No se canta igual, se canta con otro sentimiento.


Entrevista a la maestra de la guitarra María José Domínguez (I)

Coincidí por primera vez con María José Domínguez (Sevilla, 1960) en noviembre de 2017 en la peña flamenca de la Universidad Pablo de Olavide, donde dedicamos una sesión del ciclo “Las mujeres como transmisoras del flamenco” a tres jóvenes guitarristas. Ella asistió en calidad de público y nos acompañó en la celebración posterior. Sin querer darse importancia ni restar protagonismo a sus compañeras, no tuvo más remedio que coger la guitarra a petición de quienes allí estábamos, y dudo que nadie haya podido olvidar el rato de toque que nos regaló, porque fue algo sobrenatural.

No me avergüenza reconocer que por aquel entonces jamás había oído hablar de esta gran maestra. En internet no se encontraban muchos datos ni grabaciones, así que aproveché posteriores encuentros para que fuese ella misma quien me ilustrara y, dado que no se prodigaba mucho en los escenarios, me propuse también buscar la ocasión para volver a disfrutar de su toque. A pesar de los problemas de salud que la han aquejado en los últimos años, en 2023 conseguimos que viniera a la Peña Torres Macarena con un excelente cuadro de baile y en marzo de este año tuvimos la satisfacción de poder dedicarle nuestra Semana de las Mujeres.

Siempre generosa y dispuesta a colaborar, también tuvo a bien recibirme en su casa y regalarme su testimonio, que me resultó de gran utilidad para escribir una conferencia sobre mujeres guitarristas que tuve el privilegio de impartir de la Universidad Complutense de Madrid. Han pasado algunos meses desde aquel encuentro, pero nunca es tarde para transcribir sus palabras y ponerlas a disposición de quienes deseen conocer su historia, que tiene mucho que enseñarnos sobre la evolución del mundo de la guitarra y del ambiente flamenco en los últimos cincuenta años. Pasen y lean…

María José Domínguez. Foto: Cortesía de la artista.

María José Domínguez. Foto: Cortesía de la artista.

 

«A mí me ha apoyado mi familia»

 

P: ¿Cómo te iniciaste en el mundo de la guitarra? ¿De dónde te viene la vocación?

R: Yo soy guitarrista porque a mi madre le gustaba mucho el cante. Cuando me apuntó en la academia, trabajaba en la calle limpiando e iba dos días para pagarme a mí la guitarra. Valía carísimo. Mi padre decía que me apuntara a la Sección Femenina, que era como los centros cívicos de hoy día. Si lo hubiese hecho, no habría sido guitarrista.

Empecé con uno de los mejores profesores que había, don Antonio de Osuna, que estaba en Rochelambert, al lado de Juan XXIII. Él sacó a José Luis Postigo, a Manuel Franco, Quique Paredes me parece que también era alumno… Yo fui la última guitarrista que sacó ese hombre.

 

P: Entonces, desde el principio tuviste el apoyo de tu familia

R: Sí, a mí me ha apoyado mi familia. No sabíamos de qué iba la guitarra, pero eso de que fuera artista a mi madre le encantaba, porque yo creo que a ella le hubiese gustado ser artista. Cantaba muy bien y mi padre también, aunque tenía muy poca voz.

El único machismo que sufrí en mi casa es que mi padre tenía una guitarra muy bonita allí colgada, que era para mi hermano, pero mi hermano no hacía ni caso, y yo le decía: Papá, enséñame; papá, enséñame; papá, enséñame… Mi padre tocaba… nada, dos cosas. Yo creo que eso también me entusiasmó, porque como me ponía solo un par de cositas, sin colocación de manos ni nada, y con eso me llevaba tres o cuatro días, cuando fui al profesor y me puso una sevillana el primer día, y al segundo día me puso otra, yo ya alucinaba.

 

P: ¿Cuánto tiempo estuviste con ese primer maestro?

R: Yo entré en enero, me parece, y mi madre habló con él, porque la pobre tampoco tenía dinero: Hasta la Feria de Abril, maestro, cuatro mesecitos le voy a pagar, que es lo que yo puedo. Cuando llegó abril, se despidió de él, le dio las gracias y él le dijo: Es una pena, señora, porque yo no le puedo prometer nada, esto del artisteo no es como una empresa donde la pueda colocar, pero la niña vale. Yo creo que la niña llegaría. Total, que con esa nos fuimos. Y yo estuve todo el verano diciéndole: Mamá, apúntame otra vez, apúntame otra vez. Me volvió a apuntar en octubre, que cumplí los trece años, y a la siguiente feria ya fui trabajando con el maestro Pinto.

 

«¿Tú sabes lo que yo he trabajado?»

 

P: ¿Eras una alumna aplicada?

R: Está feo que lo diga yo, pero no tengo abuela… Siempre me decían que era superdotada… Yo no lo sé. Lo que sí sé es que he soñado con las falsetas. A mí me mandaba mi madre a poner la mesa y yo decía: No, que se me olvida. Como se me olvidara la música no era nadie, pero a las dos o a las tres de la mañana de pronto me venía: ¡Mamá, mamá, que ya me acuerdo! Le iba a dar un infarto a mis padres. Yo veía a mi profesor decirme: Pepita, mi arma, cómo te va a salir, tienes que poner el dedo aquí y aquí. Oye, que lo veía diciéndome el error que tenía, por qué no me salía la melodía que me había puesto ese día. ¿Cómo es posible que tú veas al maestro corrigiéndote una cosa que no te la ha corregido en clase siquiera? Tenía memoria fotográfica también.

 

P: Desde el principio compaginaste las actuaciones con el trabajo como docente

R: Sí. Primero me contrataron las Salesianas de Sevilla. Allí entré con quince años recién cumplidos, para dar clases de guitarra y de baile a las niñas chiquititas, de cuatro y cinco años. Les montaba las sevillanitas y una rumba. Después me salió trabajo en las Carmelitas también, en la Gran Plaza, y en el OSCUS, un centro de formación profesional que está en el Polígono San Pablo. Eran clases extraescolares, pero también se apuntaba gente de la calle. Luego me llamaron del colegio Ribamar, en el centro. Yo me movía en vespino. Luego llevaba la academia de Carmen Montiel, la de Matilde Coral, la de Carmelita Pinto, la del maestro Pinto en Ciudad Jardín, la de Pepa Coral en Castilleja de la Cuesta… Eso fue ya con dieciocho años. También he dado clases en el bar de los Hermanos Reyes, que nos lo cedieron a Pepa y a mí; en La Algaba… ¿Tú sabes lo que yo he trabajado, por Dios?

 

P: ¿Aparte de Antonio de Osuna, has tenido otros maestros?

R: Es que empecé a trabajar muy pronto, con Pulpón, porque no había guitarristas. Recuerdo que aún era menor de edad, por un detalle: Una vez fuimos a Higuera la Real y desde allí teníamos que ir a la peña de Punta Umbría, y entonces Manuel, un representante que estaba empezando con Pulpón, le dijo: Pulpón, escúchame, para ir a la peña de Punta Umbría solo llevamos un coche, la niña cabe, pero la madre no. Y no pude ir, así que no tendría yo ni los dieciséis años, porque con esa edad ya te podían firmar tus padres.

El primer año que actué en la feria, el primero y el último, que trabajé con el maestro Pinto en el Mercantil y el Labradores, en la caseta de la Guardia Civil, en la del Centro Democrático y Social, y después en una particular, no descansaba. En la caseta de la Guardia Civil al segundo día me habían hecho un escalón en lo alto del escenario para que me vieran. Iba con los de La Trocha, los Amigos de Gines, los Romeros de La Puebla, y yo tocaba en el espectáculo de flamenco, con las mejores bailaoras de Pulpón, dos cantaores, los palmeros… y el guitarrista era una niña.

 

María José Domínguez. Foto: Cortesía de la artista.

María José Domínguez. Foto: Cortesía de la artista.

 

P: Entonces, por lo que refieres, tu aprendizaje del oficio tuvo mucho de vivencial y autodidacta.

R: A ti te llamaba Pulpón a su oficina y te daba el papelito: jueves, viernes, sábado y domingo. Yo me hice el palacio de Domecq dos o tres años, y muchísimas fiestas en todas las bodegas de Jerez, de Sanlúcar, de todo lados… Tú ibas con una bailaora de aquí, otra de El Puerto, otra de Huelva, el cantaor de allí, y tocabas a primera vista, sin ensayar ni nada. En una de esas fiestas conocí a Pepa Coral, y digo: ¿Señora, cuándo vamos a ensayar? La mujer se dio cuenta de que no iba a hacer más que lo que sabía. Cuando paró la alegría para hacer el paseíllo y entró la falseta, le hizo señas a los cantaores y uno dijo: Ya está, tú tranquila, que va a terminar ella sola. Y terminó con un solo de pies, la tía era un monstruo… Pero después me sacó delante. Diría: Esta niña, si no sabe tocar para bailar, sabrá tocar sola, porque algo tendrá que saber, por algo la manda Pulpón.

 

P: Según me contabas, a partir de los dieciséis años, ya ibas sola a los sitios…

R: Iba sola y te voy a contar por qué. Había una especie de tablao flamenco, una venta, que estaba a la salida de Torreblanca, y el niño bailaba, el Viti se llamaba, de la escuela del maestro Pinto. Yo tendría unos quince años e iba todas las semanas porque me llamaban como guitarrista acompañante para fiestas, bodas y eso, y mi padre venía siempre conmigo. Él no bebía jamás, pero cogió amistad en la venta, los de la boda le ofrecieron y un día perdió los papeles. Mira, si tú vieras, le formé la de Dios. A la mañana siguiente, lo cogí y le dije: Escucha, yo llevo a un padre para que me respeten a mí, no para traérmelo borracho, con quince años que tengo, así que no vienes más conmigo. O viene mi madre o, ya que voy a cumplir los dieciséis años, me autorizas, o dejo la guitarra. Yo ganaba mucho dinero ya, muchísimo dinero, para ser una niña. Había quitado a mi madre de trabajar, él tampoco trabajaba ya y, claro, no podía permitir que dejara de tocar. Desde los dieciséis años he llevado yo la casa.

 

«He sido sus pies y sus manos»

 

P: Antes has mencionado a Matilde Coral, que sin duda ha jugado un papel importante en tu formación artística. ¿Cómo entraste en contacto con ella?

R: A Matilde la conocí con dieciocho años, cuando Pepa Coral me dijo: ¿Niña, tú no quieres ir a la academia de mi hermana? Yo no sabía ni quién era, yo no conocía nada del artisteo… Y acepté. Total, que ella cuando me vio tocar, me dijo: No te puedo pagar, pero te puedo dejar la academia y tú das clases aquí los sábados, yo te doy mis llaves. Yo he tenido una confianza con Matilde… Me he criado con ellos. Me quedaba en su casa, he sido sus pies y sus manos. Ella no me pagaba pero tampoco me cobraba por la escuela.

 

P: ¿Te dio algún consejo que recuerdes especialmente?

R: Me dio muchísimos: No hablar nada, ver, oír y callar… Ella siempre me protegía. Me decía: Tú, aquí. No te vayas por ahí, que en el extranjero es igual que en Sevilla, las Tres Mil Viviendas están en todos lados. Otra vez, en los Reales Alcázares, estaba yo en la puerta del vestuario y digo: ¿Por qué va esta gente para allá? Ella me contestó: Tú te estás aquí sentada y calladita. Luego ya me enteré de que iban a esnifar cocaína, pero en aquel momento no lo sabía.

 

P: También trabajaste mucho con su hermana Pepa, una figura que tal vez no está lo suficientemente reconocida…

R: Sí, y es una pena. De cintura para arriba es Matilde, el braceo es el mismo, y además se parecen mucho físicamente. Pero sus pies son como los del Mimbre. Cuando trabajamos en el Konzerthaus de Viena ella no había llegado, porque iba en avión, se perdió viniendo del aeropuerto y se le hizo tarde. Dijo Pulpón: Que no se entere nadie de que la figura no ha llegado. Apareció al final. Estábamos en el fin de fiesta. Empecé a tocar por alegrías, empezó el cantaor tirititrán, y salió ella desde el fondo, haciendo tatatatá con los pies, y cuando hizo ¡pla!, todo el público se puso en pie e hizo ¡Uaaaaa! Espectacular, esa mujer era espectacular.

 

«Dos veces se han negado a cantarme»

 

P: Eras prácticamente una niña cuando empezaste a moverte en el mundo profesional del flamenco, en una época en que las mujeres no lo tenían demasiado fácil. ¿Te has sentido alguna vez menospreciada por ser mujer?

R: Es que he tenido mucha suerte. Me han tratado siempre muy bien, con alguna pequeña excepción. Yo siempre cuento la anécdota de Manolo Limón, que le preguntó mi madre: ¿Manolo, cómo ve usted a la niña?, y él le dijo: La chiquilla toca, promete, pero, vamos, yo la metería a coser o algo así. Luego lo llevaba yo a él, porque no había guitarristas para bailar.

Otro caso que te puedo contar me sucedió cuando fui a sacarme el carné de artista del Sindicato del Espectáculo, con dieciséis años. Eso era algo muy importante que pocas personas tienen y era lo que te autorizaba a ir sola a trabajar. El marido de la bailaora a la que me había acoplado para hacer el examen dijo que a su mujer no la acompañaba otra mujer. Pero le falló el guitarrista que llevaba y tuvo que pedirme que le tocara. Entonces es cuando me di cuenta de que ya estaba aprobada, porque el tribunal me paró y me dijo: Señorita, ¿usted es la que se acaba de examinar? Fíjate, como si hubiera muchas mujeres. Entonces estuvieron hablando ellos y me acordé de que en las bases ponía que a la bailaora le tenía que tocar un guitarrista profesional. Cuando me dijeron que podía seguir, ufff, ¡me dio una alegría!… Yo ya había tocado sola antes y eso significaba que estaba aprobada, ya era profesional. Luego ese hombre me pidió que fuese a inaugurar la peña La Bulería que estaba en Juan XXIII, y me pidió mil perdones.

Y con Matilde, ella decía este es el que viene y este es el que viene. Y si decía Matilde este no vale, este no vale. Así de claro, lo que decía Matilde es lo que se hacía. Dos veces se han negado a cantarme, han dicho: A mí no me acompaña una mujer guitarrista, y la respuesta ha sido: Ea, pues ya está, ya nos vemos. ¿Cuándo? Tú no tienes que venir, porque la que va a venir es la guitarrista, que es la que hace falta. Es que, date cuenta de que no había guitarristas para bailar.

 

Pepa Coral. Foto: Cortesía de María José Domínguez.

Pepa Coral. Foto: Cortesía de María José Domínguez.

 

P: Sin embargo, según me confesaste en otra ocasión, Matilde te dijo que prefería que en el escenario la acompañase un guitarrista varón.

R: Sí, y yo cogí media depresión y se lo dije a su hija: Rocío, yo voy a dejar de venir, porque tu madre… Yo le he tocado a ella muchas veces, pero íbamos más guitarristas. Yo le tocaba a Pepa y a Mimbre sola, pero a ella no. Entonces la niña se lo dijo a su madre y ella habló conmigo: Mira, Pepi, tú perdóname, a mí me gustas mucho, tienes la llave de mi academia, de mi casa… Pero tienes que comprender que esto siempre ha sido un lenguaje. Yo miro al guitarrista y si me están cantando una seguiriya, con la pena, la tragedia, o una cosa de amor, y me vuelvo para atrás y veo a una mujer, se me corta un poquito la historia. Ella me dio sus explicaciones: Tú comprende, no es que yo te tenga porque toques bien, es que para mí eres la mejor. De hecho, siempre que tengo un apuro eres tú la que me saca de él.

 

P: Las peñas flamencas tradicionalmente han sido espacios bastante conservadores. De hecho, en una de ellas a Pilar Alonso, guitarrista de una generación posterior a la tuya, llegaron a quitarle la guitarra de las manos para evitar que tocara. ¿Alguna vez te ha sucedido algo así?

R: A mí me falta especializarme más en cante porque no podía ir a las peñas flamencas y a mí los cantaores no me querían cantar, eso también te lo puedo decir. Lo que pasa es que yo era una jartá lista y acompañaba a primera vista, pero no querían… Oye, mira, vamos a repasar la soleá, cómo es esto, espérate, párate, que te coja… No, no, no, directamente. Te hablo de los cantaores y también los guitarristas, porque se ponían de modo que yo no le viera las manos al que iba por delante. Pero ya te digo, yo lo cogía de todas formas.

 

«No he querido nunca la fama»

 

P:  En esa época tuya, imagino que habría pocas mujeres guitarristas.

R: Nadie. Nunca he coincidido con ninguna, jamás, aunque te voy a contar algo que me sucedió. Cuando tenía dieciocho años, yo estaba en la casa de El Rocío con Matilde, Lola Flores y toda esta gente, y allí estaba también Serranito, un buen guitarrista de Madrid. Ya te digo que mi época no era la misma de ahora. Yo era monísima, con mi pelo largo, con mi trenza y mi traje de tocar… Total, que se acercó a mí ese chico y me dijo: Mira, yo tengo en mi cabeza estrenar una obra y quiero llevar a una mujer, pero tienes que venirte a Madrid. Hablé con Matilde, que me dijo que era un buen guitarrista, pero le dije que no me iba con él a Madrid. Un par de años más tarde, él sacó ese disco con otra tocaora.

También le dije que no a Paco de Lucía, que Matilde me quiso mandar con él a Madrid, pero en mi época una mujer sola no… Igual que hablé con Manolo Sanlúcar para que me diera clases, y me dijo que sí, y yo pensaba: Anda, que si tú supieras que voy con una monja, la hermana Camino, que es la que me iba a acompañar a su casa a tomar las clases, porque te miraban con una mirada… que una no era tonta, en aquella época yo no era tonta.

Otra cosa muy importante, y a lo mejor he tenido yo la culpa de no llegar a más, es que no he querido nunca la fama, es que yo me he ocultado. Si es que iba a la caseta de María del Monte, venían las cámaras en su cumpleaños y yo me escondía siempre… Ahora, ya de más mayor, es cuando estoy saliendo, pero nunca he querido.

 

P: Y tampoco has querido irte nunca fuera.

R: Nunca. Cuando estuve en Austria, que tendría diecinueve o veinte años, me ofrecieron un contrato por un año en Salzburgo, en una universidad, y dije que no. Yo es que era muy sevillana, muy de mi casa… Y no quería la fama, porque entonces la artista no tenía vida privada. Eso te cuesta un precio. Entonces, yo terminaba de trabajar y me iba. Cuando había cámaras, me quitaba de en medio.

 

P: Entonces, imagino que tampoco te gustaría mucho ese mundo que hay detrás cuando una se baja uno del escenario, las fiestas

R: No, no, no, qué va, qué va, y además me quedaba dormida. Yo iba más para profesora. Eso de salir del segundo pase, a las once y media o doce de la noche, ufff, lo llevaba muy mal. Yo soy más de día, de levantarme a las siete o siete y media de la mañana, no soy nocturna, me cuesta la misma vida y, en cuanto terminaba la actuación, me largaba. Decían: Vamos a tomar una cosita, y yo: No, no, muchas gracias, me tengo que marchar. Yo no hacía vida social. Querían hablar conmigo y yo no hablaba con nadie. Ahora es cuando estoy hablando más, y estoy saliendo y todas esas cosas.

«Sales de la frontera de España y eres una diosa»

 

P: Tú, que has salido bastante al extranjero, ¿has notado que allí se tratara mejor a los artistas flamencos?

R: Yo siempre lo he dicho, no entiendo a la gente que hoy día estudia la carrera para ponerse de profesor. En mis tiempos se estudiaba una carrera para irse por ahí. Claro, ese es el problema de los profesores que no tienen ni idea. Es que tú tienes que echar tablas. Como decía Pepa, como decía Matilde, tienes que saber dónde está el éxito para poder enseñar a los alumnos. Si no has bailado en público, cómo lo vas a saber. Puedes enseñar, pero no a ese nivel. De hecho, cuando subo al escenario, no veo a ninguna bailaora que haga ensayos de pies allí mismo, en el tablao, como he visto hacer a Matilde, a Mimbre, a Pepa, para ver cómo sonaban los pies cuando llamaban, que se iban a ese sitio concretamente, porque era el sonido que ellos querían buscar…

En el extranjero yo siempre decía: Es una maravilla. Aquí eres una golfa o eres una de la Alameda, y sales de la frontera de España y eres una diosa. Nunca he sentido machismo en el extranjero, al contrario, estaban alucinados de ver a una mujer guitarrista.

 

P: Entonces, valoraban mucho el flamenco.

R: Cuando fui a Viena, en el año 82, que dimos diez conciertos por diez ciudades, como Salzburgo, Graz o Linz, ya se valoraba. Sin embargo, un año antes había estado en Austria don Antonio Mairena con su grupo, les habían pagado a todos los artistas y les habían dicho que el Konzerthaus de Viena no lo pisaba el flamenco. Al año siguiente, habrían cambiado las directivas o lo que fuera. De hecho, vino el Embajador de España en Austria y además, después cerraron un restaurante, que eso emociona mucho, con todas las banderas españolas solo para los artistas… Era otra cosa, otro mundo. Yo no sé ahora, pero entonces tú salías de España y eras una diosa… Y el flamenco, madre mía, el flamenco…

También en el año 82, fuimos a Roma a grabar para la RAI. Ya nos conocía todo el mundo, pero con un respeto y una cosa… Decían Spain, Spain… y la gente se quitaba el sombrero por donde tú pasaras, eras una diosa.

 

P: ¿En qué otros lugares estuviste?

R: En mi época de artista viajé por toda España. Hice muchos festivales, como el de Castilblanco de los Arroyos o el de Mairena del Alcor. Incluso estuvimos en Venta de Baños, Palencia, en el primer festival de danzas, no solo de flamenco, y quedamos en primer lugar. También pasé una semana en Mont-de-Marsan, acompañando a Matilde Coral en sus cursos de baile flamenco, y viajé a la capital del Zaire, Kinshasa. Eso fue con don Jaime de Mora y Aragón, a través de Matilde y Pepa, en una fiesta para el presidente Mobutu Sese Seko, el último dictador que hubo. Allí me miraban muy bien, porque yo estaba rellenita y la bailaora muy canija, y nada más que me miraban a mí, porque en una mujer eso era signo de dinero y de gente grande…

 

P: ¿Tienes alguna anécdota reseñable de aquellos viajes?

R: A Austria fui como primera guitarrista con el cuadro de Pepa, y venía también Joselito, de Triana, que tocaba para bailar y era un guitarrista flamenco muy bueno, pero quien partía el bacalao era yo, que cobraba más. Entonces el embajador quería que se tocara la guitarra y Pulpón le dijo: Sí, ahora se lo voy a decir a Joselito. Cuando me enteré de eso, muy educadamente me levanté de la mesa y me fui al servicio, porque me pareció feo. Joselito vino detrás de mí y me dijo: Por Dios, María José, toca tú, que yo no sé tocar solo, y le dije: Si quieres que yo toque, lo dices ahí. Entonces se lo dijo a Pulpón: Mira, lo haría con mucho cariño, pero yo soy guitarrista acompañante. Aquí la que es acompañante y también solista es María José. Pulpón tampoco lo hizo con maldad. Fue un lapsus, como siempre se dirigen a los hombres… Y toqué yo, claro, y toqué un montón, pero lo tuvo que decir él. Yo he gustado mucho siempre que he tocado. Si he firmado autógrafos y todo. Pero te estoy hablando de hace cuarenta años. Y decían: Mira, una guitarrista, es una mujer, pero con admiración.