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Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

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Los secretos del retrato de Carmencita, de Sargent

SE PINTÓ LA NARIZ DE ROJO PARA HIPNOTIZAR A SU FOGOSA MODELO*

El secreto del maravilloso retrato de Sargent de la felina Carmencita, teatralmente revelado por su biógrafo, que desvela otros misterios de las vidas del artista y la bailarina

"La Carmencita", por John S. Sargent (1890)

“La Carmencita”, por John S. Sargent (1890)

Desde hace 37 años la famosa pintura de Sargent de Carmencita, la bailarina española, ha sido la maravilla -y el misterio- del mundo artístico. ¿Con qué milagrosas habilidades logró Sargent transformar un poco de lienzo y pigmento naranja en el frufrú de la seda y el movimiento suspendido de la danza?

El inquietante poder con el que capturó y conservó para siempre la fugaz actitud de un momento ha hecho que el retrato sea aclamado hoy como una obra maestra del dibujo, el color y la expresión.

El logro parece aún más destacable si se considera la personalidad de la modelo de Sargent. Carmencita era una chica de los music-halls españoles. En su naturaleza se combinaban toda la pasión, todo el amor al color y el movimiento, y toda la tempestuosidad de la raza oscura y romántica.

Otros artistas habían intentado retratarla sin éxito. La pintura que representara sólo un segundo en el rápido giro de un baile necesariamente debía ser la culminación de una larga y agotadora sesión de lucha con el temperamento así como con el pincel.

¿Quién podría someter el fogoso espíritu de Carmencita durante el tiempo suficiente para realizar esa tarea?

John Singer Sargent (Autorretrato, 1907)

“Autorretrato” de John Singer Sargent (1907)

El retrato terminado demostró que John Singer Sargent lo logró, pero no ha sido hasta la reciente aparición de un libro de Hon. Evans Charteris cuando se ha dado a conocer el grotesco método del artista para captar la atención de la modelo. El episodio queda registrado en ‘John Sargent’ del Sr. Charteris, una biografía publicada por Charles Seribner’s Sons, de Nueva York.

El circunspecto Sargent, al reparar en la inmadurez de todas las naturalezas primitivas, comenzó su tarea intentando no someter a su modelo con argumentos grandilocuentes ni con la razón. Por el contrario, adoptó el método del fotógrafo que obtiene sus mejores resultados con un niño de dos años incitándolo a mirar al pequeño e inexistente ‘pajarito’. Ejercitando su ingenuidad, Sargent -afirma el Sr. Charteris- se pintó la nariz de rojo para atraer hacia él la atención infantil de Carmencita, y si la nariz roja fallaba, la fascinaría comiéndose su cigarro. Esta actuación, posiblemente nociva para la digestión del artista, hizo las delicias de la bailarina, que permaneció quieta, en un aparente estado de hipnosis.

El ingenio de Sargent no terminó aquí. Los clientes de los establecimientos de vodevil y comedia musical saben que una nariz roja puede ser divertida, pero no durante mucho tiempo. Sargent tenía otros recursos. Apreciaba la música española y tenía en su estudio una máquina parlante en la que reproducía sus canciones españolas favoritas. Es posible que así engañara el tedio de más de una sesión de Camencita y volviera a capturar el decreciente interés de su temperamental modelo.

Boceto de 'La Carmencita' de Sargent

Boceto de “La Carmencita” de Sargent

También hubo otros modos de lograrlo. Cuando el cuadro se exhibió en Nueva York y un admirador ofreció 3.000 $ por él, Sargent respondió que no podía aceptar esa cantidad, porque pintar el retrato había costado más de eso. ‘¿Que ha costado más? ¿Qué quiere decir?’, le preguntaron con sorpresa.

‘Porque…’ -respondió- ‘en pulseras y otras cosas’. Hasta ese punto hubo que convencer a la caprichosa belleza para que cumpliera su promesa de posar.

Carmencita tuvo un gran éxito en Nueva York. El Sr. Charters dice en su libro lo ansioso que estaba Sargent por que la Sra. Gardner, una mecenas de las artes, viera a esa ‘desconcertantemente espléndida criatura’. ‘¿Podría usted -escribió- tenerla en su casa de la Quinta Avenida? Si es así, ¿podría yo ir a ver si el suelo o la alfombra están bien, o si hay alguna lámpara de araña con la que pueda romperse la cabeza? Tendría que ser sobre las doce de la noche, después de la actuación’.

Charteris continúa: ‘ Al final, la fiesta la dio la Sra. Gardner en el estudio de William Chase, el pintor, en la Calle Décima de Nueva York. Los honorarios que se pagaron a Carmencita fueron de 150 dólares. La Señora de Glehn […] estuvo presente con su hermana y describe la escena. Sargent, a quien nunca había visto antes, ‘estaba sentado en el suelo. El estudio estaba suavemente iluminado; al fondo de la habitación se pudo ver una escena como la que él había representado en ‘El Jaleo’.

El Jaleo (J. S. Sargent, 1882)

“El Jaleo” (J. S. Sargent, 1882)

Carmencita, con una luz que la iluminaba desde abajo, ora retorciéndose como una serpiente, ora con una arrogante elegancia, se pavoneaba por el escenario con una hilera sombría de guitarristas al fondo, que rasgueaban su embriagadora música española. Ella había llegado al estudio con el pelo encrespado y la cara cargada de polvo y pintura. Sargent, como su empresario ocasional, le alisó el pelo con un cepillo mojado e incluso aplicó un paño húmedo a su maquillaje. Con esto estaba llevando demasiado lejos el puesto de director escénico; ella se molestó y se enojó. Entonces se necesitó tacto para reprenderla e incitarla a bailar, pero sus ‘escenas’ fueron breves. Cuando aún no había bailado muchos pasos, la Sra. de Glehn la vio lanzar una rosa al pintor, que estaba sentado en el suelo a media luz. Él la recogió y, desde su ojal, ésta ratificó la paz’.

Más tarde Carmencita se casó con el líder de la orquesta de guitarras, y compartió con él un estudio con una cama individual en Bloomsbury, Londres. Aunque bailaba por cuantiosos salarios en los music-halls ingleses, ya no era la Carmencita de Nueva York. El Sr. Jacob Hook, que la visitó en este apartamento, escribió entonces sobre ella que el tiempo había calmado su furia, aunque no su belleza, y que la civilización había sometido el fuego de su espíritu, aunque no su gracia. Estaba domesticada y en sus pasos difería de los estándares de la convencionalidad británica.

El vestido con el que Sargent pintó a Carmencita fue comprado recientemente en Londres en una venta de sus efectos personales por una cantidad sorprendentemente pequeña. En América, se habría vendido por una suma mucho mayor.

Carmencita Dauset

Carmencita Dauset

Sargent fue uno de los pocos grandes pintores que para triunfar no tuvieron que luchar contra la adversidad. Nacido en Florencia de padres americanos acomodados, tuvo la ventaja de viajar por Europa y estudiar con los mejores maestros franceses e italianos. Pronto dio muestras de su gran talento, y toda su vida estuvo marcada por el inveterado deseo de dibujar, dibujar y dibujar todo aquello que intrigara a su vista.

Pero Sargent era el adecuado, por su inclinación y su experiencia, para hacer el retrato de la famosa Carmencita. Tenía un gran interés por los temas españoles, y su propio estilo de pintura había recibido una gran influencia de los maestros españoles, especialmente Velázquez. Una nariz roja, una merienda de puros… -no le importó hacerlo en tanto que le ayudaron a captar en el óleo el alma de tigresa de la más hermosa bailarina española”.

NOTA:

* Artículo publicado en The Des Moines Register, el 7 de agosto de 1927. La traducción es mía.

 

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Categoría: Bailaora, Testimonios
  • José Luis Moreno-Ruiz comentó:

    Fabuloso, Ángeles. Merecerías un gran premio, y no sólo por esta entrada extraordinaria, que también.
    JL

    • Ángeles Cruzado

      Ángeles Cruzado comentó:

      Gracias, José Luis. Qué mejor premio que comentarios como ése 😉