Flamencas por derecho

Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Flamencas por derecho - Mujeres que han dejado su impronta en la historia del flamenco

Carmencita Dauset, la reina de Broadway (VIII)

En diciembre de 1892 Carmen Dauset se integra en el reparto de la comedia The Prodigal Father, que está en cartel en el Teatro Broadway de Nueva York. La almeriense sale a escena entre el segundo y el tercer acto, e interpreta tres bailes, ‘La Cachucha’, el vals ‘Santiago’ y ‘Los Voluntarios’.

En el segundo de ellos se acompaña con las castañuelas y, mientras lo ejecuta, “su bellísimo pelo negro se suelta de los lazos que lo sujetan y cae exuberantemente alrededor de sus hombros y su cuello” (The Helena Independent, 1-4-1893). (1)

Carmencita Dauset

Carmencita Dauset

Tras el estreno en la Gran Manzana, la compañía inicia una extensa y exitosa gira por varios estados norteamericanos. Los bailes de la almeriense constituyen la atracción principal del espectáculo:

“Buena parte del público fue especialmente a ver a Carmencita, la celebrada bailarina española. Ella salió entre el segundo y el tercer acto, y demostró la gracia de las mujeres de su país. […] Carmencita tuvo que volver a salir varias veces” (The Helena Independent, 5-4-1893).

Carmencita arrasó con su maravillosa gracia y su baile” (The Herald, 4-5-1893).

“Con la fascinante música española de Alfonso Piretto, Carmencita baila la cachucha como nunca antes la ha bailado ninguna bailarina viva” (The Salt Lake Herald, 13-5-1893).

Sin embargo, a pesar de la buena marcha del espectáculo, Carmen Dauset es despedida antes de que finalice su contrato. El detonante es la actitud de su marido, Pablo Echepare, que la acompaña en calidad de director de orquesta, y que se niega a tocar el piano durante la representación de la obra en varias ciudades de Colorado. El asunto termina en los tribunales:

“En Salida la orquesta local era escasa y llamaron a Echepare para que tocara el piano. Él se negó a hacerlo, alegando que eso no formaba parte de las obligaciones estipuladas en su contrato. No hubo música y Carmencita no bailaría sin ella. El manager le notificó que la parte proporcional de esa noche se le descontaría de su salario de 550 $ semanales. Ella protestó y se negó a bailar en Pueblo a menos que se le pagara el salario completo. Esto no se le concedió y fue despedida. Ella interpondrá una demanda por ruptura de contrato” (The Salt Lake Herald, 28-5-1893).

Nuevos triunfos y más caprichos

Pocas semanas más tarde, Carmencita viaja a Washington para participar en un festival a beneficio de la Sra. Blanche Chapman Ford, que se celebra en la Academia de la Música. La artista española “se muestra muy nerviosa”, pues sabe que se enfrenta a un público exigente y teme que éste no comprenda su arte.

Carmencita Dauset (The Sun, 13-4-1890)

Carmencita Dauset (The Sun, 13-4-1890)

Sin embargo, Carmen recibió “una calurosa bienvenida, que la hizo sentirse en casa en seguida […]. El público estaba encantado e, incapaz de reprimir su entusiasmo hasta el final, estalló espontáneamente en mitad del baile. Por dos veces respondió a la petición de bises” (Evening Star, 17-6-1893).

En el mes de agosto, la Dauset regresa por enésima vez a Koster & Bial’s (2), si bien en esta ocasión permanece allí sólo unas semanas, debido a lo que puede considerarse un capricho de diva:

“El problema entre Carmencita y Koster & Bial’s parece tener su origen en un agujero en la estera de su vestuario. Carmencita lo hizo con sus tacones cuando estaba de pie delante del tocador. Ella quería una alfombra pero la dirección no se la dio. […] Carmencita dijo anoche que mañana por la noche terminaría su compromiso” (The New York Times, 15-9-1893).

Durante los meses siguientes, la almeriense se presenta en distintas ciudades, vinculada a espectáculos como The Black Crook o A Knotty Affair. En enero de 1894 Carmen Dauset es contratada, junto a toda su compañía, para actuar por varias semanas el Club Vaudeville de Nueva York. Allí representan una serie de cuadros españoles organizados por el pintor William Merritt Chase.

De los escenarios al cine

En el mes de marzo, Carmencita da un paso importantísimo en su carrera, que la lleva a escribir su nombre con letras de oro en la historia del séptimo arte, pues se convierte en la primera mujer filmada por Thomas Alva Edison con su Kinetógrafo (3). Este hecho permite hacerse una idea, si aún quedaban dudas, de la gran notoriedad alcanzada por Carmen Dauset en el país norteamericano.

Thomas Alva Edison

Thomas Alva Edison

Asimismo, la almeriense es pionera en la ejecución de bailes andaluces ante una cámara de cine y, aunque pueda parecer increíble, también estrena el mecanismo de la censura cinematográfica en los Estados Unidos. De hecho, cuando va a ser exhibido en el complejo veraniego de Ausbury Park, en julio de 1894, el Sr. Bradley, Senador del Distrito, prohíbe la proyección del filme, por considerarlo inmoral, debido a que, en uno de sus giros, Carmencita luce las enaguas que lleva bajo el vestido.

“El vestido que lleva puesto Carmencita mientras baila es bastante largo y la buena gente que la ha visto bailar dice que no hay nada desvergonzado en sus giros. Sin embargo, el Sr. Bradley se opuso a estas imágenes, que herirían la sensibilidad de la [gente] de Ausbury y relajaría su sentido de todo lo que es modesto y puro, dijo” (The Evening World, 17-7-1894).

Últimos compromisos en Norteamérica

Los últimos meses que pasa Carmencita en los Estados Unidos se aprecia una disminución de sus apariciones públicas. La artista española lleva ya un lustro cosechando triunfos en tierras yanquis y su ciclo parece estar tocando a su fin.

Durante el verano de 1894, la almeriense reside durante algún tiempo en Filadelfia, coincidiendo con su participación en el espectáculo La caída de Herculano. En esa época también trasciende la noticia de la fiesta celebrada en el Hotel Española de Basso con motivo del cumpleaños de la artista, que “se encontraba de muy buen humor y entretuvo a sus invitados bailando y cantando, acompañándose a sí misma con la guitarra. Llevaba un magnífico vestido de raso celeste con el cuerpo brillante, lleno de diamantes” (The Washington Times, 5-8-1984).

Poco después regresa a Nueva York, como principal atracción del American Roof Garden, y en el mes de noviembre reaparece en Koster & Bial’s, el local que la vio convertirse en estrella y que ahora la despide con el mismo cariño y admiración:

“[Carmencita] ha sido calurosamente recibida y ruidosamente aplaudida. Su actual contrato es para cuatro semanas y, una vez terminado, dejará estas orillas por mucho tiempo, pues tiene compromisos que la mantendrán en Londres durante un año” (New-York Tribune, 6-11-1894).

“La ovación que los universitarios dieron a Carmencita en el music hall Koster & Bial’s el sábado por la noche debe haber sido una dulce música para los oídos de la bailarina española […]. Su maridito se ha ido a Europa, y ella lo seguirá dentro de una semana, por haberse prorrogado el tiempo que le queda en Koster & Bial’s” (The Evening World, 3-12-1894).

El regreso a Europa de la bailarina ‘pródiga’

En 1895 Carmen Dauset vuelve a Europa, y en el mes de marzo se presenta en el teatro Palace de Londres. Aunque llega precedida de la gran fama conquistada al otro lado del océano, sus bailes no terminan de conquistar al público inglés, que, a diferencia de la crítica, parece no comprender ni apreciar el arte de la española:

Carmencita Dauset (The Sun, 13-4-1890)

Carmencita Dauset (The Sun, 13-4-1890)

Inglaterra no logra admirar a Carmencita.

[…]. El exiguo aplauso de un impasible público inglés, enamorado del baile de pasos, y no acostumbrado a las sensuales ondulaciones del cuerpo que son la esencia del baile español, entendemos que no fue muy receptivo” (The New York Times, 22-3-1895).

‘Durante varias semanas Carmencita ha bailado cada noche ante un público que ha hecho pocos esfuerzos por apreciar su arte, y ninguno por entenderlo. […]

Sin embargo, el descrédito del fracaso no está en la bailarina, sino en nosotros. Esa preferencia peculiarmente germánica por lo grosero sobre lo apasionado está en la raíz de la antipatía instintiva hacia esta gloriosa mujer andaluza, que es una criatura de pura pasión que tiene el poder de traducirla en movimiento – movimiento que tiene […] la cualidad expresiva que lo lleva a la provincia del gran arte. […]

Carmencita baila como escriben los grandes escritores y como pintan los grandes pintores –baila porque debe, a pesar de la indignación que surge de manera natural por el espectáculo del genio no reconocido” (The New York Times, 2-5-1895; extraído de The London Saturday Review).

Siempre le quedará París

Tras su fiasco londinense, durante los tres últimos meses de 1895 “Carmencita y su troupe española” (Gil Blas) se anuncian en el Teatro Olympia de París, la ciudad donde comenzó a forjarse su fama de estrella internacional. A juzgar por lo que dicen los papeles, la almeriense no ha perdido ni un ápice del encanto de antaño, y sigue siendo “una bailarina sin rival” (La Lanterne, 18-10-1895):

“Todos los music-halls de París se peleaban por Carmencita; el Sr. Oller ha tenido la habilidad de conquistarla a precio de oro” (Gil Blas, 6-10-1895).

Carmencita sorprende y cautiva a la vez, por sus actitudes provocativas; nunca una bailarina española ha alcanzado este grado de perfección” (Gil Blas, 16-10-1895).

“También fue muy aplaudida Carmencita, en sus bailes españoles. Tiene una gracia sin igual, y el público no puede escapar a la seducción de sus movimientos de cabeza y de caderas, que son deliciosamente sugerentes” (Le Figaro, 11-10-1895).

Teatro Olympia de París

Teatro Olympia de París

De nuevo en la capital del Sena, ya en 1896, encontramos a una Carmencita que “ejecuta con brío sus bailes españoles” (L’art lyrique et le music, 30-8-1896) en el Jardín de París, si bien no podemos asegurar que se trate de la misma artista.

Unos meses más tarde se anuncia la llegada de la almeriense a Budapest y en junio de 1897 reaparece en BerlínCarmencita, que baila casi tan bien como antaño, pero parece suscitar poco entusiasmo en públicos sórdidos como el del teatro Apolo” (The Times, 6-6-1897).

Ya en 1899, coincidiendo con la Exposición Universal de París, puede volver a admirarse en el establecimiento de D. José Oller “el baile sugerente de la española Carmencita” (L’Orchestre, junio de 1899).

NOTAS:
(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.
(2) En esa época Koster & Bial’s se traslada desde su antigua ubicación, en la calle 23, hasta el local de la Manhattan Opera-House, en la calle 34.
(3) El kinetógrafo es la cámara patentada por Thomas Alva Edison para filmar imágenes en movimiento. Éstas son proyectadas en el kinetoscopio, un aparato que puede considerarse precursor del cinematógrafo, estrenado por los hermanos Lumière en 1895. A diferencia de este último, el invento de Edison sólo permitía la visualización individual de las películas, en una caja de madera vertical construida para tal fin, que funcionaba con la introducción de una moneda. Puede consultarse más información al respecto en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.
Kiko Mora, en su artículo Carmen Dauset Moreno, primera musa del cine estadounidense, ofrece amplia información sobre la participación de la almeriense en el proyecto de Edison.


Carmencita Dauset, la reina de Broadway (VII)

Tras dos años de incansable actividad en los Estados Unidos, Carmencita se ha convertido en un personaje muy popular. La prensa norteamericana no sólo da buena cuenta de sus progresos artísticos, sino que también se interesa por determinados aspectos de su vida privada, como su hipotético matrimonio o su supuesta implicación en varios casos de divorcio.

"La Carmencita", por John S. Sargent (1890)

“La Carmencita”, por John S. Sargent (1890)

Respecto al primero de esos asuntos se ofrecen distintas versiones. Así, por ejemplo, el diario Fort Worth Gazette (25-11-1891) afirma que Carmencita se ha casado con su manager, que no es otro que Pablo Echepare, el líder de la estudiantina Fígaro, quien “ha reconocido este hecho y ha afirmado que la boda tuvo lugar en Nueva York en agosto, pero se había mantenido en secreto por miedo” a que su anuncio pudiera afectar a la contratación de la artista. Por contra, otros periódicos desmienten la noticia. (1)

El corazón de Carmencita

Un tema sobre el que también se escriben bastantes líneas es la supuesta dolencia cardiaca que sufre la española y que podría costarle su retirada de los escenarios. Algunos periódicos se muestran un tanto alarmistas a este respecto:

Carmencita bailó como de costumbre, pero tuvo problemas. Cuando dejó el escenario al final del segundo baile estaba rendida y cayó al suelo. La dirección no debería permitirle esforzarse más” (The Evening World, 1-7-1890).

“Con frecuencia sucede que, tras un baile más largo o duro de lo habitual, mientras suenan los aplausos en toda la sala pidiendo su reaparición, se le aplican reconstituyentes para evitar que se desvanezca” (Daily Alta California, 19-8-1890).

Carmencita padece del corazón. La causa es sin duda el exceso de trabajo, más que cualquier predisposición heredada a esa terrible enfermedad. Sus miles de admiradores se enterarán con pena de que la encantadora bailarina tiene que ser ayudada por dos hombres cuando camina hacia su camerino cada noche, totalmente exhausta y con dificultad para respirar. […] Los médicos dicen que su método de baile es especialmente peligroso y agotador” (St. Paul Daily Globe, 21-1-1892).

Sin embargo, la propia artista termina desmintiendo todas esas afirmaciones: “Su condición física, dijo, nunca había sido mejor, y el baile, en lugar de dañarla, mantiene su sistema en perfectas condiciones de salud” (Evening Star, 16-6-1893).

Carmencita (The Sun, 13-4-1890)

Carmencita (The Sun, 13-4-1890)

De hecho, tanto el baile como el ejercicio físico en general forman parte de su receta para mantenerse joven y en forma:

“Si te gusta tener un cuerpo delgado, no feo, gordo y redondo, baila. Si te gusta muy poco tener cara de enfado, baila. Si te encanta […] el fuego, la rapidez, la juventud, la frescura, el buen apetito, baila” (The Evening World, 27-8-1894). (2)

“Normalmente me levanto sobre las diez, tomo un baño tibio y me tomo una taza de agua muy caliente para la digestión. Después practico durante tres cuartos de hora en el trapecio y con mancuernas muy pesadas. En torno al mediodía me como una naranja o dos y a las cuatro ceno, pero desde que me levanto hasta la cena no tomo absolutamente nada excepto el agua caliente y las naranjas. Después del teatro, por supuesto, me tomo un refrigerio, pero nada me tienta a interrumpir mi costumbre de hacer dos comidas al día” (Los Angeles Herald, 5-7-1892). (2)

Algunas intimidades de Carmencita

Además de revelar sus secretos de belleza, Carmen Dauset confiesa a la prensa algunos de sus sentimientos más íntimos, como la añoranza que siente por su país, y desmitifica un poco la vida de artista, que implica bastantes sacrificios:

“- ‘¿No siente nostalgia? ¿No desea volver a su amada España?’, pregunté.
‘Sí -mucha, mucha’, fue su respuesta, y encogió los hombros; ¡pero ese mar terrible! Me gusta el agua para bañarme, para beber, pero no para llevarme. Recuerdo mi viaje hasta aquí. Dejé París’, entonces se cubrió los ojos con su pañuelo, se estremeció e hizo una mueca irónica, que sugería los horrores del mal de mer. ‘Llegué a Nueva York, y eso es todo lo que puedo decirle. No es una vida fácil la mía; voy del hotel al teatro, del teatro al hotel; nunca a la calle, nunca al comedor público’” (Pittsburg Dispatch, 19-12-1891).

Carmencita (The Sun, 13-4-1890)

Carmencita (The Sun, 13-4-1890)

En lo que se refiere a su faceta artística, Carmen se muestra como una artista polifacética, que baila y canta, además de tocar un poco la guitarra y el piano. El suyo es un tipo de baile intuitivo, en el que juega un importante papel la improvisación:

“Cuando subo al escenario sólo llevo conmigo una idea, un motivo para todo el baile. No sé qué pasos voy a hacer exactamente. Dejo que mi estado de ánimo y el talante de quienes me están viendo influyan y controlen los pasos. Buena parte de la música que suena durante mi actuación ha sido compuesta o sugerida por mí, y sé qué libertades me permite tomarme. […] Nunca practico. Bailo cuando me voy de aquí: bailo por las mañanas, es mi diversión, es mi relajación” (The Sun, 13-4-1890).

De vuelta a la ciudad de los rascacielos

En enero de 1892, tras varios meses de gira por los Estados Unidos, Carmen Dauset regresa a Nueva York, y en esta ocasión lo hace al frente de su propia compañía, compuesta por “un cuerpo de estudiantes españoles que tocan guitarras, cómicos y especialistas de variedades. Por supuesto, Carmencita, en sus bailes locos pero elegantes, es la atracción principal” (The Brooklyn Daily Eagle, 17-1-1892).

Después de presentarse en la Grand Opera House, la artista española regresa al que ha sido su local de cabecera en la Gran Manzana, Koster & Bial’s, donde permanece hasta el mes de junio. Durante esta nueva etapa en el music hall de la calle 23, la prensa no termina de ponerse de acuerdo en su valoración de la almeriense y, mientras hay quienes proclaman el ocaso de la estrella -bien porque ha pasado de moda, bien por su tendencia a imitar a las artistas francesas-, sus incondicionales continúan ensalzando las virtudes de Carmencita. Veamos algunos ejemplos:

Carmencita regresó anoche a la sala de conciertos Koster & Bial’s. Recibió una clamorosa bienvenida que duró hasta que hubo usado cada una de sus sonrisas una docena de veces. Entonces bailó. […]

Nadie es como ella, así que no tiene rivales. Hace pensar en la España de las viejas novelas; es imposible y admirable” (The New York Times, 26-1-1892).

Carmencita (The Salt Lake Herald, 12-10-1890)

Carmencita (The Salt Lake Herald, 12-10-1890)

“Es una buena bailarina, pero no una gran bailarina; aunque se ha hablado mucho de ella, se debía más a la novedad de su actuación a su extraordinaria excelencia. Lo que se conocía como la “Carmencitamanía” tuvo una larga y brillante temporada en la ciudad, pero aparentemente el público ya se ha recuperado de ella” (The Brooklyn Daily Eagle, 31-1-1892).

“Sus seguidores ya se han hartado de Carmencita. […] Ella ha regresado al escenario de sus antiguos triunfos y ahora es un fiasco. […] Baila tan bien como siempre, pero sus espectadores se reducen a los más o menos acérrimos” (Evening Star, 13-2-1892).

“Koster & Bial’s.- Desde el regreso de Carmencita, el local ha estado lleno hasta rebosar, tanto en la matinée como en la actuación de la noche” (New York Clipper, 20-2-1892).

“Su nivel artístico ha bajado para adaptarse a las salas de conciertos. […] Era la misma mujer española alta, grácil y esbelta, pero la gran ciudad la había corrompido. Bailaba para los neoyorquinos y no para mostrar su arte. Estaba compitiendo con las que elevan las piernas bien alto y con las excéntricas francesas” (St. Paul Daily Globe, 21-5-1892).

A pesar de las críticas de algunos sectores de la prensa, Carmen Dauset continúa triunfando; no sólo en Koster & Bial’s, donde sigue siendo la reina indiscutible hasta la finalización de su contrato, el mes de junio, sino también en otros escenarios y eventos, como el Baile de la Prensa de Mujeres, celebrado en el Casino de Nueva York, donde la artista “bailó como nunca lo había hecho antes, y se anotó un triunfo que tardará en olvidar” (Fort Worth Gazette, 14-2-1892).

En el mes de julio la prensa azteca anuncia “la llegada a México de la famosa bailarina española Carmencita” (El Nacional, 27-2-1892), y varias semanas más tarde la almeriense se presenta en la Grand Opera House de Boston, donde ha sido contratada por un mes.

Antonio Grau Mora, El Rojo el Alpargatero

Antonio Grau Mora, El Rojo el Alpargatero

En octubre de 1892 Carmen Dauset vuelve a la Gran Manzana, concretamente al Chickering Hall, y allí comparte escenario con alguien muy especial, su cuñado El Rojo el Alpargatero:

Regreso de la famosa Carmencita, acompañada por los notables artistas Sr. A. Anton, el famoso tenor; Sra. Bianchi di Florio, Señor García, Señor Luis Espina, y la gran novedad del día, las auténticas canciones andaluzas presentadas por primera vez en Nueva York por el famoso cantaor andaluz ANTONIO GRAU, en “LAS VENTAS DE CÁRDENAS” […] Todo el espectáculo será en español” (New York Tribune, 6-10-1892).


NOTAS:
(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.
(2) Declaraciones de Carmencita.


Carmencita Dauset, la reina de Broadway (VI)

En otoño de 1890 se estrena en Nueva York La muda de Sevilla, una obra de Frederic Solomon escrita especialmente para Carmen Dauset, que se estrena como actriz. Su escaso dominio del inglés no supone un problema para la almeriense, ya que su papel carece de texto.

Además, el espectáculo incluye dos nuevos bailes, que constituyen su principal atractivo: “Los bailes de Carmencita fueron lo que tuvo más éxito de la pieza. ‘La Sevillana’ fue muy efectiva y hubo de ser repetida” (The Evening World, 14-10-1890). (1)

Carmencita (W. M. Chase, 1890)

Carmencita (W. M. Chase, 1890)

No obstante, a juzgar por las críticas, parece que la interpretación no constituye el punto fuerte de Carmencita:

“En la mala hora en que un grupo de amigos entusiastas de la bailarina prepararon un espectáculo llamado ‘La muda de Sevilla’, en el que Carmencita desempeñaba el papel principal y mostraba tanta gracia como un caballete desarmado. Permanecía de pie en el escenario con sus manos a los lados, mirando de una persona a otra, y sólo cuando las coristas le susurraron y la empujaron a su lugar fue capaz de pasear, como exigía su papel. […] construyó una creación de incompetencia e ignorancia que no tiene rival en la interpretación de la comedia. Carmencita sabe bailar pero no sabe actuar. Otro fiasco como el de “La sorda de Sevilla” y el ídolo de hace un año no sólo será desatendido, sino olvidado” (The Brooklyn Daily-Eagle, 19-10-1890).

El Baile de Carmencita

A pesar de todo, ni su fracaso como actriz ni la profusión de imitadoras de sus bailes consiguen apagar la estrella de Carmen Dauset, que sigue siendo la atracción principal de Koster & Bial’s. De hecho, en enero de 1891 la artista almeriense se convierte en protagonista de un espectáculo nunca visto en Nueva York y denominado, en su honor, “El Baile de Carmencita”.

El lugar elegido, por sus dimensiones, es el Madison Square Garden. Allí se congregan 8.000 personas y, entre ellas, lo más granado de la sociedad neoyorquina. “El público era mixto. Había gente de todos los grados y condiciones. Se sabe que hombres de fama nacional han forcejeado con sus conciudadanos más humildes por un sitio en primera fila” (The Evening World, 31-1-1891).

Hasta las “mujeres ultra-religiosas de Nueva York, que consideran pecaminoso dedicar las horas de luz a la vida desordenada, fueron invadidas por la ambición de convertirse en auténticas diabólicas una vez al año; así que, vistiéndose de hombres, fueron en masa al baile arriano” (The Seattle Post-Intelligencer, 1-3-1891).

Carmencita Dauset

Carmencita Dauset

El espectáculo comienza a las nueve de la noche. No se ha escatimado en medios para conseguir un auténtico ambiente español, empezando por los decorados y terminando por el atuendo del público. La orquesta interpreta varias piezas y posteriormente hace su entrada la estrella del baile, Carmen Dauset, que llega montada en una carroza y rodeada por un amplio séquito: “la banda real militar española, los Estudiantes españoles, 200 chicas españolas tocando las castañuelas, gitanas, picadores, toreros y otros” (Los Angeles Herald, 2-2-1891).

Carmencita baila un vals y una petenera, con la gracia y la sensualidad que la caracterizan, y el público, una vez más, sucumbe ante los encantos de la española:

“Primero se movió altivamente, poniéndose la mantilla sobre los hombros. Después se la quitó y comenzó a bailar de manera lenta y sensual.

De nuevo la música salía de los instrumentos para deshacerse en su cuerpo, y una vez más los espectadores, en las gradas, se inclinaban hacia delante y se emborrachaban con la sensualidad del movimiento.

Unas veces se retorcía con la sinuosidad de una serpiente; otras, su cabeza colgaba y sus brazos se movían lentamente al compás de la música; y otras, su cuerpo se mecía con suavidad formando círculos. Luego la música iba más rápido y Carmencita parecía ser llevada por ella.

Su pecho se alzaba y caía rápidamente, sus brazos flotaban velozmente a su alrededor, con sus manos abiertas y su dedos curvados, su cuerpo se movía con elegancia de un lado a otro, y sus pequeños pies calzados con zapatillas de baile saltaban sobre el suelo, y parecía que apenas lo tocaban.

Ése fue el triunfo de la noche, y los aplausos se mezclaban con gritos de ‘bravo’ y pañuelos que se agitaban enérgicamente. Después de esto vino la ‘Petenera’, que fue menos sensual. Hizo varias reverencias y se besó las manos” (The Big Stone Post, 6-2-1891).

Fotos de Carmencita tomadas en el estudio de J. Carroll Beckwith Sherwood, 1890

Fotos de Carmencita tomadas en el estudio de J. Carroll Beckwith Sherwood, 1890

El baile constituye un éxito sin precedentes, no sólo para la artista, que ve confirmado su estatus como primera figura de Broadway, sino también para la empresa, que ya piensa en convertir el acontecimiento en una cita anual:

“Cuando Carmencita se fue a casa a las cinco de esta mañana del baile que se ha dado en su nombre en el Madison Square Garden, se reía para sus adentros y se repetía a sí misma, en el más puro estilo castellano, las palabras de César: ‘Vine, vi y conquisté’.

Fue un gran triunfo para la bailarina. Sus representantes lo llamaron el baile español, otro evento que está llamado a celebrarse todos los años, por lo contentos que quedaron con la recaudación en taquilla” (The Evening World, 31-1-1891).

Nueva gira por los Estados Unidos

En febrero de 1891 se cumple un año desde el debut de Carmen Dauset en Koster & Bial’s. La española, cuyas actuaciones se cuentan por llenos, sigue compaginando su trabajo en el music hall con otros compromisos profesionales.

Por ejemplo, en el mes de marzo de ese mismo año es contratada por un grupo de señoras para amenizar una fiesta celebrada en el estudio de William M. Chase, otro de los pintores que han tomado a Carmencita como musa para alguno de sus cuadros:

“En el bonito estudio del Sr. Chase, que está dividido en tres apartamentos separados, se colgaron bonitos tapices y obras de arte coleccionadas por el artista en el extranjero. En el apartamento interior, y el más grande de los tres, fue donde Carmencita embelesó a su público, cuyos miembros ocupaban un semicírculo formado por lujosas otomanas y cómodas sillas.

La amplia habitación sólo estaba vagamente iluminada y habían dado las 12:30 cuando la bailarina hizo su aparición y comenzó sus giros y piruetas con la música de cinco guitarras. Ella exhibió su arte en un escenario levantado temporalmente en la zona sur de la habitación. Carmencita llevaba puesto un bonito vestido de raso rosa bordado en oro y en su pecho izquierdo mostraba una gran condecoración con los colores nacionales norteamericanos” (Pittsburg Dispatch, 8-3-1891).

Carmencita (The Salt Lake Herald, 12-10-1890)

Carmencita (The Salt Lake Herald, 12-10-1890)

En agosto de 1891, tras actuar de manera ininterrumpida durante diecisiete meses en Koster & Bial’s, Carmen Dauset vuelve a salir de gira por los Estados Unidos, acompañada por su inseparable Estudiantina Fígaro (2). Ciudades como Cincinnati, Kansas City, Saint Paul, Minneapolis o Pittsburg, entre otras muchas, vuelven a ser testigo de sus éxitos.

“Anoche comenzó la gira provincial de Carmencita, con una actuación en la Grand Opera House de Cincinnati. Lleno a rebosar. El éxito de la bailarina fue instantáneo. Fue llamada ocho veces a escena y recibió un diluvio de flores. Los Estudiantes españoles también causaron furor” (The Evening Herald, 8-9-1891).

Aunque no es la primera vez que se prodiga por aquellas tierras, la española deslumbra con sus bailes, entre los que “destacan el famoso […] ‘Vito’, con el que ha conseguido uno de sus mayores triunfos”, así como la Cachucha y el Bolero (St. Paul Daily Globe, 11-10-1891).

La prensa se refiere a ella como “la emperatriz del baile” (Pittsburg Dispatch, 13-12-1891), “la personificación de la elegancia rítmica” (St. Paul Daily Globe, 19-10-1891), y no escatima en elogios para su arte:

“El baile de Carmencita. Representa la poética del movimiento. No la suavidad e incluso la elegancia del movimiento rítmico que muestra lo que se espera en intervalos regulares. En absoluto. Es una elegancia salvaje y extraña, única, rara y fascinante. No tiene reglas, razón ni método. No hay un giro ni una vuelta de su flexible y sinuosa figura que no sea elegantemente abrupta y sorprendentemente inesperada. Es típico y pintoresco. Es tan claramente suyo como sus ojos grandes y brillantes, su piel color de aceituna clara y su pelo moreno de bronce” (St. Paul Daily Globe, 12-10-1891).


NOTAS:
(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.
(2) “En su actual gira americana [Carmencita] es asistida por los prestigiosos Estudiantes españoles, que la acompañan con la mandolina, el violonchelo, la guitarra y la viola” (St. Paul Daily Globe, 11-10-1891).


Carmencita Dauset, la reina de Broadway (V)

Entre el público que acude a la sala Koster & Bial’s abundan los artistas, que han convertido a Carmen Dauset en su nueva musa. “Escultores y pintores se reúnen […] para estudiar las actitudes y movimientos de esta maravillosa señorita […] como lo harían en sus estudios y toman nota de las bellas características de una espléndida modelo” (The Sun, 13-4-1890) (1). De hecho, son varios los pintores, como John S. Sargent y William M. Chase, que retratan a Carmencita en alguno de sus cuadros.

La Carmencita (John S. Sargent, 1890)

La Carmencita  (John S. Sargent, 1890)

Ni siquiera las damas de la buena sociedad neoyorquina pueden evitar la tentación de acudir a un lugar tan poco recomendable como el music hall de la calle 23. Hay quienes lo hacen travestidas o cubiertas con un velo y, una vez allí, para preservar su intimidad, ocupan los palcos con cortinas que existen a ambos lados de la sala:

“[…] ahora, en su espíritu siempre aventurero, la gente bien ha tomado parcialmente posesión de ese establecimiento generalmente tabú.

Cada noche hacen grupos y se sientan en las filas de palcos que llenan las galerías, para presenciar el espectáculo de variedades en el que Carmencita hace su pase, pero incluso más interesadas en la escena barriobajera que se desarrolla en el auditorio que está bajo sus pies. Una multitud de personas fuma, bebe y parlotea, sin prestar mucha atención a la actuación, y ofrece un espectáculo que las señoras bien educadas rara vez tienen ocasión de contemplar” (Pittsburg Dispatch, 8-6-1890).

“Las más osadas comenzaron a visitar la sala de conciertos y, después de una o dos fiestas, su secreto se conocía; entonces se convirtió en algo elegante […] el ver a Carmencita desde uno de esos palcos, acompañadas de dos o tres hombres discretos” (The Sun, 13-4-1890).

La artista más solicitada

Nadie que se precie y pueda permitírselo quiere perderse a la estrella del momento. De hecho, hay quienes prefieren disfrutar de sus bailes en un ambiente más íntimo y selecto, y contratan a Carmencita para actuar en fiestas privadas, que se celebran en el estudio de algún artista o en el salón de una residencia privada.

A ello hay que sumarle las clases de danza que imparte a domicilio, las horas que pasa posando para distintos artistas, y toda una serie de compromisos profesionales de distinta índole. Un día cualquiera en la agenda de Carmen Dauset podría ser así:

Carmencita Dauset (The Salt Lake Herald, 12-10-1890)

Carmencita Dauset (The Salt Lake Herald, 12-10-1890)

“se levantó sobre las diez, y al mediodía estaba en el estudio de Sargent, que la está pintando […]. Tres horas más tarde iba camino de la casa del líder de una asociación con el fin de bailar para divertir a algunos de los más conocidos jefes […]. A las cinco se encontraba en casa de otra mujer de moda, esta vez para dar una clase a cuatro niñas. […] Ahora son las siete y Carmencita cena, y un poco antes de las nueve llega a su camerino en Koster & Bial’s, donde se viste para su baile diario” (The Sun, 13-4-1890).

Tras su actuación, se cambia de vestido y se dirige a la bodega del local para pasar un rato con sus admiradores, que la invitan a vino y champán. No obstante, hay días que no puede entretenerse mucho, pues debe presentarse en otro lugar:

“tenía un compromiso para aparecer en el estudio de un pintor a las once en punto y quedarse hasta medianoche. […] Dos estudiantes españoles iban con ella, uno con una mandolina y otro con una guitarra. Llegaron al estudio justo un minuto antes de la hora y encontraron al artista esperando con siete amigos, tres hombres y cuatro mujeres; había algo para comer y beber, y luego Carmencita posó y bailó para la fiesta de medianoche. Bailó sobre una alfombra y dio rienda suelta a su pasión. […] Durante su actuación se tomaron una docena de fotografías con flash. Serán reveladas esta semana, y para quienes participaron en aquella juerga nocturna constituirán un recuerdo de particular interés” (The Sun, 13-4-1890).

Rica y admirada

Con esta ajetreada vida, Carmencita dispone de poco tiempo libre para dedicarse a lo que más le gusta aparte del baile, que es dormir. Como compensación, la almeriense está amasando una considerable fortuna. Su caché en Koster & Bial’s asciende a 800 $ la semana (3), mientras que por actuar durante media hora en una fiesta privada o impartir una clase se embolsa 100 $ de la época. A ello hay que sumar los valiosos regalos de sus admiradores, que durante sus actuaciones le lanzan monedas de oro e incluso un brazalete de diamantes. Por otra parte, lejos de decaer, la fama de la Dauset es cada vez mayor.

“El éxito de Carmencita supera todos los límites. Sus compromisos no paran de aumentar y sus ingresos en la actualidad se acercan a los de un gran torero español. Durante la semana, con frecuencia baila en cuatro o cinco casas privadas de Nueva York, a veces incluso se presenta en dos de ellas en una misma noche, además de su aparición habitual en un music hall” (The Brooklyn Daily Eagle, 1-6-1890).

Fotos de Carmencita tomadas en el estudio de J. Carroll Beckwith Sherwood, 1890

Fotos de Carmencita tomadas en el estudio de J. Carroll Beckwith Sherwood, 1890

Como artista que es, a Carmen le gusta sentirse admirada. Sin embargo, ni el dinero ni la fama la han hecho volverse vanidosa. Con la excepción de algún que otro capricho, la Dauset lleva una vida bastante austera. Comparte casa con un grupo de españoles (4) y no comete grandes excesos:

“El otro día fue el cumpleaños de Carmencita y, para celebrarlo, se compró un conjuntito de diamantes, y pagó 700 $ por un par de pendientes y 800 $ por un brazalete de joyería. La joven vive de una manera muy sencilla en un piso en la calle West Seventeenth, donde sus gastos ascienden a unos 2 $ al día. No tiene gustos extravagantes que satisfacer, y exceptuando el lujo de un taxi, ahorra todo su dinero” (Daily Alta California, 19-8-1890).

De hecho, Carmen envía buena parte de sus ganancias a España. Según afirma en más de una ocasión, está deseando volver a su país y dedicarse a bailar sólo por gusto, pues echa en falta el calor y la simpatía de su gente. En Nueva York no ha forjado demasiadas amistades, debido en parte a su escasez de tiempo libre y a la barrera idiomática, que resulta difícil de derribar cuando una está constantemente rodeada de compatriotas. (5)

Nuevos retos para Carmen

Durante el verano de 1890, Carmencita compagina su trabajo en Koster & Bial’s con distintos compromisos, como una gira por los principales balnearios del país, la participación en varias fiestas campestres organizadas por familias de la alta sociedad o su presentación en el Club Tuxedo. En este último local el lleno es absoluto, a pesar de haber comenzado ya el periodo vacacional:

“Era bastante novedoso ver a una gran multitud de las más conocidas mujeres de la sociedad neoyorquina, vestidas con sus más alegres trajes primaverales, sentadas en la pequeña y refinada sala de baile para observar con interés y aplaudir con entusiasmo los movimientos sobre el escenario de esta joven bailarina española. […] En total bailó durante una media hora, y desde entonces en Tuxedo las conversaciones han estado centradas totalmente en su actuación. Un tren especial la llevó rápidamente de vuelta a la ciudad, adonde llegó a tiempo para su actuación nocturna” (The New York Times, 1-6-1890).

Carolina Otero

Carolina Otero

Paralelamente, en su music hall de cabecera, la almeriense sigue conquistando al público con su repertorio de bailes, que experimenta una continua renovación:

Carmencita sigue reinando en Koster & Bial’s. Sus nuevos movimientos de baile, introducidos la semana pasada, han sido admirados. El auténtico vals españolCaballeros de gracias’ obtuvo inmediatamente el favor del público, y sus otras creaciones convocan repetidos bises en cada actuación” (The Sun, 27-7-1890).

Carmencita tiene un nuevo baile que eclipsa a todos los demás, la fascinante Cachucha, que ahora baila todas las noches […]. La hermosa bailarina española tiene que volver a salir dos o tres veces cada noche” (The Evening World, 8-8-1890).

En el mes de septiembre, se anuncia el debut en Nueva York de quien está llamada a convertirse en la gran rival de Carmencita, que no es otra que Carolina Otero. La prensa estadounidense dedica abundantes líneas a la recién llegada, que se presenta en el Edén Musée, un lugar más respetable y propio de señoras que Koster & Bial’s.

La competencia con su paisana hace a Carmen Dauset replantearse su manera de actuar y la empuja a buscar nuevas formas de expresión artística pues, aunque el music hall de la calle 23 se sigue llenando cada noche, la breve intervención de la almeriense ya no satisface por completo al público, que considera sus bailes demasiado cortos.

NOTAS:

(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.

(2) La bodega de Koster & Bial’s también sale muy beneficiada por el éxito de Carmencita. “Antes de la llegada de esta bailarina el gasto en vinos en esta pequeña habitación ascendía a unos 150 ó 200 $ por noche. Ahora a menudo alcanza los 500 $” (The Evening World, 21-5-1890).

(3) El caché de Carmencita es muy superior al de otras bailarinas, como la Sra. Cornalba o Francesina Paris, que cobran unos 150 $ por semana (Pittsburg Dispatch, 25-8-1890).

(4) Se trata de los componentes de la estudiantina Fígaro, que en los Estados Unidos se anuncian como ‘Los Estudiantes españoles’. Unos años atrás, ya compartieron escenario con Carmen Dauset en España y en Francia. En Nueva York suelen acompañarla en algunas de sus actuaciones, tanto en fiestas privadas como en Koster & Bial’s, además de escoltarla cuando sale por la ciudad.

(5) Como no podía ser de otra manera, el gran éxito de Carmencita también despierta envidias y suspicacias. Así, por ejemplo, el diario australiano The Argus (12-7-1890) atribuye en buena medida el triunfo de la española a una campaña publicitaria muy bien orquestada; mientras que el Daily Alta California (19-8-1890) le reprocha su falta de amor hacia el país en el que ha alcanzado la gloria, y especula sobre un supuesto y mísero pasado de Carmen como corista.


Carmencita Dauset, la reina de Broadway (IV)

Primera tournée americana

En octubre de 1889, la troupe de Antíope emprende una gira que atraviesa los Estados Unidos de costa a costa, desde Nueva York hasta California, pasando por numerosas ciudades. La prensa norteamericana insiste en destacar el número de Carmen Dauset como “lo más notable y sensacional” del espectáculo (Rock Island Daily Argus, 30-10-1889) (1). El público no se cansa de aplaudir a la joven artista, que alcanza “un triunfo nunca igualado por otras bailarinas europeas” (Rock Island Daily Argus, 29-10-1889). (2)

Carmencita Dauset

Carmencita Dauset

En el mes de noviembre, Antíope llega a California. Tras conquistar al público de San Francisco, que la recibe con muchos y merecidos aplausos, la artista se presenta en Sacramento (3) convertida en la “nueva figura de la escena americana” (Sacramento Daily Record-Union, 5-12-1889).

Carmencita […] es un prodigio de gracia y genialidad en sus bailes, que están llenos del apasionado y romántico abandono asociado a su raza. No se ha visto aquí ninguna bailarina española que la iguale en rapidez, brillantez y donaire en sus poses” (Sacramento Daily Record-Union, 7-12-1889).

Kiralfy ha realizado algunos cambios en la obra y ha incorporado a nuevos artistas, como “Antonio Martínez, otro bailarín español, [que] es un excelente apoyo para Carmencita, y quienes lo han observado dicen que, como ella, es auténtico en el vestuario y la actitud hacia los bailes de su tierra” (Sacramento Daily Record-Union, 7-12-1889).

A mediados de diciembre, Antíope se representa en la Grand Opera House de Los Angeles. Ni siquiera el fuerte temporal que inunda las calles de la ciudad es capaz de frenar al público, que acude en masa al estreno de la obra; y no sale decepcionado, a pesar de la pobreza del argumento y la vulgaridad de la música. No en vano la de Kiralfy es “la mejor compañía de especialidades que ha visitado la ciudad”.

Entre sus estrellas destaca la bailaora almeriense, que, a petición del público, tiene que volver a salir al escenario al menos en tres ocasiones:

“… sobre todas las atracciones está la sin par Carmencita. Esta última señora está estupendamente formada, y baila con muchísima elegancia los pasos más difíciles. Se viste de una manera espléndida, y sus bailes españoles cautivan por su gracia. Sus formas voluptuosas y sus movimientos sinuosos forman un cuadro imposible de borrar de la memoria” (Los Angeles Daily Herald, 13-12-1889).

La estrella de Koster & Bial’s

Tras su periplo por California, la bailaora almeriense regresa a Nueva York, pasando por ciudades como Omaha (Nebraska) o Saint Paul (Minnesota). Comienza entonces una nueva y crucial etapa en la carrera americana de Carmen Dauset -ya desvinculada del Sr. Kiralfy (4)-, que se convierte en la nueva estrella de la sala Koster & Bial’s. Según James Ramírez (5), éste puede considerarse el auténtico debut de la almeriense en los Estados Unidos.

Interior de Koster & Bial's

Interior de Koster & Bial’s, Nueva York

Desde el mes de febrero de 1890, el nombre de Carmencita se escribe con letras bien grandes en la cartelera del local neoyorquino, donde permanece durante diecisiete meses -ochenta y cuatro semanas-, de manera prácticamente ininterrumpida. Comienza entonces la “Carmencitamanía”, una moda que atrapa por igual a los hombres y mujeres de la buena sociedad neoyorquina.

Carmencita es el imán que atrae a las multitudes a Koster & Bial’s en este momento” (The Evening World, 25-3-1890).

Carmencita, la bailarina de Koster & Bial’s es sin duda la sensación del momento […]. Otras han bailado y fascinado antes que ella […] pero ninguna […] reúne el talento de Carmencita” (The Sun, 13-4-1890).

La mencionada sala no es más que una cervecería de dudosa reputación, donde apesta a humo de tabaco, y la actuación diaria de la almeriense sólo dura cinco minutos. Sin embargo, ninguna de estas circunstancias hace mella en la pasión del público, que espera pacientemente durante horas y soporta un espectáculo de lo más anodino, con la única motivación de ver a la estrella del momento.

“Cada noche sobre el escenario de la mayor sala de conciertos de Nueva York Carmen Dauset, una chica española (conocida como Carmencita) baila durante cinco minutos. Cuando han pasado esos cinco minutos, aunque la actuación de la noche apenas va por la mitad, un considerable número de personas de la sala se levantan y se abren paso como pueden a través del laberinto de mesas de cerveza y sillas dispuestas en el exterior. Puede que hayan entrado a las seis de la tarde; pero no es para ver el cabaret algo subido de tono para lo que han permanecido sentados allí hasta las diez. Estaban dispuestos a dejarse aburrir por la vulgaridad, a respirar una atmósfera de humo de tabaco y cerveza rancia durante cuatro horas, con el fin de asegurarse buenos asientos durante los cinco minutos de Carmencita sobre el escenario” (Bismarck Weekly Tribune, 23-5-1980).

Carmencita Dauset (The Sun, 13-4-1890)

Carmencita Dauset (The Sun, 13-4-1890)

La espera siempre merece la pena, pues cuando la española aparece sobre el escenario, el tiempo se detiene y el público vive a una experiencia que difícilmente podrá borrar de sus retinas. Aunque las veinte chicas del ballet permanecen en escena, toda la atención se dirige a Carmencita, que no tarda ni un segundo en meterse al público en el bolsillo.

“Ella baja los escalones del fondo y avanza hacia las candilejas con esa soberbia pose […] y elegancia de movimientos que sólo podría atribuirse a una gran obra de arte de Fidias a la que se hubiese insuflado el aliento de la vida. Va vestida con un vestido largo de lentejuelas que cubre una gran profusión de enaguas blancas. Las faldas casi le llegan a los tobillos, y sólo se ve un poco de sus medias. Sus zapatos son bajos, pero sus tacones son como pilares. Si estás sentado a la distancia correcta de las candilejas, la bailarina parece como un pájaro luminoso, brillante y huidizo, que revolotea con ligereza sobre el escenario. […] El brío, el fuego y el éxtasis de su actuación son intraducibles: no pueden ser pintados con un pincel ni dichos con una pluma” (The Sun, 13-4-1890).

Durante su breve actuación, Carmencita ejecuta los bailes españoles que tanta fama le han dado, como la cachucha, la petenera, el vito o el bolero. El público neoyorquino, habituado a ver a señoritas ligeras de ropa que levantan una y otra vez sus piernas desnudas, queda realmente impactado por los movimientos de la almeriense, que pone toda su anatomía al servicio de su arte:

“Cuando comienza uno de sus bailes se eleva sobre sus piernas y levanta un pie. Pero pronto todas las partes de su cuerpo están en movimiento, y uno queda más cautivado por el bamboleo de su torso y su cabeza que por los movimientos de sus piernas. Se retuerce y se contonea desde las puntas de los dedos hasta la punta de su pelo negro. Se dobla hasta que su cabeza casi toca su espalda; se agacha, salta; se sacude a su antojo en este conjunto de movimientos y empieza otro, agarrando los bordes de su falda y caminando con orgullo de aquí a allá, hasta que inicia una rápida carrera que termina en un giro desconcertante, en el que sólo se entrevé un trocito más de sus medias rosas y sus enaguas blancas, y entonces, mientras te preguntas qué excentricidad mostrará a continuación, la música para y ella se inclina y desaparece” (The Sun, 13-4-1890).

Carmencita Dauset (The Salt Lake Herald, 12-10-1890)

Carmencita Dauset (The Salt Lake Herald, 12-10-1890)

Sin embargo, a muchos de sus admiradores les saben a poco esos cinco minutos que se prodiga Carmencita sobre el escenario. Una vez terminada su actuación, incluidos los correspondientes bises, hay quienes acuden a la sala verde de Koster & Bial’s, con el fin de verla de cerca e invitarla a una copa.

“¿Quieres ver a Carmencita? Bien, entonces dale al camarero un cuarto de dólar y una tarjeta -no importa de quién- y dile que deseas tomarte un vaso de vino con la favorita. Él desaparece y reaparece. Ella tiene un bis y lo hará inmediatamente. El ruido de los aplausos lo sigue hasta dentro y, antes de que se haya apagado, la belleza española hace su aparición, jadeando y sudando hasta el agotamiento. Pero su trabajo ha terminado por esta noche. Ella se hunde en una silla de tu mesa con la más dulce de las sonrisas, le falta demasiado el aire como para hacer algo más. Abres una botella de cuarto de Pommery seco (4 $) y ella levanta su vaso con elegancia, mientras tú adviertes que sus ojos y su pelo son tan negros como la noche en una mina de carbón. Si eres galante y la abanicas y le ofreces tu pañuelo para que se limpie su bonita cara, recibirás más sonrisas fascinantes y toda una exhibición de bonitos y regulares dientes, y de un inglés muy poco ortodoxo. Si ella bebe sólo medio vaso y te ruega que la disculpes, recuerda que probablemente ésta sea la décima botella que se abre esta noche en su honor” (Pittsburg Dispatch, 27-4-1890).


NOTAS:
(1) La traducción de todos los textos extranjeros es nuestra.

(2) Kiko Mora ofrece detallada información sobre las actuaciones de Carmen Dauset en los Estados Unidos, en su artículo “Carmencita on the road: Baile español y vaudeville en los Estados Unidos de América (1889-1895)”.

(3) La presentación de Antíope en la Grand Opera House de Sacramento tiene que posponerse debido a problemas logísticos. Sin embargo, Carmencita no se resiste a ejecutar su baile:

“La troupe de Kiralfy llegó ayer temprano, pero no pudo presentarse anoche, debido a un percance en el transporte de los elaborados decorados desde el depósito. La carga del camión se fue al traste por la avería del vehículo en medio de una fuerte tormenta, y el resultado fue un montón de cortinas mojadas. […] los carpinteros no fueron capaces de secar y montar todos los decorados a tiempo, y Kiralfy despidió a su gente con un corto discurso que provocó que Carmencita, la guapa bailarina española, dijera que bailaría de todos modos, y giró por el escenario para la diversión de todos sus compañeros” (Sacramento Daily Record-Union, 6-12-1889).

(4) Unos meses más tarde, la prensa se hace eco de la denuncia interpuesta por Carmencita contra el Sr. Kiralfy, a quien acusa de no haberle pagado una parte de sus honorarios:

Carmencita Daucet, la elegante bailarina española que vino a este país el año pasado contratada por Bolossy Kiralfy, lo ha denunciado por 750 $, su salario de cinco semanas, que, según afirma ella, éste no le ha pagado. Carmencita alega, según su abogado Philip Orgler, que firmó el contrato con Kiralfy hace un año en París, y sus términos eran que su salario sería de 150 $ a la semana, y que actuaría durante veintiséis semanas. Cuando emprendió la gira por el oeste, que comenzó el pasado mes de agosto, afirma que Kiralfy nunca le pagó su salario semanal completo, sino que le fue regateando cada vez un poquito de aquí y de allí. Esto continuó hasta que ella lo dejó, el 1 de febrero, en Chicago, cuando el contrato expiró.

Kiralfy dice que tenía un nuevo contrato con ella hasta el final de la presente temporada, que había comenzado al término de su compromiso parisino. Carmencita lo niega.” (The New York Times, 13-5-1890).

Unos días más tarde, los representantes de cada una de las partes declaran ante el Juez:

“El Sr. Baldwin describió a Kiralfy como el amigo y benefactor de Carmencita, que la sacó de un oscuro circo europeo y le dio 600 $ para pagar sus gastos de París, e invirtió mucho dinero para anunciarla en este país. Según declaró, el cuatro de febrero Kiralfy le pagó y le permitió marcharse de su compañía con el fin de cuidar a su marido, un tocador de mandolina, que estaba enfermo en Filadelfia. Se estipuló que volvería a la compañía de Kiralfy, pero ella se comprometió con Koster & Bial’s unas semanas más tarde. Los esfuerzos para resolver este asunto de manera amistosa han fracasado.

En contra de la moción, Abrahan L. Fromme dijo que el contrato con Kiralfy había expirado y que ella no había recibido ninguna notificación de renovación. De haberlo hecho, no la habría podido leer, ya que no sabe leer ni escribir. Se había visto obligada a demandar Kiralfy por 750 $ de su salario, y Kiralfy había dicho que la había echado por su fracaso, y que se había visto obligado a contratar gente para que la aplaudiera. […]. El contrato, según se afirmó, fue roto efectivamente por el impago de Kiralfy a Carmencita” (The Sun, 24-5-1890).

(5) Ramírez, James, Carmencita, The Pearl of Seville, Nueva York, 1890.